lunes, 19 de octubre de 2020

XXXXX (L para los tiquismiquis)


          Los del 70 somos tan chulos que este año salimos de dos cuarentenas. Y esto solo podemos decirlo nosotros y los nacidos en 1868, que se encontraron con la gripe española, lo cual debería sorprenderos mucho más que esos eclipses y cometas que pasan una vez cada 100 años pero que hay uno cada semana. A la calle tendríais que salir a admirarnos. 

        Hoy cumplo 50 años. Llevo cinco preparando la fiesta para celebrarlo, prometí a todo el mundo que esa celebración sería carne de Telediario y resulta que la tengo que hacer por tandas, como las magdalenas (que es como estaría yo hoy, como la Magdalena, si no temiera que se me hincharan los ojos para las fotos). Voy a hacer de mi capa un sayo (con lentejuelas, por supuesto) y compartir mi experiencia con vosotros: como siempre digo, yo hago “listos” (a esos les pongo nombre, Hugo y Ariel) pero también listas que, para que no se me pongan celosas, las nombro igualmente y ésta se llama

¨DECÁLOGO DE CONVICCIONES QUE ME HA    LLEVADO MEDIO SIGLO ADMITIR”. 

          1.- “Usar la misma talla” que hace 20 años y “embutirte en la misma talla” que usabas hace 20 años no es lo mismo, pero el matiz es tan minúsculo que me vale (este punto no admite discusión… ¡¡he dicho que es un matiz insignificante y es un matiz insignificante!!). 

          2.- Mentir sobre la edad es esencial para la autoestima: tienes que añadirte 3 o 4 años para que te digan que no los aparentas. 

           3.- Envejecer con dignidad está sobrevalorado. Si te quejas lo suficiente, acabarán recomendándote un buen guapólogo que luchará contra la gravedad por ti. Eso sí es un superhéroe y no Batman. 

          4.- Cuando ignoras algo puedes decir “lo sabía pero se me ha olvidado” y todos te creen. “Eso es la edad”, te justifican… y qué queréis: prefiero ser mayor que ignorante.

          5.- La gente que era gilipollas a los 25, tiene muchas probabilidades de seguir siendo gilipollas a los 50. La edad no te mejora si tú no has querido mejorar. 

          6.- No, no es que con la sabiduría de la edad hayas decidido conscientemente sacar de tu vida a los gilipollas anteriores. Es que ellos te consideran a ti igual de gilipollas y os estáis evitando mutuamente (y por instinto, no te apuntes el mérito). 

          7.- Los amigos son los que son y otros de los que no te acuerdas.

          8.- Hacer lo que no ha hecho nunca nadie no siempre es original. La mayoría de las veces no lo ha hecho nadie porque es una estupidez. 

          9.- Si tienes que aprender cosas nuevas y vas muy lento asimilando conceptos, no desesperes, no eres tonto. Es complicado biológicamente porque, como dice mi amiga Teye, el cuerpo, a partir de los 45, ha entrado en fase de retener líquidos, no ideas.

          10.- La relación con tus hijos, cuando es, es mejor aunque la mayoría del tiempo no es. Ni llaman. Pero ahora puedes vilipendiarles un poquito, que tú te has hecho mayor pero ellos también. Y eso endurece. Que maduren. 

          Una de mis experiencias más divertidas fue el año pasado, cuando mi hijo mayor me llamó para que fuera a Madrid y pasar el finde juntos. Reservé un hotel por la ubicación y no miré nada más. Al llegar, resultó ser un hotel gay pero “heterofriendly”. En recepción, le indiqué al muchachito que mi hijo llegaría más tarde. El muy bendito me dijo: “¡Ay, lo siento, pero no admitimos menores en este hotel!”, obviamente, le dije que se acababa de convertir en mi persona favorita. Al subir a la habitación, exquisita, por cierto, llamé a Hugo y le dije: “Cariño, estamos en una habitación muy porno, llena de negro, neón y encaje, preciosa pero porno. Eso sí, cuando muera, quiero que traslades mi cuerpo a este baño porque la última foto de mi vida tiene que ser aquí: es una maravilla. Dile al del CSI que saque todos los ángulos”. Después de llegar Hugo, tras volver ambos de hacer compras (para el niño, que me ha salido sibarita) y justo antes de irnos a cenar, nos avisaron que teníamos una copa de bienvenida en la terraza. Allí estaba yo: divina y un poco pendón por optimista: creí que me vendría bien un vestido que nunca me ha venido bien y mostraba más escote del debido (¿por qué las chicas siempre creemos que ropa que no nos ponemos, por buenos motivos, en nuestra ciudad nos va quedar divina cuando salimos de viaje? Aprended de mí y grabaos esto: la latitud no influye en nuestro cuerpo). Mi hijo y yo estábamos disfrutando de la copa y el ambiente hasta que el camarero, otro bendito, me pregunta: “¿Desde cuando os conocéis?” Así que no tuve más remedio que contestarle: “¡Ojalá fuera mi gigoló, porque me saldría la hora con él mucho más barata… Pero es mi hijo”… Todo esto hace 10 años habría resultado raro y seguramente ilegal… 

         Jacinto Benavente dijo una vez (o más veces, que igual él también se repetía como el resto de los mortales): “Cuando acaba la edad de las locuras, empieza la edad de las tonterías”. Así que vamos a hacer caso al sabio y a hacer el tonto porque el tiempo que perdemos riendo, no es tiempo perdido.

viernes, 29 de mayo de 2020

MI RELATO RELATIVO


                  Siendo pequeña, le pregunté a mi abuela quién era más guapa, si Ava Gardner o Grace Kelly. Mi abuela me contestó que eso era muy relativo porque eran dos tipos de belleza muy diferentes. Yo asimilé la lección y, al rato, le dije: “Entonces no se puede asegurar si es más guapa Gracita Morales o Marisol, ¿no?, porque son bellezas muy diferentes.” Mi abuela me miró y me aclaró: “Cris, todo es relativo, pero no tanto…”.

               Y me lo dijo con cariño, yo os lo digo más cabreada que una mona. Se ha llenado Twitter de frases del estilo: ¨Los políticos españoles no están a la altura de las circunstancias”. Pues mira, eso es una gilipollez. Especifiquemos qué políticos. Comparar a Macarena Olona, Cayetana Álvarez de Toledo, José Luís Almeida, Margarita Robles, Nadia Calviño, Isabel Ayuso, Iván de los Monteros y Abascal con Sánchez, Iglesias, Illa, Ábalos, Marlasca (el “Grande” lo ha perdido), Monedero, Montero (x 2, que lo malo abunda), Calvo, Isa Serra y Echenique (el único discapacitado en el mundo que no genera ni un poco de empatía, por algo será), es una falacia, un absurdo. Y dejo fuera a Errejón porque hoy ha decidido que una solución a los despidos por el cierre de Nissan es nacionalizar la compañía (japonesa, ¡ay, que me parto!) y merece categoría propia o mucha ternura que igual ha visto en esta cuarentena la Fábrica de Chocolate y se ha creído que te puede tocar una empresa si sacas un papelito dorado en un Huesitos.

               No es cuestión de siglas políticas, es cuestión de personas. Sánchez no es un sociópata vanidoso y mentiroso (no sé si eso es una redundancia) por pertenecer al PSOE e Iglesias no es un irracional macarra cobarde (creo que vuelvo a la redundancia) por ser el dirigente de PODEMOS. Ambos serian lo mismo si se dedicaran a la cría de nutrias. Lo que sí es cuestión de sendos partidos y, por ende, responsabilidad de los mismos, es la falta de crítica al abuso y a la incoherencia, la cobardía de no dar un paso adelante y defender unos principios (con los que podré estar o no de acuerdo) que sus presidentes están enfangando y dejando sin contenido. ¿Me vas a comparar tú a Felipe González, Rubalcaba, Múgica con Ábalos, Sánchez o Zapatero? 

               Otra cosa que decía mi abuela (la pobre era como yo y no paraba de hablar) es que somos lo que hacemos, no lo que decimos. Esta gente que nos gobierna hace canalladas. Son unos canallas. Son confusos, manipuladores y peligrosos. Hoy Iván de los Monteros se ha ido de la Comisión de Reconstrucción porque un vicepresidente SEGUNDO (pongo el cargo en minúsculas porque él es pequeño y mísero; y pongo lo de “segundo” en mayúsculas porque debe fastidiarle muchísimo a su ego desproporcionado ese escalón en la escala del poder) ha acusado de un delito a su formación y, posteriormente, le ha venido a decir que no lo cometían por cobardes. Él llamando cobardes a otros… y luego, envalentonado por el camarilla que tenía al lado, aún ha hecho ostentación de la gran indignidad que le caracteriza queriendo humillar al que se retira. Y que nadie dude de que esa retirada ha sido un alarde de gallardía y de estar a la altura del cargo que ocupaba el Sr. De los Monteros, porque soy yo y le doy un sopapo. No hay insulto a la altura de mi desprecio. Me veo carne de reality por este mequetrefe. 

