jueves, 27 de marzo de 2014

La Venganza os hará libres.




Yo tenía buena intención. De verdad. Lo prometo. Quería hacer un post sobre los beneficios de ser agradecidos. Pero, de repente, mi neurona infame (tengo cinco: la infame, la buena, la alienada, la hedonista y la que sabe calcular exactamente el número de bolsas de plástico que he de pedir a la cajera del súper para que quepa la compra enterita) se ha manifestado en todo su esplendor y sólo puedo pensar en los beneficios de la venganza. Y lo malo es que, dándole vueltas al tema he descubierto que ambos enfoques pueden ser complementarios (vale, aquí se ha unido de refilón la alienada pero veréis cómo tiene sentido). En primer lugar y sin lugar a dudas, hay que corresponder a quien se porta bien contigo y ser agradecido. Admito poner límites  difusos, por ejemplo: si tu amiga ha aguantado pacientemente la larga explicación de tus penas sentimentales, (nunca olvides que aburre, que te repites y que te escucha por pura bondad de su corazón porque todos sabemos que las únicas respuestas que quieres oír son “¡¡¡Cuánta razón tienes!!!”, “Tú vales mucho más”, “Mejor ahora que luego”, y tu confidente te las dice, una tras otra aunque el motivo de la ruptura haya sido tu costumbre de pasar la aspiradora -a mí eso no me ocurriría jamás-, a las tres y siete minutos de la mañana, sobre patines, vestida de folclórica y cantando jotas y tu novio sea un santo varón), le debes agradecimiento pero si, más tarde quiere que le acompañes a un concierto de los Jonas Brothers, olvídate de corresponderle. Es cuestión de salud.


Y, como somos humanos (unos más que otros), también es cuestión de salud conseguir una bonita, retorcida, sutil y pacífica venganza contra quien te ha fastidiado… Cuando yo acababa de separarme, mis amigas se estaban casando (no es que ellas se casaran tarde o que yo me hubiera casado pronto, es más bien que el tiempo me cundía). Una de ellas, muy religiosa, no estaba nada de acuerdo con mi decisión. Nos reunió a toda la pandi y nos dio las invitaciones. Justo el día antes de la boda me llamó y me dijo: “Oye, Cris, como tú te acabas de separar igual te sientes incómoda yendo a una boda…”. Yo le contesté, pensando que estaba preocupada por mí: “Mujer, llevo cuatro meses separada y la tuya es la quinta boda. Sé que no lo desconoces porque hemos ido juntas a las otras cuatro. A mí me encanta veros felices.”. Tras un breve silencio en la línea telefónica, me indicó. “Ya, bueno, pero si no quieres venir a la mía… lo entiendo perfectamente.”. Naturalmente, le contesté entusiasmada: “Iré”… Pero parece que no entendía tan bien porque cuando llegamos al convite, mi nombre no estaba… Podría decir que mi venganza para un feo tan gratuito fue lo monísima que iba vestida (que lo iba), pero no quedé en paz del todo hasta que, al cabo de pocos años, vino a mi despacho para que le tramitara el divorcio. Y se lo cobré. Todo. Eso sí, en mi bondad, al darle la minuta, le indiqué: “Si no puedes pagarlo en una sola vez, podemos hacerlo a plazos. No te preocupes… lo entiendo perfectamente”.


Una venganza casual, no maquinada, una venganza que te regala la Providencia, proporcional a tu daño (incluso un poco menor, que tampoco hay necesidad) o una venganza provocada con un leve empujoncito al Destino, es perfectamente reivindicable. Y la reivindico. El “ojo por ojo” ha hecho mucho daño pero el “poner la otra mejilla” duele más, que te llevas dos bofetadas y no hay reparto equitativo. De hecho, creo que hay un nombre para eso… Masoquismo, creo que lo llaman… Y no es muy agradable, salvo que seas la colgada cuyo novio se llama Grey y a la que le ofende que le regalen joyas, vestidos y coches pero que ve como un acto de amor que la azoten, la anulen y le pidan obediencia ciega (sé que esto no me deja en buen lugar pero debo confesar que yo me veo siendo amiga de la sufridora esa y diciéndole: “¡¡¡¿Cómo?!!!... ¡¡¡¿Qué te ha regalado unos Louboutin y un Elie Saab?!!!--- ¡¡¡¿Pero cómo se atreve?!!!... Ese se piensa que puede hacer lo que le da la gana… Anda, dame y dame, que ya me lo quedo yo… ¡¡¡Qué aprenda!!!... Además, no te hace juego con el morado que te han producido las ligaduras de las muñecas”).


Comprended que hablo de la venganza etérea, elegante… De acuerdo, hay excepciones, como que alguien te dé un empujón: ahí puedes empujar tú sin sutilezas ni poses, y si lo puedes tirar de culo, mejor, para que tengas tiempo de huir porque, como lo dejes de pie, te responderá y entramos en un círculo vicioso… Nadie va a hacerme sentir culpable por alegrarme de las pequeñas caídas de mi enemigo, al igual que respeto que él celebre las mías. Necesitamos desestresarnos. Creo que es como ese agujerito que le haces a la comida precocinada para cocinarla en el microondas: has roto el envase, pero es chiquitín y apenas se ve y, gracias a ello, lo de dentro estará mejor (metáfora estupenda y moderna que viene a sustituir a la de la olla a presión, que queda fuera de mi zona de conocimiento, entre otras cosas por ni tengo, ni tendré ni sé si se siguen fabricando)… Vamos a relajarnos todos un poquito, a permitirnos ser malos de vez en cuando, a negarnos a poner la otra mejilla y perdonar cuando tenemos la pacífica opción de optar por esquivar el segundo guantazo y esperar a que le salgan granos en la suya (mejilla, me refiero, que hay mucho imaginativo por ahí que me estropea el hilo de la idea) tras la cena que hemos propuesto para hacer las paces, cargando su plato de picante, especias y lo que haga falta... Os doy una justificación moral: considerando que las Siete Virtudes cardinales las transmitieron señores que no sabían leer mucho y teniendo en cuenta que no me fio yo de que Dios tenga buena letra, ¿no es posible que donde leyeron "Templanza", pusiera realmente "Venganza"?...  


Mi hijo mayor me comentó una vez: “El abuelo decía que vengarse es de reyes pero perdonar es de dioses... Mamá, yo creo que soy un rey... pero un rey muuuuyyy satisfecho".

 
P.D. Amenazo con hablar en otro post de agradecimientos, agradecidos  y desagradecidos.

jueves, 20 de marzo de 2014

Los "Por-menores" de mi vida. 1ª Parte.


Tal y como amenacé, cada jueves haré una recopilación de algunas anécdotas ya publicadas en mi página personal de Facebook. Para darles sentido, os indico que éstas concretamente son de hace dos años, por lo que Hugo tenía 14 y Ariel 11/12 (no es que el pequeño sea ambivalente temporalmente hablando, es que los cumple a finales de año y la mayoría son de principios del 2012).

Las he catalogado bajo la etiqueta “Segunda Edición” para distinguirlas de mis post de opinión. Empezamos...


Vacilando a una madre

Una noche, para evitarme viajes, lleno una bandeja enorme con la cena de mis hijos. Entro precariamente en el salón y deposito mi carga, con todo cariño, en la mesa. Exclamo, encantada (y sorprendida) conmigo misma: "¡¡¡No se me ha caído nada!!!"... Mi encantador Ariel, con aires de suficiencia, me indica solícito: "¡¡¡Felicidades, mamá!!!... ¡¡¡Esto es lo más cerca que ha estado jamás tu comida de llamarse "dieta equilibrada"!!!..."... ¿Lo mato?... La mayoría manda, ¿eh?...

Entra Ariel en el salón donde yo estaba y me quedo mirándolo porque llevaba una combinación de ropa estrambótica... "¡¡¡Pues a mí me gusta!!!", me dice, sin que hubiese mediado palabra por mi parte. "¿Qué pasa, Ari?. ¿Ahora lees la mente?", le pregunto sorprendida. Y, con gran seriedad, me contesta: "No es mi poder. Es el tuyo. Estas pensando con los ojos"…

No había forma de que Ariel comenzara el día, así que le digo: "Ari, te quiero mucho y me haces muy feliz pero te querría más y sería mucho más feliz si te levantaras"... Sin abrir los ojos me contesta: "Vamos a hacer una cosa: yo me doy por satisfecho con el cariño que estoy recibiendo hasta el momento y tú te conformas con el grado de felicidad que has alcanzado... y, así, sigo durmiendo"...

Hablando por teléfono con Hugo, me pide permiso para hacer una cosa con la que no estoy de acuerdo. Trata insistentemente de convencerme con argumentos bastante trabajados pero que adolecen de cierto aire a ficción. Le digo, para hacerle ver que no me creo una palabra: "Hugo, cariño, déjalo ya. No soy tonta..."... Me contesta con resignación: "Lo sé. Mi vida sería mucho más fácil si lo fueras"....

Está jugando Ariel al "Quién es quién" en el móvil y me dice: "Mamá, yo creo que, en el Modo Experto de este juego, son todo chinos"... Hugo interviene y comenta: "Me caen bien los chinos. Cuando estuve en Barcelona, vimos una manada de chinos...". Aquí interrumpo yo, en plan progenitor responsable, y les informo: "¡¡¡Los chinos no van en manadas!!!"... Se me quedan mirando, seriamente, los dos, cavilando el significado de mis sabias palabras y, sonriendo con aire de superioridad, Ariel sentencia: "¡¡¡Pues claro que no van en manada!!!... La palabra adecuada para llamar a un grupo de chinos es 'lebaño'..."... ¿¿Me vacilan o no me vacilan??...

