lunes, 16 de abril de 2018

Mi vida (sin)doméstica(r).

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UN TROPIEZO EN LA RED CARPET

Mi vida (sin)domestica(r)

Cristina Birlanga muestra su particular visión de la vida en Onda Cero Elche; no le hagáis mucho caso: tiene cuatro dioptrías y se niega a usar gafas...
Cristina Birlanga | Elche | Actualizado el 21/03/2018 a las 13:06 horas
Cristina Birlanga colabora en Onda Cero Elche con su sección 'Un tropiezo en la Red Carpet'.
Cristina Birlanga colabora en Onda Cero Elche con su sección 'Un tropiezo en la Red Carpet'. / Onda Cero Elche
Hay a quien le toca la Primitiva y a mí me ha tocado el Primitivo… Pero primitivo tipo Khal Drogo (fuerte, resoluto, inteligente y un espectáculo), lo que me convierte a mí, en Daenerys. Y he de decir que, en este mes que llevo casada, me he ganado casi todos sus títulos: me he convertido en Madre de Dragones. Bueno, de tres dragones y una lagartija (veremos en qué evoluciona, como los Pokemon). Siempre he sido Rompedora de Cadenas: nunca las reenvío ni por WhatsApp ni por Facebook. Soy la Señora de las Tormentas: los dramas en mi casa los empiezo y los acabo yo, que todo lo vivo. Y, sobre todo, soy La que No Arde porque, si con la ebullición interna de tanto sentimiento encontrado no he entrado en combustión, es que tengo superpoderes.
Hubo conocidos que, al enterarse de mi inminente matrimonio, en un alarde de tacto, me preguntaban “Pero, ¿por qué te casas?” A todos les contestaba lo mismo: “Porque puedo”. Y puedo, no porque tuviera con quien y ese “quien” fuera perfecto para mí (que también es importante) sino porque no era necesario. Eso es el famoso empoderamiento en mi mundo: puedo porque no hay nada que me empuje a ello salvo mi absoluta convicción de querer hacerlo. También hubo quienes, con un poco más de sentido común que los anteriores, me preguntaron por la opinión de mis hijos. Para eso también tengo respuesta: yo, a mis hijos, no les he consultado, les he informado. Y mal los habré educado si, con 20 y 17 años, no me comunican la existencia de algún problema con ello. De momento, lo peor que me han dicho, ante las cenas que prepara mi maridito, ha sido: “Mamá, esto es comida equilibrada y no entrar en el salón con la bandeja de la cena precocinada sin que se te cayera nada, como querías hacernos creer”.
Reconozco que soy afortunada y que Alejandro es un experto donde yo no me entero de nada y al revés. Él es práctico y pasa la mesa del comedor a la salita porque está más cerca de la cocina. Yo nunca me acuerdo de dónde está la cocina. Él es literal y yo exagerada: si digo que tengo 8.000 mensajes en el móvil, se asombra, lo mira y luego me reprocha que, en realidad, sólo tenga 127. Yo soy romántica y él considera una noche neoyorkina pasar frío en un parque alrededor de un bidón con leños (vale, era una fiesta muy divertida en Novelda pero glamourosa, no tanto). De todas formas, no debo quejarme, no me ha engañado con sus detalles jamás y, de hecho, recuerdo un día, a los pocos meses de comenzar a salir que nos fuimos a comer, con su hijo pequeño, tras un juicio. Allí estaba yo esplendorosa, hecha un pincel y mi Khal, en bermudas de camuflaje y camisa hawaiana… Al volver a casa, nos sentamos los tres en el jardín, frente a una fila de palmeras frondosas. En ese momento de paz y tranquilidad, me dijo: “Si nos mantenemos callados, verás pasar las ratas por las ramas”. Una, que se queda callada pero por la sorpresa. Dos minutos de absoluto silencio. Los tres. Entonces, se levanta diciendo: “Voy por la escopeta de balines porque si les disparamos, vienen menos durante días”. Así que, de repente, me veo el cuadro: mi maridito y sus bermudas de camuflaje agarrado a la escopeta, yo con mis lentejuelas y el adolescente anotando mentalmente el momento. Obviamente, tuve que tomar cartas en el asunto y le dije: “Mira, cariño, parecemos una familia del profundo sur americano…” Sin dar pie a réplica, le indiqué a su hijo: “Es mejor que subas a tu habitación porque prefiero que veas porno a que pienses que cazar ratas a tu chica es romántico”… Pero lo es. En realidad todo es romántico entre nosotros porque me deja ser rara y porque él no deja de ser raro. Me fascina que seamos diferentes y que no me entienda la mitad de las veces. Me libera la conciencia cuando yo no lo entiendo a él. La mayoría va por el mundo esperando encontrar a alguien que se le parezca como si ellos fueran fantásticos y no meros mortales, cuando lo divertido es tropezarte con gente que te dé nuevas perspectivas y que sin que les sea posible razonar tus actos, te acompañen porque sí, porque pueden.
Una vez me dijo mi hijo Ariel“Mamá, deja de quejarte por creerte una madre incomprendida y alégrate de ser una madre incomprensible”. En eso está la esencia que nos define y que atrae, en lo inexplicable.

El sentido de la vida.

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UN TROPIEZO EN LA RED CARPET

El sentido de la vida

Cristina Birlanga muestra su particular visión de la vida en Onda Cero Elche; no le hagáis mucho caso: tiene cuatro dioptrías y se niega a usar gafas...
Cristina Birlanga | Elche | Actualizado el 06/03/2018 a las 10:10 horas
Cristina Birlanga colabora en Onda Cero Elche con su sección 'Un tropiezo en la Red Carpet'.
Cristina Birlanga colabora en Onda Cero Elche con su sección 'Un tropiezo en la Red Carpet'. / Onda Cero Elche
Me han dicho que el récord anterior lo tenía una tal Blancanieves. Lo he batido. Este finde he convivido con ocho hombres. Y he llegado a la conclusión de que a la linda princesita no la envenenó la bruja: se hizo la muerta para poder tener un ratito de paz.
Hago recuento: mi recién estrenado maridito y sus dos hijos, los dos míos, el perenne en casa y el exiliado a Madrid, este último con tres amigos. Y el gato. He sacado la media (uno de 49 años, cinco de 20, uno de 17 y otro de 14) y me da 22,5 (al gato no lo incluyo)… Lo de la media no tiene importancia alguna pero así pongo en situación y me centro también yo que, al final, me vi siendo esposa, madre, madrastra y anfitriona, y tuve que aplicar toda mi inteligencia para solventar con éxito la situación. Os voy a confesar mi truco para salir airosa: me fui de comida con mis amigas, las de Alicante, que Elche me pillaba demasiado cerca y podrían requerirme en cualquier momento.
Esto de los hijos está sobrevalorado. Que sí, que los quieres más que a nada y harías cualquier cosa por ellos. Es una experiencia espectacular pero, desde que nacen, pasas a un plano de constante tensión por lo desconocido. Nunca sabes lo que te espera. Ya lo dije en alguna ocasión pero hay días que, cuando llego a casa por la noche, con el maletín, el pan y las bolsas de comida en precario equilibrio, me imagino, sobre melodía del National Geographic, una voz en off que va diciendo: “La leona vuelve a su cueva, allí donde esperan sus hambrientos cachorros…”. A ver, no me malinterpreten: yo adoro infinitamente a los chicos y me encanta tener la casa llena de gente, si bien no necesariamente estando yo en ella. Al menos, no todo el tiempo.
Me encantaría haber sido una madre de esas dedicadas exclusivamente a ver crecer y formarse como personas válidas a sus hijos, pero preferí ser una mujer de esas que crecen y que se forman como personas válidas y que, además, tienen hijos. Y este fin de semana he descubierto que no fue tan mala decisión porque mis hijos son básicamente felices y, lo que no es menos importante, yo también; aunque no a todas horas porque eso sería un poco absurdo, pero cada día un ratito sí.
Reconozco que nunca saldré en un documental sobre cómo educar correctamente a un niño (aludo al masculino porque es mi caso, que el uso del lenguaje nos pone últimamente la piel muy fina) y que alguien podría pensar que somos carne de telediario cuando nos da por ser intensos, aunque también sé que mis hijos han dado sentido a mi vida, pero sentido del humor…

