martes, 14 de enero de 2014

Hechizando al ceniciento.


A mí me gusta la gente. Creo en ella individualmente. La masa me produce cierto repelús pero cada persona, considerada en sí misma, es un fantástico misterio. Por eso me asustan las generalizaciones,  las entiendo si las considero un instrumento para moverte en la vida cuando no tenemos los datos concretos, pero no comprendo que sean dogma de fe. Y el problema es que, cuando no tenemos opinión, nos aferramos a la idea general que nos parece más cool y ahí nos aposentamos. Hoy he afirmado rotundamente, cuando he llegado al trabajo y he visto que había desaparecido el árbol de Navidad, “¡¡¡Qué lástima que haya acabado, con lo que me gusta a mí la Navidad!!!”. Enseguida me han aplacado: “La Navidad es un asco”.  Normalmente, lo dejo pasar, pero me ha pillado en Martes, día dedicado al Dios de la Guerra (sucia, he de decir, que la divinidad que vela por la Guerra Estratégica e Inteligente es chica. Minerva –Palas Atenea para los griegos-, para más señas) y le he preguntado por sus motivos. “Porque es una fiesta consumista, la gente se vuelve hipócrita”. Vamos a ver, alma de cántaro: realmente creo que lo que te sucede es que te parece ultraguay denostar la Navidad y utilizas razones un poco birriosas. En primer lugar, consumir no es malo. Derrochar es malo. Y eso depende de la inteligencia de cada uno. No es culpa de la Navidad si compras percebes y nunca te han gustado. En realidad, es gracias a la Navidad que compras esas gambitas rojas que te encantan porque el compartirlas con quienes más quieres compensa el gasto. En segundo lugar, ¿qué es eso de que el mundo se vuelve hipócrita?. Ya te lo digo yo: es complejo del que recibe amabilidad y no está acostumbrado. ¿Dónde está escrito que ser un borde y demostrarlo es mejor que disimularlo?. Ojalá todo el mundo disimulara su mal genio todos los días, igual descubren las ventajas de tratar bien a los demás.

¿Qué le pasa a esta gente que no le saca partido a nada?. Si van a la playa, no les gusta la arena, si comen en un tres estrellas Michelin, se quejan de que no les pongan lentejas, si se las ponen, las de su madre son mejores… Y lo malo es que lo comparten, no sufren en silencio, que diría aquel. Tengo comprobado que el que saca la pega, el que siempre te da la versión negativa de cualquier circunstancia es, además, el que menos debe hablar. Recuerdo que acababa de nacer Ariel y fui con él al despacho de una compañera. Cuando llegué, todos rodearon al niño (ríete tú de Belen) y le hicieron carantoñas. Una empleada de la oficina me preguntó su nombre y, cuando le dije Ariel, la secretaria de mi compañera, en un alarde de originalidad; exclamó: “¡¡¡Como el detergente, pobre!!!”. No tuve más que contestarle: “Tu hija se llama Elena, ¿no?”.

Alguien debería decirles que la vida son dos días, que aprender a apreciar lo fantásticos que somos sólo por ser nos hace mucho más divertidos y, que por lo menos uno de esos días hay que reir (siempre me viene a la memoria en estos casos una poesía de Víctor Hugo: http://blogs.20minutos.es/poesia/2009/02/21/te-deseo-victor-hugo/). Creo que estas personas, los aguafiestas profesionales, no se han dado cuenta de que se ofenden a sí mismos no reconociendo la magia que existe en cada uno. Todos somos superpoderosos. Yo tengo superpoderes. Así, como suena. Además tengo varios. No todos tienen porqué ser buenos (que se lo digan a la pobre Pícara que no sólo tiene que ver como Lobezno está coladito por otra, sino que no puede darle una colleja para llamarlo al orden porque lo mata), pero los disfruto todos.

He descubierto que mi presencia induce al suicidio de cuanta planta se halle a mi alrededor: no es que mueran, ya que ello conlleva un proceso que puede durar días. No. Las mías se suicidan. Puf. Automático.

Igualmente,  soy capaz de hacer desaparecer cosas. Este es un poder que no controlo aún porque, que yo sepa, se me ha evaporado, sólo en el año pasado, un pantalón de traje, una falda de lentejuelas (detalle importante porque brilla y es más fácilmente localizable), dos jerseys,  tres carnets de identidad, dos llaves, infinidad de libros (con estos tengo más habilidad porque suelen aparecer en las estanterías de mi hermana)… Y lo que me eleva a la categoría de genio: un coche. Claro que aquí discuto autoría con el señor de la grúa, que afirma que se lo llevó pero no sabe dónde se encuentra ahora. Al final, el juez decidirá.

Hay más: nunca me quemo con la comida (soporto temperaturas infernales), arreglo botones con imperdibles, no me desvela el Red Bull, leo a la velocidad del rayo (lo que lleva a que nadie me regale libros porque confunden velocidad con falta de disfrute y eso pasa en otros lares, no con la lectura), sumo tan rápido como leo, adivino los finales de las películas…

Estoy tratando de desarrollar otro: reconocer a los cascarrabias cenizos antes de que destilen su veneno. He pensado en preguntarles a ellos si tienen algún superpoder, para que se planteen su visión de sí mismos, para que busquen algo que los haga sonreir. Lo intenté con el Señor Anti-Navidad. Se lo pregunté. El hombre se volvió a mi compañera y le preguntó: “¿Está loca?”. Mi amiga le contestó, aguantando la risa: “Sí. Es un don que tiene”… Él se lo pierde pero insto al resto, a los que aún se pueden salvar que, cada vez que deseen hacer críticas no constructivas, quejas vacías, que se paren un segundo e imaginen una cualidad, que la eleven a la categoría de suporpoder y la compartan. Habrán dicho una tontería pero, por muy estúpida que sea, es preferible a la más inteligente mala baba.

Y es fácil. Una vez, viendo una peli de vampiros, a uno de ellos le apuñalan y la cámara enfoca a la herida, que sana milagrosamente. “Yo también tengo ese superpoder. mamá”, me dijo Ariel. “Sí, claro.”.- le contesté yo incrédula. Me miró muy serio y matizó: “Que sí, mamá. Yo tengo ese superpoder…. sólo que es más lento”… ¿Veis?.

miércoles, 8 de enero de 2014

Motivos para motivar (se).


           La gente siempre espera un buen final pero hay ocasiones en las que mataría por un buen principio. Como ahora. Tengo muchas cosas que decir y vanidad de sobra para esperar que lo leáis, pero sé que si no empiezo con fuerza, si aburro al principio, el resto pierde ritmo y ya no conseguiré que sonriáis. Y sí, lo confieso, a veces, por muy optimista que pretenda ser, me sale la vena mustia. Que conste que he utilizado el verbo “confesar” a propósito: en la era de la Ley L´Oreal (porque yo lo valgo), en la época del coaching, del tú puedes si tienes actitud, admitir que hay un hueco para un pensamiento negativo es pecado. Y no. Eso es tan pecado como sucumbir a la gula en Quique Dacosta: inevitable (fuerza mayor, lo llaman).
           Me encantan los mensajes positivos, soy una grupie de señores como Luís Galindo (http://www.youtube.com/watch?v=Z834cqQ0uTM) o Emilio Duró (http://www.youtube.com/watch?v=KPcweq5_vu8) pero todo con moderación, o mejor, con sentido común. La figura del “tonto motivao” (sin “d”) debería estar presente cuando damos un consejo a un triste y más aún, cuando nos hablamos a nosotros mismos. Haciendo mías las palabras del Sr. Duró: como le digas a un burro que puede saltar una valla de dos metros, cual corcel (esto es mío, es que soy una antigua), como lo motives y lo animes, se va a dar un tortazo de la leche. Lo malo es que, en el fondo y aunque a veces caigamos en la autoflagelación, en circunstancias normales ninguno ve sus propias limitaciones y, a la hora de alentar a otro, proyectamos nuestra soberbia en él para no sentirnos culpables por “sabernos” superiores y le señalamos: “Tú puedes, tú puedes” (bueno, reconozco que hay quien apoya a otros por pura bondad, pero me es imposible abarcar todas las posibilidades) y, a veces, simplemente, no puede. ¿Quién se ha abstenido de decirle a una amiga, un pelín contrahecha, que se ha fijado en el dandy del barrio, eso de “Nena, inténtalo…. ¿Qué puedes perder?. El `no´ ya lo tienes…”.? Pues no, bonita, el `no´ no lo tiene aún, sólo tiene la sospecha del `no´, que es mucho mejor que la certeza del `no´, en estos casos.

           Vamos a tener que reprogramarnos. Se confunde el hacer lo que te da la gana porque tú lo mereces con el optimismo, el estar triste o tener ansiedad o un pequeño bajón con ser depresivo. Lo primero es una gran estupidez que sólo te traerá problemas, lo segundo es una fase necesaria para equilibrar caracteres.