Conversaciones de hermanos

Ariel intenta dormir. Hugo tiene ganas de charla y no le deja. Harto ya, le dice Ariel: "Hugo, como no te calles, te voy a hacer vudú..."... Hugo se ríe de su hermano y le contesta: "¡¡¡Que susto me da!!!... ¡¡¡Eso no funciona!!!"... A lo que Ari responde, muy sereno: "Ya, pero yo te voy a pinchar a ti y a ver si lo nota el muñeco..."... Y yo incapaz de poner orden de la risa tonta que me entró...

Hugo se va a la calle y pregunta si nos sube algo. Ariel contesta en voz alta desde su habitación: "¡¡¡Sí, tráeme algo de crack!!!"... Hugo replica tranquilamente: "¿Pero tú no habías dejado de fumar?"... Ariel responde: "No, de fumar, no. He dejado de traficar..."... Hugo se va hacia la puerta, mascullando: "¡¡¡Una lástima!!!... Me habría ahorrado el esfuerzo"... Creo que mis vecinos están a punto de llamar a Servicios Sociales... Prometo que yo los intento educar, pero no se dejan...

Una reflexión.

Recojo a Ariel de un cumpleaños en un campo cercano a Guardamar. Por el camino, va viendo los locales de alterne hasta que me pregunta: "Mamá, ¿eso son casas de putas?". (Nota para los sensibles: no soy partidaria del uso habitual de las palabrotas  pero tampoco puedo poner el grito en el Cielo por llamar por su nombre a las cosas). Así que le contesto: "Pues sí, cariño."... Se queda callado un momento y me dice: "¿Y la Poli no se da cuenta?... ¡¡¡Pero si me he dado cuenta yo y no sé mucho del tema!!!"... Le explico que no cometen delito quienes ejercen la prostitución, sino que los delitos en ese mundo vienen por cuestiones relacionadas, como el proxenetismo... Me sigue bombardeando a preguntas: "¿Es verdad que hay chicas que se pagan la Universidad cobrando por acostarse con desconocidos, vamos, siendo putas?"... Le respondo que sí, que alguna habrá... Se queda en silencio un minuto y, de repente, exclama: "¡¡¡Eso son ganas de estudiar, ¿eh?!!!"...


Puede que creáis que intento divertiros pero, en realidad, busco comprensión para cuando me detengan por ponerlos a la venta… 

P.D. Tomadlo como lo es (una caricatura de la vida) y espero que nadie se sienta ofendido (ni los chinos, ni las mujeres de vida alegre, ni los traficantes…).

martes, 18 de marzo de 2014

¿Dónde hay que firmar?.


Iba caminando por la Plaza del Ayuntamiento, cuando se me ha acercado apresuradamente un señor y ha dicho: “Oye, que sepas que leo tu Blog”. Yo lo he mirado con sospecha y he repasado, en un instante, si era finales de Diciembre, si había cámaras, si existía sitio dónde esconder cámaras, si era familia mía… Ante mi silencio, ha insistido: “¡¡¡Que sí, que sí, que soy muy fan tuyo!!!”… Más feliz que unas castañuelas, le he pedido entusiasmada: “¡¡¡Ay, qué alegría!!!. ¡¡¿Me firma un autógrafo, por favor, por favor?!!”. Expresando una lógica que no entiendo, me ha respondido: “¿No sería más normal que te lo pidiera yo a ti?”. Naturalmente, se lo he explicado: “A ver, señor, si usted le comenta a un amigo que se ha encontrado a una chica de su ciudad que escribe un blog chiquitín, él va a creerle. Ahora, cuando yo le cuente a mi hermana que me ha parado usted por la calle, sin que nos conozcamos, para decirme que le gusta lo que escribo, lo cual implica que le gusta lo bastante como para arriesgarse a detenerme y dirigirse a mí sin saber cómo puedo yo reaccionar y, sobre todo, cuando presuma de que me ha reconocido, ¡¡¡tengo que presentarle pruebas!!!”… Y me lo ha firmado… Y me he ido pensando en llevar siempre encima una libreta de autógrafos y pedirle uno a cada persona que me haga feliz para que, en los malos tiempos, tenga un recordatorio físico de cuánto bien he recibido…

Siempre he creído que cuando alguien se deprime, más que pastillas que atonten, deberían recetarle medicamentos para la memoria porque no existe mejor salida de la tristeza que recordar cuánta gente hay dispuesta a echarte una mano… Venga, no me digáis que no os gusta leer las dedicatorias que nos escribían los amigos en las fotos de fin de curso, o en los cumpleaños, o en el álbum de la comunión (y eso que ahí te ponen cosas del tipo: “Eres aún mejor. Hoy has conocido a Dios”. Esa la he sacado del de mi hijo Ariel. Él ha puesto bajo: “Más que conocerlo, hoy me lo he comido”)… ¡¡¡Si hasta me organicé una fiesta especial por mi 40 aniversario con el maquiavélico fin de obligar a mis amigos a firmar en un libro de visitas y que se vieran compelidos a manifestar por escrito lo joven que parezco y lo poco que se me notan los años!!!. Antes de ir a dormir, ni series, ni libros, ni conectarse a internet,  lo que hay que hacer es leer las dedicatorias que alguna vez te hizo la gente que te quiere y la que te ha querido y dormir orgullosos de poder inspirar esos sentimientos… Pero sé sensato, no las hagas verdades universales: lo que ha de animarte, lo que tiene que hacerte feliz es el simple hecho de que alguien pierda su tiempo, su energía y su pluma, en dejarte unas palabras amables sólo porque eres tú, eso es lo bonito, no te lo creas a pies juntillas porque acabarías convirtiéndote en un pedante y pocas cosas hay más desagradables que encontrarte con uno de esos. Yo los llevo fatal (y eso que defiendo la Soberbia en varias de sus manifestaciones) porque me producen vergüenza ajena, que es la peor de las vergüenzas puesto que no la ha provocado falta alguna tuya y no puedes zanjarla sin herir. Mi abuela, que era una persona muy divertida, decía que la modestia es una clase de mentira, así que siempre recordaba que en su juventud, paseando por Murcia, un fotógrafo muy conocido salió corriendo detrás de ella para hacerle fotos y acto seguido, te las mostraba. Esas fotos nunca estuvieron guardadas. Decía que ella no valoraba si de verdad merecía que alguien corriese tras ella por su belleza, ella atesoraba el que alguien lo hubiera hecho. Y era feliz. Porque tenía memoria, porque rescataba gestos y porque era agradecida.

¡¡¡Si es que somos unos pavos, de verdad!!!. Cada vez que tenemos un revés, nos autocompadecemos y nos sentimos solos y eso es una ofensa para nuestros amigos. Nadie está solo. Nadie. Y ahí seguimos, eligiendo recrearnos en nuestras miserias en lugar de abrir la caja de recuerdos y empaparnos de todo ese ánimo que tenemos guardado dentro, en forma de carta, fotos firmadas, notas recibidas… Y lo que es mucho peor, no dedicamos ni un minuto del día a crear nuevos recuerdos que podamos redescubrir, sentados en el suelo, tocándolos físicamente… Yo he empezado esta mañana, voy a ser la loca del bloc de firmas… ¡¡¡Ea, ya tengo otra cosa más que meter en el bolso!!!… Menos mal que tengo visión de futuro y he establecido que mi pareja tiene que hacer deporte, no por salud ni por físico, sino para que esté en condiciones de llevarme el bolso cuando sea una anciana (no pienso renunciar a nada de lo que inventen, mientras me quepa: monísima con mi ipad 2345 hasta el final)…

         He de decir que, al enseñarle a mi hijo mi trofeo de esta mañana, me ha preguntado: “¿Quién es ese hombre?”.  Yo le he respondido que alguien al que le gustaba mi blog. Me ha mirado. Ha torcido la cabeza. Ha achinado los ojos y me ha indicado: “Trabajas en un Club de Fútbol donde hay y pasan jugadores de Primera División. Has conocido gente que sale en la tele. Te llaman personas que aparecen en la Wikipedia… Y vas y le pides un autógrafo a alguien porque le gusta lo que tú haces… De verdad, mamá, acabaré siendo un tipo sensato pero porque con tus ejemplos siempre me llevas por la cuerda floja y me estoy convirtiendo en un experto guardando el equilibrio".

P.D.: Os recuerdo que la página de Facebook se llama Red Carpet by Cristina Birlanga… Y, a quien me lo pida, voy a darle un empujoncito en su misión regalándole una libreta (me dais direcciones por privado y os las envío). Prometido. Eso sí, el novio cachas para llevar el bolso, ya me lo quedo yo...

miércoles, 12 de marzo de 2014

La delgada línea rosa.


La línea entre lo sublime y lo cursi es tan delgada que un suspiro la quiebra… ¡¡¡Toma ya!!!. Esa frase tan pretenciosa y fatua es mía. No digáis que no se explica a sí misma… Vale, vale, tengo otro principio: estando en la Universidad, me dijo uno de mis mejores amigos (Víctor, ¿te acuerdas?): “Si alguna vez tengo hijos, antes les pongo una peli porno que una de Disney. Las dos crean falsas expectativas pero, al menos, en la primera no cantan”. Aunque no lo parezca, esta es mi publicación para los chicos (bueno, la palabra “porno”, igual os ha dado una pista). Puede que ahora no lo apreciéis en su justa medida pero os voy a liberar de mucha presión.

¿Qué enamorado no ha escuchado de su pareja eso de “Necesito más romanticismo”?… Y tú, que sabes por experiencias anteriores que las flores y los bombones no son suficientes, que lo que te están pidiendo es un acto único y personal, tratas de buscar inspiración y se desata el drama… Desengañaos: ese acto único y personal es de imposible cumplimiento. En primer lugar, no es un “acto” general, es un “acto” concreto: tiene claro lo que quiere y te aseguro que no lo vas a adivinar. De verdad, confórmate con ofrecerle una cena romántica (que es un eufemismo para decir una cena cara, no te equivoques), regalarle un bolso estupendo, un vestido que os guste a los dos con la promesa de estrenarlo como preludio a una noche de halagos… No innoves, por Dios, porque ahí corres el peor de los riesgos en una relación: ser cursi.