Mismamente.

http://www.ondacero.es/emisoras/comunidad-valenciana/elche/audios-podcast/opinion/mismanente_201802195a8ae3c50cf21ea6a391f074.html

UN TROPIEZO EN LA RED CARPET

Mismamente

Cristina Birlanga muestra su particular visión de la vida en Onda Cero Elche; no le hagáis mucho caso: tiene cuatro dioptrías y se niega a usar gafas...
Cristina Birlanga | Elche | Actualizado el 21/03/2018 a las 10:55 horas
Cristina Birlanga colabora en Onda Cero Elche con su sección 'Un tropiezo en la Red Carpet'.
Cristina Birlanga colabora en Onda Cero Elche con su sección 'Un tropiezo en la Red Carpet'. / Onda Cero Elche
“Sé tú misma”, ese es el consejo que me ha dado mi hermana cuando le he pedido que me propusiera un tema para escribir. Que sea yo, me pide. Me quiere hundir. Si me hubiera dicho “sé Rita Hayworth”, pues al menos habría visto que se esforzaba en ayudarme.
Mis amigas y mi familia aún tienen esperanzas puestas en mí pero lo cierto y verdad es que soy superficial, como soy rubia, por elección. En este mundo de hoy, en el que pareces obligado a dar la mejor versión de ti yo he llegado a la conclusión de que la mía está en coreano porque no la entiendo. Puedo intuir de qué va, pero no acabo de captarla.
He llegado a un momento en mi vida en el que, como diría mi amiga Marta, lo del crecimiento personal se convierte más bien en el deseo de crecimiento “pechonal” (pero la genética es canalla). Se me da fatal esto de la autoayuda, de tender a la excelencia. Ya va siendo hora de asumirlo. Y de que lo asumáis vosotros, que a mí el estrés de estar a la altura de las expectativas me está haciendo plantearme la posibilidad de pedirme tilas en lugar de cervezas. Y yo, mira, por ahí no paso.
Cuando yo era pequeña tenía un juego de maquillaje de La Señorita Pepis. Podías maquillar a tu antojo una careta (tipo Viernes 13 pero sin agujeros) y lo disfrutaba como loca, esencialmente porque yo no tenía edad para maquillarme a mí misma. El juego quedó olvidado el primer día que me puse máscara de pestañas, aunque se me emborronara y pareciese un soldado americano en Vietnam. Porque era mucho más auténtico. Creo que estamos inmersos en el Siglo de La Señorita Pepis. Estamos jugando a vivir y se nos da de maravilla en nuestra imaginación. Lo malo es que ya tenemos una edad y, sobre todo, posibilidades de vivir de verdad a pesar del riesgo de los borrones.
Así que he decidido ser el paradigma de la imperfección, reivindicar mis grandes errores, reírme de ellos. Y no os creáis que no tiene su utilidad: recuerdo un día en el que me había levantado muy temprano porque tenía un juicio complicadísimo, señalado casi por sorpresa y quería dejarlo bien estudiado con un último repaso. Mi hijo pequeño, Ariel, tras despertarse, entró a verme al despachito de casa, donde me encontraba. La imagen que se encontró fue la de su madre, con el pelo medio recogido con un lápiz, rodeada de papeles y libros, con una manta con forma y color de rana por encima de los hombros, las piernas cruzadas arriba del sillón, un Red Bull en la mano, picoteando de un brownie y hablando sola... Se quedó mirando y, sin un "buenos días" que suavizara el agravio, me dijo tranquilamente: "Mamá, como buen ejemplo eres una birria. Ahora, como advertencia no tienes precio..."Mismamente.

La que os espera.

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martes, 14 de marzo de 2017

Podéis llamarme guapa...

Si me otorgaran el Nobel de Literatura, lo aceptaría feliz y bien vestida, encima de unos tacones infinitos. Haría una fiesta legendaria, daría  gracias a todos los Dioses por el premio y estaría encantada de que nadie se hubiera dado cuenta de lo inmerecido que es... Así me siento yo celebrando el 8 de Marzo, el día de la mujer trabajadora: felicitada sin mérito. Vale, soy mujer y trabajo, pero porque no tengo más remedio. A mí lo que me gustaría ser es una unicornia perezosa.
Y, en fin, ya que no me queda de otra, en algún momento inconsciente decidí disfrutar de mi condición femenina, pero no me dejan: vivo con el miedo de que se me cuele algún “micromachismo” y no me indigne lo suficiente…
Como una es muy de hacer listas (también hago listos: tengo dos, uno de 19 y otro de 16), me he hecho una relación de lo que, por mucho que aprecie a ciertas amigas mías, no voy a considerar machismo jamás en la vida y el primer punto, el importante, son los piropos. Ya os digo yo que, a quien no le guste que le digan “guapa”, es porque es fea y sospecha… El mundo es más bonito lleno de halagos. Yo empleo mucho tiempo cada día en estar presentable y aún empleo más tiempo en reconocer ese esfuerzo en los demás, y lo valoro, y lo resalto. Así que, cuando alguien me dice una galantería, lo agradezco y me crezco y la devuelvo a la mínima que pueda.
El piropo que avasalla, el que incomoda, ya tiene nombre en español: se llama “grosería” y no depende del género de quien lo manifiesta, sino de su grado de evolución.
Vamos a relajarnos un poquito todos. Sé que, como colectivo, en muchas partes del mundo, hay mujeres sufriendo por el simple hecho de serlo y eso hay que erradicarlo sin duda alguna pero aquí, en el Primer Mundo, tenemos leyes que nos protegen, hombres que nos entienden (sin perjuicio de excepciones individuales). Yo sé que soy afortunada: me muevo en mundos de hombres pero jamás me he sentido ninguneada, ni acosada, ni, mucho menos, maltratada. Por eso, me da pudor ofenderme por el hecho de que me halaguen, porque me abran una puerta o se ofrezcan a llevarme el maletín si me ven muy cargada. Yo no soy una víctima y menospreciaría a quienes sí lo son indignándome por acciones tan mínimas que necesitamos del sufijo “micro” para definirlas.
Y practico lo que defiendo: esta mañana, salía yo corriendo del juzgado y he escuchado la voz de uno de los guardias civiles que vigilan la puerta. “Letrada, no vaya usted tan deprisa que no nos da tiempo a mirarla y está usted muy bonita hoy… Es muy salá”. Una, que a la benemérita le tiene mucho respeto, se ha parado, ha vuelto a entrar y ha comenzado a caminar de nuevo hacia la salida pero, esta vez, a cámara lenta, repartiendo sonrisas, haciendo aspavientos y sorprendida de que nadie me pidiera un autógrafo porque me he visto y el cuadro era precioso. Entre risas, he acabado de irme. Ya fuera, me ha parado una completa desconocida y me ha dicho, bastante enfadada: “No entiendo como hay mujeres que aún le hace fiestas al machismo porque necesitan la aprobación de su físico. Eres una vergüenza para las de tu género”. Me he quedado quietecita y le he preguntado a una compañera que pasaba por allí: “Maite, ¿tú te vergüenzas de mí?” Maite, que es una santa y no se sorprende de nada, nos ha mirado y me ha dicho: “¡Que va!, me caes muy bien. ¿Nos tomamos una cervecita enfrente y celebramos que es lunes?”. Así que me he vuelto a la valkiria peleona y le he aclarado: “Esos señores son siempre amables conmigo y tienen mi permiso para decirme todas las tonterías que deseen porque me sacan una sonrisa. A ti no te conozco y, lo que es peor, tú no me conoces a mí, pero te has arrogado el derecho de insultarme. A pesar de ello, te he escuchado, he comprobado la realidad de tus palabras, ha resultado que no son ciertas y ahora me voy a tomarme una cervecita con mi amiga. Mientras, tú puedes quedarte averiguando el significado de la palabra “arrogar” o dejarte de chorradas y venirte con nosotras. Invito yo”…