           No sé cuál es el secreto para ser feliz, sé lo que me funciona a mí: las pequeñas cosas. De hecho, últimamente, mi fuente de felicidad más frecuente es la tienda Gourmet del Corte Ingles: un día descubrí que habían traído un té que me encantaba de Whittard of Chelsea, otro Coca-Cola de vainilla, el siguiente golosinas divertidas. Seguramente, el señor que hay allí piensa que estoy chiflada pero como creo que, en ciertos momentos, acierta, no se lo tengo en cuenta. Esas alegrías minúsculas (provengan de los grandes almacenes, de la pizzería de Giovanni, del señor que me dice una lindeza sin venir a cuento, de haber hecho una amistad, de una tarta hecha para mí en la Masía de Chencho, de un accidente evitado, de un kilito perdido sin esfuerzo...) mejoran mi ánimo, me hacen más amable, mi trato con la gente mejora, me aprecian más y surgen mil oportunidades. Creo que esa es mi definición del optimismo: la capacidad para ver diminutos motivos de satisfacción en situaciones cotidianas. Una vez que aprendes a reconocerlos, a pararte a agradecerlos, a compartirlos, los días son mejores y atesoras momentos que te salvan en los malos, que los tengo y hasta los disfruto porque tampoco quiero convertirme en una Pollyanna (esto es de la misma época que el corcel), que el exceso de entusiasmo me produce una especie de vergüenza extraña parecida a la que me produce las declaraciones de amor ajenas.

           Una vez le pregunté a Ariel si era feliz. “Bueno, hace un rato lo era”, me dijo. “¿Ya no?”, le pregunté. Con un poco de sorna, me contestó: “Estoy estrenando videojuego e iba ganando. Así que estaba la mar de contento. Me has hablado, me he desconcentrado y me han matado. Ya no estoy contento. Pero no te preocupes, en cuanto dejes de hacerme preguntas trascendentales, seguro que recupero mi felicidad.”. Esa es la idea: la felicidad es sencilla.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Ese señor de negro.

              Siempre he sido afortunada y no en el sentido convencional. Las bondades en mi vida llegan tras un camino extraño y, en numerosas ocasiones, tortuoso, divertido, intenso. Nunca sé dónde me va a llevar pero siempre me encuentro con una meta impredecible y positiva. Ahora , esos avatares fascinantes me han convertido en futbolera. Yo. La de las lentejuelas. La de los tacones imposibles. Soy futbolera. Y he aprendido a serlo de la forma más entrañable y profunda, de la única manera en la que alguien como yo podría convertirse en una aficionada al fútbol, a un equipo concreto. Mi Elche. Mi emoción cuando los veo no ha ido de fuera a dentro. Se ha producido al revés: les he cogido cariño, he entrado en su mundo y luego me ha importado ver el producto de esa mezcla heterogénea de personas, que no se limita a los partidos, es también lo que existe antes y después de cada partido.
              A estas alturas, más de uno sabe que soy el letrado interno del Club (porque externos hay otros, grandes sabios y compañeros inmejorables. Unos caballeros). También es conocido mi despiste, que alcanza cotas de leyenda: no sé quien es quien, confundo a futbolistas con becarios y llegue a preguntar a los diez minutos de empezar un partido si eso era ya el juego o calentaban, unos contra otros, un ratito, como en el pádel... Y, mal que les pese a los que buscan bronca, salí elegida tras una selección (que no digo yo que fuera la mejor, nunca conocí al resto, pero ya anuncié al principio que soy afortunada) y no existe persona alguna en el Elche a quien me uniera una amistad previa. Así que era imparcial. Y con esa imparcialidad creé mis grandes filias y mis pequeñas fobias, que de todo hay.
              Yo viví el ascenso a Primera División desde la satisfacción que me producía ver a personas a las que acababa de conocer pero que empezaba a apreciar muchísimo ser tan felices. Me daba energía observar a los trabajadores del Club vivir la victoria tras haber hecho (ellos, que no yo) jornadas maratonianas y esfuerzos dignos de ser contados por poetas griegos. Fui feliz siendo testigo de la felicidad genuina y sencilla de los aficionados. Y luego, me enamore del Elche. No fue un flechazo. Y por eso ahora lo quiero de corazón, con sus defectos y sus virtudes, porque vi cada pequeño detalle, negativo y positivo, y me cautivó. Su imagen real, no una idealizada por la flechita de Cupidito (ya se sabe lo peligroso que es dejar un arma a un niño sin supervisión, y si es tan cursi como éste, peor).
              Y es desde esa perspectiva peculiar y muy personal desde la que escribo indignada e infinitamente orgullosa. Indignada de que no pase nada, de que en el mundo del fútbol un árbitro sea intocable, de que no hayan medidas para corregir errores de millones de euros. No lo entiendo... Mi familia es más de tenis, y digo mi familia porque yo, más que a Navratilova, me parezco en la pista a Pávlova bailando El Lago de los Cisnes: una pierna por aquí, una mano por allá... (vale, si, en realidad me asemejo más a un pato amigo del cisne que a la bailarina pero es mi versión y lo cuento como quiero). Allí hay más rigor (en el mundo del tenis, no en el estanque de los patos). Y que nadie me diga que es parte del espectáculo porque también lo era, en su momento, que los leones se comieran a pobres guerreros en el Circo Romano y eso acabo fatal. ¿Por qué no hay un mayor control sobre las capacidades de quienes imponen las normas en el terreno de juego?. Hoy no nos merecíamos perder pero, sobre todo, no nos merecíamos el trato. No nos merecíamos la burla. Lo hemos visto todos. Todos. Nosotros y ellos. Menos él. Yo sé y defiendo que la realidad es relativa pero no tanto... Curiosamente, la indignación me ha dado alas para sentirme orgullosa del equipo (apunte: ya sé quien es quien. Más o menos. Bueno, la mitad. Paciencia), de nuestro entrenador, noble donde los haya, de todos mis compañeros que pelean cada detalle y la mayoría (uno o dos se nos escapan) con un humor divertido y, muchas veces, ácido y, también,  de quienes tienen el poder y la obligación de decidir en el Club, porque, aunque las críticas son más sencillas que los halagos, esto no es una ciencia perfecta y siempre habrá alguien descontento pero el solo hecho de decidir y asumir esa responsabilidad los hace valientes y son, me consta, personas cercanas e inteligentes. Y un toque para las conciencias reaccionarias, en general: cada supuesto fallo al que se le hace alaracas viene avalado con miles de aciertos a los que no se le hacen palmas.
              Yo tuve un profesor en la Universidad que nos dijo el primer día: "Todos ustedes tienen mi
respeto.  ¡¡¡Ay de aquel que lo pierda!!!". No ha habido honor en el arbitraje de hoy. Ese señor de negro ha perdido mi respeto, el cual, estoy segura, a él le importa un bledo pero a mí decirlo y escribirlo me deja más a gustito.

lunes, 24 de junio de 2013

Canallas y descafeinados.


            De todos es sabido (por publicaciones en Facebook) que no soy partidaria de esa igualdad de laboratorio por la que aboga la masa. No soy feminista, ni machista, pero prefiero un bombero a una bombera y una esteticista a un esteticista. Todo ello, que conste, desde el mundo de las ideas (porque si se me incendia la casa y me rescata la abuelita de Piolín, no seré yo quien ponga pegas). Hay cosas para las que estamos más preparadas naturalmente nosotras y otras que son más sencillas para ellos. Y el que discuta eso, es un memo. Se confunde lo comparable: por ejemplo, no se es más o menos inteligente por ser chico o chica, la inteligencia es la suma de muchas cosas pero no se encuentra entre ellas el género, es la habilidad para determinadas actividades la que viene definida por ese género. Y se acabó la discusión. A partir de ahí, sentirse ofendida, entre otras cosas, porque se hable en el masculino plural es una soberana estupidez.  Recuerdo una vez que iba a cenar con un chico. Como siempre, yo iba hablando (y, como soy chica, además estaba concentrándome en caminar con salero, pensando en si llevaba las llaves, apuntando mentalmente llamar a una amiga…). Al llegar al restaurante, enfilé con paso decidido hacia la puerta, levanté altivamente la cabeza para hacer una entrada triunfal, sonreí de medio lado a mi acompañante y me estampé de la forma más dolorosa, sonora y ridícula que puede estamparse una persona contra una puerta de cristal… Y yo la había visto, que conste, pero dí por sentado que el muchacho iba a abrírmela… Sí, sí,  lo que casi se abre es mi cabeza… Lo malo es que no es culpa de ellos.

            Somos más chulas que un ocho y, aunque puedan sospechar que no es más que una fachada, ellos se ven en la obligación de aparentar que nos apoyan en esas reivindicaciones y actuar en consecuencia. El temor a insultarnos siendo excesivamente caballerosos ha dado lugar a un “colegueo” que, desde el punto de vista de la amistad, es muy loable pero que, aplicado a tu pareja y/o pretendiente (que hay quien tiene las dos cosas) es muy poco sexy y nada estiloso.

