martes, 14 de marzo de 2017

Podéis llamarme guapa...

Si me otorgaran el Nobel de Literatura, lo aceptaría feliz y bien vestida, encima de unos tacones infinitos. Haría una fiesta legendaria, daría  gracias a todos los Dioses por el premio y estaría encantada de que nadie se hubiera dado cuenta de lo inmerecido que es... Así me siento yo celebrando el 8 de Marzo, el día de la mujer trabajadora: felicitada sin mérito. Vale, soy mujer y trabajo, pero porque no tengo más remedio. A mí lo que me gustaría ser es una unicornia perezosa.
Y, en fin, ya que no me queda de otra, en algún momento inconsciente decidí disfrutar de mi condición femenina, pero no me dejan: vivo con el miedo de que se me cuele algún “micromachismo” y no me indigne lo suficiente…
Como una es muy de hacer listas (también hago listos: tengo dos, uno de 19 y otro de 16), me he hecho una relación de lo que, por mucho que aprecie a ciertas amigas mías, no voy a considerar machismo jamás en la vida y el primer punto, el importante, son los piropos. Ya os digo yo que, a quien no le guste que le digan “guapa”, es porque es fea y sospecha… El mundo es más bonito lleno de halagos. Yo empleo mucho tiempo cada día en estar presentable y aún empleo más tiempo en reconocer ese esfuerzo en los demás, y lo valoro, y lo resalto. Así que, cuando alguien me dice una galantería, lo agradezco y me crezco y la devuelvo a la mínima que pueda.
El piropo que avasalla, el que incomoda, ya tiene nombre en español: se llama “grosería” y no depende del género de quien lo manifiesta, sino de su grado de evolución.
Vamos a relajarnos un poquito todos. Sé que, como colectivo, en muchas partes del mundo, hay mujeres sufriendo por el simple hecho de serlo y eso hay que erradicarlo sin duda alguna pero aquí, en el Primer Mundo, tenemos leyes que nos protegen, hombres que nos entienden (sin perjuicio de excepciones individuales). Yo sé que soy afortunada: me muevo en mundos de hombres pero jamás me he sentido ninguneada, ni acosada, ni, mucho menos, maltratada. Por eso, me da pudor ofenderme por el hecho de que me halaguen, porque me abran una puerta o se ofrezcan a llevarme el maletín si me ven muy cargada. Yo no soy una víctima y menospreciaría a quienes sí lo son indignándome por acciones tan mínimas que necesitamos del sufijo “micro” para definirlas.
Y practico lo que defiendo: esta mañana, salía yo corriendo del juzgado y he escuchado la voz de uno de los guardias civiles que vigilan la puerta. “Letrada, no vaya usted tan deprisa que no nos da tiempo a mirarla y está usted muy bonita hoy… Es muy salá”. Una, que a la benemérita le tiene mucho respeto, se ha parado, ha vuelto a entrar y ha comenzado a caminar de nuevo hacia la salida pero, esta vez, a cámara lenta, repartiendo sonrisas, haciendo aspavientos y sorprendida de que nadie me pidiera un autógrafo porque me he visto y el cuadro era precioso. Entre risas, he acabado de irme. Ya fuera, me ha parado una completa desconocida y me ha dicho, bastante enfadada: “No entiendo como hay mujeres que aún le hace fiestas al machismo porque necesitan la aprobación de su físico. Eres una vergüenza para las de tu género”. Me he quedado quietecita y le he preguntado a una compañera que pasaba por allí: “Maite, ¿tú te vergüenzas de mí?” Maite, que es una santa y no se sorprende de nada, nos ha mirado y me ha dicho: “¡Que va!, me caes muy bien. ¿Nos tomamos una cervecita enfrente y celebramos que es lunes?”. Así que me he vuelto a la valkiria peleona y le he aclarado: “Esos señores son siempre amables conmigo y tienen mi permiso para decirme todas las tonterías que deseen porque me sacan una sonrisa. A ti no te conozco y, lo que es peor, tú no me conoces a mí, pero te has arrogado el derecho de insultarme. A pesar de ello, te he escuchado, he comprobado la realidad de tus palabras, ha resultado que no son ciertas y ahora me voy a tomarme una cervecita con mi amiga. Mientras, tú puedes quedarte averiguando el significado de la palabra “arrogar” o dejarte de chorradas y venirte con nosotras. Invito yo”…




viernes, 18 de noviembre de 2016

Sin género de dudas...

Una,que cuando habla de cosas políticamente incorrectas, lo hace desde su experiencia, milita en el feminismo que define la R.A.E. en su primera acepción: “1. m. Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”.

Me declaro “feminista y viceversa”: también los hombres deben tener los mismos derechos que las mujeres. Lo malo es cuando se confunde “derechos” con “capacidades” y, por desgracia, generalmente, quien lo hace, tiene el derecho a ser inteligente pero no la capacidad.
PD.: A mí, que me insulten por privado, me vuelve más lista porque me planteo si es verdad. Pero no, Doña X, "traidora a mi género" no soy, salvo que el género sea terciopelo, que me sienta fatal...
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viernes, 1 de julio de 2016

Caos también es un dios.

El tiempo prudencial que debo dejar entre una ruptura sentimental y aceptar una nueva cita son 3 kilos… que es exactamente lo que me engorda a mí eso de tener novio: por acompañar, empiezo a comer como las personas normales, a su hora y sin perdonar cenas y ya la hemos liado.
Es una medida fantástica porque consigo desintoxicarme, no sólo físicamente, sino mentalmente. Y falta me hace: entre el calor (que me abotarga) y el ajuste de vida, tengo la cabeza que no sé si necesito un descanso o un exorcismo. Y mucho me temo que esta vez me voy a quedar hecha una sílfide (nota para los adictos al móvil: “sílfide”, que no “selfie”) porque el verano es un horror para lucirme: la sinceridad física no va conmigo, os lo digo ya. Yo soy más de engañar a la vista ajena, de disimular defectos pero, en época estival, los tirantitos y los pantalones cortos no dejan mucho margen de maniobra al encubrimiento, así que hago malabares para ajustar las modas a mis necesidades. Me encantaría ser de esas personas que se cortan el pelo para ir más cómodas, o de esas que se ponen cualquier cosa por ir fresquitas. Olé por ellas. Yo no. Yo parafraseo a Steve Jobs cada mañana y me digo “Si este fuera el último día de tu vida, ¿te gustaría llevar puesto lo que vistes ahora?” Y si la respuesta es no, me cambio. ¿Superficial? Puede. ¿Y qué?
Venga, lo voy a confesar: tengo inseguridades. En este siglo XXI, en el que tienes que estar todo el día haciendo coaching sobre ti misma, desafiando  al mundo, mostrando y alardeando de tus cicatrices, yo me tapo… pero me tapo con seda, lentejuelas y gasas. Soy insegura con mi aspecto físico en su estado natural. También confieso que me importa un bledo mientras pueda producirme hasta el punto de sentirme bien con mi imagen. ¿Qué eso es artificial? Pues no sé yo porque, teniendo en cuenta que paso muchas más horas al día peinada, maquillada y vestida para la ocasión, creo que ello me identifica más que mi estado salvaje, con ojeras, rojeces, y desproporciones varias. Y tengo el doble de imperfecciones morales. Hacéos una idea de lo desastre que soy. Para mí, la gran aportación de Einstein al mundo fue el haber suspendido matemáticas. Oye, a mí eso me da una tranquilidad... ¿Que fallo en algo?, bueno, hasta un genio lo hizo. Y además, el genio que dijo que todo es relativo, lo cual también me viene bien.
La tiranía de la superación es muy peligrosa. Entre darte cuenta de tus fallas, localizarlas, asumirlas, aceptarlas, etc, etc., se te pasa media vida. Y existe tiranía cuando quieres cambiar cada defecto. Deberíamos limitarnos a mejorar aquello que te impide relacionarte de una forma sana con los demás pero hay vicios a los que le tengo mucho cariño. Hay cosas en mí que no son del todo correctas pero que no puedo cambiar (básicamente, porque no me da la gana). Moriré siendo vanidosa, tenderé a ser charlatana siempre, tendré veinte opiniones distintas para cualquier cosa toda mi vida, me alterarán los pesimistas eternamente, procrastinaré hasta el último día del plazo, preguntaré veinte veces lo mismo esperando una respuesta distinta pero me desesperaré cuando me lo hagan a mí, seré caótica y desordenada hasta que no pueda moverme (y entonces seguiré siéndolo pero no ejerceré por imposibilidad manifiesta). ¿Quién quiere ser perfecta pudiendo ser impredecible? Y os aseguro que lo perfecto es previsible: solo hay una forma de hacer las cosas impecablemente bien pero hay mil maneras de meter la pata. El día que alcancemos la perfección, se morirá la sorpresa, que es mi emoción favorita.
En fin, os advierto que ya he perdido dos kilos y medio y que, últimamente, los chicos  me invitan a salir a diario: es entrar en cualquier habitación y oír una voz apasionada: “¡Mamá, sal!”… Y una, que necesita poca excusa, se va a la calle, desterrada de su hogar, alardeando de lo calamidad que es, a retomar amistades y a medio kilo de ponerse a tontear.