Os voy a dar unas pautas que os apartarán del abismo de la pedantería (y van dos frases afectadas para explicar que no hagáis actos afectados… Arte que tiene una):

La Regla del 3 x 3 x 3. Si no eres capaz de recitar tres estrofas de tres poemas diferentes de tres autores distintos, no escribas poesía. La poesía es la nitroglicerina del amor: cualquier movimiento en falso crea un desastre. Si no has leído y apreciado a verdaderos autores, lo que será un poema es escuchar tu creación (y que conste que utilizo la palabra “creación” en el mismo sentido en que se la aplicaría al monstruito del Sr. Frankenstein). Encima no vas a ser original, apuesto a que las palabras “cielo”, “azul”, “amor” y “corazón”, aparecen fijo.  Recitarle a tu amada: “El cielo azul es testigo/ que el corazón me has robado/ ”devuélvemelo”, te digo/ o me voy para el Juzgado” te puede parecer una gran idea, y lo es, pero una gran idea no tiene porqué ser una buena idea, así que te recomiendo que la mantengas en el mundo de la imaginación porque, como se te ocurra llevarla a cabo, ten por innegable que irás al Juzgado, pero a denunciarla por el morado que te habrá provocado en el ojo. Y ya te digo yo que la absuelven: eximente completa de locura pasajera causada por sentimiento superlativo de vergüenza ajena. Existe.

Con las canciones es mucho peor. No cantéis. Escoger una  canción que inspire sentimientos románticos en tu pareja sin que resulte melosa es muy difícil (haced caso a mi amigo: hasta Disney se equivoca y peca de cursi). Y conlleva una incomodidad añadida: yo, como chica a la que le han ofrecido conciertos, no sé qué cara poner mientras me cantan. Lo paso fatal. He llegado a ensayar ante el espejo… Dejad las baladas a los profesionales, os lo ruego.

La Regla Proporcional de Público. El almíbar que destilan tus palabras y tus actos aumentará en proporción directa al número de personas que ven la escena. La vida no es una peli y, si quieres emular a Richard Gere, asomando por el techo de una limusina blanca, con un enorme ramo de rosas y gritando bajo el balcón de tu víctima (¡¡¡Ups, quería decir “enamorada”!!!) que la amas, no habrá banda sonora in crescendo que anule el volumen de las carcajadas de tus vecinos… Eso deja una huella imborrable en el barrio, y no como las del Paseo de la Fama, precisamente…

La Regla del Corazón Sobrevalorado. No todo lo que tiene forma de corazón es bonito. De hecho, el corazón en sí no es bonito. Es un órgano interno bastante asqueroso (útil pero desagradable). En realidad, he de decir que, para los antiguos (pero los antiguos de verdad, los de los primeros siglos, no los nacidos hasta 1980) la parte más importante del cuerpo humano era el estómago y creo que por eso nos agasaja más que nos regalen un festín en un buen restaurante que unas valerianas antitaquicardias. Te recomiendo que busques obsequios con formas menos sospechosas de ser colaboradoras necesarias en delitos de cursilería (¡¡¡Y van tres frases!!!). Y, por favor, si el corazón está partido y la intención es quedarse cada uno un trozo, a no ser que seas Alejandro Sanz y lo entregues como guiño al cincuenta aniversario de tu mayor éxito (y lo perdonamos sólo porque para entonces podemos achacarlo a la senilidad), llama en cuanto te des cuenta de lo que has hecho, finge que era broma y llévala a un tres estrellas Michelín, a ver si cuela.

Captad el mensaje: no os agobiéis cuando os pidan romanticismo. No vais a acertar. Sólo podéis aspirar a salir del paso con el orgullo y la reputación intactos. Al final, lo único que queremos es que hagáis un esfuerzo, no el ridículo.

Una vez, hace mucho tiempo, coincidí con una amiga. Ambas acabábamos de romper nuestra relación (no la suya y la mía, sino la de cada una con su novio). Ella me indicó: “Cris, estaba abocado al fracaso. Me ha sido infiel. ¿Qué os ha pasado a vosotros”. Yo le contesté con evidente emoción: “No lo vi venir… Parecía tan normal, tan elegante… Le pedí un poco más de romanticismo en nuestra relación, que fuera más detallista y…. me regaló una figura de Lladró…. ¡¡¡La pastorcilla!!!”. Con estupor, temblorosa, me preguntó: “¡¡¿Era un…cursi?!!”… Yo no podía hablar, el recuerdo me dolía. Me limité a asentir. Mi amiga, horrorizada, no pudo más que consolarme: “¡¡¡Y yo quejándome por una simple infidelidad!!!”…






Página de Facebook: Red Carpet by Cristina Birlanga

lunes, 10 de marzo de 2014

Cuarentena a la edad.


Mi hermana pequeña cumple mañana 40 años. ¡¡¡Madre mía, que mayor que soy!!!. Sí. Yo. Porque la edad la noto por referencias. Aunque me veo cada día (y me veo mucho, que no hay espejo que no me refleje, por muy bruja que crean algunos que soy), tengo un don para ignorar lo evidente, así que, salvo sesión de masoquismo estético, no me paro a pensar en mis signos de vejez, los cuales me pasan desapercibidos, por lo que es el mundo quien se arroga la misión de hacerme enfrentar los estragos de la edad y, el muy canalla, lo hace disfrutando y de formas muy enrevesadas…. A mí, esas formas, me han pillado desprevenida y me han dejado estupefacta y es mi labor prevenir a Begoña.

Que cuando cumples 40 años el cuerpo suma toda la gravedad que en tu primera juventud habías ahorrado dando saltos, brincos, botes y respingos porque sí, por diversión, es de todos sabido pero, no te confíes en que el tema se queda ahí (ni el tema ni tus carnes se queda ahí): eso es sólo la antesala a un infierno desconocido.

Por lo pronto, empiezas a vestirte por los pies y eso no significa que haya entrado el sentido común, por fin, en tu cabecita de cuarentona, no, es literal: piensas primero qué zapatos podrás aguantar todo el día y, a partir de ahí, eliges el resto para que acompañe. Siempre te has teñido el pelo regularmente porque la raíz te nacía más oscura, pero ahora lo haces porque te nace blanca (y la Naturaleza no ha tenido la deferencia de premiarte algún año con un término medio). Las vitaminas ya no te las tomas para soportar el fin de semana de fiesta sin dormir apenas (bendito y añorado Katovit), ahora las necesitas para resistir la semana completa (y sin fiestas). Y, no sé a vosotras pero, a esta edad, cuando veo una típica peli americana de chico-conoce-chica, a mí el que me gusta es el padre del prota… Calculas la edad que tenías tú cuando tu madre tenía la tuya actual, recuerdas lo que pensabas de ella y te dedicas al estudio pormenorizado de técnicas de rejuvenecimiento mientras te sorprendes preguntándote cómo pudo abandonar Sonia Ferrer, por Escassi (¿es que no le daba una pista el apellido?), a todo un italiano ¡¡¡¡cirujano plástico, por Dios!!!!. ¿Tú sabes la seguridad que te da eso en casa?. La tranquilidad para tu alma superficial….

Y las conversaciones con tus hijos (sirven sobrinos y demás menores) son campo minado de stress y tensiones. Hace poco le dije a Ariel, cuando se preparaba para ir al colegio, que no se olvidara la cartera (¡¡¡Y los donuts!!!, estáis pensando los de mi quinta). Me miró desconcertado y me preguntó “¿La cartera?”. A lo que Hugo, le contestó: “Ari, así es como los antiguos llamaban a la mochila”… Ese mismo villano, me consejó inocentemente, mientras veíamos la tele, durante los anuncios: “Mamá, cómprate esa crema. Te pareces al `antes´…”.  Y eso sin contar las veces que, siendo muy pequeños, me han dicho cosas como. “Mamá, ¿tú cuántos años tienes?. ¿Ochenta?.”. “¿En tu época había luz eléctrica?”. “¿Viste algún mamut de pequeña?”. Pero, en aquel entonces, no tenías cuarenta años. Ahora duele.

He dejado un punto que me atormenta para el final. La prueba definitiva de que eres mayor. Haced cábalas. No es que un mañaco (para los de fuera de la Comunidad Valenciana, mañaco=niño pequeño un pelín malcriado. Puede ser o no maniaco, pero con las mismas probabilidades que ser o no aficionado a tocar la balalaika) te ataque en plena calle con un arma letal: “¿Lleva hora, SEÑORA?”, que tú te debates entre retarle a duelo por faltarte a tu honor o rogarle que confiese que es adicto a la poesía y ha querido hacer un verso corto con rima consonante. Tampoco que un jovenzuelo de treinta años te ceda el sitio en el autobús (mira que hay muchachos maleducados). No. La prueba concluyente es cuando pasas de ser mona/guapa/bellezón (que de todo hay y estoy hablando en general) a “tener clase”. ¿¿¿Clase????. A ver, olvídate: esa mirada felina, miopía; ese andar sereno, dolores articulares en el pie; esa forma de responder pausadamente: sordera, tienes que procesar lo que crees que ha dicho el otro… Que sí, que sí, que hay gente de nuestra edad con mucha elegancia (todos mis amigos y los que me leen, por supuesto) pero si toda la vida te han dedicado piropos más bien físicos y ahora enaltecen tu porte, sin desmerecer el halago, estás mayor. Pero no pasa nada, todo tiene su público y, ya hayas llegado a ese punto de garbo por tus dotes naturales o por disimular síntomas de malestar general, jugar a ser distinguida y gentil es muy, muy divertido y desconcierta más que la pura belleza.  Oscar Wilde decía que ”la belleza que sorprende rara vez coincide con la que enamora” y yo creo que ésta última es el resultado de añadirle un poco del estilo que da la edad. Es un encanto mucho menos comprensible y, por ello, más fascinante.