            Los despistamos. Los dejamos perplejos. Y, si no consentimos que nos cuiden (lo necesitemos o no), algunos acaban cuidándose a sí mismos y caen en el extremo. No les permitimos ser hombres y corremos el riesgo de que alguno se nos quede descafeinado. Que tu amorcito sea el que más tarde en arreglarse de los dos, no es normal (salvo que se esté vistiendo de romano para las fiestas locales y siempre y cuando tú no vayas de lagarterana). Que, una vez arreglado, su pelo luzca mejor moldeado que el tuyo, no es normal. Y algo novedoso: que lleve más escote que tú, con un bronceado perfecto y más terso de lo que lo has tenido tú nunca (ni siquiera durante tu adolescencia), no es normal… Lo pobrecillos invierten todo ese primitivo instinto protector en sí mismos porque no encuentran receptoras agradecidas y, claro, en el momento exacto en que el Universo decide que tengas un ataque de femineidad  y necesitas sentirte mimada y protegida, los pillas desentrenados y son absolutamente incapaces de darse cuenta de que has pasado de leona, que caza y cuida a los cachorros mientras el rey de la selva se queda descansando para no despeinarse (los del National Geographic pueden decir misa: ese el motivo real) a gatita abandonada…. No es egoísmo: es costumbre. Yo aconsejo pedirlo directamente y no tener esperanzas de que se percaten ellos solitos (claro que alguno, aunque se lo digas, puede sospechar que es una trampa para descubrir si realmente te considera objeto de cuidados y se bloquee)…

            Chicas, lo estamos haciendo fatal: por ir de superwoman acabamos nosotras subiendo las bolsas de la compra, montando los muebles de Ikea, lavando el coche,  colgando cuadros… Si fuéramos un poquito más listas, ensayaríamos en el espejo el hacer “ojitos”, el movimiento de pestañas, el suspiro halagador. Si estuviéramos al resultado, sabríamos que da igual lo que piense el pobre peón, no importa que se crea más fuerte, al final, nos habrá ahorrado un esfuerzo innecesario… Nosotras sabemos que somos competentes y, de vez en cuando, para demostrarlo, podemos hacer un alarde de nuestra habilidad, pero el verdadero superpoder está en nuestra gran capacidad de inocente y suave "manipulación", con clase, con elegancia, sin dar pena.

            Nos vamos quedando sin hombres de verdad. Esperamos que sean sensibles y luego les perdemos el respeto cuando se pasan de impresionables. En realidad, basta con que sean comprensivos, es enriquecedor que nos den su visión masculina de las cosas (muchas veces más sencilla y, por ello, tal y como dijo Ockam, probablemente la correcta), no tienen que exagerar en su empatía: si él llora con una peli, puede parecernos tierno; si llora con todas las pelis susceptibles de lagrimitas, es un blando. Siempre… Lois Lane se enamora de Superman, no del panoli de Clark Kent (y eso que el mismo Superman roza la cursilería); en el Fantasma de la Ópera, yo habría elegido al fantasma; prefiero mil veces ser atacada por un vampiro de True Blood que por uno de Crepúsculo (y eso que a éstos últimos puedes usarlos de lamparita de ambiente, a poco que les dé un rayito de sol)… Todas las mujeres han deseado, en algún momento, que su enamorado tenga un arranque prehistórico, una vena canalla: el Príncipe tiene que luchar contra los dragones y rescatar a la Princesa. Estaría feo que la Princesa le diga: “Oye, que si no salgo es porque no quiero. Soy muy capaz de salvarme sola. Y, por favor, una vez que lo haya hecho, no me bajes el puente levadizo, que ya puedo yo….” Eso es lo que dice pero, si es una verdadera Princesa, no es eso lo que quiere… Y peor estaría que el Príncipe le grite al torreón: “ Guapita, que como tengo claro que tú puedes, ya te espero aquí, que no se ensucie mi caballo blanco”… Y los que dudáis, recordad que todos encontramos lógico que Fiona eligiera a Shrek….

 
Página de Facebook: Red Carpet by Cristina Birlanga.

martes, 30 de abril de 2013

By the Face...


Odio los cartelitos con mensaje. Y las frases hechas. Y que me manipulen. Y, últimamente, Facebook es un compendio de todo ello. Horrible. Hace un año, cuando entraba en el “Face” me encontraba con cotilleos interesantes, de cosecha propia. Unos más inteligentes que otros, unos divertidos, otros tristes, alguno muy ingenioso y otros muy cursis. Pero que te decían algo de la persona que los escribía. Ahora, cada vez que entro, me encuentro con cartelitos sobre tres temas básicos: política, autoayuda y amor.

Voy a empezar a denostar el más fácil: la política. Hasta las narices estoy de las generalizaciones, de que la masa permita que se le trate de incapaz con tal de no admitir sus errores. Los mismos que no asumen su parte de negligencia a la hora de firmar hipotecas imposibles sin leerlas (ni escucharlas, que el Notario te las cuenta) me vienen a decir a mí que una anarquía desvaída (léase, con toda la intención, escarches) aporta cualquier cosa positiva a la situación económica nacional. Ja. Más bien entiendo que algún idiota con sueños de grandeza quiere embrutecernos a todos para disimular su propia estupidez. Hay políticos corruptos y políticos que no. Y existen problemas de difícil solución e, incluso (¡¡Oh, sorpresa!!), existen problemas sin solución, pero, antes de tirar al capitán del barco, habrá que estudiar si hay otro más capacitado para el cargo y, sobre todo, si quiere asumirlo. Y tampoco podemos dejarles todo el trabajo a ellos. Si empezamos a asumir nuestros deslices en lugar de dedicarnos exclusivamente a señalar a los sinvergüenzas que se han aprovechado económicamente de su puesto, validando nuestros pequeños delitos por comparación (venga, ¿quién no ha pirateado música, libros?, ¿quién no ha cobrado alguna factura en negro?), empezaríamos a cambiar las cosas desde abajo (los cimientos, ¿recordáis?, lo importante). Y no digo que dejéis de hacer facturas en negro o de bajaros música, lo que digo es que no todo vale y que hay un límite a la rebeldía que pasa por el respeto a la integridad física y moral, y deslegitima el intrusismo feroz en la intimidad de cada personaje público.

Ahora lo que más noqueada me deja: los mensajitos de autoayuda. A ver, chicos, hay gente que se convierte en un peligro si la animas. El “Porque tú lo vales” está muy bien, salvo porque a veces no lo vales. El “Eres único en el mundo, no hay nadie como tú. Eso te hace especial para el Universo.” puede ser hasta una verdad cósmica, pero el que alguien sea único y especial no lo hace bueno… En ocasiones das gracias porque sólo exista una unidad de ese espécimen. No todo lo especial es mejor. Se puede se especialmente ganso, o especialmente insoportable. Lo de “No te rindas. Si el Plan B no funciona hay 27 letras más en el alfabeto”, es muy positivo pero yo desistiría antes de llegar a la “D” de Desastre. ¿Habéis oído hablar del “tonto motivado”?. Hay personas a las que no se debe alentar porque la catástrofe está asegurada. “Tú puedes. Tú puedes”.  Y llega el batacazo. Y mi favorita: “Lo importante, lo que te da la felicidad no es alcanzar la meta, sino el camino que recorres para llegar a ella””. El que ha dicho semejante tontería no me ha visto a mí en el gimnasio: mi meta es ponerme estupendísima (”Cris, tú puedes, tú puedes…”), el camino es hacer deporte. Después de cargar con la bolsa de la ropa para arriba y para abajo, cambiarme en un vestuario lleno de niñas fantásticas, tener que mirarme al espejo mientras salto y brinco, sin garbo ninguno, sudar y ponerme colorada, destrozarme el pelo para el resto del día, soportar que la ducha me ataque, darme cuenta de que acabo con hambre canina, sufrir dolores musculares porque no sé hacer correctamente ningún ejercicio,… después de eso, si alguien me habla de una ONG que realiza operaciones estéticas gratuitas me postulo como beneficiaria y que le den a los olores, los sudores y los esfuerzos. Paso de disfrutar el camino en burro, me voy en vuelo express y ya veré las fotos del paisaje en Nacional Geographic… 