        P.D.: La imperfección plebeya (yo) rodeada de la aristocrática imperfección, que hasta en esto hay clases y estas chicas tienen mucha…

lunes, 26 de octubre de 2015

SuperHada


Yo solía mandar en mi casa y mi palabra era Ley. Ahora lo único que ordeno son armarios y, aunque mi palabra sigue siendo ley, es Ley de Murphy: se ríen de ella descaradamente. Así que, haciendo alarde de autoridad, retrotraje este fin de semana el cambio de temporada que inicié en Abril del 2013 en mis roperos y que nunca acabo porque las estaciones se suceden más rápido que mis leves momentos de ama de casa y descubrí lo rara que es mi ropa, pero tengo un motivo: yo no me compro un vestido para las ocasiones especiales. Yo me compro vestidos especiales y creo las ocasiones. Así me encuentro a veces: en la panadería toda puesta de lentejuelas. Y no se hunde el mundo, no pasa nada. Esa soy yo, la que a veces se me olvida que soy. Y es que iba un poco despistada: estaba tan obcecada en “estar” bien que se me olvidó “ser” y, por regla general, soy mejor que estoy.

Hace poco, mi amiga Mariló me dijo que yo era de esas personas que no tienen miedo de salir de su zona de confort. Se equivoca. A ver, yo estoy en mi zona de confort, tumbada en el sofá, tan tranquilita con mi libro y mi red bull y, de repente, al muy canalla le da por atacarme con un muelle que me lanza al otro lado de la habitación. No es que yo decida salir, es que me echan. Y paso de estar tumbada a ir dando tumbos… A mí que no me vendan la moto: salir de la zona de confort es de idiotas (su propio nombre lo indica: confort) pero peor aún es querer volver a acostarte en un sofá que ya no sirve. Y así he estado yo estos meses de sequía de ”posts”, desubicada porque miraba alrededor y todo estaba a un tris de cambiar, pero no acababa de pasar. Todos conocéis esa sensación de que los problemas vienen juntos los malditos, de la mano y cantando fuerte, que tú los ves venir pero te acorralan (y nunca mejor dicho: te “acorralan” porque al principio te sientes un poco gallina ante ellos). A mí me produjo un estado un pelín catatónico, dejaba transcurrir el tiempo a la espera de acontecimientos. Eso acabó un día en que mi hijo pequeño me dijo: "Mamá, te veo un poco etérea últimamente”. Y yo, más que contenta, le contesté: “¡Anda, qué bonito!... Así como Galadriel, como un hada, como las diosas…”. Naturalmente, me aclaró: “No, mamá, no. Más bien como el elemento químico: anestesias de lo sosa que estás”. Ese mismo día me puse a escuchar rancheras de las peleonas, me compré cantidades ingentes de chuches para llevar al despacho, arrasé en la tienda gourmet del Corte Ingles con los manjares más estrambóticos, me subí a mis tacones más altos y me dediqué a sacar a pasear a la cruel animadora rubia americana que llevo dentro para que le plante cara a esos problemas, porque la única forma de sobrevivir a situaciones que no controlas tú, que no dependen de ti, es hacer chistes negros de sus consecuencias. Ya no me marean las circunstancias, ya no estoy pendiente de la realidad que cambia, ahora me fijo en mí, yo soy mi constante, aunque lo que quiera y lo que no, mis filias y mis fobias, cambien a cada momento, porque es mi forma de querer, de odiar, de ignorar, lo que permanece, lo que es inmutable (y quiero, odio e ignoro rozando la perfección, se me da fenomenal). Yo soy egoísta por el bien de la Humanidad, el mundo (mi mundo) es más feliz cuando me miro orgullosa el ombligo porque las emociones se contagian.
Y, además, guardo un as en la manga que, si todo lo demás falla, aparece: yo tengo un Don (y no me refiero a un mafioso italiano que paga todos mis caprichos). No. Me refiero a un Don Divino, de esos que los tienes y son superpoderes que hacen que la vida sea más fácil: yo soy capaz de conseguir que personas valiosas me aprecien. Hay quien vive mejor de lo que puede permitirse, pues yo tengo amigos por encima de mis posibilidades. Vosotros sabéis que mucha gente lleva estampitas de Santos en el bolsillo cuando necesita tanta fortuna que ha de encomendarse a un ser superior, ¿no?. Pues yo llevo las tarjetas de visitas de mis amigos… Cuando voy a tener un día difícil, sólo he de pensar en qué harían ellos en mi lugar y me sale de lujo el desafío. 
Ahora que me acuerdo de quien soy, esa que cuando la niego espera impaciente dando golpecitos con el pie para apartar a la gris y resurgir, la que se cree que puede brillar, que está convencida de que se mueve a cámara lenta en un anuncio perpetuo, la que se cae literalmente una vez por mes porque siempre llega tarde y va corriendo, la que tiene que llamar a su madre cuando, coincidiendo con algún eclipse de sol, necesita un cazo y no tiene ni idea de dónde están en su propia casa, ahora que tengo claro que ese es, al menos, mi yo favorito (no es el mejor, ya os lo digo, pero es el que me hace sonreir), voy a cultivarlo, a mimarlo y, si los problemas van llegando, mutando o bailando una sardana, voy a convertirlos en pasaportes para transformar mi vida en otra más parecida a mí, más compatible. Y, cuando no pueda más, cuando crea que corro el riesgo de olvidarme, repetiré como un mantra los versos de Ajo:
Ayer me pilló Hugo haciendo aspavientos mientras escuchaba Nessum Dorma (yo paso de las rancheras a las arias con absoluta impunidad), así que me preguntó: “Mamá, ¿estás bailando ópera?” Naturalmente, le contesté que no, que lo que yo hacía era “interpretar el papel del pobre príncipe, con un talento bastante notable”. Se quedó en silencio, mirándome con sospecha, se dejó caer en el sillón y soltó un suspiro legendario, al tiempo que me confesaba: “Estoy agotado…”. Una, que además de artista desaprovechada, es madre, le preguntó con su mejor voluntad: “Mucha fiesta anoche, ¿no?” Y el muy vil me contestó: “No, mamá, me agoto de pensar en la vejez que me vas a dar”… No lo sabe él bien.

jueves, 30 de abril de 2015

La verdad está ahí fuera...


A Santa Juana de Arco nunca la he visto yo muy santa. Virgen sí, la verdad, pero santa nada. Hasta que me he dado cuenta de que no se le beatificó por su lucha y sus conversaciones con Dios (eso es cobertura y no lo de Movistar) sino por conseguir que todo un ejército de hombres con la testosterona en perpetuo festival de Woodstock la siguieran en algo de lo que “ellos sabían más”…

A ver, chicos, que yo os quiero mucho pero hemos de reconocer que, en vuestro género, se produce el curioso fenómeno de “como creo que lo sé, no lo compruebo, no pregunto, no pido ayuda… a pesar de que las evidencias de mi equivocación vayan vestidas de mañas y estén bailando una jota”, en una proporción mucho mayor que entre las féminas.

Volvía tan feliz de trabajar cuando mi coche empezó a tener personalidad propia, primaveral e indecisa, cual margarita: ahora me muevo, ahora me paro. Valoré la posibilidad de que sus caballos tuvieran alma de Feria De Abril (Nuretina, Olga Martínez-Bordiu, esto va por vosotras) y la expresasen haciendo cabriolas pero el humo que salió del motor apresuró mi respuesta al problema, así que paré el coche en medio del carril Bus y, como soy rubia pero tengo móvil, llamé al seguro para que me enviara una grúa.

Elche, las tres de la tarde, 29 grados, una que se había levantado cuando el día no ha decidido su clima y llevaba ropa calentita (literalmente, no de la que genera miradas lascivas)…. El señor de la grúa que me llama y me pide la ubicación. Yo que me la sabía: Avenida de Alicante, número 25. “Tardaré veinte minutos”, me asegura. Tras más de media hora plantada al sol, donde hubo tres paradas de coches de policía, veinte gestos de perdón a los autobuses que se tenían que desviar por mi causa, charla con amiga que iba al gimnasio, encuentro con amigo que pasaba por allí, cotilleo con un señor que estaba en una terraza cercana y seguimiento exhaustivo de la rutina de un hormiguero en la acera, me telefonea el esperado:

Grúa: Estoy en Avenida de Alicante, nº 25.

Yo: En Avenida de Alicante, nº 25 estoy yo y estoy sola (las hormigas no contaban).

Grúa: Señora, le aseguro que estoy en avenida de Alicante, nº 25. Será usted la que esté mal situada.