              No suelo hablar de política en este Blog. A lo largo de mi vida siempre he votado a PP, alguna vez a Ciudadanos y, a nivel local, incluso al PSOE (por las personas, como os digo). Nunca he votado a Vox pero no descarto hacerlo en un futuro. Mis ideas fluyen y varían y se enriquecen, nada es inmutable y eso es algo que atesoro porque no me hace esclava de los argumentos de otros. A mis casi 50 años me han llamado facha por decir que la igualdad en la miseria no es igualdad, es una putada. Obviamente, el agravio dice más de quien lo alega que de mí. Yo nací al final de la dictadura pero no recuerdo más que vivir en democracia, con el único temor de que hubiera un atentado etarra cerca (y lo hubo); jamás he preguntado a mis amigos de qué partido son (me sigue dando igual); siempre he creído que mi opinión, la inversa y la de Platón valen lo mismo mientras no se demuestre lo contrario. Y este Blog es mi opinión, sujeta a cambios, a errores pero también a unos valores que son los míos. Podéis estar o no de acuerdo con lo que digo pero no es relevante. En mi realidad, Olona y Álvarez de Toledo me parecen extraordinarias (son mi Ava Gardner y mi Grace Kelly), estoy locamente enamorada de Almeida, en cualquier competición querría a Iván de los Monteros y a Abascal en mi equipo (porque van de frente y tienen honor), le daría un achuchón a Robles y a Calviño por lo que están aguantando y a Ayuso por el nivel de resistencia demostrado y hasta les haría guacamole que es lo único que sé cocinar (o mezclar). 

               Mi hermana me ha advertido de que puedo perder amigos por este post pero voy a correr riesgos. Eso sí, a partir de la semana que viene, volveré al estilo de mis orígenes, básicamente porque tengo conmigo a mis hijos y necesito vengarme del vacile al que me someten. Lo llevamos en la sangre. Os doy una prueba: una vez, tratando de convencer a Ariel para que se viniese a cenar conmigo, ya que él insistía en quedarse en casa porque le dolía un poco la cabeza, le dije: “Entonces, ¿te vienes o no?”. Bastante harto de mí, me contestó con un contundente “¡NO!”. En un alarde de optimismo maternal, aún lo tanteé: “Cariño, ¿es tu última palabra?”. Él me miró con toda la tranquilidad del mundo y me replicó: “No, planeo seguir hablando a lo largo de mi vida…”. Y de tal palo, tal astilla. Yo tampoco tengo pensado callarme.


P.D.: ¡Quiero listas abiertas ya!





martes, 12 de mayo de 2020

DESESCALABRAR


Mi hermana dice que me va a regalar un ónice para que atraiga a la Fortuna. Yo le he dicho que la única piedrecita que me puede dar suerte es una lo suficientemente grande como  para lanzársela a la cabeza de alguno y que le haga daño.
A mí este confinamiento me está dejando los ojos preciosos: leo y escucho tantas sandeces a lo largo del día que parpadeo intensamente de puro asombro y los tengo superbrillantes de tan limpios. Acaba de llegarme una frase (de alguien a quien admiro y admiraré, que sé de su buena intención) que dice “Los caminos difíciles conducen a destinos hermosos”. O a un barranco. O a un pino putrefacto. O a un enjambre de avispas. Vete tú a saber. A mi bar favorito lleva un puente precioso con una vista espectacular, así, a lo loco, sin sufrimientos. Mirad, entiendo que la gente necesite impulsos positivos pero no pasa nada si nos vamos preparando para una realidad complicada en lugar de creer que nos espera a medio plazo un futuro perfecto de exuberantes vergeles (mi paraíso es más de calles comerciales pero metafóricamente no queda igual de bien). Nos venden eso de “Nueva Normalidad”. ¨Nueva normalidad” me parece nombre de secta... Incluso en el BOE hablan de “Nueva Normalidad”, como si fuera algo concreto con características específicas a lo que hay que aspirar. Creo que antes de poner nombre a lo que nos espera deberíamos saber dónde estamos y, de momento, ese concepto depende de la hora a la que te lo plantees: por la mañana, mascarillas sí; por la tarde, mascarillas no; a las 20.00 horas, todos a la calle con tranquilidad; a las 23.00, a casa, que el virus es golfo; ahora tenemos los expertos más preparados para sacarnos de esto; luego, no digo quiénes son porque no aguantarían presiones en Twitter (preparados pero pusilánimes)… Ya no es sólo que sea rubia, es que me lo ponen muy complicado.
Cada día, en algún momento, estoy a un pensamiento de entrar en shock, de bloquearme. Cada día creo, como leí una vez, que “vamos a la guerra con quienes elegimos (eligieron, más bien) para irnos de fiesta”. Cada día me asombro de la incapacidad de este Gobierno infantil, ignorante y soberbio y de la capacidad de los ciudadanos para poner ideologías por encima del sentido común. Y de lo que de verdad necesitamos ser capaces es de actuar con lógica porque este “par de dos” que nos gobierna son unos absurdos, unos ególatras mentirosos, acomplejados y envidiosos a los que palabras como valores, resiliencia, humildad, superación y excelencia les son ajenas. No tienen ni puta idea de qué hacer y les falta categoría moral para rodearse de mejores que ellos. Nos dicen que hay que llamar extrema derecha a todo aquel que no piense como ellos, que somos fachas y les hemos reímos las gracias como si fueran adolescentes rebeldes, subestimando el poder del caos y el analfabetismo y aquí estamos, con un Presidente y un Vicepresidente sometidos únicamente a las normas de la Ley L´Oreal (porque yo lo valgo) y a las de la Ley del Mínimo Esfuerzo, escogiendo como Ministro de Sanidad a un Licenciado en Filosofía (que no filósofo) que se saltó la clase donde se explicaba el ¨Sólo sé que no sé nada”, y no se da cuenta de  lo inteligente que es solicitar la asistencia de personalidades expertas en cada campo cuando desconocemos las respuestas, pero esta gentuza detesta a quienes demuestran ser eficientes porque siempre saldrán perdiendo en la comparación. Viven de títulos, de cargos, de hablar en tercera persona y de poner voces de curita blando para decir sandeces buenistas. Y, con tanto mensaje creativo y edulcorado, salimos relajados sin darnos cuenta de que no se ha avanzado nada, no sabemos nada del comportamiento del virus y, ante tal desconocimiento, lo único sensato que podemos hacer es prepararnos para lo peor, para que el único riesgo que corramos sea el de tener que alegrarnos por ser unos exagerados.
Ser confiados ahora es un lujo que no nos podemos permitir. Hay que salir y hay que abrir negocios y hay que ser excepcionalmente juiciosos. Es nuestra Santísima Trinidad. Salvar la economía es tan importante como preservar la salud. Hasta ahora, la Salud ha sido materia urgente, la Economía importante. A partir de ahora, ambas son urgentes, así que espabilad y mirad con ojos realistas lo que tenemos (no lo que nos viene, lo que YA tenemos aquí) y actuad en consecuencia. Nos dirigen malas personas y malos políticos, cuestionaos cada permiso que nos conceden y sed más prudentes que ellos, preguntaos por cada obligación que nos imponen y actuad en consecuencia. No es una ¨desescalada", como si hubiéramos llegado a la cumbre de algo en un hito de superación y el descenso sea lo más fácil. Es un desconfinamiento gradual y aleatorio, sin orden ni concierto. En todo caso, una "desescalabrada" del tortazo que nos vamos a dar.
Ariel, que va despistado en su mundo académico, me pregunta esta mañana: "¿Qué quiere decir “deprimido por suerte?". Una, que quiere dar respuestas correctas porque ya que mis hijos no me ven guapa, que me crean lista (sí, es mi segunda opción), le digo: “A ver, Ari, ¿en qué contexto?”. Me contesta con paciencia: “Pues lo acaban de decir en la emisora que estás escuchando”… Sin saber si reír o llorar, le aclaré:“Ariel, amor, ha dicho deprimido por su ERTE”. Así estamos, “Deprimidos por Suerte”, y el gobierno pretendiendo que le demos las gracias porque podríamos estar deprimidos, pero sin "su-erte"…



lunes, 20 de abril de 2020

www.ondacero.es/emisoras/comunidad-valenciana/elche/audios-podcast/opinion/femenino_201903085c822d3d0cf247bf2e029865.html

INRI-CRECIMIENTO PERSONAL


Mi “crecimiento personal” en esta pandemia ronda los dos kilos. Mi hermana, mi amiga Ángela, mi amiga Maite y mi amiga Isantón han hecho “aleluyas” para colgar en los balcones, palmas blancas de papel, arroz con costra, rollitos, pan, videos animando, performances varias, han aprendido a editar videos, a usa Tik-Tok, a hacer montajes fotográficos… Yo he descubierto que si ignoras a las pelusas, ellas te ignoran a ti y podemos convivir. Y ya está. Nada más.  
No estoy aprovechando este confinamiento para nada bueno. Ya os lo digo. No os llevéis a engaño. 