Y por fin llegamos a lo más tierno: los mensajes de amor y desamor. Ufff. Situémonos: partiendo de la base de que las ostentaciones de amor públicas me parecen muy, muy cursis, el hacerlo a través de cartelitos dedicados lo convierte en cursi y poco original, dos pecados graves. ¿Qué tú quieres mucho a Manolo?. Pues le dices: “Manolo, te quiero.”. Ya nos hemos enterado todos y podemos superarlo. Como ese “Manolo, te quiero.”, vaya acompañado de una foto de los osos amorosos, con un arco iris precioso, una rosa sin espinas, una nube de algodón y un lazo a través del cual se puede leer: “Y mi amor será eterno porque nace de los dioses.”, tú, Manolo, los osos y los dioses habéis pasado a la categoría de cursis perniciosos. Eso sin contar que quizás, en un mes, los osos se han convertido en salvajes, los dioses son tipo Hades y Manolo se merece un “Me dejaste pero nunca podrás olvidarme”. Y todos sabremos que te ha dejado... El amor de verdad es bonito, divertido, exultante y, sobre todo, personal. Privado. Íntimo. Subjetivo. Facebook no es el medio para manifestarlo con boato: aunque te parezca imposible, se puede acabar y todos, todos, vamos a ser testigos. Una antigua agregada mía de una red social escribió, dedicándoselo a su pareja: “Si quieres saber cuánto te quiero, cuenta las estrellas del cielo:…”. Al poco tiempo, me la encontré por la calle, le pregunté por su vida (la real, que la del Face me la sabía) y me contó que estaba con un chico pero que, de repente, dejó de llamarla para hacer cosas juntos y que no le atendía el móvil cuando lo telefoneaba para ir a comer o al cine, que únicamente recibía mensajes suyos a altas horas de la madrugada, a los que ella no contestaba porque pensaba que sólo “eran para lo que eran” y que no entendía nada. Intenté ser discreta pero no pude evitar decirle “Nena, ¿no le mandaste a contar estrellas?... Tendrá el horario cambiado…” Por si no lo sabías, no todos tus contactos de las redes sociales son tus amigos. Sé más prudente. Y esa prudencia a la hora de demostrar tu amor la tienes que elevar a la máxima potencia cuando se trate de manifestar tu desamor. Las frasecitas esas del tipo: “Te darás cuenta de cuánto valgo cuando sea tarde”, “Nuestro amor fue tan fugaz, que lo vio una estrella y pidió un deseo” (es que las estrellas dan pa´tó), “Fui lo mejor que te pasó pero no supiste cuidarlo”, “El que no te valora hoy, mañana te extrañará””…. Ay, que risa…. Si te dejan, bonita, da igual que seas fantástica, lo mejor, un espectáculo: te han dejado. No muevas un dedo para escribir NADA sobre él. Al igual que cuando estabas enamoradísima podía cambiar la situación, cuando ésta ya ha variado, puede retornar el cariño y está feo que dejes escritas ciertas cosas. Pero, en cualquier caso, él (o ella) no es malo por no quererte. Es la vida, asúmela. Si estás triste, que sea en privado, con tus personas de confianza, pero no lo publiques y no para que así tu ex se sienta fatal al creer que te da igual la ruptura (porque, desengáñate, si ha roto contigo, no saber de ti es un alivio que le evita problemas de conciencia), sino porque dentro de un tiempo no te reconocerás en esa persona derrotada y podrás tratar de olvidar esa fase, cosa mucho más difícil si has proyectado esa imagen en personas que sólo conocen lo que informas en tu página. No compartas con cualquiera las penas. No es elegante y no es sano. Y, sobre todo, no demonices a quien te quiso y a quien quisiste, debes recordar que no siempre eres la dejada, otras veces abandonaste tú y seguro que, en cada una de aquellas ocasiones, tenías tu justificación, tu versión del tema. Reitero una anécdota de Ariel: estábamos una amiga mía, a quien había abandonado su novio, y yo en casa, tomando un té y charlando sobre ello. Mi hijo estaba sentado cerca de nosotras. Ella dijo en un momento dado: “Decía que me quería, que era la mujer de su vida, Y era mentira. Eso es lo que me duele: que me mintiera”. Ariel, sin despistarse de lo que estaba haciendo, comentó: “Pues no te agobies. A lo mejor, cuando te lo decía, lo pensaba. No te ha mentido, puede que sólo haya cambiado de opinión”…  

Voy a hacer una “especial” mención (¿veis?, un ejemplo donde lo especial no será positivo) a las publicaciones en cadena que empiezan con un “Seguro que estás muy ocupado y no le darás a Me Gusta..”… De verdad que me hace gracias esa manipulación tan pueril… Me contengo para no comentar: “Estoy muy ocupada para darle al Me gusta pero puedo hacer un hueco para darte a ti si te veo”…

No sería justo meter a todos los cartelitos en el mismo saco. Hay algunos muy ingeniosos. Hay chistes buenísimos. Ironías políticas brillantes. Otros que informan estupendamente. Algunos curiosos… Como siempre, no pretendo más que plasmar una caricatura de lo que pienso, sujeta a miles de excepciones y salvedades. Y seguro que todos aquellos que estén disconformes conmigo tendrán razón. Como yo. Me encanta que todo sea relativo…

jueves, 25 de abril de 2013

Veritas Veritatis.




Hay gente que me cae mal, fatal. Porque sí, sin motivo ni razón aparente. Personas buenas y entrañables que, por eso mismo, consiguen que me caigan peor ya que me siento muy culpable por la falta de química. Luego hay otras que detesto sin paliativos, sin sentimiento de culpa, regodeándome en la animadversión: las personas que van con la verdad  por delante… Hablo de aquellos que empiezan las frases jactándose de sinceridad: “Mira, te voy a ser sincero/a…”… Tú y yo sabemos que lo siguiente que nos va a dar es un disgusto. Enorme. Pero, como ha empezado con un grandilocuente  anuncio de veracidad, no nos defendemos… Y acabamos siendo heridos por unos maleducados. Porque eso es en lo que se convierten ciertas verdades cuando se muestran desnudas: en mala educación. Si la verdad es bonita, puede presentarse sin artificios pero las verdades incómodas hay que maquillarlas, suavizarlas y esconderlas si hace falta. Y el que te lanza cruelmente una verdad horrorosa no es un amigo queriendo que abras los ojos, es, en el mejor de lo casos, un morboso que va a regodearse con tu cara de susto…

Eso sí, debemos distinguir esto de los sarcasmos y las maldades que se le dicen a quien no soportas. No soy partidaria de la violencia, ni verbal ni física, pero una buena puya inteligente e irónica es como el aire que escapa de una olla a presión: necesario para no explotar. Recuerdo una vez que una persona a quien no conseguía caerle bien me dijo, tras preguntarle yo porqué me miraba tan fijamente: “Es que soy un perfeccionista. No quiero que los dioses se confundan de víctima, necesito que la muñeca de vudú se parezca lo más posible a ti”… Y que conste que me lo dijo con rabia…. Es malo pero ingenioso y lo prefiero a un bueno simplón… Claro que la respuesta de otro de los comensales de aquella cena a esas palabras fue: “Ahórrate trabajo. Coge una Barbie y quítale tetas…”. Y se supone que ese me apreciaba….

Recordáis aquella frase de “La verdad hay que presentarla en bandeja de plata”. Pues yo añadiría un acompañamiento de pastelitos y sándwiches de pepino con hummus (probadlo, qué rico: no hay nada cómo una nevera en las últimas para crear nuevas combinaciones).

Y, sobre todo, hay que preguntarse si es ineludible que el destinatario de la verdad la conozca. Yo admito que soy de las que prefiere tener toda la información pero también es cierto que, como fiel forofa del optimismo (a veces tropiezo pero lo intento), normalmente trato de sacarle partido, lo cual se  hace más difícil cuanto más cruda me la han presentado. Se puede cambiar el curso de una vida con una verdad malintencionada, por muy real y cierta que sea.

¿Qué necesidad hay de ser desagradables y cobardes?. ¿Por qué hay que vanagloriarse de decir las verdades a la cara cuando, en realidad, estamos escondiéndonos tras una falsa imagen de buena voluntad?.

Conozco gente fea, pero fea de verdad, por dentro y por fuera. Pero no se lo digo. Conozco gente absurda, inculta. Pero no se lo digo. Conozco gente pedante y altanera. Pero no se lo digo. Si puedo, la evito y, si no tengo esa suerte, soporto esos momentos y me doy por perdonados varios pecados, veniales o capitales, dependiendo del tiempo de penitencia que no logre evitar.  ¿Eso hace de mí una hipócrita?. Yo creo que me hace una superviviente ya que estoy convencida de que su idea sobre mí puede ser tan mala como la mía sobre ella, y quien levante la veda va a desencadenar una tormenta perfecta y maloliente.

Cuando alguien me diga: “Lo siento, te lo tengo que decir aunque no te guste. Es que si no te lo digo, reviento.”, voy a contestar: “Me parece bien. Revienta”. ¡¡¡Qué cansinos, por Dios!!!. Ese tipo de gente hay que evitarla. Ese tipo de personas son unos pesimistas. Siempre. Porque el optimista sabe que insuflar  a los demás ánimo facilita a uno mismo la terrible tarea de ver el lado bueno de las cosas.

Yo pienso pasármelo bien en la vida y las penas y problemas que pueda tener vendrán del Destino pero no a través de personas malévolas.

Y si alguno tiene tentaciones de convertirse en un sincero sin escrúpulos, debe recordar que todos tenemos nuestras miserias y algunas de ellas son visibles pero que los demás tienen la clase suficiente para no evidenciarlas, cosa que puede cambiar si vamos por el mundo ofendiendo con nuestros alardes de veracidad.