Yo: ¡¡Señor, estoy tan mal situada que estoy en medio de la calle así que, si usted no me ve, debe ser porque está en cualquier otro sitio menos en la Avenida de Alicante, nº 25!! Por favor, mire bien el número de la calle…

Grúa: No tengo que mirar nada. ¡¡¡Le juro que estoy en Avenida de Alicante, nº 25!!! (La profusión de signos de exclamación indica el elevado tono de voz, por si hay dudas)

Yo (con mi  acento más suave y seductor): Escuche, no vamos a solucionar nada así. Si está tan seguro de su ubicación tendremos que enfocar el problema desde otra óptica: repase el recorrido que ha hecho hasta llegar donde está, concéntrese en cualquier anomalía porque ya le digo yo que, en algún momento, ha entrado usted en un bucle espacio-temporal que le ha llevado a un Universo Paralelo… Así es posible que esté usted en Avenida de Alicante, nº 25, como yo pero, desde luego, ¡¡¡no al mismo tiempo que yo!!!

Grúa: Estoy en el número 5…

Yo: Véngase p´acá….

He de reconocer que todos hemos hecho eso alguna vez: empecinarnos en defender una verdad que, al ser errada o simplemente cambiante (seguro que si el señor de la grúa permanece allí unos cuantos lustros, acabará dejando de estar en Avenida de Alicante, nº 5 para estar en algo parecido a “Calle de la Wifi Eterna, nº 5”), no nos trae más que problemas. Yo estoy en una época de mi vida en la que he tenido la fortuna de haberme visto obligada a replantearme todas mis certezas, a descubrir que son versátiles, que mi meta ha cambiado y que, en lugar de ir revoloteando hacia la nueva, deleitándome en los colores, haciendo círculos innecesarios pero divertidos, iba como un toro en línea recta hacia un objetivo que ya no me va a hacer feliz. Evolucionamos, afortunadamente, y donde antes necesitaba resultados, ahora quiero mil experiencias locas que me lleven a mil certezas, unas lógicas y otras extrañas, sólo para que muten y me abran horizontes a otros mil resultados diferentes…

Hoy sé que, a mí, el Red Bull me da cariño, que mi amiga Rosy no tiene whatsapp, que mi hijo confunde a Cervantes con Velázquez pero no a Velázquez con Cervantes y que estoy preocupada por la carrera musical de Juan Pardo. Y estas cuatro verdades como puños en las que hoy creo, mañana pueden haber dejado de serlo, mañana pueden ser otras. Igual que yo. Y me encanta.

Terry Pratchett decía: “La verdad quizás esté ahí fuera pero las mentiras están en tu cabeza”…. Vamos a mirarnos y ser consecuentes con lo que sabemos en cada “ahora” y no con lo que sabíamos ayer. Divirtámonos mientras descubrimos el cambio inconsciente en nosotros. RESINTONICÉMONOS… y bailemos con nuestra propia música (yo con tacones).

Hace poco, entró Ariel en el baño mientras yo me arreglaba. Al cabo de unos segundos, se me escapó un quejido. Me preguntó enseguida; “¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?”. Yo, en un alarde de sinceridad, le dije: “No, cariño, es que me he agobiado porque me veo feísima”. Me miró tranquilamente y me contestó: “Vale, mamá…. Estás enferma”… La certeza de mi hijo me gusta más. Ahora es mía.

 

miércoles, 11 de marzo de 2015

El deporte será bueno, pero no Santo...


Yo, al gimnasio, no voy por salud. Voy por ENVIDIA… Si una de mis guapísimas y estilosas compañeras de trabajo me confiesa que de aquí al verano va a tener un cuerpo fitness, con nutricionista implicado en la aventura, yo tengo que tomar medidas para no hundirme en la comparación cuando llegue Junio. Y que conste que antes de decantarme por algo tan drástico como entrenarme, había intentado otros medios, como llevar comida, chuches y deliciosos pastelillos al despacho, a ver si pica… Pero la tía es dura. El Rambo de las Tentaciones.

Así que allá que voy, a mi octavo primer día de gimnasio en el último lustro, consciente de mi baja forma (el hecho de que el buscar la ropa de deporte en los altillos me haya causado agujetas y casi una lesión al caérseme una maleta encima me ha ayudado a ver la realidad canalla), andando de puntillas porque la costumbre del tacón es insalvable y autoconvenciéndome de que todos los espejos por los que pasaba eran de aumento. Y, tras sobrevivir a la primera semana, hay ciertas frases y consejos que debo discutir.

1.- “Verás cómo le coges el gusto y el día que no puedas ir, lo echarás de menos”. Ya os digo yo que no debéis sufrir porque me suceda esto. El día que no puedo ir es porque la Pereza se ha impuesto sobre la Envidia, porque me estoy dando un homenaje gastronómico, porque le muestro reverencia a la siesta (a ésta sí la extraño cuando no la tengo)… Os aseguro que cualquier motivo es mejor y lo estaré disfrutando más que mi visita a la sala de aparatos fitness… Esta frase queda sustituida por la que me apunta mi amiga Mari Suni, mucho más realista: “Hoy no voy al gym, pero mañana sin falta…”.

2.- “Tienes que comer sano”. A ver, como idea no está mal siempre y cuando establezcamos que el redbull, el marisco, los nachos, las patatas fritas, los bombones de Ferrero y la coca-cola de vainilla son alimentos sanos. Yo sólo he cuidado lo que como cuando era pequeña y mi abuela me regaló un pollito al que alimenté con esmero y cariño hasta que se hizo lo suficientemente fuerte y grande como para echarlo al cocido. Así era yo: repelente como la niña del Candy Crush… Lo siento por los puristas pero he llegado a una edad en la que cualquier sacrificio culinario excesivo me parece una herejía: si me gusta, le rindo pleitesía, lo hago mío, lo disfruto y me siento una diosa recreándose en el hedonismo. Admito límites: nada en exceso.

3.- “Sin sufrimiento, no hay resultado”. Perdona, pero dame cien mil euros y el nombre de un buen cirujano plástico y verás resultados sin dolor...

Nos estamos volviendo todos locos (y algunos muy pesados) con esto del deporte. Hace poco leí que existe un Gen de la Aventura que te impulsa a buscar experiencias intensas. Supongo que le quedan dos horas al mundo de la Ciencia para descubrir el Gen del Ejercicio Físico, que te empuja a saltar, correr e ir en bici. Pues yo no lo tengo. Ni uno ni otro. No voy a morir haciendo puenting ni corriendo una maratón. Como mucho, puedo morir corriendo porque me cierran Zara… Y mi hijo Ariel (quien acude desde hace tiempo a un entrenador personal) ha heredado esa característica hasta elevarla a la máxima potencia. De hecho, anoche, encantada como estoy con el instructor que tengo, le propuse que cambiara de gimnasio y que fuera al mío. Su contundente respuesta fue: “Ni hablar”. Obviamente, entendiendo que la costumbre tira, le dije: “¿Y eso, cariño?. Estás muy contento con el entrenador que tienes, ¿no?”. A lo que, mirándome lacónicamente, me contestó: “No, mamá. Me da igual. Pero tu gimnasio está dos calles más lejos y paso de ir hasta allí. No me merece la pena el esfuerzo”. Teniendo en cuenta que va en coche, ¿es o no es el colmo de la indolencia?.

Hugo, sin embargo, no es de nuestra calaña. Se parece más a mi madre, que se rompe un hombro para no perder un punto en el pádel y lo que le duele es que suspendan el partido para llevarla al médico (el deporte es salud. ¡Ja!). Al primogénito le encanta hacer deporte y el tonito perdonavidas va inherente en sus conversaciones al respecto. La semana pasada le dije que había vuelto al gimnasio y que me había sorprendido la falta de orquesta, confeti y fuegos artificiales para el celebrar mi regreso. Así que me apuntó: “Mamá, has hecho acto de presencia en tan pocas ocasiones que nadie se dio cuenta de que te habías ido…. Pobrecilla, tú pensando que eras la hija pródiga y no eras ni estudiante de intercambio en esa familia”.

Pues, amigos míos deportistas, me encanta que saltéis, brinquéis, pedaleéis y corráis. Os animo a ello y os admiro aunque creo que es un poco en plan “¿ves?, si a mí me gustara hacer eso tendría un cuerpo de infarto (pero infarto del bueno, del que parece que le da a los demás cuando sufren el Síndrome de Stendhal)”. Os ruego que no me presionéis con las proteínas, los hidratos y los batidos vitamínicos. No quiero ganar un Ironman. Yo sólo voy al gimnasio para tratar de estar tan buena como mis amigas… En mi defensa diré que también trato de ser tan inteligente como ellas, pero eso es carne de otro Post.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Revelando...