Os voy a confesar que la primera semana, cuando se decide salir a aplaudir a los balcones (bueno, se aplaude “EN” los balcones, no a ellos), me emocioné. Yo he nacido para aplaudir y era lo mío. ¡Y qué majos los DJs de fachada (nunca mejor dicho)! Y la poli con las sirenas (que ya veremos el problemón que tendremos cuando pase esto, haya una emergencia, pasen los servicios de urgencia con su estridencia y, en lugar de apartarnos, les jaleemos porque es a lo que nos habremos acostumbrado)… Tres días me duró el entusiasmo. El cuarto, estaba viendo una serie de televisión y un señor, en pleno lago de Winconsin, sale de una cabaña y da un portazo gritando: “Me voy, no te soporto”. Y yo me quedo pensando: “¿Dónde va este loco insolidario? ¡Menuda multa le van a poner! Ahí sólo hay arbolitos, ni farmacia ni supermercado ni un mal estanco. Claro que siempre puede decir que va al estanque y que había entendido mal”. Cuando me di cuenta de que había interiorizado tanto la situación, se lo comenté  a una amiga y me dijo: “Eso se llama resiliencia” ¡Ja! Eso se llama ser borrego en mi mundo. Los aplausos, los Djs y las sirenas me habían abducido. Esta pandemia no es una prueba que nos pone el Destino, ni una venganza de la Madre Tierra, ni una oportunidad de nada: es una putada. Y crea ansiedad y preocupación y rabia ante la falta de honestidad de quienes nos tienen que sacar de ella, que no reconocen su desconocimiento (convertido ya en ignorancia e incompetencia) y no acuden a los mejores, no piden ayuda. No hay honor, ni pudor, ni excelencia, ni humildad, ni sentido crítico en la gestión, usan el lenguaje de forma torticera para no decir nada, son Góngoras de mercadillo. Pero la mayor traición, lo que hace que pierdan la humanidad es convertir a los fallecidos en números. Cada día, solo en España, es como si se cayera un avión. Cada semana, un atentado del 11-S. Imaginaos cómo reaccionaríamos si ese fuera el motivo de tantas muertes. Y todos los que se van, todos, son valiosos subjetivamente; otros, además, lo son objetivamente: médicos de los que dependen pacientes, enfermeros, policías, militares y profesionales de muy distintas ramas que protegen, amparan y consuelan, mentes preclaras que son insustituibles y cuya ausencia provoca, como la famosa mariposa que bate sus alas en Asia (mira tú que bien traído), daños colaterales importantísimos.

Hay gente que cuenta que esta situación le está sirviendo para darse cuenta de lo felices que eran antes y que ya no van a quejarse. Yo les digo que usen estos días para bordarlo en un cojín, porque se les va a olvidar. Dentro de un año, creerán que todo fueron aplausos y oportunidades y no es así. Como yo no sé bordar, para que no se me olvide estar en guardia cuando adquiera de nuevo una rutina cómoda (en una guardia sana y no paralizante, pero en guardia), estoy creando recuerdos y los más bonitos y entrañables vienen gracias a una asociación “Voluntarios CODVID”, cuya dirección es https://instabio.cc/20419rs7dh3, y su Twitter @VCodvid. Y os insto a todos a que donéis tiempo, dinero, alimentos. Es cercana y es real. Es palpable porque a veces ejecutas tú la acción. Cinco euros, diez euros, un euro, es un mundo. No te reconcilia con tanta pérdida pero te hace sentir útil. Es puro egoísmo por mi parte. 

Hay muchas formas de enfrentar esta crisis: enfadados, sumisos, acelerados, pasivos, luchadores, solidarios, egoístas, tristes, realistas, positivos… Yo confieso que cada día las practico todas. No estoy loca, es que estoy como el detergente en cápsulas: “concentrá” y cada 24 horas es una vida. Mi superficialidad proverbial de rubia por elección está un poco despistada (como no puedo ir a la pelu, el tinte no me cala y las neuronas están sanando) pero no pierde su esencia. Sólo un día flaqueé y salí a la calle sin maquillar. Dio la casualidad de que, doblando una esquina, una adolescente con perro, que iba hablando por el móvil (la chica, no el chucho), tropezó conmigo. Tras el “perdón, perdón” mutuo, oigo como le comenta a quien tuviera al teléfono: “¡Jo, tía, que mal rollo. Acabo de chocarme con una persona de riesgo!”. Esa no sabe que el verdadero riesgo lo corrió ella, que casi la mato. Así que ya no me descuido y si hay que ponerse taconazos para un webinar, pues se ponen, que a mi eso me empodera y la voz me sale más grave. Y si en videoaperitivo con tus amigas tienes que ir al baño y les dices: “Aguantadme la cerveza que ahora vuelvo”, convencida de que hay que vigilarla en el salón de tu casa, pues se dice, que las buenas costumbres no hay que perderlas.

Yo siempre he sabido que era afortunada (lo que no me quita mis momentitos de Drama Queen, por supuesto) y, en medio de este caos, sé que sigo siéndolo. Por mil cosas: por salud y por expectativas, inciertas pero prometedoras. Y, hablando del devenir, ayer, en un arrebato de aburrimiento, le revelé a Ariel: “Cariño, te he leído las cartas y sé tu futuro”. Él me miró como si estuviera loca y me contestó: “Eso es imposible”. En lugar de ofenderme por la duda, le comenté, como de pasada: “Vale, si es cierto, tendrás que cenar conmigo mañana por la noche y hablarme de tu vida. Si no es cierto, prometo no hacer cosas de madre como insistir en que lleves un horario razonable”. Tras mirarme con sospecha, asintió. Y yo, con toda la tranquilidad del mundo le informé: “A lo largo de esta semana recibirás la nueva tarjeta. El Banco te está muy agradecido por la confianza que depositas en ellos”… Así que ya os dejo, que esta noche tengo cita y he de ponerme guapa.

P.D.: Ana, Encarni, Isantón (me salvaste el título), Maribel, Mónica, Rosana, ¿quién nos iba a decir que este año íbamos a salir de dos cuarentenas? Las del 70 vamos por libre, rompiendo clichés… Ángela, Maite, Virtu, Marí, seréis Setenteras de Honor. Gracias, gracias, gracias: con vosotras todo es mucho más interesante.

  Conchi, mil gracias también a ti: siempre encuentras las mejores fotos y frases!!

martes, 5 de marzo de 2019

Tesoros y gusanos.


Este año salgo de la cuarentena. Eso significa que ya estoy curada.... al menos de espanto. Pero aún así, todavía me sorprendo a veces pensando que este mundo necesita menos psicólogos y más exorcistas, porque hay locuras que no son de esta dimensión.
Os voy a contar un secreto: casi me pierdo. Casi dejo de ser yo, ese yo un pelín desastroso pero conocido. Casi me convierto en una persona gris. Lo curioso es que, mientras cedía a expectativas ajenas y creía estar bien, me estaba desdibujando y, cuando estallé, cuando la tristeza me invadió, empecé a reconstruirme.
Una de mis abuelas me dijo una vez que si yo le daba una patada a una piedra, debajo habría un tesoro... o gusanos... pero algo habría. Esa soy yo, carne de telediario. Y es normal que si me pasan cosas maravillosas, las cosas malas que me suceden vayan en proporción. Lo que no sabe el ¨karma¨ es que la experiencia es un grado y que aprendes que los gusanos puedes aprovecharlos para pescar.
Yo odio la “autoayuda”, prefiero que me ayuden otros, pero es que tengo unos “otros” tan espectaculares que no sólo me sacan del pozo, sino que lo hacen más grande, lo convierten en una piscina y se sientan conmigo a tomarnos unos tequilas en tumbonas bajo el sol. Y es hora de que les dé las gracias.
A mi hermana, Begoña, que aunque tiene pelazo, es lista, pero ni ella es capaz de saber cuándo pasamos de utilizar el ¨y tú más” tras una descalificación adolescente al “y tú más” tras un elogio. El caso es discutir...
A mi hermana por opción y rubia exquisita, Maite A., que si le digo “tráeme un hacha, que voy a matar a alguien”, solo me pregunta “¿simple o de doble filo?”.
A mi otra rubia fascinante, Maria José B., que me mira y me siento mimada.
A mi brillante Yolanda S.de T., que abandera mi Fortuna, que es sabia y divertida (y un poco verde en sus poemas, que en eso tiene razón su padre).
A mi intrépida Carol H., que se cayó en la marmita del redbull cuando era pequeña (hace dos días) y reparte energia solo siendo.
A mí singular e irrepetible Pura L., mi aspiración en mi próxima vida y la madre de la niña que yo quisiera. Mi compi de viaje...
A mi gurú Mariló G., que me enseñó que, ante los ataques, hay que pararse y respirar... ¡pero para no matar!, que no vale no hacer nada, que hay que pelear.
A mi Trío Calavera, Juani C., Teye C. y Conchi G., que saben que a veces ”queremos pa´dentro”, pero queremos. Y mucho.
A mi gran artista Ángela S., que tantas oportunidades me da para demostrar que he nacido para aplaudir.
A mi amable Encarni, cuyo único “defecto” son los zapotos de los demás, lo cual no deja de ser un defecto interesante, como ella.
A Maite N., Isa A., Juan Carlos L., Javi C. y Emma, que son capaces de dar cuenta de todas las gambas rojas y botellas de vino que haga falta por animarme, aunque peligre nuestra integridad física.
A mi fantástico José Miguel Ll., que siempre encuentra tiempo para escucharme y hacerme sentir importante.
A Pepe Q., que a veces me hace dudar de si es el marido de mi amiga o mi hermano mayor.
A Orlando, a Luís E., a Fer, a Vicente A., a Trini S., a Begoña C., a Manu S...
Como yo soy muy de contar mi vida y los guardias civiles no son tontos, los de la puerta del juzgado me preguntaron qué me pasaba, un día que iba un pelín cual Dama de las Camelias a un juicio, y yo se lo dije. También les comenté que era muy afortunada de lo apoyada que me sentía por mis amigos. Uno de ellos me indicó: “Es que tú eres una cosechadora”. Ahí salió mi vena vanidosa y, por aclarar, le inquirí: “¿Eso es un piropo? Me estás diciendo que estoy como un camión pero en plan rural... A ver, que yo os quiero mucho, pero raritos sois un rato”. La Benemérita me contestó: “¿Ves? Ningún letrado nos ha dicho nunca que nos quiere..”. Aunque no fuera el piropo que creía, me gusta como explicación del porqué he llegado a tener esta cartera de amigos que ya los quisiera el banco de Santander para cotizarlos en bolsa.
No tengo hígado para tantas cervecitas como debo pero voy a intentarlo. El tequila lo guardo, que al tercero me posee el espíritu de Paulina Rubio y he prometido reservarlo para una situación y persona excepcional, (sin que sirva de precedente). Tambien puedo intentarlo con el mezcal, que lleva gusano y pesco “merluza”, pero no era esa la idea original...