Cada uno debe tener claro a quién se enfrenta y no dejarse amilanar ni humillar por esos infelices. Tendremos que disfrutar de nuestros fallos y presumir de ellos, porque es lo que nos hace divertidos e interesantes. Una persona sin mácula es previsible y, por ello, un tostón. Hace poco, estaba fardando Hugo de sus virtudes y le preguntó Ariel. “¿Qué pasa?. ¿Te crees el mejor?.”. Hugo le replicó: “No. Pero tengo el toque justo de imperfección para ser perfecto”. Prometo que lo mismo le contesté yo a mi hermana, en una situación similar. Fíjate si lo tengo claro...

miércoles, 2 de enero de 2013

Memoria, coherencia y quejicas: tiempo al tiempo.


Hoy le he dicho a mi hermana que me chive algún tema sobre el que escribir un Blog. Ella me ha respondido: “Sobre lo maravillosa que soy.”. A mi vez, yo le he contestado: “Lleva cuidado…”. ¡¡¡Ea, pues voy a hacerlo!!!.. Bueno, más o menos: voy a hablar de nuestra infancia, hilándolo sutilmente (tan sutil que lo digo por si no os dais cuenta) con las fechas en las que estamos, en cuanto al avance del tiempo y la llegada del Nuevo Año.

Yo soy la hermana mayor, buena, responsable, educada y abnegada. Ella es la hermanastra mala, digo, ella es la hermana pequeña… Por situaros.

 Cuando éramos niñas, había que jugar sin mecanismos complicados. No podías conectarte a Internet y estar en continuo trasiego con tus amigos, así que tu hermano se convertía en tu amigo/enemigo casero. En mi caso, éramos adictas a las Nancys. Yo ya apuntaba maneras y me dedicaba casi exclusivamente a cambiarles de ropa. Las pobres no tenían excesiva vida social. Como mucho, entre tanto cambio de vestuario, les daba tiempo a tomarse una coca-cola con Lucas o un té rápido con Lesley. Cuando no estaba vistiendo a mis muñecas, estaba disfrazándome yo o maquillando una careta de un juego de la Señorita Pepis… ¡¡¡Qué bonito e inocente!!!, pensaréis… Sí, sí… Me río yo de los que acusan a los videojuegos de favorecer las conductas violentas en los niños de hoy en día… Nancy, Lesley, Lucas, Señorita Pepis: eso que suena tan ingenuo provocaba unas peleas entre nosotras cuya onda expansiva habría hecho que Walking Dead se quedase en el capítulo piloto por aniquilación de todos los zombies. Menos mal que, en aquella época, no se llevaba lo de Servicios Sociales pero es que tampoco hacía falta: estaba tu padre (el mío en este caso). No hablaba: nos miraba... oblicuamente. Notabas como subía el tono de su piel a un rojo pasión que te indicaba peligro inminente. Enmudecías (porque una buena pelea requiere una banda sonora, muy sonora y, en los minutos previos a la entrada del adulto en cuestión, habías elevado la voz a cotas que habrían sido la envidia de Pavarotti). Y, durante unos segundos, esperabas que no hubiera escuchado los insultos que os habíais proferido a voz en grito,. Pero los había oído. Alto y claro. (Él y la población ilicitana en un radio de cinco kilómetros). Y, para contrarrestar, te susurraba el castigo, flojito (tipo serpiente de cascabel) y tú lo acatabas… Como ahora. El mismo respeto: la última vez que reñí yo a mis hijos porque discutían, se miraron el uno al otro, y mantuvieron esta conversación, ante mi : “¿Nos está riñendo?.” “Sí. Está mona cuando se enfada, ¿eh?”.”Se le ve más rubia.” “Eso es por el contraste. Está colorada”…Colorada y ojiplática.. Si esa escena la hubiéramos reproducido mi hermana y yo ante mi progenitor, le da una apoplejía…

       Yo no soy de las que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. De hecho, no tengo muy claro si eran tiempos más inocentes o más ignorantes. O si la inocente e ignorante era yo.  Hay cosas que no habría cambiado. El precio del pan, por ejemplo. Y me explico: hoy he ido a comprarlo. Eso en sí ya debería ser noticia porque las labores cotidianas y yo no nos llevamos bien.  Me he agenciado tres panecillos minúsculos. 1.80.- €. Y me he ido tan feliz. Pero mi felicidad es como aquella del extranjero al que le dices: “¡¡¡Vaya cara de empanao que tienes, so guiri!!!”, mientras le sonríes y le das  golpecitos amistosos en el hombro (yo nunca lo he hecho, pero me lo han contado)… Oye, ha sido traducirlo e indignarme: ¡¡¡Trescientas pesetas!!!... Lo de “La espiga de Oro” va a ser verdad… Pero hay otras cosas que han evolucionado hasta hacerse maravillosas: los wonderbra (pura ingeniería), poder comprar por Internet cosas glamourosas y fantásticas con atención personal (Pura suntuosidad. Mi preferida, con diferencia: www.divavanitas.com. Un vicio),  las bebidas energéticas (pura adrenalina), los microondas (pura brevedad), las carreteras (pura comodidad), los móviles (pura comunicación), los zapatos cómodos de tacón imposible (sólo si son de Pura, claro)…

       Y hay mil cosas que se mantienen inalterables: las chuches, las calles del Monopoly, los Peta-Zetas (no sé si incluirlos como chuches, como condimento culinario o como material explosivo), los bolis BIC, las pipas, el chocolate con churros, el Pan Arabo de Trento, la Catedral de Burgos (digo yo)…

       Sentir nostalgia del Pasado es humano, más que nada porque ha sido una época que hemos sufrido, disfrutado y superado y el Presente y el Futuro son incertidumbres que sugieren el miedo a lo desconocido, mezclado, eso sí, con la expectativa de cambios positivos. En cualquier caso, emocionante. Es cierto que yo soy optimista por vocación (que no por naturaleza: que conste que he trabajado mucho la visión alegre de las cosas porque creo firmemente que es cuestión de práctica) pero mis conclusiones están basadas en hechos. Hay crisis, pensaréis más de uno.  Lo sé. Pero también sé que la mayoría de quienes leéis esto tenéis móvil con wifi (y puede que más de uno), y wifi sin móvil, y tablet, y ordenadores, y aire acondicionado, y gas natural, y todas las consolas del mundo, fijas y para llevar... No es lo mismo no llegar a fin de mes sin caprichos que no llegar con gastos de rico. Menos quejas y más coherencia. Y no es coherente ver en el mismo muro de Facebook cartelitos (esos cartelitos me van a dar para otro blog con muchas, muchas aristas)  lamentando la crisis, reivindicando medidas anárquicas, junto con fotos celebrando comidas familiares en el chalet , brindando con cava del bueno (eso lo he visto yo). No es que esta crisis sea peor que otras a lo largo de la Historia, es que somos más blanditos (yo la primera). Esta crisis limpiará costumbres insanas y dejará al descubierto a negligentes con capacidad de mando (o incapacidad de mando, si se prefiere, pero con oportunidad de ejercerlo). Y, a poco que seamos medianamente congruentes, saldremos mejorados. Regodearse en el barro nos ensucia. Hay que salir del charco, ver con perspectiva sus dimensiones y empezar a drenarlo, secarlo y limpiarlo. Empezando por los barrizales propios. Y, si no se sabe cómo, se pregunta al que le va bien (y con “al que le va bien” no me refiero al que tiene medios económicos sino al que se le ve contento, feliz o, simplemente, tranquilo, tenga o no tenga dinero). Y que quede claro que soy consciente de que es mucho más fácil estar contento, feliz o tranquilo con dinero que sin él pero que, si éste falta o no es suficiente, también es posible, manteniendo esa perspectiva imparcial a la que hay que aspirar. Todos a leer “El Arte de la Guerra”, del chino ese (que nooo, que es de Sun Tzu… Es que la rubia que llevo dentro quería manifestarse). Y si no sacamos ningún provecho de esa lectura, al menos, en el tiempo que has invertido en leerlo, no has hecho gasto (¿veis?: actitud positiva)…

       Así que ya sabéis mi opinión: es bonito acordarse con cariño del pasado siempre que eso no te impida disfrutar de las fantásticas cosas que tiene el mundo actual y trata, cuando cuentes batallitas de otros tiempos (aunque sea de antes de ayer), de hacerlo con un toque de anécdota que compense la diferencia que seguro existe entre lo que recuerdas y lo que realmente ocurrió.

       Sin minimizar la crisis, acordaos de que todo es relativo. Os reitero (anteriormente fue por Facebook) lo que me sucedió una vez con mi hijo pequeño: estaba muy preocupada por un problema al que no le veía salida. Ariel estaba junto a mí, ambos sentados en el sofá que hacía “L”, cada uno en un ala, en ángulo de 90º (no se me ocurre otra forma de explicarlo), me hablaba y no le escuchaba. Cuando se dio cuenta de que yo estaba en mi mundo fangoso, me preguntó sobre lo que me ocurría. Le dije que tenía dificultades para encontrar la solución a un dilema. Me miró, se acercó a la mesa que estaba ante nosotros, cogió un folio y dibujó un 8. “¿Qué ves?”, me cuestionó el sabiondo. “(Ésta me la sé, pensé yo). Un ocho”, le contesté. “Pues yo veo un infinito. Es cuestión de cambiar la perspectiva”…

       Estrenamos año, eso es inevitable. Estrenar perspectiva es una opción. Yo creo que la buena, si hemos sido de los quejicas…

 

 

martes, 4 de septiembre de 2012

Nacida para aplaudir...