Hace poco me encontró Ariel sentada en el suelo de mi baño, con la espalda apoyada en la pared. Algo sorprendido (y preocupado), me preguntó: “¿Qué haces ahí?. ¿Estás bien?”. Con mi mejor sonrisa, le contesté: “Fenomenal. Sólo estaba pensando”. Tras un segundo rumiando mi respuesta, me dijo: “¿Qué pasa, que la inteligencia te va por wifi y no tienes cobertura en algún sitio más cómodo, como el sofá?”… Y yo me voy a acoger a esa explicación para justificar el hecho de que, ante ciertas amigas mías, soy incapaz de decir que no. Da igual lo que me propongan: yo me apunto. Son inhibidores humanos de mi inteligencia. Y así me he visto inmersa, a proposición de Esther, en una experiencia muy peligrosa: un curso de fotografía.

Al empezarlo tenía tres expectativas:

-      la primera, aprender a hacer buenas fotografías

-      la segunda, conseguir una buena fotografía con Esther y Nuria que nos sirviera para un proyecto común

-      la tercera, conseguir una fotografía mía taaannn buena que el profe decidiera lanzar mi carrera como modelo revelación a los 44 años.

Tras diez horas de curso, tratando de entender la cámara que me ha prestado mi hermana (os aseguro que me dio muchas más instrucciones, recomendaciones y avisos sobre su cuidado que cuando me deja a su hijo), mis expectativas han variado en aras del afán de supervivencia:

-      la primera, asegurarme de que mis amigas aprenden a hacer buenas fotografías (y aprovecharme de ese don)

-      la segunda, conseguir una fotografía en la que la distancia entre el concepto que tengo de mí misma y mi imagen reflejada no tenga que medirse en años luz (la vanidad es lo que tiene)

-      la tercera, que el profe hable con entusiasmo de lo rematadamente malas y aburridas que son las modelos.

¿Por qué, Señor, por qué?.¡¡¡Qué lapsus mental tuve que tener para aceptar lo que me propuso mi morena, estilosa y guapa amigaasquerosaquesalebienentodaslasfotos!!!. Yo, que cuando me vi obligada a hacerme las fotos para el DNI sufrí un viacrucis de estudios fotográficos (¡¡¡SIETE!!! Siete juegos de cinco retratos llegué a tener) hasta que di con una imagen con la que medio consentía convivir y, aun así, le pregunté al señor funcionario que me lo tramitó si podía ponerme algún sellito encima. Yo, que sólo me hago selfies si estoy tumbada boca arriba porque la gravedad me alisa la cara. Yo, que mi único motivo para no delinquir es evitar que me hagan las horrorosas fotos esas de la ficha policial. Yo, que confieso que llegará un día en que no podré resistir la tentación de publicar una fotografía en la que me vea mona aunque en ella el resto de mis amigas parezcan ñus desplumados…

La semana pasada, un cliente gitano muy gracioso me contaba que era amiguísimo del cura de su pueblo y, para subrayar la importancia de ese hecho, me dijo “”No es un cura cualquiera: es tan bueno que le faltan sólo dos puntos para ser obispo”... Mi profesor es maravilloso, tiene una sapiencia espectacular y una paciencia conmigo inconmensurable. Y es que yo no poseo vena artística alguna: enseñarme a mí, con mi engreimiento, a hacer fotos cuando a lo más que aspiro es a aprender a posar para irradiar estilo es un milagro tal que Rafa Paz (mi sufrido profe) va a sumar tantos puntos que alcanzará la Santidad, mal que le pese (que le veo yo un poco canalla…). Eso sí, en el camino me lo estoy pasando pipa, mis seis compis de curso sufren el mismo mal de interferencia intelectual que yo y a todo dicen que sí: ¿Qué hay que planificar clase de Yoga?. Se planifica. ¿Qué hay que salir de noche a un caserón a hacer fotos?. Se sale. ¿Qué hay cenar/tomar cervezas/hacer el payaso?. Se hace.

Así que ya sabéis: cuando vuestra inteligencia escasee, moveos de sitio y buscad cobertura… o quedaos un ratito allí y haced tonterías, decid que sí a una idea peregrina, quizás, en ese momento, no razonar sea lo más inteligente que hayas hecho en tu vida.

¡¡¡Será por risas!!!....
 
P.D.: Hace tanto tiempo que no escribo que si este blog hubiese tenido éxito ya sería considerado un clásico descatalogado. Y no puedo poner como excusa para tanta desidia escritural el que las musas me hayan abandonado. Ni hablar. A mí las musas no me abandonan: eso implicaría que alguna vez estuvieron voluntariamente conmigo. No, de mí huyen…Y deberían quererme porque, como guiño y respeto a su origen, yo sé leer griego (leerlo sé, entender lo que leo, no)…  Así que conformaos con este post (un poco más plano de lo que le gustaría a mi ego) mientras las persigo y les doy caza a las muy esquivas.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Egolatrémonos.


Me encuentro a Hugo haciendo caras ante el espejo, así que le pregunto: “¿Qué pasa, cariño?. ¿Intentando ligar con Alicia?”. Sin apartar la vista, me contesta: “Estoy pensando en vivir de mi cara bonita”. La mar de interesada, le digo: “¿Vas a ser modelo?”. Rapidísimamente, me replica: “¡¡¡Noooo, eso implicaría trabajar!!!!. No, a mí me van a pagar los modelos trabajadores para que no les haga la competencia”… Creo que me he pasado potenciando la autoestima de mis hijos…

Lo cierto es que, si el exceso de autoestima es malo, su defecto es peor. Con el primero fastidias a los demás, que tienen que soportarte, pero con el segundo te fastidias tú, que no te soportas. Y eso lo digo con conocimiento de causa: en los dos lados he estado yo, que antes era guapa. Bueno, vale, reconstruyo la frase: “Yo antes sabía producirme (cinematográficamente hablando) para parecer guapa”. Ahora, no sé si ha disminuido mi capacidad de transformación o ha aumentado la grosería ajena. Y es que han intentado  mermarme la confianza en mí misma de la forma más sutil: no me han dicho fea, ¡¡¡me han comparado!!!. Allá que voy yo a cenar con un grupo de amigos de esos enormes que florecen en Navidad, toda peripuesta de brillos y fulgores, autodedicándome poemas de lo monísima que me veo y, en un momento dado, cuando llega la hora de la verdad (de la verdad etílica, quiero decir: cuando el alcohol suelta la lengua y acorta las entendederas), le comenta uno de mis compañeros a la amiga con la que estoy hablando: “Eres la más guapa con diferencia”. Yo, en ese momento, como la quiero y sé que es verdad, sonrío (yo sonrío de corazón, lo prometo, y algún día os contaré la razón, que si lo hago ahora perdéis el hilo de la escena). Siguen los halagos hacia ella y ya no somos tres, hay dos personas más, otra chica y otro chico, que asiente (el muchacho) a cada palabra del adulador quien, envalentonado, se vuelve hacia mí y me suelta: “La verdad es que podrías dedicarte a ser su representante”… ¡¡¡¿Por qué estoy de repente en medio de la ecuación?!!!. ¡¡¡¿Y por qué me eligen a mi como su representante?. ¿Qué pasa?. ¿No puedo aspirar a mi propia carrera de guapa?!!!.. Y no te quedes callada un momentito, como me quedé yo, puesto que los canallas sin filtro se ven impelidos a llenar el silencio explicándote lo que han dicho: “No, si lo digo para que al menos rentabilices el tiempo en el que estás con ella, que nadie te ve”. ¿Qué contestas a eso?. Yo sólo pude balbucear: “El que nadie me pueda ver no llega a ser un problema para tratar de compensarlo. Lo que sí merece rentabilizarse en cantidades  industriales es el hecho de no poder dejar de oír sandeces”.

Las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando el que sale perdiendo eres tú, y ese ha sido el caso, pero hay niveles ofensivos y niveles inofensivos. Yo, cada mañana, al irme de casa, saludo a la chica que limpia la escalera de mi edificio. Un día, limpiando el rellano de mi planta, tocó al timbre sin querer, y abrí casi recién levantada. Se disculpó y le dije que no pasaba nada. Al salir para irme a trabajar, volví a encontrármela en el portal y me paró. Me preguntó: “¿Quién es la chica que vive en el sexto”. Creyendo que me estaba vacilando, le contesté con sospecha: “Soy yo”…. Me miró atentamente y me dijo: “No puede ser… ¡¡¡Si tú eres guapa!!!”. Vale, me comparó conmigo misma y salí perdiendo pero es que yo soy esa, la arregladita, muchas más horas al día que el desastre visual que se levanta de mi cama cada madrugada (tempranera que es una). Soy una princesa encantada, soy Fiona antes de decidirse por el lado oscuro: ogro de noche,  noble de día. Mis hadas madrinas tienen nombre lujosos: Chanel, Sephora, Helena Rubinstein… Me habría gustado más ser Lady Halcón, la verdad, pero es que me quedo en pato, que siendo también un ave, me obliga a matizar mucho la analogía y me ha dado pereza.