Así que, Bego, ¡¡¡mil felicidades!!!!. Disfruta la suerte de estar en la élite de la edad adulta, descontrola de vez en cuando con la seguridad de que sabes lo que quieres (necesito que sigas siendo la hermana sensata), eres guapa, ahora tienes más clase, no lleves reloj, no subas en bus…

P.D. Esto es lo más cerca que vas a estar nunca de que te diga que te quiero.

lunes, 3 de marzo de 2014

En el Nombre de IOS...


            El hecho de que Alá, Dios y Yahvé (lo he puesto por orden alfabético, para que no se ofenda nadie), siendo como son (o como es, que igual es el Mismo reinterpretado) todopoderosos, no pudiesen poner orden ellos solitos y se hubieran visto en la necesidad de dictar sus Libros de Instrucciones (El Corán, La Biblia y La Torá) a través de sus Elegidos, me ha inspirado para hacer un borrador sobre Normas de Conducta de la nueva religión: el WhatsAppismo. Y es que, Hijos Míos, hay que poner límites y, aunque a mí el papel que me gustaría es el de princesa egipcia que se liga al primogénito cachas, he de hacer un esfuerzo e investirme de avanzadilla del Verdadero Profeta (es que no tengo alma de mártir para más) y dar unos pequeños Mandamientos de obligado cumplimiento:

PRIMER MANDAMIENTO.- Envía un Whatsapp sin esperar nada a cambio. A ver, almas cándidas, tened presente que el doble click no formaliza contrato ni obligación alguna. Tú has enviado el mensaje, yo lo he recibido y sé que tú has visto que yo lo he recibido. Punto. Ahí acaba la cosa. Te contestaré cuando pueda, cuando estime oportuno y/o cuando decida la respuesta. Que lo haya abierto no implica que esté en condiciones de dar la réplica. Mi generosidad empieza cuando permito que estemos conectados universal y gratuitamente, a cualquier hora del día y cualquier día de la semana (y ya es mucha generosidad). Queda absolutamente prohibido mensajes del tipo: “He visto que estás en línea. Dime algo”. Yo estaré en línea, pero tú te has pasado de la raya. Si pretendes que conteste cuando a ti te venga bien y me lo reclamas con más mensajes, es una invasión en toda regla y yo defenderé mis fronteras como buenamente pueda, así que no te sorprendas si, cuando nos veamos cara a cara, te catapulto brea caliente… Te lo mereces.

Si es urgente, llama. Si no te contesto, expón el motivo de la urgencia. Es sencillo, es educado.

Este Mandamiento tiene una especialidad: Los emoticonos no requieren respuesta alguna. Es una birria de esfuerzo. Por mucho corazón, cara feliz, besos y estrellas que conlleve, puedes dar por acabada una conversación si no se acompaña de palabras. Es el equivalente al Pecado Capital de la Pereza.

SEGUNDO MANDAMIENTO.- Si lo que quieres comunicar no se arregla con tres mensajes cortos, llama. Por Dios, a cierta edad, escribir en el móvil cuesta. Te lloran los ojos, te duelen los dedos y se te cansa el brazo de acercar y alejar la pantalla para poder enfocar. Tres mensajes son el límite, a partir de ahí, es vicio.

TERCER MANDAMIENTO.- Las cadenas de mensajes avisando de peligros apocalípticos, son pecado. Desengáñate: por encima de valorar tu buena intención al avisarme de que Whatsapp se va a convertir en religión de pago, voy a pensar que eres un iluso embaucado por creer que Mr. Zuckerberg ha escrito un mensaje personalmente dándote opciones para evitarlo (la versión “lo han dicho en la tele”, lleva la agravante de encefalograma plano) y vas a conseguir que te pierda un poquito del respeto debido a tu inteligencia. Es importante que tengas en cuenta que el “No, si yo tampoco lo creo, pero por si acaso…”, no sirve como penitencia por el tiempo que hemos perdido los dos…

CUARTO MANDAMIENTO.- Las consultas profesionales a través de Whatsapp se consideran acto impuro. Hace poco me preguntó, por esta vía, un cliente (al que le había llevado su divorcio): “Cristina, tengo un problema con una herencia. Mi madre ha fallecido y somos tres hermanos y mi padre. Los bienes son: (me los enumera). ¿Me sacas un momentito lo que nos corresponde a cada uno y me lo dices para ir al notario?. Es que voy un poco despistado y no sé qué hacer “. Obviamente, le contesté: “¡¡¡Sí que vas despistado que has confundido el whatsapp con mi despacho!!!. Menos mal que yo sí sé lo que tienes que hacer: llama a mi oficina y pide una cita”. Eso sí, le puse un emoticono de carita feliz…

Preguntar a cualquier profesional por mensaje para evitarte la visita y el consiguiente abono de honorarios es un atraco y un abuso cuyo castigo es el Infierno de los Bloqueados.

QUINTO MANDAMIENTO.- No te ofenderás si la despedida no ha sido suficiente para ti. No alarguemos, te lo ruego. Si digo “Hasta luego”, es un  final. No me sigas conversando. No es necesario añadir la foto de un niño diciendo adiós, el muñequito de los besos, la manita saludando… Con uno lo capto, por favor, cáptalo también tú. Conozco gente que se ha visto inmersa en un bucle de despedidas y se ha consumido en su propio Universo paralelo… Pongamos una norma: con un “Bueno, hasta luego. Ten un buen día”, será suficiente. Como repuesta: “Igualmente. Un abrazo”, bastará. Si tras eso se pone un emoticono, se volverá al Primer Mandamiento, en su especialidad mencionada.

SEXTO MANDAMIENTO.- Ante la duda, interpreta en positivo. Importantísimo para mantener amistades y parejas. Aunque resulte obvio, la gente olvida que las palabras escritas no tienen tono, que la ironía puede perderse o aparecer donde no debe. Cuando recibas un mensaje piensa, sobre todas las cosas y salvo evidencias, que quien te escribe es amigo y, ante la sospecha de un amago de mala fe, llama. Si eres quien escribe, facilita la labor y esto incluye releer antes de enviar porque el corrector es el Maligno y pervierte tus envíos. Yo he creído que escribía a un cliente: “Paco, a las cinco en la Glorieta” y él recibió: “Pavo, te hinco las tetas”.

SÉPTIMO MANDAMIENTO.- Respétate a ti mismo por encima de todos los Whatsapp. Y como soy una psudoprofeta muy maja te voy a traducir este Mandamiento para que no exista margen de error: cuando estés con los amigos tomando cervecitas, cuando estés disfrutando de un día de playa, en el cine, en el teatro, de viaje, en un concierto, dándote un masaje (o dando un masaje), charlando, cenando, comiendo, conduciendo, alimentando a los patos… ¡¡¡pasa del whatsapp!!!, porque sí, porque te mereces disfrutar de las cosas al cien por cien… Olvídate de él completamente, no contestes, no remitas, no compruebes quien está conectado. Y si luego te dicen indignados: “¿Por qué has tardado tanto en contestar?. ¿Qué hacías?”, podrás responder: “Vivía”…

            Mi hijo Ariel es la persona que menos se complica la existencia de las que conozco, a pesar de la paradoja de ser muy complejo. Él borra todos los mensajes conforme termina las conversaciones, incluido los archivos. Una vez le pregunté el por qué hacía eso, y le dije que me sorprendía que no le diese pena eliminarlo todo. Me contesto: “¿Pena?. ¿De perder conversaciones tan poco importantes como para no merecer una llamada o un encuentro?. No sé tú, pero yo prefiero acordarme de ti y lo que me dices que de tu avatar y lo que me mensajeas… Y tiene mérito porque en tu foto de Whatsapp estás mucho más guapa de lo que eres”…

P.D. Una vez oí un Padre Nuestro cursilísimo que me hizo reír (aclaro que tendría yo unos quince años). Se me quedó grabado que denomiran al Espíritu Santo "Palomita buena onda"... Pues bien,  la némesis de ese ente de bondad no es otro que el doble click azul: "Doble palomita mala onda"... Ya os digo yo que quien lo ideó estaba bajo el influjo del Maligno...  https://www.youtube.com/watch?v=u11J5ZkJjBQ





Audio de la emisión en Onda Cero (Elche en la Onda): http://www.ivoox.com/red-carpet-onda-cero-19-5-2014-audios-mp3_rf_3135227_1.HTML

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miércoles, 26 de febrero de 2014

Vanidad Pura.


La Ratita Presumida no merecía ese final. Bueno, por rata puede que sí pero por presumida debería habérsele indultado. Yo lo soy (presumida, no rata) y lo llevo por bandera.

Y es una bandera que he tenido que defender miles de veces. De hecho, cada día me enfrento al reto de ciertas preguntas recurrentes.” ¿A qué hora te levantas para arreglarte?”. A la que sea necesaria. Mis hijos ya han incorporado el ruido del secador a sus sonidos habituales, por lo que no les despierta. “¿Cuánta ropa tienes?”. Toda, pero nunca es suficiente. “¿Te vas a llevar esa maleta sólo para dos días?”. Sí. La he hecho yo, he escogido lo que hay dentro, la arrastro yo, existe una premeditación absoluta: no hay forma humana de que sea una equivocación. Es mía y sí, me la llevo para dos días… Una variante de ésta última cuestión es la de “¡¡¡¿Pero qué llevas en el Bolso?!!!”. Grosso modo: bote de Red Bull, kit completo de maquillaje, cartera, llaves (en la misma cantidad que si trabajara de gobernanta en un hotel de veinte pisos), iPad, iPhone, cargadores para ambos, chuches abundantes (para ofrecer y hacer amigos), gafas, bolis, libreta, colirios, auriculares, artículos de aseo. Mi filosofía “bolsar” se resume en lo que instintivamente respondí cuando me interrogaron sobre por qué llevaba un destornillador. “Porque cabe”.