lunes, 16 de abril de 2018

La que os espera.

http://www.ondacero.es/emisoras/comunidad-valenciana/elche/audios-podcast/opinion/que-espera_201802125a81cb410cf216bbfc6c4a69.html

martes, 14 de marzo de 2017

Podéis llamarme guapa...

Si me otorgaran el Nobel de Literatura, lo aceptaría feliz y bien vestida, encima de unos tacones infinitos. Haría una fiesta legendaria, daría  gracias a todos los Dioses por el premio y estaría encantada de que nadie se hubiera dado cuenta de lo inmerecido que es... Así me siento yo celebrando el 8 de Marzo, el día de la mujer trabajadora: felicitada sin mérito. Vale, soy mujer y trabajo, pero porque no tengo más remedio. A mí lo que me gustaría ser es una unicornia perezosa.
Y, en fin, ya que no me queda de otra, en algún momento inconsciente decidí disfrutar de mi condición femenina, pero no me dejan: vivo con el miedo de que se me cuele algún “micromachismo” y no me indigne lo suficiente…
Como una es muy de hacer listas (también hago listos: tengo dos, uno de 19 y otro de 16), me he hecho una relación de lo que, por mucho que aprecie a ciertas amigas mías, no voy a considerar machismo jamás en la vida y el primer punto, el importante, son los piropos. Ya os digo yo que, a quien no le guste que le digan “guapa”, es porque es fea y sospecha… El mundo es más bonito lleno de halagos. Yo empleo mucho tiempo cada día en estar presentable y aún empleo más tiempo en reconocer ese esfuerzo en los demás, y lo valoro, y lo resalto. Así que, cuando alguien me dice una galantería, lo agradezco y me crezco y la devuelvo a la mínima que pueda.
El piropo que avasalla, el que incomoda, ya tiene nombre en español: se llama “grosería” y no depende del género de quien lo manifiesta, sino de su grado de evolución.
Vamos a relajarnos un poquito todos. Sé que, como colectivo, en muchas partes del mundo, hay mujeres sufriendo por el simple hecho de serlo y eso hay que erradicarlo sin duda alguna pero aquí, en el Primer Mundo, tenemos leyes que nos protegen, hombres que nos entienden (sin perjuicio de excepciones individuales). Yo sé que soy afortunada: me muevo en mundos de hombres pero jamás me he sentido ninguneada, ni acosada, ni, mucho menos, maltratada. Por eso, me da pudor ofenderme por el hecho de que me halaguen, porque me abran una puerta o se ofrezcan a llevarme el maletín si me ven muy cargada. Yo no soy una víctima y menospreciaría a quienes sí lo son indignándome por acciones tan mínimas que necesitamos del sufijo “micro” para definirlas.
Y practico lo que defiendo: esta mañana, salía yo corriendo del juzgado y he escuchado la voz de uno de los guardias civiles que vigilan la puerta. “Letrada, no vaya usted tan deprisa que no nos da tiempo a mirarla y está usted muy bonita hoy… Es muy salá”. Una, que a la benemérita le tiene mucho respeto, se ha parado, ha vuelto a entrar y ha comenzado a caminar de nuevo hacia la salida pero, esta vez, a cámara lenta, repartiendo sonrisas, haciendo aspavientos y sorprendida de que nadie me pidiera un autógrafo porque me he visto y el cuadro era precioso. Entre risas, he acabado de irme. Ya fuera, me ha parado una completa desconocida y me ha dicho, bastante enfadada: “No entiendo como hay mujeres que aún le hace fiestas al machismo porque necesitan la aprobación de su físico. Eres una vergüenza para las de tu género”. Me he quedado quietecita y le he preguntado a una compañera que pasaba por allí: “Maite, ¿tú te vergüenzas de mí?” Maite, que es una santa y no se sorprende de nada, nos ha mirado y me ha dicho: “¡Que va!, me caes muy bien. ¿Nos tomamos una cervecita enfrente y celebramos que es lunes?”. Así que me he vuelto a la valkiria peleona y le he aclarado: “Esos señores son siempre amables conmigo y tienen mi permiso para decirme todas las tonterías que deseen porque me sacan una sonrisa. A ti no te conozco y, lo que es peor, tú no me conoces a mí, pero te has arrogado el derecho de insultarme. A pesar de ello, te he escuchado, he comprobado la realidad de tus palabras, ha resultado que no son ciertas y ahora me voy a tomarme una cervecita con mi amiga. Mientras, tú puedes quedarte averiguando el significado de la palabra “arrogar” o dejarte de chorradas y venirte con nosotras. Invito yo”…




viernes, 1 de julio de 2016

Caos también es un dios.