Hay un momento básico en el que el ser tan maleducado como para comparar puede destrozar el ego de tu pobre víctima: cuando alguien va perfectamente tuneado para la ocasión. El orgullo de los demás no se puede tocar cuando el otro se ha esmerado en su aspecto. Da igual si te gusta o no el resultado. Te callas o alabas a otro individualmente, sin usar a esa persona que ha gastado un esfuerzo en engalanarse como punto de referencia. Esto sólo tiene una excepción: puedes decirle a una madre “Qué hijo tan precioso tienes, nada que ver contigo, ¿eh?”, que no se va a molestar.

Al principio he dicho que “han intentado mermarme la confianza en mí misma” y yo no uso las palabras a la ligera. Lo han intentado pero no es tan fácil. Las lentejuelas, las gasas, las faldas largas, las faldas cortas, los brillos, los tacones imposibles, la sonrisa, son escudos. Yo soy la Reina del Baile y, cuando nadie lo ve así es porque voy de incognito para perfeccionar ese estatus o porque rindo tributo a mejores Reinas que yo. Cualquiera que asista a un evento, al trabajo, a la zapatería o a dar clases de jotas aragonesas, debe ir convencido de que es el Rey/Reina del Baile, y si te comparan o ningunean, sonríe con condescendencia porque en toda Corte hay un Bufón.

P.D. CONSEJO NAVIDEÑO. Una bruja adoptiva me dijo una vez: “Para ir a una fiesta y que nadie te vea, no vayas”… ¡¡¡Sed excesivos!!!. www.youtube.com/watch?v=K8qJn66hhao

jueves, 4 de diciembre de 2014

Tóxicamente correcto


Me advirtió una vez una persona maravillosa: “En nuestra profesión, hay abogados y hay compañeros”. Hoy he tenido que tratar con un grandísimo..........abogado (nótese que son exactamente diez puntos suspensivos, intercambiables por otras tantas letras).

Y no es que me haya apuntado al “donde dije digo, digo diego” y vaya a hacer un post contraviniendo el anterior, dedicándome a hablar de las malas personas. No. Sólo doy un paso más: siempre hay quien se ha decidido por no seguir el instinto primario de bondad y ha hecho un oficio de la mala baba. Y a ese lo voy a poner de vuelta y media.

Hartita estoy de que me digan que tengo que huir de las personas tóxicas. Me planto. Que no. Les voy a dar tanto por saco que las que se van a ir son ellas. Paso de los mantras del tipo “Yo elijo ser feliz”, “Yo merezco respeto”… y voy a esgrimir directamente el “Habla chucho, que no te escucho”.

Conozco a una abogada (otra) que es perfecta, inteligente, guapísima, superestilosa y que irradia ese sublime primor contagiando a su señor esposo y a sus retoños, de un mundo ideal todos ellos. Siempre, siempre sonríe. En su caso no cabe preguntarse si el árbol que cae en medio del bosque ¿hace ruido si nadie lo oye?. A ella sólo le es aplicable la cuestión de si deja de sonreír cuando está sola, ¿ilumina su alegría si nadie la ve?... No la trago. Pero nada. La observo como observo a cualquiera que se esté liando un cigarrillo: sospechando que no es sólo tabaco. Al principio me hacía sentir culpable (ella, no el fumador) porque creía que era una manifestación de la envidia más vil. Pero no, era mi sexto sentido. Tiene gran capacidad para echar por tierra acuerdos complicados y luego decirte cuando le reconvienes por ello, con los ojos hiperabiertos (dejando ver la rana tras la princesa), la mano en la base del cuello y una voz de lo más cantarina: “¡¡¡Ooooh, me sorprende lo que diceees!!!”… Pues ya os aviso de que me lo he apuntado, que voy a usar la frasecita para todos los enfrentamientos gratuitos que me impongan, sin pudor, sin dolor de conciencia, mimetizándome con ese bellezón indigno (voy a tenerla en mi mente mientras lo digo, para acercarme a su maestría), hasta voy a imaginarme su holograma superponiéndose a mi imagen física. Lucharé contra el Mal con el superpoder de mi anti-heroína. Imagináos al cretino de la oficina, ese cuyas pifias pagas tú porque tiene en su poder el mando del ventilador y provoca que las responsabilidades que estaban en su mesa salgan volando lejos de él, derechas a ti. Pensad que estáis ambos ante el jefe, explicando un error. Contad con que el tóxico va a decir que delegó en ti, que te lo encargó a ti, que tú le dijiste que lo harías (cualquier cosa que te impute el delito). En esas circunstancias,  emitir un “eso no es cierto” resulta demasiado blando pero un “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”, maravillosamente sobreactuado, con batida de pestañas, desubica, desconcentra y hace balbucear al más espabilado, y aquel que balbucea pierde credibilidad.

Los trepas, los tóxicos, los manipuladores no se dan por aludidos cuando intentas evitarlos ni se largan porque les hagas un feo, hay que ser sutilmente peor que ellos, con más inteligencia, mayor elegancia y menor crueldad. Porque, desengañaos: esos libritos que te ayudan a sacarlos de tu vida los han escrito ellos para teneros ocupados haciendo ejercicios de buena educación. El único consejo que ofrecen y que serviría es el de alejarse de ellos pero el 99% de las veces no puedes porque implica tu renuncia a un puesto de trabajo, a amigos comunes, a cenas familiares. Sólo hay dos caminos en esos casos. Ignorarlos o hacer que se sientan tan mal contigo que sean ellos los que no quieran saber de ti. Ingeniosamente, sin maldad de la fea: que siempre se sientan a comer al lado tuyo en las reuniones de amigos, pues tú estornudas a intervalos obscenamente próximos, le coges comida de su plato (mucha y paseando el tenedor), sorbes la sopa, le hablas siempre haciendo aspavientos y señalándole con el cuchillo (esto es muy Hitchcock); que te envían continuamente indirectas peyorativas, pues ya sabes, el mencionado “¡Habla chucho, que no te escucho!” o su variante vengativa “¡Espejo, espejo!”…. Reíros, reíros, pero no hay mayores abusones que los niños demoniacos de nuestra infancia y sobrevivimos la mar de bien con esas frasecitas.

Hace poco, recogí a Ariel de una fiesta. Le veía mala cara y le pregunté qué le sucedía. Me contestó: “Lucas se ha comenzado a insultar a todos y a empujar a los más pequeños y aún tengo arcadas”. Extrañada, inquirí : “¿Te ha asustado?. ¿Te has agobiado?”. Me miró con sorna y me contestó: “No, mamá. Ha sido empatía: tratando de entenderlo me he puesto en su lugar y me he dado asco a mí mismo”... Tras un segundo de silencio, añadió: “Así que he ido y le he dicho: 'tío, entiendo que seas tan petardo, por algún sitio ha de salirte la rabia de haberte tocado ser tú'. Creo que aún está pensando qué he querido decir…”. Eso es lo que prometo hacer ahora, atacar tan sibilinamente a los sicarios de la puñalada por la espalda que no puedan ver por dónde llega mi defensa reconvertida en ataque, les administraré de su propia medicina pero con dosis homeopáticas (infinitesimales) que no hay necesidad de descender a sus niveles y, si me descubren y me reprochan mi actitud belicista, siempre puedo recurrir al escudo mágico: “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”…



martes, 25 de noviembre de 2014

Punto (de vista) y aparte...


“¡¡¡Mamáaaaaa!!!...Tengo mucha hambre y no hay nada para comeeerrrr….”. Y una, que sólo tuvo media hora para ir de compras tras el trabajo y se vio en el brete de escoger entre llenar la despensa o el armario con unas botas preciosas, le contesta salvando la situación: “Hugo, cariño, no me ha dado tiempo a ir al supermercado. Mientras yo me pruebo mi nuevo calzado, mira bien por la nevera: creo que hay yogures”. Nuevamente escucho: “¡¡¡Están caducados!!!”. Con sabiduría y condescendencia, le digo: “Las fechas de caducidad son orientativas. Puedes comértelo”…. Tras un silencio pacífico, me replica: “Ya, mamá… Pero pone: ¡¡¡Octubre del 2012!!!”. Y entonces, Ariel aparece conciliador y sentencia: ”Cómetelo, Hugo, sales ganando: ahora es bífidus y, si no te envenenas, se te pasa el hambre y, si te envenenas, mueres y también”.

Eso se llama perspectiva positiva. Vale, es verdad que ese ejemplo, precisamente, está un poco emponzoñado por el sarcasmo (y las bacterias) pero no vamos a ser tiquismiquis (¡¡¡mira tú por dónde: lo mismo le he dicho a los de los Servicios Sociales!!!). Y yo la agradezco porque estoy hartita de las visiones catastróficas que pululan a sus anchas por las redes sociales y en la calle.