viernes, 1 de julio de 2016

Caos también es un dios.

El tiempo prudencial que debo dejar entre una ruptura sentimental y aceptar una nueva cita son 3 kilos… que es exactamente lo que me engorda a mí eso de tener novio: por acompañar, empiezo a comer como las personas normales, a su hora y sin perdonar cenas y ya la hemos liado.
Es una medida fantástica porque consigo desintoxicarme, no sólo físicamente, sino mentalmente. Y falta me hace: entre el calor (que me abotarga) y el ajuste de vida, tengo la cabeza que no sé si necesito un descanso o un exorcismo. Y mucho me temo que esta vez me voy a quedar hecha una sílfide (nota para los adictos al móvil: “sílfide”, que no “selfie”) porque el verano es un horror para lucirme: la sinceridad física no va conmigo, os lo digo ya. Yo soy más de engañar a la vista ajena, de disimular defectos pero, en época estival, los tirantitos y los pantalones cortos no dejan mucho margen de maniobra al encubrimiento, así que hago malabares para ajustar las modas a mis necesidades. Me encantaría ser de esas personas que se cortan el pelo para ir más cómodas, o de esas que se ponen cualquier cosa por ir fresquitas. Olé por ellas. Yo no. Yo parafraseo a Steve Jobs cada mañana y me digo “Si este fuera el último día de tu vida, ¿te gustaría llevar puesto lo que vistes ahora?” Y si la respuesta es no, me cambio. ¿Superficial? Puede. ¿Y qué?
Venga, lo voy a confesar: tengo inseguridades. En este siglo XXI, en el que tienes que estar todo el día haciendo coaching sobre ti misma, desafiando  al mundo, mostrando y alardeando de tus cicatrices, yo me tapo… pero me tapo con seda, lentejuelas y gasas. Soy insegura con mi aspecto físico en su estado natural. También confieso que me importa un bledo mientras pueda producirme hasta el punto de sentirme bien con mi imagen. ¿Qué eso es artificial? Pues no sé yo porque, teniendo en cuenta que paso muchas más horas al día peinada, maquillada y vestida para la ocasión, creo que ello me identifica más que mi estado salvaje, con ojeras, rojeces, y desproporciones varias. Y tengo el doble de imperfecciones morales. Hacéos una idea de lo desastre que soy. Para mí, la gran aportación de Einstein al mundo fue el haber suspendido matemáticas. Oye, a mí eso me da una tranquilidad... ¿Que fallo en algo?, bueno, hasta un genio lo hizo. Y además, el genio que dijo que todo es relativo, lo cual también me viene bien.
La tiranía de la superación es muy peligrosa. Entre darte cuenta de tus fallas, localizarlas, asumirlas, aceptarlas, etc, etc., se te pasa media vida. Y existe tiranía cuando quieres cambiar cada defecto. Deberíamos limitarnos a mejorar aquello que te impide relacionarte de una forma sana con los demás pero hay vicios a los que le tengo mucho cariño. Hay cosas en mí que no son del todo correctas pero que no puedo cambiar (básicamente, porque no me da la gana). Moriré siendo vanidosa, tenderé a ser charlatana siempre, tendré veinte opiniones distintas para cualquier cosa toda mi vida, me alterarán los pesimistas eternamente, procrastinaré hasta el último día del plazo, preguntaré veinte veces lo mismo esperando una respuesta distinta pero me desesperaré cuando me lo hagan a mí, seré caótica y desordenada hasta que no pueda moverme (y entonces seguiré siéndolo pero no ejerceré por imposibilidad manifiesta). ¿Quién quiere ser perfecta pudiendo ser impredecible? Y os aseguro que lo perfecto es previsible: solo hay una forma de hacer las cosas impecablemente bien pero hay mil maneras de meter la pata. El día que alcancemos la perfección, se morirá la sorpresa, que es mi emoción favorita.
En fin, os advierto que ya he perdido dos kilos y medio y que, últimamente, los chicos  me invitan a salir a diario: es entrar en cualquier habitación y oír una voz apasionada: “¡Mamá, sal!”… Y una, que necesita poca excusa, se va a la calle, desterrada de su hogar, alardeando de lo calamidad que es, a retomar amistades y a medio kilo de ponerse a tontear.

        P.D.: La imperfección plebeya (yo) rodeada de la aristocrática imperfección, que hasta en esto hay clases y estas chicas tienen mucha…

lunes, 26 de octubre de 2015

SuperHada


Yo solía mandar en mi casa y mi palabra era Ley. Ahora lo único que ordeno son armarios y, aunque mi palabra sigue siendo ley, es Ley de Murphy: se ríen de ella descaradamente. Así que, haciendo alarde de autoridad, retrotraje este fin de semana el cambio de temporada que inicié en Abril del 2013 en mis roperos y que nunca acabo porque las estaciones se suceden más rápido que mis leves momentos de ama de casa y descubrí lo rara que es mi ropa, pero tengo un motivo: yo no me compro un vestido para las ocasiones especiales. Yo me compro vestidos especiales y creo las ocasiones. Así me encuentro a veces: en la panadería toda puesta de lentejuelas. Y no se hunde el mundo, no pasa nada. Esa soy yo, la que a veces se me olvida que soy. Y es que iba un poco despistada: estaba tan obcecada en “estar” bien que se me olvidó “ser” y, por regla general, soy mejor que estoy.