El tiempo prudencial que debo dejar entre una ruptura sentimental y aceptar una nueva cita son 3 kilos… que es exactamente lo que me engorda a mí eso de tener novio: por acompañar, empiezo a comer como las personas normales, a su hora y sin perdonar cenas y ya la hemos liado.
Es una medida fantástica porque consigo desintoxicarme, no sólo físicamente, sino mentalmente. Y falta me hace: entre el calor (que me abotarga) y el ajuste de vida, tengo la cabeza que no sé si necesito un descanso o un exorcismo. Y mucho me temo que esta vez me voy a quedar hecha una sílfide (nota para los adictos al móvil: “sílfide”, que no “selfie”) porque el verano es un horror para lucirme: la sinceridad física no va conmigo, os lo digo ya. Yo soy más de engañar a la vista ajena, de disimular defectos pero, en época estival, los tirantitos y los pantalones cortos no dejan mucho margen de maniobra al encubrimiento, así que hago malabares para ajustar las modas a mis necesidades. Me encantaría ser de esas personas que se cortan el pelo para ir más cómodas, o de esas que se ponen cualquier cosa por ir fresquitas. Olé por ellas. Yo no. Yo parafraseo a Steve Jobs cada mañana y me digo “Si este fuera el último día de tu vida, ¿te gustaría llevar puesto lo que vistes ahora?” Y si la respuesta es no, me cambio. ¿Superficial? Puede. ¿Y qué?
Venga, lo voy a confesar: tengo inseguridades. En este siglo XXI, en el que tienes que estar todo el día haciendo coaching sobre ti misma, desafiando  al mundo, mostrando y alardeando de tus cicatrices, yo me tapo… pero me tapo con seda, lentejuelas y gasas. Soy insegura con mi aspecto físico en su estado natural. También confieso que me importa un bledo mientras pueda producirme hasta el punto de sentirme bien con mi imagen. ¿Qué eso es artificial? Pues no sé yo porque, teniendo en cuenta que paso muchas más horas al día peinada, maquillada y vestida para la ocasión, creo que ello me identifica más que mi estado salvaje, con ojeras, rojeces, y desproporciones varias. Y tengo el doble de imperfecciones morales. Hacéos una idea de lo desastre que soy. Para mí, la gran aportación de Einstein al mundo fue el haber suspendido matemáticas. Oye, a mí eso me da una tranquilidad... ¿Que fallo en algo?, bueno, hasta un genio lo hizo. Y además, el genio que dijo que todo es relativo, lo cual también me viene bien.
La tiranía de la superación es muy peligrosa. Entre darte cuenta de tus fallas, localizarlas, asumirlas, aceptarlas, etc, etc., se te pasa media vida. Y existe tiranía cuando quieres cambiar cada defecto. Deberíamos limitarnos a mejorar aquello que te impide relacionarte de una forma sana con los demás pero hay vicios a los que le tengo mucho cariño. Hay cosas en mí que no son del todo correctas pero que no puedo cambiar (básicamente, porque no me da la gana). Moriré siendo vanidosa, tenderé a ser charlatana siempre, tendré veinte opiniones distintas para cualquier cosa toda mi vida, me alterarán los pesimistas eternamente, procrastinaré hasta el último día del plazo, preguntaré veinte veces lo mismo esperando una respuesta distinta pero me desesperaré cuando me lo hagan a mí, seré caótica y desordenada hasta que no pueda moverme (y entonces seguiré siéndolo pero no ejerceré por imposibilidad manifiesta). ¿Quién quiere ser perfecta pudiendo ser impredecible? Y os aseguro que lo perfecto es previsible: solo hay una forma de hacer las cosas impecablemente bien pero hay mil maneras de meter la pata. El día que alcancemos la perfección, se morirá la sorpresa, que es mi emoción favorita.
En fin, os advierto que ya he perdido dos kilos y medio y que, últimamente, los chicos  me invitan a salir a diario: es entrar en cualquier habitación y oír una voz apasionada: “¡Mamá, sal!”… Y una, que necesita poca excusa, se va a la calle, desterrada de su hogar, alardeando de lo calamidad que es, a retomar amistades y a medio kilo de ponerse a tontear.

        P.D.: La imperfección plebeya (yo) rodeada de la aristocrática imperfección, que hasta en esto hay clases y estas chicas tienen mucha…

lunes, 26 de octubre de 2015

SuperHada


Yo solía mandar en mi casa y mi palabra era Ley. Ahora lo único que ordeno son armarios y, aunque mi palabra sigue siendo ley, es Ley de Murphy: se ríen de ella descaradamente. Así que, haciendo alarde de autoridad, retrotraje este fin de semana el cambio de temporada que inicié en Abril del 2013 en mis roperos y que nunca acabo porque las estaciones se suceden más rápido que mis leves momentos de ama de casa y descubrí lo rara que es mi ropa, pero tengo un motivo: yo no me compro un vestido para las ocasiones especiales. Yo me compro vestidos especiales y creo las ocasiones. Así me encuentro a veces: en la panadería toda puesta de lentejuelas. Y no se hunde el mundo, no pasa nada. Esa soy yo, la que a veces se me olvida que soy. Y es que iba un poco despistada: estaba tan obcecada en “estar” bien que se me olvidó “ser” y, por regla general, soy mejor que estoy.

Hace poco, mi amiga Mariló me dijo que yo era de esas personas que no tienen miedo de salir de su zona de confort. Se equivoca. A ver, yo estoy en mi zona de confort, tumbada en el sofá, tan tranquilita con mi libro y mi red bull y, de repente, al muy canalla le da por atacarme con un muelle que me lanza al otro lado de la habitación. No es que yo decida salir, es que me echan. Y paso de estar tumbada a ir dando tumbos… A mí que no me vendan la moto: salir de la zona de confort es de idiotas (su propio nombre lo indica: confort) pero peor aún es querer volver a acostarte en un sofá que ya no sirve. Y así he estado yo estos meses de sequía de ”posts”, desubicada porque miraba alrededor y todo estaba a un tris de cambiar, pero no acababa de pasar. Todos conocéis esa sensación de que los problemas vienen juntos los malditos, de la mano y cantando fuerte, que tú los ves venir pero te acorralan (y nunca mejor dicho: te “acorralan” porque al principio te sientes un poco gallina ante ellos). A mí me produjo un estado un pelín catatónico, dejaba transcurrir el tiempo a la espera de acontecimientos. Eso acabó un día en que mi hijo pequeño me dijo: "Mamá, te veo un poco etérea últimamente”. Y yo, más que contenta, le contesté: “¡Anda, qué bonito!... Así como Galadriel, como un hada, como las diosas…”. Naturalmente, me aclaró: “No, mamá, no. Más bien como el elemento químico: anestesias de lo sosa que estás”. Ese mismo día me puse a escuchar rancheras de las peleonas, me compré cantidades ingentes de chuches para llevar al despacho, arrasé en la tienda gourmet del Corte Ingles con los manjares más estrambóticos, me subí a mis tacones más altos y me dediqué a sacar a pasear a la cruel animadora rubia americana que llevo dentro para que le plante cara a esos problemas, porque la única forma de sobrevivir a situaciones que no controlas tú, que no dependen de ti, es hacer chistes negros de sus consecuencias. Ya no me marean las circunstancias, ya no estoy pendiente de la realidad que cambia, ahora me fijo en mí, yo soy mi constante, aunque lo que quiera y lo que no, mis filias y mis fobias, cambien a cada momento, porque es mi forma de querer, de odiar, de ignorar, lo que permanece, lo que es inmutable (y quiero, odio e ignoro rozando la perfección, se me da fenomenal). Yo soy egoísta por el bien de la Humanidad, el mundo (mi mundo) es más feliz cuando me miro orgullosa el ombligo porque las emociones se contagian.
Y, además, guardo un as en la manga que, si todo lo demás falla, aparece: yo tengo un Don (y no me refiero a un mafioso italiano que paga todos mis caprichos). No. Me refiero a un Don Divino, de esos que los tienes y son superpoderes que hacen que la vida sea más fácil: yo soy capaz de conseguir que personas valiosas me aprecien. Hay quien vive mejor de lo que puede permitirse, pues yo tengo amigos por encima de mis posibilidades. Vosotros sabéis que mucha gente lleva estampitas de Santos en el bolsillo cuando necesita tanta fortuna que ha de encomendarse a un ser superior, ¿no?. Pues yo llevo las tarjetas de visitas de mis amigos… Cuando voy a tener un día difícil, sólo he de pensar en qué harían ellos en mi lugar y me sale de lujo el desafío. 
Ahora que me acuerdo de quien soy, esa que cuando la niego espera impaciente dando golpecitos con el pie para apartar a la gris y resurgir, la que se cree que puede brillar, que está convencida de que se mueve a cámara lenta en un anuncio perpetuo, la que se cae literalmente una vez por mes porque siempre llega tarde y va corriendo, la que tiene que llamar a su madre cuando, coincidiendo con algún eclipse de sol, necesita un cazo y no tiene ni idea de dónde están en su propia casa, ahora que tengo claro que ese es, al menos, mi yo favorito (no es el mejor, ya os lo digo, pero es el que me hace sonreir), voy a cultivarlo, a mimarlo y, si los problemas van llegando, mutando o bailando una sardana, voy a convertirlos en pasaportes para transformar mi vida en otra más parecida a mí, más compatible. Y, cuando no pueda más, cuando crea que corro el riesgo de olvidarme, repetiré como un mantra los versos de Ajo:
Ayer me pilló Hugo haciendo aspavientos mientras escuchaba Nessum Dorma (yo paso de las rancheras a las arias con absoluta impunidad), así que me preguntó: “Mamá, ¿estás bailando ópera?” Naturalmente, le contesté que no, que lo que yo hacía era “interpretar el papel del pobre príncipe, con un talento bastante notable”. Se quedó en silencio, mirándome con sospecha, se dejó caer en el sillón y soltó un suspiro legendario, al tiempo que me confesaba: “Estoy agotado…”. Una, que además de artista desaprovechada, es madre, le preguntó con su mejor voluntad: “Mucha fiesta anoche, ¿no?” Y el muy vil me contestó: “No, mamá, me agoto de pensar en la vejez que me vas a dar”… No lo sabe él bien.

jueves, 30 de abril de 2015

La verdad está ahí fuera...


A Santa Juana de Arco nunca la he visto yo muy santa. Virgen sí, la verdad, pero santa nada. Hasta que me he dado cuenta de que no se le beatificó por su lucha y sus conversaciones con Dios (eso es cobertura y no lo de Movistar) sino por conseguir que todo un ejército de hombres con la testosterona en perpetuo festival de Woodstock la siguieran en algo de lo que “ellos sabían más”…

A ver, chicos, que yo os quiero mucho pero hemos de reconocer que, en vuestro género, se produce el curioso fenómeno de “como creo que lo sé, no lo compruebo, no pregunto, no pido ayuda… a pesar de que las evidencias de mi equivocación vayan vestidas de mañas y estén bailando una jota”, en una proporción mucho mayor que entre las féminas.