“¿Tú tienes hobbies?”, me preguntó un chico hace poco. “No, yo soy más de elfos”, le contesté… Confieso que recurrí a la gansada porque nunca sé que contestar a esa pregunta.  Las musas no se han acordado de mí. O a mí me parecieron un grupito de mujeres muy monas y bien vestidas y decidí evitar la comparación haciendo cola para entrar en la fiesta de Baco. No tengo recuerdos nítidos de aquella época (señal de que me dejaron entrar en la fiesta de Baco). Os lo voy a probar, con tres ejemplos.

 

Euterpe, musa de la música. Directamente, no sé cantar: cuando eran pequeños, mis hijos me decían: “Por favor, mamá, no nos cantes una nana. Te prometemos que nos dormimos.”. Me lo decían con terror. Aprendieron a hablar a los pocos días de nacer, hasta ahí llegaba su necesidad de hacerme comprender la tortura involuntaria a la que les sometía. Lo malo es que debería haberlo sabido sin necesidad de llegar a esos extremos: ya en el colegio era la única niña exenta de música (no de gimnasia, que era lo habitual en las exenciones maravillosas). La razón de mi salvoconducto fue un examen de flauta. Teníamos que tocar Noche de Paz. Yo no la toqué, yo la soplé: tarareaba la canción insuflando aire a la flauta, con lo que el instrumentito pitaba y la melodía la creaba yo canturreando. Al terminar, más feliz que unas castañuelas (las cuales tampoco sé tocar), levanté la cabeza, orgullosa de mi versión New Age del villancico en cuestión. En lugar de aplausos (que yo seguía esperando cuando se les pasara a mis compañeras el estupor de la admiración), me llegó la voz de la profesora que sentenció: “Cristina, tienes un aprobado general para el resto del curso. No aguanto una recuperación contigo”….

 

Terpsícore, musa de la danza. ¡¡¡Ay, con lo que me gusta a mí disfrazarme y dar saltitos!!!. Mi madre, que vio que tenía una hija poca cosa, clarita y presumida, decidió llevarme a ballet. Iba tres días a la semana y dedicábamos todo el año a preparar la función final. Todas me tenían envidia porque yo siempre hacía los solos, siempre, siempre. Se me veía radiante: con mi tutú, mis lentejuelas, mi maquillaje con purpurina, mis plumas de colores…  Os aseguro que recuerdo pensar, en el escenario, que quedaría fenomenal una reverencia a mi público, en ese momento, en mitad del baile, extendiendo mi vaporosa falda, para que se mostrara en todo su esplendor, y hacerla… Y la gente me aplaudía, que conste. Después de cada actuación tenía el ego por las nubes, así que, en una de esas, mi madre, a quien nunca acusarán de ser una sentimental, me dijo: “A ver, Cris, que lo haces fatal. La profesora te deja los solos para ti porque me ha dicho que eres incapaz de seguirle el ritmo a nadie y que le estropeas los cuadros si sales con las demás niñas…”. Ahí terminó una prometedora carrera, digan lo que digan.

 

Erato, musa de la poesía amorosa. Hubo un tiempo en que escribí poesía pero nunca amorosa. Nunca consigo evitar un poco de vergüenza ajena cuando leo poesía amorosa, salvo que el autor se haya muerto hace tiempo, porque como la vergüenza es ajena y él ya no puede sentirla, nos evitamos ese mal trago los dos. No consigo dejar de ver un toque cursi que me molesta.  Es tan fina la línea que separa lo pasteloso de lo bonito… Supongo que podría escribirla pero no sentirla, con lo cual no es la musa la que me está inspirando. Probemos:

 

            Anoche no estabas a mi lado,

            la luna no me supo dar razón,

            Tenías el móvil apagado…

            ¿Dónde estabas, so pendón?

            ¿Con la rubia casquivana

            O la morena fogosa?...

            Te diré que en la mañana

            ambas dos son horrorosas.

            Pero a este dolor que no cesa

            ponerle fin yo busco:

            voy a agenciarme otra presa

            con más dones y mejor gusto.

 

Como que no, ¿verdad?...

 

            ¿Entendéis ahora por qué no sé que contestar a la pregunta sobre mis aficiones?. ¿Qué digo?. ¿Qué me gusta leer y viajar?. Pues claro, pero entonces indagan más profundamente y se evidencia mi naturaleza caótica.

Mi interlocutor:“¿Ah, sí?. ¿Y qué te gusta leer?”…

Yo (lo puesto entre paréntesis es lo que expresa su cara que está pensando conforme le aclaro su cuestión): “Pues me gustan las novelas de miedo  y las historias sobrenaturales (gótica y/o crédula), las de risa y de chicas (superficial), las biografías (pedante),  los comics (friki)… Casi todo, en realidad (dispersa)… Eso sí, no soporto los libros de autoayuda”.

Mi interlocutor: “ (Ea, bonita, pues precisamente eso es lo que estaba pensado que te hace falta). Bueno, me alegro de haberte conocido. Mis amigos me llaman. He de irme. Ya”…

 

            ¿Por qué hay preguntas tan simples, de respuestas tan comprometidas?. Tú puedes tener una sana afición a coleccionar, qué sé yo, dedales de costura, por ejemplo, pero, si lo dices en voz alta, suena estúpido incluso a ti mismo (yo colecciono ranas, que tiene mucho más sentido, por supuesto). No te engañes, el que te pregunta por tus hobbies te va a juzgar, consciente o inconscientemente. Da igual de qué se trate. Si tu afinidad es por la música, te preguntarán qué tipo de música te apasiona. Cuidado. Mucho cuidado. Eso es casi peor que confesar tu tipo de lectura. La música crea fieles cual religión y de todos es sabido que un devoto de Springsteen (equivalente a una religión tipo la católica, judia, ese estilo) no es compatible con un devoto de Justin Bieber (eso tira más bien a la Cienciología). Uno de los dos ha de convertirse para que esa relación llegue a buen puerto, sea el tipo de relación que sea, incluso vecinal (casi con más motivo, que a ellos los escuchas en casa). Un consejo: ante la duda, dí que te gusta la música de los ochenta. Eso fue un batiburrillo de anarquía musical, equivalente al budismo, que nadie sabe muy bien de qué va (tantas variantes, verdades verdaderas, diferentes formas de rendir culto) salvo que lo hayas vivido desde dentro, pero que a todo el mundo le cae bien porque la impresión que da es la de “yo a mi rollo y tú al tuyo”…Si no, ¿cómo se explica que compartiesen Lista de Éxitos Los Pecos e Inhumanos?…

 

            De momento, yo soslayé el interrogatorio. Me salvé por los pelos (y por un mojito que decidí que necesitaba urgentemente en ese instante), pero el peligro acecha. Antes de convertiros vosotros en los inquisidores con preguntas tan aparentemente inocentes, pensad en las consecuencias de los distintos tipos de respuesta, y haced otras menos íntimas, cómo la marca de ropa interior, por ejemplo. Dará más juego. Si cuestionas directamente a alguien sobre sus hobbies, vas a perderte la oportunidad de desvelar el misterio por métodos más sutiles… Tienes que ir conociendo poco a poco a una persona para apreciar en su justa medida su afición por coleccionar trocitos de cables de alta tensión despeluchados que guarda en una urna transparente que sólo puede ser vista desde la cama de su dormitorio… ¿Cogéis la idea?....

 

           

                       

           

           

 

martes, 21 de agosto de 2012

No somos reversibles...


Ayer, aburrida como estaba, decidí hacer compra (en concreto, compré tres Coca-Colas Cherry, dos Red Bulls Edición Silver y dos tés de Granada). A la salida de la tienda me tropecé (literalmente, conmigo no puede ser de otra forma) con un amigo al que aprecio sinceramente y con el que llevábamos tiempo tratando de quedar. Así que aprovechamos la ocasión y decidimos alargar el momento, cenando juntos. Elegimos un restaurante que me encanta, con una terraza estupenda (las luces, ideales) y nos dispusimos a reirnos un ratito.

En la mesa de al lado había cuatro chicas, arregladitas y monas, como deben estar las chicas en los restaurantes. No paraban de mirar hacia mi mesa. ¿Por qué?. Pues porque mi amigo, entre otras muchas cualidades, es guapo de película. Pero guapo tipo Cary Grant. No de esos modernos que han tardado más en arreglarse que tú (y mira que yo doy margen para eso), ni con ropas estridentes, ni camisetas marcando musculitos. No. Camisa blanca de manga larga y vaqueros. Insinuando esos músculos que otros exhiben.