Yo creo en la gente. Creo firmemente en que cada individuo es una buena persona, que a veces comete actos malvados. Y sé, porque yo me incluyo en esa definición, que cada decisión ruin que tomamos viene condicionada por miedos, circunstancias mal interpretadas, conflictos internos y un sinfín de influencias negativas. No quiero decir que no seamos responsables de esa mala medida que adoptamos ni que no debamos pagar las consecuencias pero defiendo ante cualquiera que no está en nuestra naturaleza más profunda el optar por ser mezquinos. Ahora bien, la masa me produce un miedo tan profundo que tiendo a olvidarlo para no vivir en el desasosiego continuo. Como “masa” somos necias marionetas (hasta Hulk, al convertirse en “Masa” se vuelve más tonto: metáfora total de la vida), al servicio de modas sibilinamente impuestas. Y ahora está de moda que los propios españoles denosten España y que personas inteligentes alaben los programas de “Podemos”. Ufff, que pereza, por Dios… Vamos a ver, almas cándidas, en un país en el que millones de personas han dejado de fumar animadas por la Ley, aparece un señor vendiendo aquello de lo que nos habíamos librado: humo… e inhalando, inhalando nos hemos intoxicado y no vemos las incongruencias evidentes, empezando, anecdóticamente hablando, por el nombre. Un izquierdista de toda la vida ha escogido como nombre de su partido una traducción literal del “Yes, we can” estadounidense y capitalista, pudiendo escoger, a medio español de raza que se sienta, un nombre mucho más castizo… Os doy una pista: ¿qué os decía vuestro padre cada vez que os pedía algo y contestabais que no podíais?… Exacto, acudía a uno de los refranes más usados por los progenitores hispanos de todos los tiempos: “hace más el que quiere que el que puede”… “Queremos” sería mucho más original, claro que menos honesto porque con el escogido siempre pueden añadir siglas “P.P.N.Q.” (“Podemos…pero no queremos”, para los menos rápidos)… Que no digo yo que la política no esté corrompida en un alto porcentaje pero en lugar de aplaudir a los que dan berridos y lo llaman “New flamenco” para justificar la falta de talento, miremos con perspectiva para ver que, en realidad, es una chapuza disfrazada y vamos a ensalzar a personas realmente competentes y preparadas. Y que conste que es mi opinión (no voy a decir que “es tan válida como la de cualquiera” porque no es verdad: según con quien me compare, es mejor… o no) y de  las que sean distintas a las mías, respetaré unas y toleraré otras (que no es lo mismo). Eso sí, lo que me cuesta mucho más soportar es la crítica feroz a mi país por sus nacionales y parto de la base de que es un derecho denunciar situaciones precarias, injustas o insostenibles pero también defiendo que las formas deben ser adecuadas y los argumentos contrastados porque, de lo contrario, no estamos buscando equidad sino una vendetta, al más puro estilo mafioso, vulgar e inútil.

Tener la capacidad de abstraerte de tu realidad y asimilar la posibilidad de que haya otras perspectivas tan legítimas como la tuya (excluyentes o no) te da un poder de reacción que ya lo quisieran en la NASA. Y ya puestos, vamos a escoger quedarnos con el brillo de las cosas y no con sus sombras.

Hace poco, íbamos en el coche mis hijos y yo. Hugo comenzó a hablar de series de televisión y me preguntó qué era la Interpol, el FBI, la CIA... De ésta última le contesté que era la agencia de Inteligencia Americana, básicamente, una agencia de espionaje. Enseguida me dijo: “Mamá, de eso no tenemos en España, ¿no?”. Naturalmente, le contesté: “Sí, Hugo, es el CNI”. Tras un segundo me replicó: “¡¡¡Pues sí que somos malos que nunca he oído hablar de ellos!!!”… Mientras me quedo pensando en ese punto de vista, coincidiendo con su apreciación, Ariel sentencia: “Al revés, Hugo…. ¡¡¡Qué buenos somos que nadie ha oído hablar de ellos!!!”…  No sé vosotros, pero yo soy mucho más feliz con la perspectiva de tener los espías más invisibles del mundo…

martes, 16 de septiembre de 2014

In-citando...


Me ha llamado una de mis amigas y me ha dicho, así de sopetón: “¡¡¡Tengo una cita!!!”.  Se ha hecho un profundo silencio en el que yo esperaba ansiosa una frase contundente, un conjunto de palabras con un significativo mensaje… ¡¡¡Cómo no estaré de mal que oigo la palabra “cita” y pienso antes en Séneca que en hombres (vale, Séneca era un hombre pero me refiero a uno vivo)!!!. Afortunadamente, ha interpretado mi confusión como prudencia y ha continuado explicándose hasta acabar pidiéndome consejo. A mí. Pobreta.

Estoy convencida, sinceramente, de que mis conocidos piden mi opinión sobre asuntos amorosos para darle emoción a sus relaciones: seguir mis instrucciones supone un riesgo y la gravedad de las consecuencias de escoger hacer caso de una recomendación mía es equivalente a elegir cortar el cable rojo o el azul.

Y es que me pongo a pensar, entro en matices y me pierdo. En primer lugar, las primeras citas no son tan importantes. Son como las fachadas: el buen estado de la misma puede coincidir o no con el buen estado del interior. Son indicios de lo que te espera pero nada definitivo o constante. Así que, primero, hay que relajarse. Yo a veces me relajo tanto que acaba dándome pereza. Mi amiga Nuria dice que la Pereza es pecado (también lo dice Dios pero es que mi amiga habla más alto y lleva zapatos más bonitos), por lo que me aplico el cuento y la supero (a la Pereza, no a mi amiga). Pero casi nunca lo hago a tiempo… y llego tarde. Y ahí salen los puristas con aquello de que la impuntualidad es una falta de respeto. ¡¡¡Hijos, qué poca amplitud de miras!!!. Yo llego tarde porque quiero estar perfecta. Quiero ser agradable a la vista, eso es motivación positiva. Una vez, le dije a mi hijo Ariel que mi madre siempre comentaba que me habían concebido en Canarias. El bendito me contestó: “¡¡¡Anda, mamá, entonces no es que seas impuntual sino que tienes jet-lag natal!!!”.

Me fascina la gente que es capaz de dar premisas sobre la cita perfecta. Mare de Deu, si eso es un caleidoscopio infinito con miles de variantes a tener en cuenta. Que no se puede, te lo digo yo. Da igual los parámetros que te pongas, como el chico que te gusta aparezca en vuestra cita vestido de lagarterana, le has encontrado excusa y su gracia a la milésima de segundo. Ahora, como hayas quedado con uno que ni fu, ni fa y llegue con el botón de la camisa roto, lo miras con sospecha pensando que es un desaliñado y, aunque luego el pobre te explique que ha tenido un ataque de ninjas de camino al restaurante y que, a pesar de sus múltiples heridas, se ha presentado a la cena porque desea mirarse en tus ojos, la magia ya se ha roto.

¿Nadie recuerda a posteriori lo engañosas que son las primeras citas?. Lo difícil de aceptar es que no son engañosas porque finjamos, la capacidad de fingir tiene sus límites (aunque sé que hay quien los desafía cada día), sino que el problema principal es que nos esforzamos en sacar lo mejor de nosotros mismos en ellas y, en ocasiones, eso también es lo más fastidioso de nosotros mismos. Yo me enamoré perdidamente de un chico por la sensibilidad que demostraba al principio y lo dejé por blando. Otro me subyugó con su sentido del humor y acabó pareciéndome un payaso sin control. Otro más me encandiló con su saber estar y al final resultó que sólo sabía estar pero no sabía ser.

Yo he tenido citas desastrosas, citas fantásticas y citas que han sido ambas cosas dependiendo de a qué parte de la pareja (o del cuerpo) le preguntes pero confieso que, cuando he acertado, ha sido por mera probabilidad, porque tocaba, no por una decisión consciente. Tened en cuenta que cuando la acepto, ya llego a ella medio enamorada porque creo en el amor a primera vista…. ¡¡¡¡y se me olvida que tengo cuatro dioptrías y media en cada ojo!!!!. Así me va: no les veo el perfil físico, imaginaos el psicológico (de hecho, en alguna ocasión he pensado que los de Mentes Criminales se pondrían las botas con algunos de los que me he encontrado enfrente). Con lo que yo he sido….

En cualquier caso, hay un consejo que nunca falla: elige siempre un buen restaurante así, al menos, podrás sustituir la Lujuria prevista por la Gula sobrevenida que, a veces, es más satisfactoria….

Mientras escribía esto, Hugo me ha preguntado: “Mami, ¿qué haces?”. Solícita, le he contestado: “Una amiga me ha pedido mi opinión sobre las citas y he escrito un post”. Hugo me ha mirado feliz y me ha replicado: “¡¡¡Muy bien, mamá!!!... Ya tienes opinión, ahora sólo falta que te pidan una cita y comprobarla. Pasito a pasito”. Dolida por la veracidad, le he dicho indignada: “Pues que sepas que mis amigas creen que si no tengo citas es porque a los chicos les doy miedo…”. Mi hijo me ha mirado y me ha comentado: “Claro, mamá, estoy seguro de que los chicos están muertos de miedo….¡¡¡pero por si les dices que sí!!!”… Eso me pasa por continuar cualquier conversación que empieza por “mami”, es que me despistan los canallas…

miércoles, 27 de agosto de 2014

Brujas, S.L. (Sin Límites).


