viernes, 1 de julio de 2016

Caos también es un dios.

El tiempo prudencial que debo dejar entre una ruptura sentimental y aceptar una nueva cita son 3 kilos… que es exactamente lo que me engorda a mí eso de tener novio: por acompañar, empiezo a comer como las personas normales, a su hora y sin perdonar cenas y ya la hemos liado.
Es una medida fantástica porque consigo desintoxicarme, no sólo físicamente, sino mentalmente. Y falta me hace: entre el calor (que me abotarga) y el ajuste de vida, tengo la cabeza que no sé si necesito un descanso o un exorcismo. Y mucho me temo que esta vez me voy a quedar hecha una sílfide (nota para los adictos al móvil: “sílfide”, que no “selfie”) porque el verano es un horror para lucirme: la sinceridad física no va conmigo, os lo digo ya. Yo soy más de engañar a la vista ajena, de disimular defectos pero, en época estival, los tirantitos y los pantalones cortos no dejan mucho margen de maniobra al encubrimiento, así que hago malabares para ajustar las modas a mis necesidades. Me encantaría ser de esas personas que se cortan el pelo para ir más cómodas, o de esas que se ponen cualquier cosa por ir fresquitas. Olé por ellas. Yo no. Yo parafraseo a Steve Jobs cada mañana y me digo “Si este fuera el último día de tu vida, ¿te gustaría llevar puesto lo que vistes ahora?” Y si la respuesta es no, me cambio. ¿Superficial? Puede. ¿Y qué?
Venga, lo voy a confesar: tengo inseguridades. En este siglo XXI, en el que tienes que estar todo el día haciendo coaching sobre ti misma, desafiando  al mundo, mostrando y alardeando de tus cicatrices, yo me tapo… pero me tapo con seda, lentejuelas y gasas. Soy insegura con mi aspecto físico en su estado natural. También confieso que me importa un bledo mientras pueda producirme hasta el punto de sentirme bien con mi imagen. ¿Qué eso es artificial? Pues no sé yo porque, teniendo en cuenta que paso muchas más horas al día peinada, maquillada y vestida para la ocasión, creo que ello me identifica más que mi estado salvaje, con ojeras, rojeces, y desproporciones varias. Y tengo el doble de imperfecciones morales. Hacéos una idea de lo desastre que soy. Para mí, la gran aportación de Einstein al mundo fue el haber suspendido matemáticas. Oye, a mí eso me da una tranquilidad... ¿Que fallo en algo?, bueno, hasta un genio lo hizo. Y además, el genio que dijo que todo es relativo, lo cual también me viene bien.
La tiranía de la superación es muy peligrosa. Entre darte cuenta de tus fallas, localizarlas, asumirlas, aceptarlas, etc, etc., se te pasa media vida. Y existe tiranía cuando quieres cambiar cada defecto. Deberíamos limitarnos a mejorar aquello que te impide relacionarte de una forma sana con los demás pero hay vicios a los que le tengo mucho cariño. Hay cosas en mí que no son del todo correctas pero que no puedo cambiar (básicamente, porque no me da la gana). Moriré siendo vanidosa, tenderé a ser charlatana siempre, tendré veinte opiniones distintas para cualquier cosa toda mi vida, me alterarán los pesimistas eternamente, procrastinaré hasta el último día del plazo, preguntaré veinte veces lo mismo esperando una respuesta distinta pero me desesperaré cuando me lo hagan a mí, seré caótica y desordenada hasta que no pueda moverme (y entonces seguiré siéndolo pero no ejerceré por imposibilidad manifiesta). ¿Quién quiere ser perfecta pudiendo ser impredecible? Y os aseguro que lo perfecto es previsible: solo hay una forma de hacer las cosas impecablemente bien pero hay mil maneras de meter la pata. El día que alcancemos la perfección, se morirá la sorpresa, que es mi emoción favorita.
En fin, os advierto que ya he perdido dos kilos y medio y que, últimamente, los chicos  me invitan a salir a diario: es entrar en cualquier habitación y oír una voz apasionada: “¡Mamá, sal!”… Y una, que necesita poca excusa, se va a la calle, desterrada de su hogar, alardeando de lo calamidad que es, a retomar amistades y a medio kilo de ponerse a tontear.

        P.D.: La imperfección plebeya (yo) rodeada de la aristocrática imperfección, que hasta en esto hay clases y estas chicas tienen mucha…

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