Hace poco, mi amiga Mariló me dijo que yo era de esas personas que no tienen miedo de salir de su zona de confort. Se equivoca. A ver, yo estoy en mi zona de confort, tumbada en el sofá, tan tranquilita con mi libro y mi red bull y, de repente, al muy canalla le da por atacarme con un muelle que me lanza al otro lado de la habitación. No es que yo decida salir, es que me echan. Y paso de estar tumbada a ir dando tumbos… A mí que no me vendan la moto: salir de la zona de confort es de idiotas (su propio nombre lo indica: confort) pero peor aún es querer volver a acostarte en un sofá que ya no sirve. Y así he estado yo estos meses de sequía de ”posts”, desubicada porque miraba alrededor y todo estaba a un tris de cambiar, pero no acababa de pasar. Todos conocéis esa sensación de que los problemas vienen juntos los malditos, de la mano y cantando fuerte, que tú los ves venir pero te acorralan (y nunca mejor dicho: te “acorralan” porque al principio te sientes un poco gallina ante ellos). A mí me produjo un estado un pelín catatónico, dejaba transcurrir el tiempo a la espera de acontecimientos. Eso acabó un día en que mi hijo pequeño me dijo: "Mamá, te veo un poco etérea últimamente”. Y yo, más que contenta, le contesté: “¡Anda, qué bonito!... Así como Galadriel, como un hada, como las diosas…”. Naturalmente, me aclaró: “No, mamá, no. Más bien como el elemento químico: anestesias de lo sosa que estás”. Ese mismo día me puse a escuchar rancheras de las peleonas, me compré cantidades ingentes de chuches para llevar al despacho, arrasé en la tienda gourmet del Corte Ingles con los manjares más estrambóticos, me subí a mis tacones más altos y me dediqué a sacar a pasear a la cruel animadora rubia americana que llevo dentro para que le plante cara a esos problemas, porque la única forma de sobrevivir a situaciones que no controlas tú, que no dependen de ti, es hacer chistes negros de sus consecuencias. Ya no me marean las circunstancias, ya no estoy pendiente de la realidad que cambia, ahora me fijo en mí, yo soy mi constante, aunque lo que quiera y lo que no, mis filias y mis fobias, cambien a cada momento, porque es mi forma de querer, de odiar, de ignorar, lo que permanece, lo que es inmutable (y quiero, odio e ignoro rozando la perfección, se me da fenomenal). Yo soy egoísta por el bien de la Humanidad, el mundo (mi mundo) es más feliz cuando me miro orgullosa el ombligo porque las emociones se contagian.
Y, además, guardo un as en la manga que, si todo lo demás falla, aparece: yo tengo un Don (y no me refiero a un mafioso italiano que paga todos mis caprichos). No. Me refiero a un Don Divino, de esos que los tienes y son superpoderes que hacen que la vida sea más fácil: yo soy capaz de conseguir que personas valiosas me aprecien. Hay quien vive mejor de lo que puede permitirse, pues yo tengo amigos por encima de mis posibilidades. Vosotros sabéis que mucha gente lleva estampitas de Santos en el bolsillo cuando necesita tanta fortuna que ha de encomendarse a un ser superior, ¿no?. Pues yo llevo las tarjetas de visitas de mis amigos… Cuando voy a tener un día difícil, sólo he de pensar en qué harían ellos en mi lugar y me sale de lujo el desafío. 
Ahora que me acuerdo de quien soy, esa que cuando la niego espera impaciente dando golpecitos con el pie para apartar a la gris y resurgir, la que se cree que puede brillar, que está convencida de que se mueve a cámara lenta en un anuncio perpetuo, la que se cae literalmente una vez por mes porque siempre llega tarde y va corriendo, la que tiene que llamar a su madre cuando, coincidiendo con algún eclipse de sol, necesita un cazo y no tiene ni idea de dónde están en su propia casa, ahora que tengo claro que ese es, al menos, mi yo favorito (no es el mejor, ya os lo digo, pero es el que me hace sonreir), voy a cultivarlo, a mimarlo y, si los problemas van llegando, mutando o bailando una sardana, voy a convertirlos en pasaportes para transformar mi vida en otra más parecida a mí, más compatible. Y, cuando no pueda más, cuando crea que corro el riesgo de olvidarme, repetiré como un mantra los versos de Ajo:
Ayer me pilló Hugo haciendo aspavientos mientras escuchaba Nessum Dorma (yo paso de las rancheras a las arias con absoluta impunidad), así que me preguntó: “Mamá, ¿estás bailando ópera?” Naturalmente, le contesté que no, que lo que yo hacía era “interpretar el papel del pobre príncipe, con un talento bastante notable”. Se quedó en silencio, mirándome con sospecha, se dejó caer en el sillón y soltó un suspiro legendario, al tiempo que me confesaba: “Estoy agotado…”. Una, que además de artista desaprovechada, es madre, le preguntó con su mejor voluntad: “Mucha fiesta anoche, ¿no?” Y el muy vil me contestó: “No, mamá, me agoto de pensar en la vejez que me vas a dar”… No lo sabe él bien.

jueves, 30 de abril de 2015

La verdad está ahí fuera...


A Santa Juana de Arco nunca la he visto yo muy santa. Virgen sí, la verdad, pero santa nada. Hasta que me he dado cuenta de que no se le beatificó por su lucha y sus conversaciones con Dios (eso es cobertura y no lo de Movistar) sino por conseguir que todo un ejército de hombres con la testosterona en perpetuo festival de Woodstock la siguieran en algo de lo que “ellos sabían más”…

A ver, chicos, que yo os quiero mucho pero hemos de reconocer que, en vuestro género, se produce el curioso fenómeno de “como creo que lo sé, no lo compruebo, no pregunto, no pido ayuda… a pesar de que las evidencias de mi equivocación vayan vestidas de mañas y estén bailando una jota”, en una proporción mucho mayor que entre las féminas.

Volvía tan feliz de trabajar cuando mi coche empezó a tener personalidad propia, primaveral e indecisa, cual margarita: ahora me muevo, ahora me paro. Valoré la posibilidad de que sus caballos tuvieran alma de Feria De Abril (Nuretina, Olga Martínez-Bordiu, esto va por vosotras) y la expresasen haciendo cabriolas pero el humo que salió del motor apresuró mi respuesta al problema, así que paré el coche en medio del carril Bus y, como soy rubia pero tengo móvil, llamé al seguro para que me enviara una grúa.

Elche, las tres de la tarde, 29 grados, una que se había levantado cuando el día no ha decidido su clima y llevaba ropa calentita (literalmente, no de la que genera miradas lascivas)…. El señor de la grúa que me llama y me pide la ubicación. Yo que me la sabía: Avenida de Alicante, número 25. “Tardaré veinte minutos”, me asegura. Tras más de media hora plantada al sol, donde hubo tres paradas de coches de policía, veinte gestos de perdón a los autobuses que se tenían que desviar por mi causa, charla con amiga que iba al gimnasio, encuentro con amigo que pasaba por allí, cotilleo con un señor que estaba en una terraza cercana y seguimiento exhaustivo de la rutina de un hormiguero en la acera, me telefonea el esperado:

Grúa: Estoy en Avenida de Alicante, nº 25.

Yo: En Avenida de Alicante, nº 25 estoy yo y estoy sola (las hormigas no contaban).

Grúa: Señora, le aseguro que estoy en avenida de Alicante, nº 25. Será usted la que esté mal situada.

Yo: ¡¡Señor, estoy tan mal situada que estoy en medio de la calle así que, si usted no me ve, debe ser porque está en cualquier otro sitio menos en la Avenida de Alicante, nº 25!! Por favor, mire bien el número de la calle…

Grúa: No tengo que mirar nada. ¡¡¡Le juro que estoy en Avenida de Alicante, nº 25!!! (La profusión de signos de exclamación indica el elevado tono de voz, por si hay dudas)

Yo (con mi  acento más suave y seductor): Escuche, no vamos a solucionar nada así. Si está tan seguro de su ubicación tendremos que enfocar el problema desde otra óptica: repase el recorrido que ha hecho hasta llegar donde está, concéntrese en cualquier anomalía porque ya le digo yo que, en algún momento, ha entrado usted en un bucle espacio-temporal que le ha llevado a un Universo Paralelo… Así es posible que esté usted en Avenida de Alicante, nº 25, como yo pero, desde luego, ¡¡¡no al mismo tiempo que yo!!!