Anoche vi una película de miedo con mis hijos. La única que no pudo dormir, fui yo. Así que esta mañana le he preguntado a Ariel si él no valoraba, ni siquiera tangencialmente, la posibilidad de que se manifiesten espíritus y fantasmas. Me ha mirado socarrón y me ha contestado: “Mamá, los mayores están todo el día quejándose de lo mala que es la vida, así que no creo ni por un segundo que, después de muertos, quiera volver ninguno… Claro que, tras ver la cara que tienes esta mañana, igual me replanteo la existencia de espectros.”… Pasando por encima de la grosería, seguí indagando y le dije: “¿Y en la magia?. ¿Crees en la magia?”. Muy serio me ha replicado: “Sí, en eso sí: cada vez que consigues hacer unos San Jacobos sin que arda el aceite…”.

Invariablemente he creído en la magia. Estoy convencida de que se manifiesta cada día pero estamos tan absorbidos por lo urgente que lo importante se nos escapa. Ha habido mucha en mi vida estos últimos meses que ha provocado que conozca a personas de cuento: Nuria, Esther, Begoña, Yolanda y Tania (que han traído consigo seres fantásticos y talentosos, manías nuevas, adicciones subrayadas, fuerza, poesía e incluso la promesa de conocer a dos vikingas tremendas que hacen que sonría sólo con la perspectiva). Y todas, somos brujas y somos magas y no hay princesas perezosas ni niñas perdidas y aunque a veces nos despistemos, acabamos apreciando belleza y diversión en el desvío. Los descreídos llamarán casualidad a la concatenación de hechos que ha tenido que producirse para que mis correligionarias y yo nos encontremos pero casualidad es tropezarte con un paisano en Londres, la conexión inmediata con personas absolutamente desconocidas hasta ese momento, es magia. Y si ha sido el Universo el que ha confabulado para unirnos, ya os digo yo que las conclusiones de nuestras reuniones deben ser consideradas como verdades universales y reflejarse en un Grimorio como encantamientos efectivos para alcanzar el estado de bienestar absoluto. Y os adelanto varios:

1.- Hay que imitar al líder, pero sin pudor y tomando nota. La educación, el saber estar y la elegancia se aprenden. Cualquiera que sea tu meta: busca al mejor y haz lo mismo que él. Innovar es para genios y ya sabemos que los genios son muy útiles pero viven encerrados en lámparas maravillosas y su vida social no da para ser perseguidos por el cura y la Inquisición. No pierdas tiempo y esfuerzo tratando de ser más que otro: cópialo y, cuando lo hayas logrado, pon tu toque personal.

Eso implica, para que quede claro, que a nosotras, las magas majas, en igualdad de condiciones, los bellezones nos caen mejor. Lejos de validar el tópico que dice que las mujeres nos envidiamos, cuánto más mona y arregladita es tu amiga más podrás instruirte tú. Y que conste que la definición de belleza es “el conjunto de cualidades de las cosas o de las personas, cuya manifestación sensible produce placer, deleite o admiración”, así que ahí cabemos guapos y feos. No hay excusa para no anhelar ser fuente de inspiración.

2.- Quiere a las personas no sólo por cómo son contigo sino, sobre todo, por cómo eres tú cuando estás con ellas. Mi mejor amiga de los tiempos eternos me dijo una vez que yo era una mezcla entre el personaje de Reese Whiterspoon en “Una rubia muy legal” y el de Nicole Kidman en “Los otros”. Teniendo en cuenta que creo que somos amigas porque caminamos por Mundos Paralelos y ello implica que no podemos tener ni enfrentamientos directos ni la esperanza de entendernos, me limité a captar la esencia de la comparación, darle las gracias (porque no es necesario comprender a alguien para quererlo y esperar lo mejor de él) y ligar ambas películas a un mismo recuerdo, que ya es difícil... Cuando pierdo mi esencia, cuando no recuerdo quién quiero ser, las veo (la primera peli más que la segunda, la verdad, porque he de confesar que sospecho que la similitud con Nicole se limita al pelo, al vestir de negro y a la mirada de mal genio que pone de vez en cuando), evoco la imagen que tiene de mí una de las personas que más me aprecia y modifico mi actitud sombría para aspirar a merecer ese concepto.

Preguntad a quien os estime que identifique vuestra personalidad con una canción o con una película y escuchadla o visionadla de vez en cuando para refrescar esas cualidades que tenéis y que os hacen “queribles”. Es una inyección de energía veros con los ojos cariñosos de otros.

3.- Si crees que no puedes con algo, sé rotunda, utiliza hechizos sin pudor (una llamada para mandar a hacer puñetas a quien te amargue la vida cuenta como hechizo y contará como tal hasta el día que alguien consiga hacerme entender que el móvil no es una varita mágica que te pone en contacto, te hace llegar a sitios, te descubre secretos, te hace reír, te hace llorar… ¡¡¡y además brilla!!!) u organiza un aquelarre para unir fuerzas, con brebajes (desde que le ponen tanta hierba a los gintonic, y tantas medidas de especias, pueden ser considerado como pociones) y  risas (ya habrá quien las considere siniestras y le dé su toque "brujeril" porque la alegría a veces es sospechosa para gentes confusas)… Eso sí: lo más cercano a una escoba tendrá que ser el cepillo de la máscara de pestañas.


P.D: Nuria, Esther, Begoña, una tarde con vosotras supone abrir las puertas de la Iberia antigua, convertir a Begoña en sirena, cruzar autovías caminando, abrir coches con llaves viajeras, hacer aparecer y desaparecer teléfonos que no se han movido, comprar en China, entrar furtivamente en aparcamientos desiertos…

Yolanda, un día contigo es concentrar mil experiencias en una conversación alegre, es ver la energía expandiéndose en colores, es descubrir la poesía a gritos, es sonreír con los recuerdos tangibles que regalas cuando te casi vas (porque los trenes cambian su destino para ti y, sobre todo, porque nunca te alejas)…

Tania, unas horas contigo es adquirir sabiduría, suspirar para avivar el fuego, descubrir poderes ancestrales, es ver el camino y disfrutarlo, es ponerte el traje con superpoderes y activarlos.



Tania te empuja desde http://taniaevans.es/

REP.D.: PURA L. te hemos reservado un sitio...

viernes, 8 de agosto de 2014

Zarandeando certezas.


         Anoche, ante un plato exquisito de zamburiñas, a mi mente dispersa le dio por manifestarse y no pude evitar pensar “Esto es lo más cerca que yo voy a estar jamás de hacer el Camino de Santiago”…. Y, acto seguido, mi personalidad paralela me susurró aquello de “Sí, sí, bonita. ¿Cuántas veces has tenido que comerte tus palabras después de decir  de esta agua no beberé?”

         Hace poco, parafraseando una de esas citas que pululan por internet, me dijo mi hijo mayor, cuando le pregunté si se me notaban los kilos de más: “Mamá, el cuerpo está compuesto por un 90% de agua. Más que gorda, estás inundada”… Ya sabéis de donde viene ese sobrepeso: de toda el agua que prometí no catar. Y últimamente me he dado un atracón. Juré y perjuré que nunca subiría en un autobús urbano. Cuarenta años pensando que era una experiencia que prefería no tener y de repente, me quedo sin coche, sin taxi disponible, sin tiempo para esperar y veo un rectángulo verde que promete llevarme donde debo estar. Allá va Cristina, a las cuatro de la tarde, con sus lentejuelas (pocas, que era de día, pero existentes), sus tacones, sus collares XXL, su bolso rojo y su melena al viento (figuradamente, que no corría una triste brisa), subiéndose a un autobús. He de decir que lo único que me disgustó del viaje fue el hecho de que no hubiese un mal paparazzi que captase el momento histórico. Bueno, eso y un señor que, al notar que casi me caigo en una curva (y eso que iba sentada) me dijo, muy ufano él: “Señora, no es usted carne de autobús”. Con mi cara más digna, le respondí “No, señor, no. Mis amigas me dicen que soy más bien carne de telediario. Así que cuidadito conmigo”... Lo tenía merecido. Por llamarme “señora”.

         Pero es que los desconciertos existenciales sobre mis propios gustos no han quedado ahí: desde que tuve edad para ello, nunca he salido sin maquillar de casa. Afortunadamente, había tenido mi careta de la Señorita Pepis para practicar y se me daba de maravilla, así que creo que no parecía un payaso (por eso, al menos). Este año he roto la regla. Un poco. No del todo. Para días y planes muy sport y contados. Media mañana aguanté, en realidad…. De esto sí existe documento gráfico porque tuve que probárselo a mi hermana. La culpa es de Nuria Montes y su blog, en concreto éste, en su “Puesto nº 1”: http://lascarries.wordpress.com/2014/06/05/la-alquimista/. Además, me he apuntado a un gimnasio contraviniendo todas mis ideas al respecto. He descubierto que el estar inscrita no adelgaza ni te pone en forma, que también he de ir. Puede que lo haga. El día menos pensado. Tienen piscinita y sauna. Cuando inauguren la peluquería voy fijo.