Soy vanidosa. Lo recomiendo como doctrina de vida. Y, por una vez, voy a hacer un blog de moda por un motivo: mis truquitos, mis filias, mis prendas de la suerte tienen nombre y apellidos (o marca concreta) y he de agradecerles la cantidad de depresiones, malos rollos, ideas peregrinas, ansiedades evitados y, sobre todo, el ingente número de alegrías, situaciones salvadas y seguridad adquirida.

Mi madre me dijo una vez: “Tu hermana será aparejador pero la que está todo el día arriba del andamio eres tú”. Lo reconozco: no se caminar sin mis tacones. Incluso jugando al pádel, me pongo de puntillas si no estoy corriendo (o sea, siempre, porque soy muy mala). Haciendo historia no sé si conocí antes la marca o la persona pero creo que fue a la persona, por lógica: de haber estado tan loca por sus zapatos cuando me presentaron a Pura López, me habría humillado a mí misma y a todos los que allí estaban pidiéndole un autógrafo. Como eso no pasó, creo que, hasta esa fecha, no me había dado cuenta de que mis mejores, más cómodos y más bonitos zapatos, eran de ella. A ver, tiene una explicación ese lapsus: educada en una ciudad de zapateros, desde pequeña los zapatos llegaban a mi casa: el vecino de abajo hacía de niños; el de arriba, de hombre; nosotros, de mujer; el amigo de mi padre, de estar por casa; el marido de la amiga de mi madre; deportivos; cubríamos todos los frentes y funcionaba el trueque (aquí están los ilicitanos asintiendo como posesos). Hasta que la vanidad no hizo mella en mí, no fui a una zapatería, me conformaba con lo que había… Pero descubrí lo que unos buenos zapatos pueden hacer por ti: mejoran tu porte, elevan tu autoestima, te dan una excusa para la torpeza cuando te caes, son armas vengativas eficaces (¿habéis probado a pisar al descuido a un exnovio canalla?). Y se me reveló la importancia de que el zapato sea de calidad, la necesidad de saber qué es lo que adquieres (que conste que he utilizado el verbo “revelar” porque fue una experiencia religiosa: arrastrando mis pies sangrantes tras media hora con un par de zapatos de marca extraña, parecía un penitente en pleno Viernes Santo, y prometí que nunca más), y, si el presupuesto te obliga a elegir entre dos mediocres o uno de Pura López, elige el de Pura: tengo botas suyas que tienen más años que mis hijos y me dan más cariño, me miman el pie y me mandan mensajes subliminales “¡¡¡Que mona vas!!!. ¡¡¡Qué mona vas!!!”. Tengo unas sandalias de la nueva colección que consiguen que mi cabeza disfrute de un clima distinto al resto, de la altura que alcanza y, sin embargo, son taaannn cómodas que estoy en tratos con la NBA para que me dejen hacer una prueba con ellas puestas y entrar en el equipo. Si Ronaldo viene patrocinado por Nike y Messi por Adidas (conocimiento cortesía de mi nuevo mundo laboral), bien puedo ser yo patrocinada por Pura López en mi debut con los Lakers. Y ahora, voy a deciros algo que no está al alcance de la generalidad: unid el calzado a la personalidad de su diseñadora y adquirid esos rasgos al llevar sus zapatos: divertida, espontánea, valiente, excéntrica, leal, creativa, fuerte, testaruda, un poco loca…. En fin, brillante. Ella es así, los zapatos son así y, cuando yo los llevo, me acerco un poquito más a esa personalidad que es una fuerza de la Naturaleza…. Comprobadlo: https://www.puralopez.com/ y https://www.facebook.com/Puralopez.official .

Siendo como soy una chica muy afortunada (cosa que no me cansaré de reconocer porque no hay mayor don que ser agradecida), encontré quien tiene ropa al nivel de mis zapatos, en diseño, calidad, telas, estilo… Y la suerte fue absoluta: si, por un lado,  mi admirado Antonio Guilabert Rocamora, diseñador de Concepto Privee (http://www.conceptoprivee.es/ y https://www.facebook.com/ConceptoPriveeSl) no tiene ningún miramiento conmigo y no se toma unas vacaciones que consigan deshabituarme de adquirir sus fantásticas prendas, por otro, la tienda que comercializa su colección entera es de mi amiga Mercedes Bonet, (Guppy, c/ Corredora, 18 de Elche), la persona más cariñosa y  sin dobleces que conozco (encima es monísima, la muy vil). Así que voy allí de compra-terapia, me pruebo, me quejo de mis kilos, cotilleo un ratito, las mareo (de hecho creo que Merce contrató a la dinámica Rosa para repartir la lata que les doy cada vez que hago acto de presencia). Practican una cosa que, cuando está en juego tu economía y tu aspecto, es valiosísimo y, desgraciadamente, cada vez más extraño: la sinceridad comercial. Como algo no te quede bien, te lo van a decir. Con cariño, pero te lo dicen, que lo he visto yo…  Gracias a ellos, entro en un juicio con mi vestido con lentejuelas y me siento la reina. Es mi “marca de la casa”. Un juez me dijo una vez: “Letrada, le prometo que no me sorprendería verla entrar un día con las puñetas de la toga llenas de lentejuelas”. Obviamente, le dije la verdad: que, en cuanto terminaran de bordarme el escudo con la leyenda “Sed mortuus est quam simplex” (antes muerta que sencilla, para los de ciencias), las ponía... Sólo tengo un pero que le he de hacer llegar a mi héroe creador de ropa: o eliminamos las hileras de botones a la espalda o me busca un novio que me ayude a cerrarlos…

No os engañéis: en realidad, juzgamos por el aspecto y, en una proporción inmensa, acertamos. El que parece sucio, es sucio. El que parece dejado, lo es. No solemos equivocarnos al juzgar la fachada de los demás, el problema es cuando confundimos los niveles de comparación: por ir desaliñado no podemos concluir que se es mala persona, ni por ir como un pincel debemos inferir que se es un soberbio. La imagen nos da una pauta, nos dice muchas cosas. El conocer a la persona nos delimita esas primeras impresiones y las sitúa en su justa medida (siempre y cuando no permitamos que nuestras propias inseguridades sean las que interpreten lo que recibimos). Es un proceso fantástico. Yo sé lo que soy y eso cambia a cada momento, dependiendo de mil factores pero sé lo que no quiero ser, y eso es una constante: no quiero ser gris. Quiero que se me vea. Con todas sus consecuencias. Y podrán decir: “Esa chica es rara” (es mi blog y soy suave con mis críticas, ¿qué pasa?), pero siempre pensarán “¡¡¡Pero qué gusto tiene escogiendo calzado y vestido!!!” y a la rara eso le consuela…

Acabo como empecé: haciendo alarde de mi condición de presumida. Si yo fuera la rata del cuento, al encontrar la moneda, quizá me comprara el lazo pero, lo que es seguro es que no me pondría a barrer buscando enamorado que pasara por mi puerta: cogería mi lazo, me pondría mis zapatos de Pura López, mi vestido de Concepto Privee y me lanzaría al mundo para lucirme, con mis caídas, mis tropiezos y mis mil contradicciones, y los pretendientes que me busquen (eso sí, visto mi historial, hay muchas probabilidades de que escoja tan mal como el roedor ese pero, al menos, me lo habré pasado por el camino mucho mejor que barriendo).

viernes, 7 de febrero de 2014

En ocasiones veo hijos...


         Creo que mis hijos me llaman “mamá” porque se han olvidado de mi nombre… Te avisan cuando nacen (esas almas nobles y positivas que sólo quieren que disfrutes de tu felicidad) de que en la adolescencia te van a dar guerra… ¡¡¡Ja!!!. Ya me gustaría a mí que me dieran guerra… Lo que me dan son sustos cada vez que los veo: me evitan con tanto éxito y crecen tan deprisa que, al encontrármelos accidentalmente en el pasillo, durante una milésima de segundo, pienso que han entrado malhechores…

         Reconozco que he sido un desastre de madre. Yo he desafiado a esas señoras estupendas que te explican que le das mal el biberón a tu hijo porque la inclinación debe ser dos grados por encima o por debajo de como tú lo haces y, claro, esos dos grados van a parar a la temperatura del líquido, con lo que le creas al bebé un trauma existencial que repercute, de forma directamente proporcional a la cantidad de grados equivocados, en su elección de Big Mac o hamburguesa de la abuela. Mis hijos se han tomado los biberones fríos, ardiendo, casi verticales y totalmente horizontales y cada uno ha hecho una elección distinta: el pequeño prefiere  BigMac y el mayor se come el BigMac, la hamburguesa de la abuela e incluso a la abuela como tarde en hacérsela.

         Más que mala madre, creo que soy innovadora. Yo no coso pero porque he descubierto que con grapas e imperdibles lo arreglo todo y gano tiempo para dedicárselo a mis retoños. No cocino pero contribuyo a la economía mundial: igual pido chino, que mexicano, que italiano, que me subo una paellita del restaurante de la esquina. Considero que eso les da una visión a los niños de la cooperación internacional de gran valía para su formación como personas de honor. Tampoco hago los deberes con ellos (ya me costaba hacer los míos), eso sí, que sirva como atenuante que les recuerdo lo de “¡¡¡Tenéis que estudiar!!!”, periódicamente. Bueno, tres veces al año: después de cada entrega de notas… Es cierto que algún almuerzo estrambótico se han llevado por haber olvidado hacer la compra pero ¿y lo alternativo-glamourosos que han parecido mis hijos tomándose en el recreo un bote de algodón de azúcar azul y una coca-cola de vainilla?. La experiencia no tiene precio.