Grúa: Estoy en el número 5…

Yo: Véngase p´acá….

He de reconocer que todos hemos hecho eso alguna vez: empecinarnos en defender una verdad que, al ser errada o simplemente cambiante (seguro que si el señor de la grúa permanece allí unos cuantos lustros, acabará dejando de estar en Avenida de Alicante, nº 5 para estar en algo parecido a “Calle de la Wifi Eterna, nº 5”), no nos trae más que problemas. Yo estoy en una época de mi vida en la que he tenido la fortuna de haberme visto obligada a replantearme todas mis certezas, a descubrir que son versátiles, que mi meta ha cambiado y que, en lugar de ir revoloteando hacia la nueva, deleitándome en los colores, haciendo círculos innecesarios pero divertidos, iba como un toro en línea recta hacia un objetivo que ya no me va a hacer feliz. Evolucionamos, afortunadamente, y donde antes necesitaba resultados, ahora quiero mil experiencias locas que me lleven a mil certezas, unas lógicas y otras extrañas, sólo para que muten y me abran horizontes a otros mil resultados diferentes…

Hoy sé que, a mí, el Red Bull me da cariño, que mi amiga Rosy no tiene whatsapp, que mi hijo confunde a Cervantes con Velázquez pero no a Velázquez con Cervantes y que estoy preocupada por la carrera musical de Juan Pardo. Y estas cuatro verdades como puños en las que hoy creo, mañana pueden haber dejado de serlo, mañana pueden ser otras. Igual que yo. Y me encanta.

Terry Pratchett decía: “La verdad quizás esté ahí fuera pero las mentiras están en tu cabeza”…. Vamos a mirarnos y ser consecuentes con lo que sabemos en cada “ahora” y no con lo que sabíamos ayer. Divirtámonos mientras descubrimos el cambio inconsciente en nosotros. RESINTONICÉMONOS… y bailemos con nuestra propia música (yo con tacones).

Hace poco, entró Ariel en el baño mientras yo me arreglaba. Al cabo de unos segundos, se me escapó un quejido. Me preguntó enseguida; “¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?”. Yo, en un alarde de sinceridad, le dije: “No, cariño, es que me he agobiado porque me veo feísima”. Me miró tranquilamente y me contestó: “Vale, mamá…. Estás enferma”… La certeza de mi hijo me gusta más. Ahora es mía.

 

miércoles, 11 de marzo de 2015

El deporte será bueno, pero no Santo...


Yo, al gimnasio, no voy por salud. Voy por ENVIDIA… Si una de mis guapísimas y estilosas compañeras de trabajo me confiesa que de aquí al verano va a tener un cuerpo fitness, con nutricionista implicado en la aventura, yo tengo que tomar medidas para no hundirme en la comparación cuando llegue Junio. Y que conste que antes de decantarme por algo tan drástico como entrenarme, había intentado otros medios, como llevar comida, chuches y deliciosos pastelillos al despacho, a ver si pica… Pero la tía es dura. El Rambo de las Tentaciones.

Así que allá que voy, a mi octavo primer día de gimnasio en el último lustro, consciente de mi baja forma (el hecho de que el buscar la ropa de deporte en los altillos me haya causado agujetas y casi una lesión al caérseme una maleta encima me ha ayudado a ver la realidad canalla), andando de puntillas porque la costumbre del tacón es insalvable y autoconvenciéndome de que todos los espejos por los que pasaba eran de aumento. Y, tras sobrevivir a la primera semana, hay ciertas frases y consejos que debo discutir.

1.- “Verás cómo le coges el gusto y el día que no puedas ir, lo echarás de menos”. Ya os digo yo que no debéis sufrir porque me suceda esto. El día que no puedo ir es porque la Pereza se ha impuesto sobre la Envidia, porque me estoy dando un homenaje gastronómico, porque le muestro reverencia a la siesta (a ésta sí la extraño cuando no la tengo)… Os aseguro que cualquier motivo es mejor y lo estaré disfrutando más que mi visita a la sala de aparatos fitness… Esta frase queda sustituida por la que me apunta mi amiga Mari Suni, mucho más realista: “Hoy no voy al gym, pero mañana sin falta…”.

2.- “Tienes que comer sano”. A ver, como idea no está mal siempre y cuando establezcamos que el redbull, el marisco, los nachos, las patatas fritas, los bombones de Ferrero y la coca-cola de vainilla son alimentos sanos. Yo sólo he cuidado lo que como cuando era pequeña y mi abuela me regaló un pollito al que alimenté con esmero y cariño hasta que se hizo lo suficientemente fuerte y grande como para echarlo al cocido. Así era yo: repelente como la niña del Candy Crush… Lo siento por los puristas pero he llegado a una edad en la que cualquier sacrificio culinario excesivo me parece una herejía: si me gusta, le rindo pleitesía, lo hago mío, lo disfruto y me siento una diosa recreándose en el hedonismo. Admito límites: nada en exceso.

3.- “Sin sufrimiento, no hay resultado”. Perdona, pero dame cien mil euros y el nombre de un buen cirujano plástico y verás resultados sin dolor...

Nos estamos volviendo todos locos (y algunos muy pesados) con esto del deporte. Hace poco leí que existe un Gen de la Aventura que te impulsa a buscar experiencias intensas. Supongo que le quedan dos horas al mundo de la Ciencia para descubrir el Gen del Ejercicio Físico, que te empuja a saltar, correr e ir en bici. Pues yo no lo tengo. Ni uno ni otro. No voy a morir haciendo puenting ni corriendo una maratón. Como mucho, puedo morir corriendo porque me cierran Zara… Y mi hijo Ariel (quien acude desde hace tiempo a un entrenador personal) ha heredado esa característica hasta elevarla a la máxima potencia. De hecho, anoche, encantada como estoy con el instructor que tengo, le propuse que cambiara de gimnasio y que fuera al mío. Su contundente respuesta fue: “Ni hablar”. Obviamente, entendiendo que la costumbre tira, le dije: “¿Y eso, cariño?. Estás muy contento con el entrenador que tienes, ¿no?”. A lo que, mirándome lacónicamente, me contestó: “No, mamá. Me da igual. Pero tu gimnasio está dos calles más lejos y paso de ir hasta allí. No me merece la pena el esfuerzo”. Teniendo en cuenta que va en coche, ¿es o no es el colmo de la indolencia?.

Hugo, sin embargo, no es de nuestra calaña. Se parece más a mi madre, que se rompe un hombro para no perder un punto en el pádel y lo que le duele es que suspendan el partido para llevarla al médico (el deporte es salud. ¡Ja!). Al primogénito le encanta hacer deporte y el tonito perdonavidas va inherente en sus conversaciones al respecto. La semana pasada le dije que había vuelto al gimnasio y que me había sorprendido la falta de orquesta, confeti y fuegos artificiales para el celebrar mi regreso. Así que me apuntó: “Mamá, has hecho acto de presencia en tan pocas ocasiones que nadie se dio cuenta de que te habías ido…. Pobrecilla, tú pensando que eras la hija pródiga y no eras ni estudiante de intercambio en esa familia”.