         Partiendo de la base de que yo creo que el verano fue una broma pesada que se le ocurrió a Dios en un día tonto pero que, como alguien le rió la Gracia (la famosa "Gracia de Dios"), cual niño pequeño, Él la repite todos los años (seguro que la playita y todo eso está fenomenal pero no son necesarios 40 grados), he de confesar que el estío me agota, me pone de mal humor, me ralentiza y me dilata (un 5% del 10% que no es agua en mi cuerpo es pura dilatación, no gramos extras), así que esos pequeños cambios de opinión suponen una refrescante sorpresa que me revelan un misterio sobre mí misma y me hacen sonreír, sacuden mi perspectiva y me sacan de la rutina por el simple hecho de dejar de ser yo durante un segundo, sumar una experiencia que me habría sido ajena de mantener mis convicciones y conseguir convertirme en un yo más amplio (espiritualmente, me refiero, que el temita del peso está siendo recurrente en este post, sin venir a cuento porque estoy la mar de estupenda).

         He entrado en racha. Voy a cambiar todos mis "Jamás beberé de esta agua" por un "¡¡¡Madre mía, lo que me estaba perdiendo!!!" o  un "¡¡¡Pues no está tan mal!!!", según el grado de satisfacción. A malas, podré decir, con conocimiento de causa "Jamás volveré a beber de esta agua".  En el camino me voy a divertir y me voy a descubrir. También me voy a caer, figurada y literalmente, que recuerdo yo, cuando salieron los zapatos de cuñas tremendas, que afirmé rotundamente: "¡¡¡Never de never (políglota que es una) me voy a poner yo unos zapatos así, que hacen pie de coja!!!" Ahora, la que va a terminar coja soy yo de los tortazos y derrumbes que sufro por las alturas que alcanzo con mis fashion-cuñas...

         Una vez le dije a Ariel que probara las ostras. Me contestó: "Nunca las probaré. Me da angustia verlas". En mi papel de madre emprendedora, le animé: "Venga, cariño, sólo una. ¿Qué puedes perder?". Él me miró con ironía y me respondió: "¿Bilis?"... ¿Que por qué cuento esto que destroza mi anterior entusiasmo?. Pues para que sepáis que soy consciente de que hay límites: de ningún modo me pondré bermudas; jamás comeré Marzu de Casu; nunca anunciaré el final de un asalto en un ring de boxeo con un biquini rojo lleno de cuentas de cristal; en mi vida veré la saga de Saw... ¿O sí?...
 

        

        

lunes, 7 de julio de 2014

Los pormenores de mi vida. 3ª Parte.



Vuelvo a hacer trampa y ni siquiera es por una buena u original razón sino la misma de siempre: para que no me olvidéis. Estas historietas son del año 2012. Ariel tenía once años y Hugo, trece.

 1.- Está Ariel leyendo un libro sobre datos curiosos. Me dice, medio molesto: "¿Tú sabes que los hombres son más propensos a que les caigan rayos que las mujeres?"... Al ratito, exclama: "¿Y sabes que los hombres sufren más hipo que las mujeres?"... Continúa a lo suyo, hasta que explota: "Mamá, todas las ventajas son para las mujeres... ¡¡¡Definitivamente, Dios es una mujer!!!... De hecho, creo que nos han contado mal la Historia: no ha habido ninguna lucha entre el Bien y el Mal. En realidad, Dios es una tía y Satanás es su ex, y ¡¡¡se dedica a fastidiarnos sutilmente.!!!"...

2.- Leyendo el mismo libro. "Mamá, aquí dice que las ratas pueden tener hasta veinte relaciones sexuales diarias, ¿es que los humanos no?". Yo le contesto: "Pues supongo que acabaríamos agotados"... Se queda pensando y me réplica: "Pues vaya tontería de estudio eso de contar las relaciones diarias de las ratas... En realidad, si es sólo cuestión de resistencia, serán más activas para eso y para todo, bastaba con concluir que las ratas se cansan menos"...

3.- Le digo a mi hermana (para molestar, básicamente) que su niño es un poco impaciente... Begoña me dice que eso es porque sólo tiene un año (cosa que comparto pero que no le he dicho, para no echar por tierra mi papel de bruja). Ariel, que es el heraldo de su primo, me replica: "Más impaciente eres tú y tienes cuarenta y dos"... Mi madre se ha extrañado y me ha preguntado: "¿Pero tú no tienes cuarenta y uno?"... Yo le he dicho que sí y he mirado a Ariel con reproche... Y él, sin inmutarse, nos ha contestado: "¿Cómo queréis que me acuerde si cada año cambias de cifra?"...

4.- Ariel está a dieta y se lo toma muy en serio. Tiene una fuerza de voluntad de la que su hermano y yo carecemos y no come nada prohibido aunque lo tenga delante. Estábamos eligiendo los platos en el restaurante y dice, de repente: "Mamá, los musulmanes esos que se suicidan con bombas deben de tener mucha fe.". Un poco sorprendida (aunque sabiendo que había una asociación de ideas en algún sitio), le pregunto el por qué cree eso. Me contesta: "Pues porque su Dios les promete como Paraíso quinientas vírgenes, pero no les da ninguna garantía de que estén buenas o sean majas...  Puede que por eso sus mujeres van tapadas: así son incapaces de comparar cuando se mueren: si sólo han visto la suya, seguro que entre las quinientas habrá una más guapa."... Ya que continuaba sin ver cómo había llegado a pensar en ese tema, le digo, directamente: "A ver, Ari, explícame el motivo de que estemos hablando de esto."... Me mira y, lentamente (supongo que quería asegurarse de que lo entendía), me replica: "Estaba leyendo el Menú. Lo que me gusta, no puedo comerlo y lo que puedo, no me gusta. Así que he pensado que si la palmara y nuestro Cielo fuera el verdadero no habría problema porque tienes lo que deseas (aunque me asusta un poco que, al final, sólo haya queso Philadelphia) pero si fuera el de los musulmanes, ¿de qué me sirven quinientas vírgenes?... ¿Crees que podría ponerlas a cocinar croquetas y San Jacobos?."... Ya sabia yo que había alguna relación...

5.- Una amiga de mi hijo y yo le pedimos a Ariel que nos haga una foto. Él accede (tras mucha presión) y nos advierte: "Voy a intentar sacaros bien pero, teniendo en cuenta el nivel de vanidad de las dos, va a ser prácticamente imposible cubrir vuestras expectativas. No quiero quejas ni repetiré la foto: el problema no es la cámara ni el fotógrafo sino la diferencia entre lo guapas que os creéis y la realidad."......

6.- Me pregunta Hugo: "Mamá, ¿por qué tienes una máquina de Nespresso si no te gusta el café?"... Se adelanta Ariel a cualquier respuesta y le contesta: "Está divorciada, es un poco creída, sólo se sabe el Padrenuestro antiguo... La Nespresso es su única oportunidad de entrar en el Cielo: puede negociar con ella,  como George..."...

7.- Estoy con Ariel ante un semáforo en rojo, esperando para cruzar. En eso que aparecen, a nuestro lado, tres adolescentes recién estrenados y dos de ellos, en obvio y ostentoso alarde de estupidez hormonal, salen corriendo y gritando hacia el otro lado de la calle, sin mirar ni encomendarse a nadie. Un coche que venía ha tenido que girar para esquivarlos y no atropellarlos, con el consiguiente frenazo del vehículo que iba por el carril contiguo... En el silencio que se ha hecho tras el susto, mi hijo comenta: "Mamá, ¡¡¡qué importantes son esas cosas que no pasan!!!..."... Se escucha, entonces, a los dos proyectos de delincuente increpando al amigo que había respetado el orden público, llamándole cobarde y gallina, al tiempo que imitaban a la mencionada ave... Ariel mira al chico formal, que estaba azorado, y, solidarizándose con el pobrecillo, dice al Universo: "¡¡¡Y qué lástima que a veces no pasen!!!"...

8.- Una sencillita: estoy en la misma habitación que mis hijos, leyendo, mientras el pequeño trastea en el ordenador y el mayor juega online con sus amigos a un videojuego. Paz absoluta. De repente, Hugo exclama muy alterado: "¡¡¡Mamá, pone que se ha estropeado el disco duro!!!... ¡¡¡Haz algo, llama a Sony, llama a Game!!!... Voy a perder la partida... ¡¡¡Mamá, date prisa!!... ¡¡¡La Play tiene un problema!!!... ¡¡¡Tiene un problema!!!"... Un poco desubicada por el arranque pasional repentino, me doy cuenta de que, sin inmutarse, Ariel mira la consola, luego a su hermano y dice, estoicamente: "Hugo, yo a la Play la veo muy tranquila... Creo que el problema lo tienes tú”…