Volvía tan feliz de trabajar cuando mi coche empezó a tener personalidad propia, primaveral e indecisa, cual margarita: ahora me muevo, ahora me paro. Valoré la posibilidad de que sus caballos tuvieran alma de Feria De Abril (Nuretina, Olga Martínez-Bordiu, esto va por vosotras) y la expresasen haciendo cabriolas pero el humo que salió del motor apresuró mi respuesta al problema, así que paré el coche en medio del carril Bus y, como soy rubia pero tengo móvil, llamé al seguro para que me enviara una grúa.

Elche, las tres de la tarde, 29 grados, una que se había levantado cuando el día no ha decidido su clima y llevaba ropa calentita (literalmente, no de la que genera miradas lascivas)…. El señor de la grúa que me llama y me pide la ubicación. Yo que me la sabía: Avenida de Alicante, número 25. “Tardaré veinte minutos”, me asegura. Tras más de media hora plantada al sol, donde hubo tres paradas de coches de policía, veinte gestos de perdón a los autobuses que se tenían que desviar por mi causa, charla con amiga que iba al gimnasio, encuentro con amigo que pasaba por allí, cotilleo con un señor que estaba en una terraza cercana y seguimiento exhaustivo de la rutina de un hormiguero en la acera, me telefonea el esperado:

Grúa: Estoy en Avenida de Alicante, nº 25.

Yo: En Avenida de Alicante, nº 25 estoy yo y estoy sola (las hormigas no contaban).

Grúa: Señora, le aseguro que estoy en avenida de Alicante, nº 25. Será usted la que esté mal situada.

Yo: ¡¡Señor, estoy tan mal situada que estoy en medio de la calle así que, si usted no me ve, debe ser porque está en cualquier otro sitio menos en la Avenida de Alicante, nº 25!! Por favor, mire bien el número de la calle…

Grúa: No tengo que mirar nada. ¡¡¡Le juro que estoy en Avenida de Alicante, nº 25!!! (La profusión de signos de exclamación indica el elevado tono de voz, por si hay dudas)

Yo (con mi  acento más suave y seductor): Escuche, no vamos a solucionar nada así. Si está tan seguro de su ubicación tendremos que enfocar el problema desde otra óptica: repase el recorrido que ha hecho hasta llegar donde está, concéntrese en cualquier anomalía porque ya le digo yo que, en algún momento, ha entrado usted en un bucle espacio-temporal que le ha llevado a un Universo Paralelo… Así es posible que esté usted en Avenida de Alicante, nº 25, como yo pero, desde luego, ¡¡¡no al mismo tiempo que yo!!!

Grúa: Estoy en el número 5…

Yo: Véngase p´acá….

He de reconocer que todos hemos hecho eso alguna vez: empecinarnos en defender una verdad que, al ser errada o simplemente cambiante (seguro que si el señor de la grúa permanece allí unos cuantos lustros, acabará dejando de estar en Avenida de Alicante, nº 5 para estar en algo parecido a “Calle de la Wifi Eterna, nº 5”), no nos trae más que problemas. Yo estoy en una época de mi vida en la que he tenido la fortuna de haberme visto obligada a replantearme todas mis certezas, a descubrir que son versátiles, que mi meta ha cambiado y que, en lugar de ir revoloteando hacia la nueva, deleitándome en los colores, haciendo círculos innecesarios pero divertidos, iba como un toro en línea recta hacia un objetivo que ya no me va a hacer feliz. Evolucionamos, afortunadamente, y donde antes necesitaba resultados, ahora quiero mil experiencias locas que me lleven a mil certezas, unas lógicas y otras extrañas, sólo para que muten y me abran horizontes a otros mil resultados diferentes…

Hoy sé que, a mí, el Red Bull me da cariño, que mi amiga Rosy no tiene whatsapp, que mi hijo confunde a Cervantes con Velázquez pero no a Velázquez con Cervantes y que estoy preocupada por la carrera musical de Juan Pardo. Y estas cuatro verdades como puños en las que hoy creo, mañana pueden haber dejado de serlo, mañana pueden ser otras. Igual que yo. Y me encanta.

Terry Pratchett decía: “La verdad quizás esté ahí fuera pero las mentiras están en tu cabeza”…. Vamos a mirarnos y ser consecuentes con lo que sabemos en cada “ahora” y no con lo que sabíamos ayer. Divirtámonos mientras descubrimos el cambio inconsciente en nosotros. RESINTONICÉMONOS… y bailemos con nuestra propia música (yo con tacones).

Hace poco, entró Ariel en el baño mientras yo me arreglaba. Al cabo de unos segundos, se me escapó un quejido. Me preguntó enseguida; “¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?”. Yo, en un alarde de sinceridad, le dije: “No, cariño, es que me he agobiado porque me veo feísima”. Me miró tranquilamente y me contestó: “Vale, mamá…. Estás enferma”… La certeza de mi hijo me gusta más. Ahora es mía.

 

miércoles, 11 de marzo de 2015

El deporte será bueno, pero no Santo...


Yo, al gimnasio, no voy por salud. Voy por ENVIDIA… Si una de mis guapísimas y estilosas compañeras de trabajo me confiesa que de aquí al verano va a tener un cuerpo fitness, con nutricionista implicado en la aventura, yo tengo que tomar medidas para no hundirme en la comparación cuando llegue Junio. Y que conste que antes de decantarme por algo tan drástico como entrenarme, había intentado otros medios, como llevar comida, chuches y deliciosos pastelillos al despacho, a ver si pica… Pero la tía es dura. El Rambo de las Tentaciones.

Así que allá que voy, a mi octavo primer día de gimnasio en el último lustro, consciente de mi baja forma (el hecho de que el buscar la ropa de deporte en los altillos me haya causado agujetas y casi una lesión al caérseme una maleta encima me ha ayudado a ver la realidad canalla), andando de puntillas porque la costumbre del tacón es insalvable y autoconvenciéndome de que todos los espejos por los que pasaba eran de aumento. Y, tras sobrevivir a la primera semana, hay ciertas frases y consejos que debo discutir.

1.- “Verás cómo le coges el gusto y el día que no puedas ir, lo echarás de menos”. Ya os digo yo que no debéis sufrir porque me suceda esto. El día que no puedo ir es porque la Pereza se ha impuesto sobre la Envidia, porque me estoy dando un homenaje gastronómico, porque le muestro reverencia a la siesta (a ésta sí la extraño cuando no la tengo)… Os aseguro que cualquier motivo es mejor y lo estaré disfrutando más que mi visita a la sala de aparatos fitness… Esta frase queda sustituida por la que me apunta mi amiga Mari Suni, mucho más realista: “Hoy no voy al gym, pero mañana sin falta…”.

2.- “Tienes que comer sano”. A ver, como idea no está mal siempre y cuando establezcamos que el redbull, el marisco, los nachos, las patatas fritas, los bombones de Ferrero y la coca-cola de vainilla son alimentos sanos. Yo sólo he cuidado lo que como cuando era pequeña y mi abuela me regaló un pollito al que alimenté con esmero y cariño hasta que se hizo lo suficientemente fuerte y grande como para echarlo al cocido. Así era yo: repelente como la niña del Candy Crush… Lo siento por los puristas pero he llegado a una edad en la que cualquier sacrificio culinario excesivo me parece una herejía: si me gusta, le rindo pleitesía, lo hago mío, lo disfruto y me siento una diosa recreándose en el hedonismo. Admito límites: nada en exceso.

3.- “Sin sufrimiento, no hay resultado”. Perdona, pero dame cien mil euros y el nombre de un buen cirujano plástico y verás resultados sin dolor...

Nos estamos volviendo todos locos (y algunos muy pesados) con esto del deporte. Hace poco leí que existe un Gen de la Aventura que te impulsa a buscar experiencias intensas. Supongo que le quedan dos horas al mundo de la Ciencia para descubrir el Gen del Ejercicio Físico, que te empuja a saltar, correr e ir en bici. Pues yo no lo tengo. Ni uno ni otro. No voy a morir haciendo puenting ni corriendo una maratón. Como mucho, puedo morir corriendo porque me cierran Zara… Y mi hijo Ariel (quien acude desde hace tiempo a un entrenador personal) ha heredado esa característica hasta elevarla a la máxima potencia. De hecho, anoche, encantada como estoy con el instructor que tengo, le propuse que cambiara de gimnasio y que fuera al mío. Su contundente respuesta fue: “Ni hablar”. Obviamente, entendiendo que la costumbre tira, le dije: “¿Y eso, cariño?. Estás muy contento con el entrenador que tienes, ¿no?”. A lo que, mirándome lacónicamente, me contestó: “No, mamá. Me da igual. Pero tu gimnasio está dos calles más lejos y paso de ir hasta allí. No me merece la pena el esfuerzo”. Teniendo en cuenta que va en coche, ¿es o no es el colmo de la indolencia?.