Pues, amigos míos deportistas, me encanta que saltéis, brinquéis, pedaleéis y corráis. Os animo a ello y os admiro aunque creo que es un poco en plan “¿ves?, si a mí me gustara hacer eso tendría un cuerpo de infarto (pero infarto del bueno, del que parece que le da a los demás cuando sufren el Síndrome de Stendhal)”. Os ruego que no me presionéis con las proteínas, los hidratos y los batidos vitamínicos. No quiero ganar un Ironman. Yo sólo voy al gimnasio para tratar de estar tan buena como mis amigas… En mi defensa diré que también trato de ser tan inteligente como ellas, pero eso es carne de otro Post.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Revelando...


Hace poco me encontró Ariel sentada en el suelo de mi baño, con la espalda apoyada en la pared. Algo sorprendido (y preocupado), me preguntó: “¿Qué haces ahí?. ¿Estás bien?”. Con mi mejor sonrisa, le contesté: “Fenomenal. Sólo estaba pensando”. Tras un segundo rumiando mi respuesta, me dijo: “¿Qué pasa, que la inteligencia te va por wifi y no tienes cobertura en algún sitio más cómodo, como el sofá?”… Y yo me voy a acoger a esa explicación para justificar el hecho de que, ante ciertas amigas mías, soy incapaz de decir que no. Da igual lo que me propongan: yo me apunto. Son inhibidores humanos de mi inteligencia. Y así me he visto inmersa, a proposición de Esther, en una experiencia muy peligrosa: un curso de fotografía.

Al empezarlo tenía tres expectativas:

-      la primera, aprender a hacer buenas fotografías

-      la segunda, conseguir una buena fotografía con Esther y Nuria que nos sirviera para un proyecto común

-      la tercera, conseguir una fotografía mía taaannn buena que el profe decidiera lanzar mi carrera como modelo revelación a los 44 años.

Tras diez horas de curso, tratando de entender la cámara que me ha prestado mi hermana (os aseguro que me dio muchas más instrucciones, recomendaciones y avisos sobre su cuidado que cuando me deja a su hijo), mis expectativas han variado en aras del afán de supervivencia:

-      la primera, asegurarme de que mis amigas aprenden a hacer buenas fotografías (y aprovecharme de ese don)

-      la segunda, conseguir una fotografía en la que la distancia entre el concepto que tengo de mí misma y mi imagen reflejada no tenga que medirse en años luz (la vanidad es lo que tiene)

-      la tercera, que el profe hable con entusiasmo de lo rematadamente malas y aburridas que son las modelos.

¿Por qué, Señor, por qué?.¡¡¡Qué lapsus mental tuve que tener para aceptar lo que me propuso mi morena, estilosa y guapa amigaasquerosaquesalebienentodaslasfotos!!!. Yo, que cuando me vi obligada a hacerme las fotos para el DNI sufrí un viacrucis de estudios fotográficos (¡¡¡SIETE!!! Siete juegos de cinco retratos llegué a tener) hasta que di con una imagen con la que medio consentía convivir y, aun así, le pregunté al señor funcionario que me lo tramitó si podía ponerme algún sellito encima. Yo, que sólo me hago selfies si estoy tumbada boca arriba porque la gravedad me alisa la cara. Yo, que mi único motivo para no delinquir es evitar que me hagan las horrorosas fotos esas de la ficha policial. Yo, que confieso que llegará un día en que no podré resistir la tentación de publicar una fotografía en la que me vea mona aunque en ella el resto de mis amigas parezcan ñus desplumados…

La semana pasada, un cliente gitano muy gracioso me contaba que era amiguísimo del cura de su pueblo y, para subrayar la importancia de ese hecho, me dijo “”No es un cura cualquiera: es tan bueno que le faltan sólo dos puntos para ser obispo”... Mi profesor es maravilloso, tiene una sapiencia espectacular y una paciencia conmigo inconmensurable. Y es que yo no poseo vena artística alguna: enseñarme a mí, con mi engreimiento, a hacer fotos cuando a lo más que aspiro es a aprender a posar para irradiar estilo es un milagro tal que Rafa Paz (mi sufrido profe) va a sumar tantos puntos que alcanzará la Santidad, mal que le pese (que le veo yo un poco canalla…). Eso sí, en el camino me lo estoy pasando pipa, mis seis compis de curso sufren el mismo mal de interferencia intelectual que yo y a todo dicen que sí: ¿Qué hay que planificar clase de Yoga?. Se planifica. ¿Qué hay que salir de noche a un caserón a hacer fotos?. Se sale. ¿Qué hay cenar/tomar cervezas/hacer el payaso?. Se hace.

Así que ya sabéis: cuando vuestra inteligencia escasee, moveos de sitio y buscad cobertura… o quedaos un ratito allí y haced tonterías, decid que sí a una idea peregrina, quizás, en ese momento, no razonar sea lo más inteligente que hayas hecho en tu vida.

¡¡¡Será por risas!!!....
 
P.D.: Hace tanto tiempo que no escribo que si este blog hubiese tenido éxito ya sería considerado un clásico descatalogado. Y no puedo poner como excusa para tanta desidia escritural el que las musas me hayan abandonado. Ni hablar. A mí las musas no me abandonan: eso implicaría que alguna vez estuvieron voluntariamente conmigo. No, de mí huyen…Y deberían quererme porque, como guiño y respeto a su origen, yo sé leer griego (leerlo sé, entender lo que leo, no)…  Así que conformaos con este post (un poco más plano de lo que le gustaría a mi ego) mientras las persigo y les doy caza a las muy esquivas.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Egolatrémonos.


Me encuentro a Hugo haciendo caras ante el espejo, así que le pregunto: “¿Qué pasa, cariño?. ¿Intentando ligar con Alicia?”. Sin apartar la vista, me contesta: “Estoy pensando en vivir de mi cara bonita”. La mar de interesada, le digo: “¿Vas a ser modelo?”. Rapidísimamente, me replica: “¡¡¡Noooo, eso implicaría trabajar!!!!. No, a mí me van a pagar los modelos trabajadores para que no les haga la competencia”… Creo que me he pasado potenciando la autoestima de mis hijos…

Lo cierto es que, si el exceso de autoestima es malo, su defecto es peor. Con el primero fastidias a los demás, que tienen que soportarte, pero con el segundo te fastidias tú, que no te soportas. Y eso lo digo con conocimiento de causa: en los dos lados he estado yo, que antes era guapa. Bueno, vale, reconstruyo la frase: “Yo antes sabía producirme (cinematográficamente hablando) para parecer guapa”. Ahora, no sé si ha disminuido mi capacidad de transformación o ha aumentado la grosería ajena. Y es que han intentado  mermarme la confianza en mí misma de la forma más sutil: no me han dicho fea, ¡¡¡me han comparado!!!. Allá que voy yo a cenar con un grupo de amigos de esos enormes que florecen en Navidad, toda peripuesta de brillos y fulgores, autodedicándome poemas de lo monísima que me veo y, en un momento dado, cuando llega la hora de la verdad (de la verdad etílica, quiero decir: cuando el alcohol suelta la lengua y acorta las entendederas), le comenta uno de mis compañeros a la amiga con la que estoy hablando: “Eres la más guapa con diferencia”. Yo, en ese momento, como la quiero y sé que es verdad, sonrío (yo sonrío de corazón, lo prometo, y algún día os contaré la razón, que si lo hago ahora perdéis el hilo de la escena). Siguen los halagos hacia ella y ya no somos tres, hay dos personas más, otra chica y otro chico, que asiente (el muchacho) a cada palabra del adulador quien, envalentonado, se vuelve hacia mí y me suelta: “La verdad es que podrías dedicarte a ser su representante”… ¡¡¡¿Por qué estoy de repente en medio de la ecuación?!!!. ¡¡¡¿Y por qué me eligen a mi como su representante?. ¿Qué pasa?. ¿No puedo aspirar a mi propia carrera de guapa?!!!.. Y no te quedes callada un momentito, como me quedé yo, puesto que los canallas sin filtro se ven impelidos a llenar el silencio explicándote lo que han dicho: “No, si lo digo para que al menos rentabilices el tiempo en el que estás con ella, que nadie te ve”. ¿Qué contestas a eso?. Yo sólo pude balbucear: “El que nadie me pueda ver no llega a ser un problema para tratar de compensarlo. Lo que sí merece rentabilizarse en cantidades  industriales es el hecho de no poder dejar de oír sandeces”.