 Al principio de la cena, sólo miraban. Conforme avanzaba la noche, se hacían más atrevidas. Las cuatro vinieron, a intervalos de diez minutos, a pedir fuego (a pesar de que, ya a la primera, le dijimos que no teníamos). Dejaban caer cosas y las empujaban hacia nuestra mesa…

Mi amigo tiene una cualidad que yo aprecio: cuando ha estado conmigo jamás se ha fijado en las chicas de alrededor o, al menos, si lo ha hecho, ha sido con tal sutileza que no me he dado cuenta. Esto, a los chicos en general les parece una tontería, y te contestan aquello de: “Es que tengo ojos en la cara”. Ya lo sabemos. Y, si Dios no ha sido un canalla, también os ha dado la capacidad de disimular. No queremos que os ceguéis al mundo pero no hay necesidad de ser ostentoso admirando a otra chica o comunicando vuestras conclusiones sobre el trasero de las demás. No estáis siendo sinceros, estáis siendo groseros. Que quede claro. Pues bien, como decía, mi amigo no les dio cuerda y parece que eso les molestó porque una de ellas dijo, en voz bastante alta: “Tía, ni caso, debe ser tonto. Además, la belleza está en el interior.”…. ¡¡¡Ay, que risa!!!... En el interior lo único que hay es un amasijo de órganos, vísceras y fluidos bastante desagradable. El que es guapo (ellos y ellas) tiene las mismas posibilidades de ser bueno, inteligente, amable y gentil que el que no lo es.  Más, diría yo, puesto que la vida le ha tratado mejor. La Belleza es una bendición mucho más evidente que la inteligencia porque su expresión es externa. La inteligencia necesita probarse, con actos, con acciones o con pensamientos comunicados. La Belleza, no. Y el que diga que lo contrario es un guapo mentiroso, casi seguro. El que no quiera ser apuesto sobreestima a los demás dones.

Partiendo de la base de que cada uno tiene su dosis más o menos alta de Belleza, ¿por qué hay quien se empeña en disimularla?. ¿Para poca, ninguna?. Muy mal.

Hace poco una amiga a la que quiero muchísimo apareció con un corte horroroso. No articulé palabra. No podía. Pero debió ver en mi expresión alguna pista de lo que estaba pensando porque, en seguida, me dijo: “Nena, me lo he cortado así porque es mucho más cómodo para el verano. Gano tiempo ya que no tengo que arreglarme el pelo.”… Obviamente mi pregunta fue: “¿Y a qué dedicas esos veinte minutos, más o menos, que ganas cada día?.  ¿A una ONG, a aprender repostería, a hacer calceta, a abrir tu mente al mundo espiritual, a contar baldosas?”… ¿Dónde demonios se ha establecido que se puede renunciar a un grado más de hermosura por la comodidad?. ¿Qué habría pasado si Cenicienta le dice al Hada Madrina que pasa de zapatos de cristal, que con sus chanclas va más cómoda?. ¿Y si la Bella Durmiente hubiera sido la Lista Durmiente?. Si Rapunzel hubiera seguido el ejemplo de mi amiga aún estaría en la Torre, hecha una uva seca… No nos engañemos, el cazador no mató a Blancanieves porque era mona, no porque se pusieran a discutir sobre Kant y le asombrara su erudición…

Seguramente, mi superficialidad declarada, buscada y escogida me hace ver las cosas de forma distinta pero nunca comprenderé por qué aspirar a la belleza está mal visto, porque dejamos días señalados para esmerarnos en nuestro aspecto. No es más difícil ponerte unos pantalones bonitos que unos feos. Cuesta lo mismo colocarte una camiseta vieja y horrorosa que una en condiciones. Tu Derecho a la Comodidad acaba donde empieza la imposibilidad de los demás para evitar verte. Llenar cada día de cosas bonitas hace la vida mucho más sencilla. Hay mil gestos que nos mejoran, desde la sonrisa (tenéis que probar a sonreir a la gente por la calle, es divertido y descubres que las personas son buenas por naturaleza. Crea un vínculo de un microsegundo entre el desconocido y tú que te reconcilia con el mundo), un poquito de maquillaje (para ellas, claro, aún no soy tan moderna), combinar bien la ropa (ante la duda, tonos discretos, dejemos el naranja para la fruta), ir aseaditos (¡¡¡qué importante es esto!!!)… No pongáis excusas del tipo: “Quien me quiera, ha de quererme como soy”.  Yo creo firmemente que el afán de mejorar te lo debes a ti mismo y es una muestra de respeto hacia quienes te rodean… Naturalmente, tengo claro que existen personas poco agraciadas que son muy atractivas pero estoy convencida que no es sólo por su interior, también cuidan el exterior.  Y es cierto que hay personas bellísimas que agotan a los cinco minutos de estar con ellas. Todo es cuestión de proporciones. Lo que reivindico es la posibilidad de tratar la vocación de mejorar nuestra Belleza con la misma aquiescencia con que tratamos la voluntad de mejorar nuestra inteligencia.

Una vez, queriendo consolar a uno de mis hijos, que se veía a sí mismo grueso, cometí el error de usar esa frase que ahora condeno. Le dije: “Ari, yo te veo estupendo. La belleza está en el interior”.  Él me miró muy serio y me contestó: “Mira, mamá, hasta que los Humanos no seamos reversibles, lo que cuenta es lo que se ve y, si tú no te das cuenta del problema, nunca vas a poder ayudarme a solucionarlo.”…

Eso sí, cuando me despedí de mi amigo y le ví irse dentro de su coche, pensé que era la excepción: mirando el vehículo, admití que la belleza estaba en el interior…

martes, 14 de agosto de 2012

De diferencias y perspectivas...


No los soporto. Me tienen hasta la narices. Y me asustan, que es peor. Me refiero a la pandilla de intolerantes que anda suelta, con voz y voto. Muy peligroso. Siempre le he dicho a mis hijos que, en esta vida, no hay nada peor que ser desagradecidos pero creo que es porque presupongo la tolerancia en ellos…

Esta mañana hemos corrido todos a comprar los periódicos para ver las noticias sobre nuestra fallida (más apropiado sería poner “falluca”) Nit de L´Albà. Como a  mi lo de correr no me va y mis vecinos no se merecen el riesgo para su estabilidad mental que supone verme ojerosa y recién levantada (oye, es encontrarse conmigo en una de esas situaciones y empezar a creer en el Yeti, los ogros y demás criaturas sobrenaturales), he hecho una primera aproximación a la información a través de la prensa digital. ¿Y qué tiene la prensa digital que no tenga la prensa escrita (mi favorita)?. Pues que la gente opina dejando constancia de ello. Sin filtro. Y varias de esas opiniones pugnan por la eliminación de los petardos y fuegos artificiales en las fiestas, llamándonos salvajes (a modo de ejemplo, pongo este enlace. No es la crónica, es el comentario: http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/accidente-nit-lalba-elche-2184699 ).

 A ver, voy a partir de una base: yo no creo que estemos todos evolucionados al mismo nivel, me niego a creer que ciertas conductas de ciertas personas respondan a una elección consciente, creo que hay gente que no ha alcanzado un nivel medio de civilización y tiene reacciones instintivas de supervivencia. Una vez iba por la plaza del Ayuntamiento y me dijo un chico tal grosería, a viva voz, que prometo que concluí que el muchacho reaccionaba al instinto sexual sin el paliativo de la Evolución (con mayúsculas). Afortunadamente para él, yo sí tenía ese límite, por lo que no me volví y le di el guantazo de su vida aunque no pude evitar compararlo con un simio salido. Pero, dentro de todo ello, el intolerante con complejo de inferioridad, con instinto de líder de la manada, es un peligro público. Yo rozo la artificiosidad en muchos momentos, no soy natural, no soy susceptible de considerárseme salvaje y me gusta la pólvora, y los petardos y los truenos. No impongo mis gustos a nadie. No insisto a mis invitados para que enciendan ni una triste bengala, si no les parece bien. Ver veredictos que proponen eliminar carretillas y petardos de mis fiestas, bajo la excusa del accidente ocurrido, me fastidia muy profundamente porque me recuerda la existencia de esos personajes perturbadores, capaces de arrastrar a personas más débiles que ellos, únicamente por la fuerza del tono de su discurso, no por su contenido. Y pueden hacer mucho mal. Yo no soy hippie, ni indignada, ni antisistema, ni defensora de la verdad, ni sana, ni deportista ni mil cosas. No lo soy porque no quiero. Así que me he encontrado con bastante asiduidad con personas de altos ideales, que creen que van a salvar el mundo con su actitud y una carencia absoluta de hechos, personas que me han mirado con total superioridad.  Tengo amigas que son naturales, francas, sin artificios y la diferencia con esas otras radica en que, además, son comprensivas con quienes han escogido otro tipo de vida. Conmigo, en concreto. Nos reímos de nuestras diferencias y admiramos en la otra lo que nos hace distintas. No es a ese tipo de personas coherentes a las que me refiero. Es a la frustrada que piensa que, tras adquirir como propio un principio políticamente correcto, lo desvirtúa, lo deforma hasta convertirlo en una caricatura y cree que ello le da un salvoconducto para manifestar su absurda sensación de estar por encima de los demás y proponer cambios radicales basados en una visión personal y falseada, avalada, habitualmente, por algún acontecimiento fortuito que jamás supone la norma general pero que se presenta como tal por su personalidad fanática.