Hugo, sin embargo, no es de nuestra calaña. Se parece más a mi madre, que se rompe un hombro para no perder un punto en el pádel y lo que le duele es que suspendan el partido para llevarla al médico (el deporte es salud. ¡Ja!). Al primogénito le encanta hacer deporte y el tonito perdonavidas va inherente en sus conversaciones al respecto. La semana pasada le dije que había vuelto al gimnasio y que me había sorprendido la falta de orquesta, confeti y fuegos artificiales para el celebrar mi regreso. Así que me apuntó: “Mamá, has hecho acto de presencia en tan pocas ocasiones que nadie se dio cuenta de que te habías ido…. Pobrecilla, tú pensando que eras la hija pródiga y no eras ni estudiante de intercambio en esa familia”.

Pues, amigos míos deportistas, me encanta que saltéis, brinquéis, pedaleéis y corráis. Os animo a ello y os admiro aunque creo que es un poco en plan “¿ves?, si a mí me gustara hacer eso tendría un cuerpo de infarto (pero infarto del bueno, del que parece que le da a los demás cuando sufren el Síndrome de Stendhal)”. Os ruego que no me presionéis con las proteínas, los hidratos y los batidos vitamínicos. No quiero ganar un Ironman. Yo sólo voy al gimnasio para tratar de estar tan buena como mis amigas… En mi defensa diré que también trato de ser tan inteligente como ellas, pero eso es carne de otro Post.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Revelando...


Hace poco me encontró Ariel sentada en el suelo de mi baño, con la espalda apoyada en la pared. Algo sorprendido (y preocupado), me preguntó: “¿Qué haces ahí?. ¿Estás bien?”. Con mi mejor sonrisa, le contesté: “Fenomenal. Sólo estaba pensando”. Tras un segundo rumiando mi respuesta, me dijo: “¿Qué pasa, que la inteligencia te va por wifi y no tienes cobertura en algún sitio más cómodo, como el sofá?”… Y yo me voy a acoger a esa explicación para justificar el hecho de que, ante ciertas amigas mías, soy incapaz de decir que no. Da igual lo que me propongan: yo me apunto. Son inhibidores humanos de mi inteligencia. Y así me he visto inmersa, a proposición de Esther, en una experiencia muy peligrosa: un curso de fotografía.

Al empezarlo tenía tres expectativas:

-      la primera, aprender a hacer buenas fotografías

-      la segunda, conseguir una buena fotografía con Esther y Nuria que nos sirviera para un proyecto común

-      la tercera, conseguir una fotografía mía taaannn buena que el profe decidiera lanzar mi carrera como modelo revelación a los 44 años.

Tras diez horas de curso, tratando de entender la cámara que me ha prestado mi hermana (os aseguro que me dio muchas más instrucciones, recomendaciones y avisos sobre su cuidado que cuando me deja a su hijo), mis expectativas han variado en aras del afán de supervivencia:

-      la primera, asegurarme de que mis amigas aprenden a hacer buenas fotografías (y aprovecharme de ese don)

-      la segunda, conseguir una fotografía en la que la distancia entre el concepto que tengo de mí misma y mi imagen reflejada no tenga que medirse en años luz (la vanidad es lo que tiene)

-      la tercera, que el profe hable con entusiasmo de lo rematadamente malas y aburridas que son las modelos.

¿Por qué, Señor, por qué?.¡¡¡Qué lapsus mental tuve que tener para aceptar lo que me propuso mi morena, estilosa y guapa amigaasquerosaquesalebienentodaslasfotos!!!. Yo, que cuando me vi obligada a hacerme las fotos para el DNI sufrí un viacrucis de estudios fotográficos (¡¡¡SIETE!!! Siete juegos de cinco retratos llegué a tener) hasta que di con una imagen con la que medio consentía convivir y, aun así, le pregunté al señor funcionario que me lo tramitó si podía ponerme algún sellito encima. Yo, que sólo me hago selfies si estoy tumbada boca arriba porque la gravedad me alisa la cara. Yo, que mi único motivo para no delinquir es evitar que me hagan las horrorosas fotos esas de la ficha policial. Yo, que confieso que llegará un día en que no podré resistir la tentación de publicar una fotografía en la que me vea mona aunque en ella el resto de mis amigas parezcan ñus desplumados…

La semana pasada, un cliente gitano muy gracioso me contaba que era amiguísimo del cura de su pueblo y, para subrayar la importancia de ese hecho, me dijo “”No es un cura cualquiera: es tan bueno que le faltan sólo dos puntos para ser obispo”... Mi profesor es maravilloso, tiene una sapiencia espectacular y una paciencia conmigo inconmensurable. Y es que yo no poseo vena artística alguna: enseñarme a mí, con mi engreimiento, a hacer fotos cuando a lo más que aspiro es a aprender a posar para irradiar estilo es un milagro tal que Rafa Paz (mi sufrido profe) va a sumar tantos puntos que alcanzará la Santidad, mal que le pese (que le veo yo un poco canalla…). Eso sí, en el camino me lo estoy pasando pipa, mis seis compis de curso sufren el mismo mal de interferencia intelectual que yo y a todo dicen que sí: ¿Qué hay que planificar clase de Yoga?. Se planifica. ¿Qué hay que salir de noche a un caserón a hacer fotos?. Se sale. ¿Qué hay cenar/tomar cervezas/hacer el payaso?. Se hace.

Así que ya sabéis: cuando vuestra inteligencia escasee, moveos de sitio y buscad cobertura… o quedaos un ratito allí y haced tonterías, decid que sí a una idea peregrina, quizás, en ese momento, no razonar sea lo más inteligente que hayas hecho en tu vida.

¡¡¡Será por risas!!!....
 
P.D.: Hace tanto tiempo que no escribo que si este blog hubiese tenido éxito ya sería considerado un clásico descatalogado. Y no puedo poner como excusa para tanta desidia escritural el que las musas me hayan abandonado. Ni hablar. A mí las musas no me abandonan: eso implicaría que alguna vez estuvieron voluntariamente conmigo. No, de mí huyen…Y deberían quererme porque, como guiño y respeto a su origen, yo sé leer griego (leerlo sé, entender lo que leo, no)…  Así que conformaos con este post (un poco más plano de lo que le gustaría a mi ego) mientras las persigo y les doy caza a las muy esquivas.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Egolatrémonos.


Me encuentro a Hugo haciendo caras ante el espejo, así que le pregunto: “¿Qué pasa, cariño?. ¿Intentando ligar con Alicia?”. Sin apartar la vista, me contesta: “Estoy pensando en vivir de mi cara bonita”. La mar de interesada, le digo: “¿Vas a ser modelo?”. Rapidísimamente, me replica: “¡¡¡Noooo, eso implicaría trabajar!!!!. No, a mí me van a pagar los modelos trabajadores para que no les haga la competencia”… Creo que me he pasado potenciando la autoestima de mis hijos…

Lo cierto es que, si el exceso de autoestima es malo, su defecto es peor. Con el primero fastidias a los demás, que tienen que soportarte, pero con el segundo te fastidias tú, que no te soportas. Y eso lo digo con conocimiento de causa: en los dos lados he estado yo, que antes era guapa. Bueno, vale, reconstruyo la frase: “Yo antes sabía producirme (cinematográficamente hablando) para parecer guapa”. Ahora, no sé si ha disminuido mi capacidad de transformación o ha aumentado la grosería ajena. Y es que han intentado  mermarme la confianza en mí misma de la forma más sutil: no me han dicho fea, ¡¡¡me han comparado!!!. Allá que voy yo a cenar con un grupo de amigos de esos enormes que florecen en Navidad, toda peripuesta de brillos y fulgores, autodedicándome poemas de lo monísima que me veo y, en un momento dado, cuando llega la hora de la verdad (de la verdad etílica, quiero decir: cuando el alcohol suelta la lengua y acorta las entendederas), le comenta uno de mis compañeros a la amiga con la que estoy hablando: “Eres la más guapa con diferencia”. Yo, en ese momento, como la quiero y sé que es verdad, sonrío (yo sonrío de corazón, lo prometo, y algún día os contaré la razón, que si lo hago ahora perdéis el hilo de la escena). Siguen los halagos hacia ella y ya no somos tres, hay dos personas más, otra chica y otro chico, que asiente (el muchacho) a cada palabra del adulador quien, envalentonado, se vuelve hacia mí y me suelta: “La verdad es que podrías dedicarte a ser su representante”… ¡¡¡¿Por qué estoy de repente en medio de la ecuación?!!!. ¡¡¡¿Y por qué me eligen a mi como su representante?. ¿Qué pasa?. ¿No puedo aspirar a mi propia carrera de guapa?!!!.. Y no te quedes callada un momentito, como me quedé yo, puesto que los canallas sin filtro se ven impelidos a llenar el silencio explicándote lo que han dicho: “No, si lo digo para que al menos rentabilices el tiempo en el que estás con ella, que nadie te ve”. ¿Qué contestas a eso?. Yo sólo pude balbucear: “El que nadie me pueda ver no llega a ser un problema para tratar de compensarlo. Lo que sí merece rentabilizarse en cantidades  industriales es el hecho de no poder dejar de oír sandeces”.