         Si me escucharan el tiempo suficiente podría explicarles mis razones para el abandono al que les he sometido pero creo que han desarrollado ya el gen masculino que inhabilita el oído de los hombres para percibir la voz de una mujer y que, junto con el gen que les impide entender que las cosas no tienen la capacidad de saber que las estás buscando para obrar en consecuencia y saltarte a la cara cuando abres el cajón, crean un abismo en la convivencia.

         A veces pienso qué sería de mi vida si me hubiese dedicado en cuerpo y alma a ser madre. La verdad es que, con el primero, por eso de la novedad, hasta iba de vez en cuando al colegio y conocí a las otras madres. Disfrutaba viéndolo en los cumpleaños con sus amiguitos, saltando y gritando (y gritando, y gritando…), hiperactivos… Disfrutaba hasta que me acordaba de mi despacho, silencioso, tranquilo… Me preguntaba si Dios consideraría la asistencia a eventos infantiles como la undécima plaga y concluía que, si hubiera escuchado a María (Él es Todopoderoso, podrá bloquear al gen auditivo), habría sido la primera y los egipcios se habrían rendido sin necesidad de las otras diez (por cierto, se nota que era Joven Dios por aquella época. Esas plagas son las típicas de un chavalín gamberro: pestilencia, ranas, insectos, sarpullidos). Luego, miraba alrededor y veía las mismas expresiones en las demás, así que hice grandes y buenísimas amigas con las que organizar cenas y comidas y poder escapar de nuestros descendientes  (eso sí, hablábamos de ellos para acallar la conciencia, pero sólo hasta la segunda copa, que los niños no deben merodear en ambientes etílicos)… Con el pequeño fue como si me hubiera tomado un lexatín vital: ya era una experta, ni la mitad de angustias que con el primero. De hecho, sólo tenía que preocuparme de no dejármelo olvidado en alguna tienda, del poco stress que me producía.

         Cuando eran chiquitines, dentro de la anarquía que reinaba en casa, achuchones, abrazos y besos era lo más abundante. Y además, el “Te quiero”, “Y yo, más”, “Pues yo Buzz”, “¿Buzz?”, “Sí, como Buzz Lightyear. Hasta el infinito y más allá”, corrían a cada momento de unos a otros. Ahora parezco la protagonista de la serie “Miénteme”, me paso el día interpretando el lenguaje gestual de mis hijos porque palabras, pocas. Hemos cambiado el diálogo anterior por: “¿Qué hay de comer?”, “Mamá, no hay comida”, “Tengo hambre”, “¡¡¡¡Otra tienda más!!!!. Conmigo no cuentes”.

         Mi hijo mayor, el heredero, cumplió ayer dieciséis años. En realidad, me alegro de que crezcan porque hacen más bulto y noto antes su presencia. Los cambios de voz me tienen desconcertada y, como la oigo de uvas a peras, siempre es un punto de intriga. Me han dicho que esta fase se pasa, que vuelven a hablarte motu proprio (se escribe así y sin preposición, que lo he mirado), a iniciar una conversación contigo. Como tarde mucho en llegar ese momento, van a tener que presentarnos de nuevo (esto tiene la ventaja de que recordarán mi nombre). Podría aprovechar el tiempo en que soy ignorada para aprender a coser, a cocinar, a hacer ganchillo pero, entonces, cuando vuelvan a mí, no me van a reconocer… He decidido disfrutar de cada pequeña frase que me dirijan, no contestar con ironía (de momento). Los adolescentes son muy sensibles a la ironía ajena (nótese el adjetivo “ajena”), lo descubrí el día en que me dijo Hugo que quería ser controlador aéreo y le indiqué que mucho tendría que estudiar para ordenar el espacio aéreo, teniendo en cuenta que era incapaz de organizar su armario. No sé qué etapa llega después de esta, miedo me da.

         La adolescencia no es complicada porque los niños se vuelvan delincuentes, la adolescencia es complicada porque los niños se vuelven como nosotros, pero como nosotros antes de ser padres. El primogénito me ha pedido la moto. Yo juré y perjuré, incluso cuando la idea de tener un hijo era inminente, que ese niño tendría la moto que a mí se me había negado. Ha llegado la hora y estoy en negociaciones con el Santo Padre de Roma para comprarle el Papa-Movil (pero el de antes, el blindado) y aún me parece poco seguro...

Así que, yendo tan despistada como voy, sólo puedo tratar de entenderles y de que me entiendan (no sé qué es más difícil), aplicar las dos horas más de sabiduría que les llevo de ventaja, tratar de recordar la lógica pre-maternidad para alcanzar el ansiado término medio y apoyarlos para que consigan lo que les hará feliz, poco a poco (primero arreglamos el armario y luego el cielo)…

         Hace un año, tuve esta conversación con Ariel. Yo estaba en el despacho de casa, acabando una demanda complicada y entró el nene, muy agobiado.

Ariel: Mamá, creo que he suspendido Valenciano. He sacado un 4´5 y no sé si me van a aprobar.

Yo: ¿Me prometes que te vas a esforzar más la próxima evaluación?.

Ariel: Claro, no me gusta suspender.

Yo: Pues, entonces, cariño, problema arreglado.

Ariel: ….. ¿Ya está?. Te digo que suspendo una asignatura, me preguntas si me voy a esforzar más, te digo que sí ¿y me crees?. Ni un castigo, ni un rapapolvo…. ¡¡¡Sólo esa birria de respuesta!!!....

Yo: Ari, estoy acabando un trabajo, te conozco y sé que lo que me has dicho es lo que vas a hacer. No hay que darle más vueltas. Yo confío en ti.

Se quedó pensativo un momento lo suficientemente largo para que casi me olvidara de que estaba allí. Yo me sentía más que orgullosa de haber sacado tiempo para demostrarle que creía en él. Entonces me dijo, arrancándome de mi ensueño: “Mami, no creo que deje demasiadas veces a mis hijos a tu cuidado…”.




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martes, 4 de febrero de 2014

La medida de tu valía.


Hay una escena en Cyrano de Bergerac en la que su superior le pregunta: “¿De dónde te viene ese afán/ de hacerte sólo enemigos?”, a lo que él responde: “De verte a ti hacer amigos/ y del pago que te dan.”… Muy mal, Ciranín… Podemos pasar por alto el hecho de que fuera un sufridor nato, que no tuviera narices (fíjate tú qué ironía) para decirle a Roxana lo que pensaba cuando ella se había enamorado de las palabras y no del hombre y tenía posibilidades (y, más que nada, se lo perdonamos porque en caso de haberse atrevido no habría obra), pero que menosprecie el hacer amistades, no se perdona.

Yo tengo cinco mejores amigas absolutas (bueno, me acuerdo de cuatro pero dejo un puesto libre por si se me ha olvidado alguna), las de la Universidad, las que he ido adquiriendo de la vida, a nivel geográfico tengo también a mi mejor amiga de Sevilla, mi nueva mejor amiga de Barcelona, mi mejor amiga de Madrid... Y tengo mejores amigos (que sí, que es posible).  Y luego tengo los de salir, de ir a comer, de trabajo… Todos con sus virtudes y sus defectos… No me sobra ni uno… Y aquí es donde salen los puristas y te dicen frases como que “más vale pocos y escogidos”. Pues mira, discrepo (para variar). ¿Por qué esa manía de esperar lo mejor de cada persona?. Eso no es inteligente ni honrado. No es inteligente porque hay muchas posibilidades de que te fallen, tarde o temprano, en mayor o menor medida, en algún momento harán algo que no te guste o, peor aún, dejarán de hacer algo que esperas. Y no es honrado porque tú tienes las mismas posibilidades de fallarles a ellos. Puedes hacer tu reserva de calidad para algunos preferidos pero estar abiertos a distintos tipos de personas va a mejorarte con toda seguridad. Con cuidadito, ¿eh?. Hay algunos individuos que no merecen la oportunidad. Os doy un breve listado:

1.-Nada de ser amigos de gente que te quiere salvar la vida. Por pelmas. Hace tiempo, por cuestiones de trabajo, iba muy a menudo a un organismo oficial. El guardia jurado de la puerta era especialmente hosco y gritaba más de la cuenta. Rara vez devolvía un saludo. Un día me abordó y me dijo que sabía que yo era abogada y me consultó un problema. Le contesté lo que estimé oportuno. Y él me señaló: “En realidad, estaba esperando que pasara un abogado más de verdad pero sólo has venido tú. Es que me pareces muy superficial. Si me sirve lo que me has comentado, te invito a un café y te digo lo que podrías cambiar para parecer más lista. Yo veo a mucha gente a lo largo del día y sé de qué hablo. Así te devuelvo el favor”. Obviamente le indiqué que, si le permitía invitarme a un café, entonces me debería DOS favores…

2.-Aunque pueda parecer superficial, no se puede ser amigo de alguien que se peine poniéndose todo el pelo de un lado hasta la oreja contraria, tratando de disimular una calva; ni de los que llevan cordones de oro enormes en pecho lobo; ni de los que llevan camisetas sin mangas con sisa extragrande. ¿Por qué?. Pues porque te vas a sentir fatal por reírte de él, vas a darte cuenta que eres incapaz de prestar atención a lo que diga pues el pelo, el cordón o la camiseta atraerán tu atención en exclusiva. Hay dos excepciones a lo inadecuado de entablar una amistad con este grupo: que tú seas uno de ellos (con lo que, al compartir el estilismo, no caes presa de la vergüenza ajena) y/o que seas tan buena persona que intentes hacerle notar su delito estético (eso sí, sin caer en uno de los miserables del Punto 1.-).