Las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando el que sale perdiendo eres tú, y ese ha sido el caso, pero hay niveles ofensivos y niveles inofensivos. Yo, cada mañana, al irme de casa, saludo a la chica que limpia la escalera de mi edificio. Un día, limpiando el rellano de mi planta, tocó al timbre sin querer, y abrí casi recién levantada. Se disculpó y le dije que no pasaba nada. Al salir para irme a trabajar, volví a encontrármela en el portal y me paró. Me preguntó: “¿Quién es la chica que vive en el sexto”. Creyendo que me estaba vacilando, le contesté con sospecha: “Soy yo”…. Me miró atentamente y me dijo: “No puede ser… ¡¡¡Si tú eres guapa!!!”. Vale, me comparó conmigo misma y salí perdiendo pero es que yo soy esa, la arregladita, muchas más horas al día que el desastre visual que se levanta de mi cama cada madrugada (tempranera que es una). Soy una princesa encantada, soy Fiona antes de decidirse por el lado oscuro: ogro de noche,  noble de día. Mis hadas madrinas tienen nombre lujosos: Chanel, Sephora, Helena Rubinstein… Me habría gustado más ser Lady Halcón, la verdad, pero es que me quedo en pato, que siendo también un ave, me obliga a matizar mucho la analogía y me ha dado pereza.

Hay un momento básico en el que el ser tan maleducado como para comparar puede destrozar el ego de tu pobre víctima: cuando alguien va perfectamente tuneado para la ocasión. El orgullo de los demás no se puede tocar cuando el otro se ha esmerado en su aspecto. Da igual si te gusta o no el resultado. Te callas o alabas a otro individualmente, sin usar a esa persona que ha gastado un esfuerzo en engalanarse como punto de referencia. Esto sólo tiene una excepción: puedes decirle a una madre “Qué hijo tan precioso tienes, nada que ver contigo, ¿eh?”, que no se va a molestar.

Al principio he dicho que “han intentado mermarme la confianza en mí misma” y yo no uso las palabras a la ligera. Lo han intentado pero no es tan fácil. Las lentejuelas, las gasas, las faldas largas, las faldas cortas, los brillos, los tacones imposibles, la sonrisa, son escudos. Yo soy la Reina del Baile y, cuando nadie lo ve así es porque voy de incognito para perfeccionar ese estatus o porque rindo tributo a mejores Reinas que yo. Cualquiera que asista a un evento, al trabajo, a la zapatería o a dar clases de jotas aragonesas, debe ir convencido de que es el Rey/Reina del Baile, y si te comparan o ningunean, sonríe con condescendencia porque en toda Corte hay un Bufón.

P.D. CONSEJO NAVIDEÑO. Una bruja adoptiva me dijo una vez: “Para ir a una fiesta y que nadie te vea, no vayas”… ¡¡¡Sed excesivos!!!. www.youtube.com/watch?v=K8qJn66hhao

jueves, 4 de diciembre de 2014

Tóxicamente correcto


Me advirtió una vez una persona maravillosa: “En nuestra profesión, hay abogados y hay compañeros”. Hoy he tenido que tratar con un grandísimo..........abogado (nótese que son exactamente diez puntos suspensivos, intercambiables por otras tantas letras).

Y no es que me haya apuntado al “donde dije digo, digo diego” y vaya a hacer un post contraviniendo el anterior, dedicándome a hablar de las malas personas. No. Sólo doy un paso más: siempre hay quien se ha decidido por no seguir el instinto primario de bondad y ha hecho un oficio de la mala baba. Y a ese lo voy a poner de vuelta y media.

Hartita estoy de que me digan que tengo que huir de las personas tóxicas. Me planto. Que no. Les voy a dar tanto por saco que las que se van a ir son ellas. Paso de los mantras del tipo “Yo elijo ser feliz”, “Yo merezco respeto”… y voy a esgrimir directamente el “Habla chucho, que no te escucho”.

Conozco a una abogada (otra) que es perfecta, inteligente, guapísima, superestilosa y que irradia ese sublime primor contagiando a su señor esposo y a sus retoños, de un mundo ideal todos ellos. Siempre, siempre sonríe. En su caso no cabe preguntarse si el árbol que cae en medio del bosque ¿hace ruido si nadie lo oye?. A ella sólo le es aplicable la cuestión de si deja de sonreír cuando está sola, ¿ilumina su alegría si nadie la ve?... No la trago. Pero nada. La observo como observo a cualquiera que se esté liando un cigarrillo: sospechando que no es sólo tabaco. Al principio me hacía sentir culpable (ella, no el fumador) porque creía que era una manifestación de la envidia más vil. Pero no, era mi sexto sentido. Tiene gran capacidad para echar por tierra acuerdos complicados y luego decirte cuando le reconvienes por ello, con los ojos hiperabiertos (dejando ver la rana tras la princesa), la mano en la base del cuello y una voz de lo más cantarina: “¡¡¡Ooooh, me sorprende lo que diceees!!!”… Pues ya os aviso de que me lo he apuntado, que voy a usar la frasecita para todos los enfrentamientos gratuitos que me impongan, sin pudor, sin dolor de conciencia, mimetizándome con ese bellezón indigno (voy a tenerla en mi mente mientras lo digo, para acercarme a su maestría), hasta voy a imaginarme su holograma superponiéndose a mi imagen física. Lucharé contra el Mal con el superpoder de mi anti-heroína. Imagináos al cretino de la oficina, ese cuyas pifias pagas tú porque tiene en su poder el mando del ventilador y provoca que las responsabilidades que estaban en su mesa salgan volando lejos de él, derechas a ti. Pensad que estáis ambos ante el jefe, explicando un error. Contad con que el tóxico va a decir que delegó en ti, que te lo encargó a ti, que tú le dijiste que lo harías (cualquier cosa que te impute el delito). En esas circunstancias,  emitir un “eso no es cierto” resulta demasiado blando pero un “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”, maravillosamente sobreactuado, con batida de pestañas, desubica, desconcentra y hace balbucear al más espabilado, y aquel que balbucea pierde credibilidad.