Las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando el que sale perdiendo eres tú, y ese ha sido el caso, pero hay niveles ofensivos y niveles inofensivos. Yo, cada mañana, al irme de casa, saludo a la chica que limpia la escalera de mi edificio. Un día, limpiando el rellano de mi planta, tocó al timbre sin querer, y abrí casi recién levantada. Se disculpó y le dije que no pasaba nada. Al salir para irme a trabajar, volví a encontrármela en el portal y me paró. Me preguntó: “¿Quién es la chica que vive en el sexto”. Creyendo que me estaba vacilando, le contesté con sospecha: “Soy yo”…. Me miró atentamente y me dijo: “No puede ser… ¡¡¡Si tú eres guapa!!!”. Vale, me comparó conmigo misma y salí perdiendo pero es que yo soy esa, la arregladita, muchas más horas al día que el desastre visual que se levanta de mi cama cada madrugada (tempranera que es una). Soy una princesa encantada, soy Fiona antes de decidirse por el lado oscuro: ogro de noche,  noble de día. Mis hadas madrinas tienen nombre lujosos: Chanel, Sephora, Helena Rubinstein… Me habría gustado más ser Lady Halcón, la verdad, pero es que me quedo en pato, que siendo también un ave, me obliga a matizar mucho la analogía y me ha dado pereza.

Hay un momento básico en el que el ser tan maleducado como para comparar puede destrozar el ego de tu pobre víctima: cuando alguien va perfectamente tuneado para la ocasión. El orgullo de los demás no se puede tocar cuando el otro se ha esmerado en su aspecto. Da igual si te gusta o no el resultado. Te callas o alabas a otro individualmente, sin usar a esa persona que ha gastado un esfuerzo en engalanarse como punto de referencia. Esto sólo tiene una excepción: puedes decirle a una madre “Qué hijo tan precioso tienes, nada que ver contigo, ¿eh?”, que no se va a molestar.

Al principio he dicho que “han intentado mermarme la confianza en mí misma” y yo no uso las palabras a la ligera. Lo han intentado pero no es tan fácil. Las lentejuelas, las gasas, las faldas largas, las faldas cortas, los brillos, los tacones imposibles, la sonrisa, son escudos. Yo soy la Reina del Baile y, cuando nadie lo ve así es porque voy de incognito para perfeccionar ese estatus o porque rindo tributo a mejores Reinas que yo. Cualquiera que asista a un evento, al trabajo, a la zapatería o a dar clases de jotas aragonesas, debe ir convencido de que es el Rey/Reina del Baile, y si te comparan o ningunean, sonríe con condescendencia porque en toda Corte hay un Bufón.

P.D. CONSEJO NAVIDEÑO. Una bruja adoptiva me dijo una vez: “Para ir a una fiesta y que nadie te vea, no vayas”… ¡¡¡Sed excesivos!!!. www.youtube.com/watch?v=K8qJn66hhao

jueves, 4 de diciembre de 2014

Tóxicamente correcto


Me advirtió una vez una persona maravillosa: “En nuestra profesión, hay abogados y hay compañeros”. Hoy he tenido que tratar con un grandísimo..........abogado (nótese que son exactamente diez puntos suspensivos, intercambiables por otras tantas letras).

Y no es que me haya apuntado al “donde dije digo, digo diego” y vaya a hacer un post contraviniendo el anterior, dedicándome a hablar de las malas personas. No. Sólo doy un paso más: siempre hay quien se ha decidido por no seguir el instinto primario de bondad y ha hecho un oficio de la mala baba. Y a ese lo voy a poner de vuelta y media.

Hartita estoy de que me digan que tengo que huir de las personas tóxicas. Me planto. Que no. Les voy a dar tanto por saco que las que se van a ir son ellas. Paso de los mantras del tipo “Yo elijo ser feliz”, “Yo merezco respeto”… y voy a esgrimir directamente el “Habla chucho, que no te escucho”.

Conozco a una abogada (otra) que es perfecta, inteligente, guapísima, superestilosa y que irradia ese sublime primor contagiando a su señor esposo y a sus retoños, de un mundo ideal todos ellos. Siempre, siempre sonríe. En su caso no cabe preguntarse si el árbol que cae en medio del bosque ¿hace ruido si nadie lo oye?. A ella sólo le es aplicable la cuestión de si deja de sonreír cuando está sola, ¿ilumina su alegría si nadie la ve?... No la trago. Pero nada. La observo como observo a cualquiera que se esté liando un cigarrillo: sospechando que no es sólo tabaco. Al principio me hacía sentir culpable (ella, no el fumador) porque creía que era una manifestación de la envidia más vil. Pero no, era mi sexto sentido. Tiene gran capacidad para echar por tierra acuerdos complicados y luego decirte cuando le reconvienes por ello, con los ojos hiperabiertos (dejando ver la rana tras la princesa), la mano en la base del cuello y una voz de lo más cantarina: “¡¡¡Ooooh, me sorprende lo que diceees!!!”… Pues ya os aviso de que me lo he apuntado, que voy a usar la frasecita para todos los enfrentamientos gratuitos que me impongan, sin pudor, sin dolor de conciencia, mimetizándome con ese bellezón indigno (voy a tenerla en mi mente mientras lo digo, para acercarme a su maestría), hasta voy a imaginarme su holograma superponiéndose a mi imagen física. Lucharé contra el Mal con el superpoder de mi anti-heroína. Imagináos al cretino de la oficina, ese cuyas pifias pagas tú porque tiene en su poder el mando del ventilador y provoca que las responsabilidades que estaban en su mesa salgan volando lejos de él, derechas a ti. Pensad que estáis ambos ante el jefe, explicando un error. Contad con que el tóxico va a decir que delegó en ti, que te lo encargó a ti, que tú le dijiste que lo harías (cualquier cosa que te impute el delito). En esas circunstancias,  emitir un “eso no es cierto” resulta demasiado blando pero un “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”, maravillosamente sobreactuado, con batida de pestañas, desubica, desconcentra y hace balbucear al más espabilado, y aquel que balbucea pierde credibilidad.

Los trepas, los tóxicos, los manipuladores no se dan por aludidos cuando intentas evitarlos ni se largan porque les hagas un feo, hay que ser sutilmente peor que ellos, con más inteligencia, mayor elegancia y menor crueldad. Porque, desengañaos: esos libritos que te ayudan a sacarlos de tu vida los han escrito ellos para teneros ocupados haciendo ejercicios de buena educación. El único consejo que ofrecen y que serviría es el de alejarse de ellos pero el 99% de las veces no puedes porque implica tu renuncia a un puesto de trabajo, a amigos comunes, a cenas familiares. Sólo hay dos caminos en esos casos. Ignorarlos o hacer que se sientan tan mal contigo que sean ellos los que no quieran saber de ti. Ingeniosamente, sin maldad de la fea: que siempre se sientan a comer al lado tuyo en las reuniones de amigos, pues tú estornudas a intervalos obscenamente próximos, le coges comida de su plato (mucha y paseando el tenedor), sorbes la sopa, le hablas siempre haciendo aspavientos y señalándole con el cuchillo (esto es muy Hitchcock); que te envían continuamente indirectas peyorativas, pues ya sabes, el mencionado “¡Habla chucho, que no te escucho!” o su variante vengativa “¡Espejo, espejo!”…. Reíros, reíros, pero no hay mayores abusones que los niños demoniacos de nuestra infancia y sobrevivimos la mar de bien con esas frasecitas.

Hace poco, recogí a Ariel de una fiesta. Le veía mala cara y le pregunté qué le sucedía. Me contestó: “Lucas se ha comenzado a insultar a todos y a empujar a los más pequeños y aún tengo arcadas”. Extrañada, inquirí : “¿Te ha asustado?. ¿Te has agobiado?”. Me miró con sorna y me contestó: “No, mamá. Ha sido empatía: tratando de entenderlo me he puesto en su lugar y me he dado asco a mí mismo”... Tras un segundo de silencio, añadió: “Así que he ido y le he dicho: 'tío, entiendo que seas tan petardo, por algún sitio ha de salirte la rabia de haberte tocado ser tú'. Creo que aún está pensando qué he querido decir…”. Eso es lo que prometo hacer ahora, atacar tan sibilinamente a los sicarios de la puñalada por la espalda que no puedan ver por dónde llega mi defensa reconvertida en ataque, les administraré de su propia medicina pero con dosis homeopáticas (infinitesimales) que no hay necesidad de descender a sus niveles y, si me descubren y me reprochan mi actitud belicista, siempre puedo recurrir al escudo mágico: “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”…