3.-Tampoco recomiendo una relación con esas personas que, cuando están esperando para cruzar, y tú, misericordioso conductor, te apiadas y le haces una señal para que pasen, ellas pasan, pero no con una sonrisa y ligerito, no, sino que lo hacen muuuuyyy leeeeeentamente, mirándote a los ojos, serios, muy serios, retándote a que te desesperes. Hay que tener muy mala baba. Por muy ceda al paso recién pintado que reluzca bajos sus pies, ese tipo es no es de fiar.

Desconozco el secreto universal para tener amigos, pero creo firmemente que, si encuentras en la otra persona una cualidad de la que tú careces, la disfrutas y la imitas hasta adquirirla, no olvidando nunca a quién se la debes, quién es mejor que tú en ello, seréis amigos mucho tiempo. Es sencillo, ella se siente admirada y tú agradecido, y viceversa en otras virtudes. Y no es difícil. El sábado tuve encuentro de amigas de toda la vida, algunas hacía casi un año que no nos veíamos. Decir lo obvio, afirmar que fue como si no hubiese pasado el tiempo es fácil. Explicar que, sin haber hablado en todo ese lapso, cada una conocía el estado de ánimo de la otra, que podías llenar las lagunas de sus vivencias en ese tiempo en que no te has visto sin preguntar, la sensación de pertenecer a algo,  la emoción de saber que son tu hogar, de sentirte en casa, las risas antes de terminar la anécdota porque la adivinas, porque te adelantas al hecho puesto que conoces a quien la cuenta y profetizas perfectamente cómo va acabar la cosa, el irte siempre deseando más, el compensar toda ausencia con un poquito de presencia…, eso es imposible si no lo has sentido.

Hay muchos tipos de amistades pero, incluso las que te traicionan, te han enseñado algo y algunas risas te habrán proporcionado y, seamos sinceros, tampoco se hunde el mundo. Permítete una buena pataleta en privado y, si la felonía es leve o simplemente te compensa perdonar, la aparcas, reestructuras tus expectativas respecto del villano y continúas la amistad y, si el delito ha sido grave, ejerces de egipcio y borras su nombre de tu Universo particular.

Una vez leí que las amistades perduran si cada uno se siente levemente superior al otro. No lo comparto. Yo creo que perduran cuando encuentras algo que admirar en el otro porque eso te revaloriza a ti. Cuando me veo invadida de ideas negativas sobre mi valía siempre pienso en mis cinco mejores amigas y concluyo que si personas tan extraordinarias como ellas me quieren y me han elegido como camarada, ¿quién soy yo para ofenderlas cuestionando el buen gusto y la idoneidad de su elección?. Algo bueno tendré…

Siendo Ariel muy pequeño, había un niño en clase que siempre buscaba bronca con él y, de hecho, le llegó a pegar en alguna ocasión. Él no se quejaba nunca y me lo contaban las profesoras. Al año siguiente, se convirtió en su mejor amigo. Le pregunté un día cómo habían llegado a ser tan amigos y me contestó: “Bueno, mamá, a mi él siempre me ha parecido muy valiente porque es el más chiquitín de la clase y eso no le asusta cuando quiere algo. Y él cree que yo soy el más duro porque ni lloro ni me chivo. Y nos lo hemos dicho…”. Yo le repliqué que me alegraba mucho de que se hubieran acabado las peleas, pero me miró extrañado y me informó: “No sé qué tiene que ver. Nos vamos a pelear seguro. Nos hemos hecho amigos, no santos….”.

martes, 14 de enero de 2014

Hechizando al ceniciento.


A mí me gusta la gente. Creo en ella individualmente. La masa me produce cierto repelús pero cada persona, considerada en sí misma, es un fantástico misterio. Por eso me asustan las generalizaciones,  las entiendo si las considero un instrumento para moverte en la vida cuando no tenemos los datos concretos, pero no comprendo que sean dogma de fe. Y el problema es que, cuando no tenemos opinión, nos aferramos a la idea general que nos parece más cool y ahí nos aposentamos. Hoy he afirmado rotundamente, cuando he llegado al trabajo y he visto que había desaparecido el árbol de Navidad, “¡¡¡Qué lástima que haya acabado, con lo que me gusta a mí la Navidad!!!”. Enseguida me han aplacado: “La Navidad es un asco”.  Normalmente, lo dejo pasar, pero me ha pillado en Martes, día dedicado al Dios de la Guerra (sucia, he de decir, que la divinidad que vela por la Guerra Estratégica e Inteligente es chica. Minerva –Palas Atenea para los griegos-, para más señas) y le he preguntado por sus motivos. “Porque es una fiesta consumista, la gente se vuelve hipócrita”. Vamos a ver, alma de cántaro: realmente creo que lo que te sucede es que te parece ultraguay denostar la Navidad y utilizas razones un poco birriosas. En primer lugar, consumir no es malo. Derrochar es malo. Y eso depende de la inteligencia de cada uno. No es culpa de la Navidad si compras percebes y nunca te han gustado. En realidad, es gracias a la Navidad que compras esas gambitas rojas que te encantan porque el compartirlas con quienes más quieres compensa el gasto. En segundo lugar, ¿qué es eso de que el mundo se vuelve hipócrita?. Ya te lo digo yo: es complejo del que recibe amabilidad y no está acostumbrado. ¿Dónde está escrito que ser un borde y demostrarlo es mejor que disimularlo?. Ojalá todo el mundo disimulara su mal genio todos los días, igual descubren las ventajas de tratar bien a los demás.

¿Qué le pasa a esta gente que no le saca partido a nada?. Si van a la playa, no les gusta la arena, si comen en un tres estrellas Michelin, se quejan de que no les pongan lentejas, si se las ponen, las de su madre son mejores… Y lo malo es que lo comparten, no sufren en silencio, que diría aquel. Tengo comprobado que el que saca la pega, el que siempre te da la versión negativa de cualquier circunstancia es, además, el que menos debe hablar. Recuerdo que acababa de nacer Ariel y fui con él al despacho de una compañera. Cuando llegué, todos rodearon al niño (ríete tú de Belen) y le hicieron carantoñas. Una empleada de la oficina me preguntó su nombre y, cuando le dije Ariel, la secretaria de mi compañera, en un alarde de originalidad; exclamó: “¡¡¡Como el detergente, pobre!!!”. No tuve más que contestarle: “Tu hija se llama Elena, ¿no?”.

Alguien debería decirles que la vida son dos días, que aprender a apreciar lo fantásticos que somos sólo por ser nos hace mucho más divertidos y, que por lo menos uno de esos días hay que reir (siempre me viene a la memoria en estos casos una poesía de Víctor Hugo: http://blogs.20minutos.es/poesia/2009/02/21/te-deseo-victor-hugo/). Creo que estas personas, los aguafiestas profesionales, no se han dado cuenta de que se ofenden a sí mismos no reconociendo la magia que existe en cada uno. Todos somos superpoderosos. Yo tengo superpoderes. Así, como suena. Además tengo varios. No todos tienen porqué ser buenos (que se lo digan a la pobre Pícara que no sólo tiene que ver como Lobezno está coladito por otra, sino que no puede darle una colleja para llamarlo al orden porque lo mata), pero los disfruto todos.

He descubierto que mi presencia induce al suicidio de cuanta planta se halle a mi alrededor: no es que mueran, ya que ello conlleva un proceso que puede durar días. No. Las mías se suicidan. Puf. Automático.

Igualmente,  soy capaz de hacer desaparecer cosas. Este es un poder que no controlo aún porque, que yo sepa, se me ha evaporado, sólo en el año pasado, un pantalón de traje, una falda de lentejuelas (detalle importante porque brilla y es más fácilmente localizable), dos jerseys,  tres carnets de identidad, dos llaves, infinidad de libros (con estos tengo más habilidad porque suelen aparecer en las estanterías de mi hermana)… Y lo que me eleva a la categoría de genio: un coche. Claro que aquí discuto autoría con el señor de la grúa, que afirma que se lo llevó pero no sabe dónde se encuentra ahora. Al final, el juez decidirá.

Hay más: nunca me quemo con la comida (soporto temperaturas infernales), arreglo botones con imperdibles, no me desvela el Red Bull, leo a la velocidad del rayo (lo que lleva a que nadie me regale libros porque confunden velocidad con falta de disfrute y eso pasa en otros lares, no con la lectura), sumo tan rápido como leo, adivino los finales de las películas…

Estoy tratando de desarrollar otro: reconocer a los cascarrabias cenizos antes de que destilen su veneno. He pensado en preguntarles a ellos si tienen algún superpoder, para que se planteen su visión de sí mismos, para que busquen algo que los haga sonreir. Lo intenté con el Señor Anti-Navidad. Se lo pregunté. El hombre se volvió a mi compañera y le preguntó: “¿Está loca?”. Mi amiga le contestó, aguantando la risa: “Sí. Es un don que tiene”… Él se lo pierde pero insto al resto, a los que aún se pueden salvar que, cada vez que deseen hacer críticas no constructivas, quejas vacías, que se paren un segundo e imaginen una cualidad, que la eleven a la categoría de suporpoder y la compartan. Habrán dicho una tontería pero, por muy estúpida que sea, es preferible a la más inteligente mala baba.