Los trepas, los tóxicos, los manipuladores no se dan por aludidos cuando intentas evitarlos ni se largan porque les hagas un feo, hay que ser sutilmente peor que ellos, con más inteligencia, mayor elegancia y menor crueldad. Porque, desengañaos: esos libritos que te ayudan a sacarlos de tu vida los han escrito ellos para teneros ocupados haciendo ejercicios de buena educación. El único consejo que ofrecen y que serviría es el de alejarse de ellos pero el 99% de las veces no puedes porque implica tu renuncia a un puesto de trabajo, a amigos comunes, a cenas familiares. Sólo hay dos caminos en esos casos. Ignorarlos o hacer que se sientan tan mal contigo que sean ellos los que no quieran saber de ti. Ingeniosamente, sin maldad de la fea: que siempre se sientan a comer al lado tuyo en las reuniones de amigos, pues tú estornudas a intervalos obscenamente próximos, le coges comida de su plato (mucha y paseando el tenedor), sorbes la sopa, le hablas siempre haciendo aspavientos y señalándole con el cuchillo (esto es muy Hitchcock); que te envían continuamente indirectas peyorativas, pues ya sabes, el mencionado “¡Habla chucho, que no te escucho!” o su variante vengativa “¡Espejo, espejo!”…. Reíros, reíros, pero no hay mayores abusones que los niños demoniacos de nuestra infancia y sobrevivimos la mar de bien con esas frasecitas.

Hace poco, recogí a Ariel de una fiesta. Le veía mala cara y le pregunté qué le sucedía. Me contestó: “Lucas se ha comenzado a insultar a todos y a empujar a los más pequeños y aún tengo arcadas”. Extrañada, inquirí : “¿Te ha asustado?. ¿Te has agobiado?”. Me miró con sorna y me contestó: “No, mamá. Ha sido empatía: tratando de entenderlo me he puesto en su lugar y me he dado asco a mí mismo”... Tras un segundo de silencio, añadió: “Así que he ido y le he dicho: 'tío, entiendo que seas tan petardo, por algún sitio ha de salirte la rabia de haberte tocado ser tú'. Creo que aún está pensando qué he querido decir…”. Eso es lo que prometo hacer ahora, atacar tan sibilinamente a los sicarios de la puñalada por la espalda que no puedan ver por dónde llega mi defensa reconvertida en ataque, les administraré de su propia medicina pero con dosis homeopáticas (infinitesimales) que no hay necesidad de descender a sus niveles y, si me descubren y me reprochan mi actitud belicista, siempre puedo recurrir al escudo mágico: “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”…



martes, 25 de noviembre de 2014

Punto (de vista) y aparte...


“¡¡¡Mamáaaaaa!!!...Tengo mucha hambre y no hay nada para comeeerrrr….”. Y una, que sólo tuvo media hora para ir de compras tras el trabajo y se vio en el brete de escoger entre llenar la despensa o el armario con unas botas preciosas, le contesta salvando la situación: “Hugo, cariño, no me ha dado tiempo a ir al supermercado. Mientras yo me pruebo mi nuevo calzado, mira bien por la nevera: creo que hay yogures”. Nuevamente escucho: “¡¡¡Están caducados!!!”. Con sabiduría y condescendencia, le digo: “Las fechas de caducidad son orientativas. Puedes comértelo”…. Tras un silencio pacífico, me replica: “Ya, mamá… Pero pone: ¡¡¡Octubre del 2012!!!”. Y entonces, Ariel aparece conciliador y sentencia: ”Cómetelo, Hugo, sales ganando: ahora es bífidus y, si no te envenenas, se te pasa el hambre y, si te envenenas, mueres y también”.

Eso se llama perspectiva positiva. Vale, es verdad que ese ejemplo, precisamente, está un poco emponzoñado por el sarcasmo (y las bacterias) pero no vamos a ser tiquismiquis (¡¡¡mira tú por dónde: lo mismo le he dicho a los de los Servicios Sociales!!!). Y yo la agradezco porque estoy hartita de las visiones catastróficas que pululan a sus anchas por las redes sociales y en la calle.

Yo creo en la gente. Creo firmemente en que cada individuo es una buena persona, que a veces comete actos malvados. Y sé, porque yo me incluyo en esa definición, que cada decisión ruin que tomamos viene condicionada por miedos, circunstancias mal interpretadas, conflictos internos y un sinfín de influencias negativas. No quiero decir que no seamos responsables de esa mala medida que adoptamos ni que no debamos pagar las consecuencias pero defiendo ante cualquiera que no está en nuestra naturaleza más profunda el optar por ser mezquinos. Ahora bien, la masa me produce un miedo tan profundo que tiendo a olvidarlo para no vivir en el desasosiego continuo. Como “masa” somos necias marionetas (hasta Hulk, al convertirse en “Masa” se vuelve más tonto: metáfora total de la vida), al servicio de modas sibilinamente impuestas. Y ahora está de moda que los propios españoles denosten España y que personas inteligentes alaben los programas de “Podemos”. Ufff, que pereza, por Dios… Vamos a ver, almas cándidas, en un país en el que millones de personas han dejado de fumar animadas por la Ley, aparece un señor vendiendo aquello de lo que nos habíamos librado: humo… e inhalando, inhalando nos hemos intoxicado y no vemos las incongruencias evidentes, empezando, anecdóticamente hablando, por el nombre. Un izquierdista de toda la vida ha escogido como nombre de su partido una traducción literal del “Yes, we can” estadounidense y capitalista, pudiendo escoger, a medio español de raza que se sienta, un nombre mucho más castizo… Os doy una pista: ¿qué os decía vuestro padre cada vez que os pedía algo y contestabais que no podíais?… Exacto, acudía a uno de los refranes más usados por los progenitores hispanos de todos los tiempos: “hace más el que quiere que el que puede”… “Queremos” sería mucho más original, claro que menos honesto porque con el escogido siempre pueden añadir siglas “P.P.N.Q.” (“Podemos…pero no queremos”, para los menos rápidos)… Que no digo yo que la política no esté corrompida en un alto porcentaje pero en lugar de aplaudir a los que dan berridos y lo llaman “New flamenco” para justificar la falta de talento, miremos con perspectiva para ver que, en realidad, es una chapuza disfrazada y vamos a ensalzar a personas realmente competentes y preparadas. Y que conste que es mi opinión (no voy a decir que “es tan válida como la de cualquiera” porque no es verdad: según con quien me compare, es mejor… o no) y de  las que sean distintas a las mías, respetaré unas y toleraré otras (que no es lo mismo). Eso sí, lo que me cuesta mucho más soportar es la crítica feroz a mi país por sus nacionales y parto de la base de que es un derecho denunciar situaciones precarias, injustas o insostenibles pero también defiendo que las formas deben ser adecuadas y los argumentos contrastados porque, de lo contrario, no estamos buscando equidad sino una vendetta, al más puro estilo mafioso, vulgar e inútil.

Tener la capacidad de abstraerte de tu realidad y asimilar la posibilidad de que haya otras perspectivas tan legítimas como la tuya (excluyentes o no) te da un poder de reacción que ya lo quisieran en la NASA. Y ya puestos, vamos a escoger quedarnos con el brillo de las cosas y no con sus sombras.

Hace poco, íbamos en el coche mis hijos y yo. Hugo comenzó a hablar de series de televisión y me preguntó qué era la Interpol, el FBI, la CIA... De ésta última le contesté que era la agencia de Inteligencia Americana, básicamente, una agencia de espionaje. Enseguida me dijo: “Mamá, de eso no tenemos en España, ¿no?”. Naturalmente, le contesté: “Sí, Hugo, es el CNI”. Tras un segundo me replicó: “¡¡¡Pues sí que somos malos que nunca he oído hablar de ellos!!!”… Mientras me quedo pensando en ese punto de vista, coincidiendo con su apreciación, Ariel sentencia: “Al revés, Hugo…. ¡¡¡Qué buenos somos que nadie ha oído hablar de ellos!!!”…  No sé vosotros, pero yo soy mucho más feliz con la perspectiva de tener los espías más invisibles del mundo…