Y es fácil. Una vez, viendo una peli de vampiros, a uno de ellos le apuñalan y la cámara enfoca a la herida, que sana milagrosamente. “Yo también tengo ese superpoder. mamá”, me dijo Ariel. “Sí, claro.”.- le contesté yo incrédula. Me miró muy serio y matizó: “Que sí, mamá. Yo tengo ese superpoder…. sólo que es más lento”… ¿Veis?.

miércoles, 8 de enero de 2014

Motivos para motivar (se).


           La gente siempre espera un buen final pero hay ocasiones en las que mataría por un buen principio. Como ahora. Tengo muchas cosas que decir y vanidad de sobra para esperar que lo leáis, pero sé que si no empiezo con fuerza, si aburro al principio, el resto pierde ritmo y ya no conseguiré que sonriáis. Y sí, lo confieso, a veces, por muy optimista que pretenda ser, me sale la vena mustia. Que conste que he utilizado el verbo “confesar” a propósito: en la era de la Ley L´Oreal (porque yo lo valgo), en la época del coaching, del tú puedes si tienes actitud, admitir que hay un hueco para un pensamiento negativo es pecado. Y no. Eso es tan pecado como sucumbir a la gula en Quique Dacosta: inevitable (fuerza mayor, lo llaman).
           Me encantan los mensajes positivos, soy una grupie de señores como Luís Galindo (http://www.youtube.com/watch?v=Z834cqQ0uTM) o Emilio Duró (http://www.youtube.com/watch?v=KPcweq5_vu8) pero todo con moderación, o mejor, con sentido común. La figura del “tonto motivao” (sin “d”) debería estar presente cuando damos un consejo a un triste y más aún, cuando nos hablamos a nosotros mismos. Haciendo mías las palabras del Sr. Duró: como le digas a un burro que puede saltar una valla de dos metros, cual corcel (esto es mío, es que soy una antigua), como lo motives y lo animes, se va a dar un tortazo de la leche. Lo malo es que, en el fondo y aunque a veces caigamos en la autoflagelación, en circunstancias normales ninguno ve sus propias limitaciones y, a la hora de alentar a otro, proyectamos nuestra soberbia en él para no sentirnos culpables por “sabernos” superiores y le señalamos: “Tú puedes, tú puedes” (bueno, reconozco que hay quien apoya a otros por pura bondad, pero me es imposible abarcar todas las posibilidades) y, a veces, simplemente, no puede. ¿Quién se ha abstenido de decirle a una amiga, un pelín contrahecha, que se ha fijado en el dandy del barrio, eso de “Nena, inténtalo…. ¿Qué puedes perder?. El `no´ ya lo tienes…”.? Pues no, bonita, el `no´ no lo tiene aún, sólo tiene la sospecha del `no´, que es mucho mejor que la certeza del `no´, en estos casos.

           Vamos a tener que reprogramarnos. Se confunde el hacer lo que te da la gana porque tú lo mereces con el optimismo, el estar triste o tener ansiedad o un pequeño bajón con ser depresivo. Lo primero es una gran estupidez que sólo te traerá problemas, lo segundo es una fase necesaria para equilibrar caracteres.

           No sé cuál es el secreto para ser feliz, sé lo que me funciona a mí: las pequeñas cosas. De hecho, últimamente, mi fuente de felicidad más frecuente es la tienda Gourmet del Corte Ingles: un día descubrí que habían traído un té que me encantaba de Whittard of Chelsea, otro Coca-Cola de vainilla, el siguiente golosinas divertidas. Seguramente, el señor que hay allí piensa que estoy chiflada pero como creo que, en ciertos momentos, acierta, no se lo tengo en cuenta. Esas alegrías minúsculas (provengan de los grandes almacenes, de la pizzería de Giovanni, del señor que me dice una lindeza sin venir a cuento, de haber hecho una amistad, de una tarta hecha para mí en la Masía de Chencho, de un accidente evitado, de un kilito perdido sin esfuerzo...) mejoran mi ánimo, me hacen más amable, mi trato con la gente mejora, me aprecian más y surgen mil oportunidades. Creo que esa es mi definición del optimismo: la capacidad para ver diminutos motivos de satisfacción en situaciones cotidianas. Una vez que aprendes a reconocerlos, a pararte a agradecerlos, a compartirlos, los días son mejores y atesoras momentos que te salvan en los malos, que los tengo y hasta los disfruto porque tampoco quiero convertirme en una Pollyanna (esto es de la misma época que el corcel), que el exceso de entusiasmo me produce una especie de vergüenza extraña parecida a la que me produce las declaraciones de amor ajenas.

           Una vez le pregunté a Ariel si era feliz. “Bueno, hace un rato lo era”, me dijo. “¿Ya no?”, le pregunté. Con un poco de sorna, me contestó: “Estoy estrenando videojuego e iba ganando. Así que estaba la mar de contento. Me has hablado, me he desconcentrado y me han matado. Ya no estoy contento. Pero no te preocupes, en cuanto dejes de hacerme preguntas trascendentales, seguro que recupero mi felicidad.”. Esa es la idea: la felicidad es sencilla.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Ese señor de negro.

              Siempre he sido afortunada y no en el sentido convencional. Las bondades en mi vida llegan tras un camino extraño y, en numerosas ocasiones, tortuoso, divertido, intenso. Nunca sé dónde me va a llevar pero siempre me encuentro con una meta impredecible y positiva. Ahora , esos avatares fascinantes me han convertido en futbolera. Yo. La de las lentejuelas. La de los tacones imposibles. Soy futbolera. Y he aprendido a serlo de la forma más entrañable y profunda, de la única manera en la que alguien como yo podría convertirse en una aficionada al fútbol, a un equipo concreto. Mi Elche. Mi emoción cuando los veo no ha ido de fuera a dentro. Se ha producido al revés: les he cogido cariño, he entrado en su mundo y luego me ha importado ver el producto de esa mezcla heterogénea de personas, que no se limita a los partidos, es también lo que existe antes y después de cada partido.
              A estas alturas, más de uno sabe que soy el letrado interno del Club (porque externos hay otros, grandes sabios y compañeros inmejorables. Unos caballeros). También es conocido mi despiste, que alcanza cotas de leyenda: no sé quien es quien, confundo a futbolistas con becarios y llegue a preguntar a los diez minutos de empezar un partido si eso era ya el juego o calentaban, unos contra otros, un ratito, como en el pádel... Y, mal que les pese a los que buscan bronca, salí elegida tras una selección (que no digo yo que fuera la mejor, nunca conocí al resto, pero ya anuncié al principio que soy afortunada) y no existe persona alguna en el Elche a quien me uniera una amistad previa. Así que era imparcial. Y con esa imparcialidad creé mis grandes filias y mis pequeñas fobias, que de todo hay.
              Yo viví el ascenso a Primera División desde la satisfacción que me producía ver a personas a las que acababa de conocer pero que empezaba a apreciar muchísimo ser tan felices. Me daba energía observar a los trabajadores del Club vivir la victoria tras haber hecho (ellos, que no yo) jornadas maratonianas y esfuerzos dignos de ser contados por poetas griegos. Fui feliz siendo testigo de la felicidad genuina y sencilla de los aficionados. Y luego, me enamore del Elche. No fue un flechazo. Y por eso ahora lo quiero de corazón, con sus defectos y sus virtudes, porque vi cada pequeño detalle, negativo y positivo, y me cautivó. Su imagen real, no una idealizada por la flechita de Cupidito (ya se sabe lo peligroso que es dejar un arma a un niño sin supervisión, y si es tan cursi como éste, peor).
              Y es desde esa perspectiva peculiar y muy personal desde la que escribo indignada e infinitamente orgullosa. Indignada de que no pase nada, de que en el mundo del fútbol un árbitro sea intocable, de que no hayan medidas para corregir errores de millones de euros. No lo entiendo... Mi familia es más de tenis, y digo mi familia porque yo, más que a Navratilova, me parezco en la pista a Pávlova bailando El Lago de los Cisnes: una pierna por aquí, una mano por allá... (vale, si, en realidad me asemejo más a un pato amigo del cisne que a la bailarina pero es mi versión y lo cuento como quiero). Allí hay más rigor (en el mundo del tenis, no en el estanque de los patos). Y que nadie me diga que es parte del espectáculo porque también lo era, en su momento, que los leones se comieran a pobres guerreros en el Circo Romano y eso acabo fatal. ¿Por qué no hay un mayor control sobre las capacidades de quienes imponen las normas en el terreno de juego?. Hoy no nos merecíamos perder pero, sobre todo, no nos merecíamos el trato. No nos merecíamos la burla. Lo hemos visto todos. Todos. Nosotros y ellos. Menos él. Yo sé y defiendo que la realidad es relativa pero no tanto... Curiosamente, la indignación me ha dado alas para sentirme orgullosa del equipo (apunte: ya sé quien es quien. Más o menos. Bueno, la mitad. Paciencia), de nuestro entrenador, noble donde los haya, de todos mis compañeros que pelean cada detalle y la mayoría (uno o dos se nos escapan) con un humor divertido y, muchas veces, ácido y, también,  de quienes tienen el poder y la obligación de decidir en el Club, porque, aunque las críticas son más sencillas que los halagos, esto no es una ciencia perfecta y siempre habrá alguien descontento pero el solo hecho de decidir y asumir esa responsabilidad los hace valientes y son, me consta, personas cercanas e inteligentes. Y un toque para las conciencias reaccionarias, en general: cada supuesto fallo al que se le hace alaracas viene avalado con miles de aciertos a los que no se le hacen palmas.
              Yo tuve un profesor en la Universidad que nos dijo el primer día: "Todos ustedes tienen mi
respeto.  ¡¡¡Ay de aquel que lo pierda!!!". No ha habido honor en el arbitraje de hoy. Ese señor de negro ha perdido mi respeto, el cual, estoy segura, a él le importa un bledo pero a mí decirlo y escribirlo me deja más a gustito.