 Quien me conoce sabe que tengo opinión casi para todo y, muchas veces, distintas opiniones para lo mismo. Yo no superé la fase esa en el instituto en la que, estudiando filosofía, dependiendo de quien tocara, te convencía. Estudiabas existencialismo, y veías la lógica. Estudiabas racionalismo, y veías la lógica. Yo veo los dos lados de la misma esquina (esto es de la Biblia, lo dice Salomón). Eso no ha favorecido mucho mi cordura pero me ha hecho bastante indulgente con pensamientos contrarios a los míos. Salvo cuando no los considero proporcionados o equilibrados. Os pongo un ejemplo: si a mí me preguntan si estoy a favor o en contra de las corridas de toros, os digo que a favor. ¿Por qué?. Porque estando en la Escuela de Práctica Jurídica en Alicante acabamos el curso acudiendo a la Feria de San Juan. Y me lo pasé pipa. El ambiente y la gente me parecieron tan diferente a cualquier otra cosa que creo que hay que preservarlo. Es un arte y. como tal, a veces se entiende y a veces, no. Los toreros que conozco personalmente me caen bien. No conozco a ningún toro personalmente pero no les odio (aunque prefiero no toparme con ellos en una solitaria pradera. Claro que es muy difícil que se produzca la concatenación de hechos necesaria para que yo acabe en una solitaria pradera). Una vez,  manifestando mi pena ante la foto de un torero al que le habían dado una cornada, una de esas personas tan elevadas me contestó: “Sinceramente, el toro tenía que haberlo matado”. Me dejó sin palabras, a mí, que tengo un trato: ellas no me faltan y yo las uso. La defensa de un ideal con tanta rabia contenida no es defensa, es venganza  y estrechez de miras. También me gusta el Foei. Y mato indiscriminadamente a los insectos (y, cuando no lo hago, es porque me desagrada más el ruidito asqueroso ese que hacen cuando los aplastas que el esperar a que desaparezcan). Los reptiles me gustan porque pasan de todo. No como caracoles porque son babosas pero he disfrutado cazándolos de niña, en el campo, los acechaba y los perseguía, con éxito siempre, debo decir. Tengo amigos cazadores, que baten algo más que caracoles, a los que quiero muchísimo (a mis amigos, no a los caracoles) y a los que un día pediré que me enseñen a disparar (si es que eso se puede pedir), aunque dudo que yo pueda matar a ningún animal. No hago el camino de Santiago porque soy incapaz de someterme voluntariamente a incomodidades. No creo en la anarquía. Prefiero una tarde de compras que una manifestación por la Paz Mundial (y ambas cosas tienen el mismo efecto en la Paz Mundial). Mis ideas no dan para escribir un libro y no pretendo cambiar a la Humanidad. Me encanta que existan personas desiguales, me fascinan las diferencias, entre niños, adultos, hombres, mujeres, izquierdas, derechas, pensamientos e ideas… enriquecen mi vida, lo que me descoloca es la imposición. Quizás estoy haciendo exactamente aquello de lo que me quejo, es posible que esté siendo absolutamente intransigente con aquellos a los que yo considero equivocados en las formas (y las formas son muy importantes para mí) y en la idea a defender pero, al menos, estoy abierta a considerar esa posibilidad..

Una vez, discutiendo con Hugo sobre una canción que estaba escuchando, afirmando yo rotundamente que era ruido y mi hijo, con la misma rotundidad, que era música, decidimos que Ariel fuera el juez en nuestra batalla. Sus palabras textuales fueron: “Los dos tenéis razón. Sólo tenéis distintas perspectivas. La música hace ruido. El atractivo de ese ruido es algo personal. Hugo, si a mamá no le gusta, ponte los cascos. Mamá, si a Hugo le gusta, con lo pesado que es, búscale algo bueno, aunque sea la letra porque, si no, lo vas a pasar fatal.”… Pues eso…

martes, 7 de agosto de 2012

Mi versión de un consejo.


Esta mañana me he encontrado a una amiga, está pasando un mal momento sentimental y me ha pedido consejo. A mí. Ay, pobre… Yo no puedo dar consejos sentimentales, soy un desastre, pero le puedo comentar un par de mis relaciones y quasi-relaciones que seguro que la consuelan, por comparación…

A ver, a mí me pasan cosas, desde siempre, desde jovencita… Mi amiga del alma (nombre cursi pero divertido porque ninguna de las dos es muy sentimental) siempre me ha dicho que un día seré noticia. El problema es que ella me ve más bien como carne de Telediario y no de “Cosas de Hollywood”.

 A grosso modo, recuerdo un San Valentín, cuando aún vivía con mis padres, en el que recibí siete regalos de siete chicos diferentes. Un disgusto en casa. Yo encantada. Mi madre piensa desde entonces que soy un pendón. Lo que nunca le he dicho es que creo que se acumularon todos el mismo año y luego han sido esporádicos o directamente inexistentes. Alguno de esos regalos aún los conservo, el resto me los comí.  A ver, no me malinterpretéis, que yo paso de San Valentín. Literalmente: paso de San Valentín, del santo en cuestión, del señor que murió achicharrado por empeñarse en casar a los amantes (que digo yo que Dios habría entendido la dificultad y tampoco hubiera pasado nada) pero de los regalos, las tarjetas y los detalles, no. Que me encantan. Cualquier día. (Yo también tengo detalles, que conste)… A lo largo de mi adolescencia y primera juventud (ahora voy por la segunda adolescencia, lo que fastidia mucho a mi hijo mayor ya que ha venido a coincidir con la suya primera, por lo que tenemos que hacer malabarismos con los horarios para poder salir los dos. Sospecho que mi hijo también piensa que soy un pendón.) he tenido varias serenatas (cuatro que recuerde), viajes sorpresa, telegramas contándome chistes para hacerme sonreir, mensajeros que me traían huevos kinder enviados por quien me rondaba, poemas, dramas, risas… Y eso que yo era tan tímida (y lo soy), que resultaba un pelín borde. ¿Por qué?. Pues porque cuando estoy nerviosa o me siento violenta, no filtro. Digo exactamente lo que pasa por mi cabeza (así me va). Recuerdo una vez que, tras mucho insistir, accedí a ir a cenar a Altea con un amigo. Yo estaba en los últimos años de carrera. Él era profesor recién titulado en una de las facultades de ciencias y, a la sazón, además de amigo, se había ofrecido a darme clases de squash, por lo que nos veíamos a menudo… Tú avisas, pero no te creen. Les dices que no hay ni habrá nada entre vosotros y creen que te pueden convencer. Así que ahí me tienes, en el summum del romanticismo de la Costa Mediterránea, en un restaurante con velas (yo feliz, que me favorecen mucho), tratando de no pedir un plato demasiado caro porque sabía que la inversión le iba a salir rana al muchacho. Conversación fantástica (una no puede evitar ser encantadora), coqueteo (una no puede evitar ser vanidosa), risas (una no puede evitar ser graciosa). Él, que confunde un pliegue de acero con una grieta en la armadura y propone ir a un lugar, por las vistas, dice. Ella (yo) que le propone mejor una copita en un sitio con mucha gente. Él que insiste. Ella que se empecina en que necesita escuchar música. Él que se pone a cantarle en medio del restaurante. A grito pelado. “Por debajo de la mesa”. El muy cretino. Ella que, de pronto, tiene unas ganas locas de ver las dichosas vistas, rogando para que el sitio sea muy elevado e imaginando dolorosos y efectivos modos de lanzar al aprendiz de ruiseñor… Salen y, en un mirador, observan el pueblo, con sus pequeñas luces, a sus pies, la negra noche llena de estrellas, los grillos haciendo lo que sea que hacen los grillos, el aroma del jazmín…

Él que la mira… Le sonríe… Se acerca… Inspira hondo.

Ella, que es miope… Lo intuye… Lo ve venir… Deja de respirar.

Él: “¿No es preciosa la vista?”.

Ella: “Preciosa.”.

ÉL: ¿No te gustan los grillos?.”

Ella: Son unos bichos asquerosos. Cucarachas con banda sonora.

ÉL. ¿Y el aroma a jazmín?”.

Ella. “Eso sí me gusta”.

Él (envalentonado): “¿No te hierve la sangre con esta luna tan inmensa?”.

Ella: “Eso va ser colesterol.”…

….

Duelo de miradas.

….

Él: “Cris, no es eso.”…

Ella: “¿Indigestión?”.

Él: “¡¡¡No!!!.”.

Ella: “¿Alergia?”.

Él: “No, Cristina, no… ¡¡¡La Luna, es la Luna!!!”.

Ella: “¡¡¡Licantropía, entonces!!!”…



Ni que decir tiene que no hubo copa, ni música y que sigo sin saber jugar al squash pero hay que sacar dos conclusiones de esta historia, las dos se las ha de aplicar mi amiga:

1ª.- Chicas del siglo XXI (es que lo anterior sucedió en otro siglo): cuando un chico os diga que no quiere nada serio, creedlo. Cuando os diga que no os quiere, creedlo (si, a veces, cuando os dicen que os quieren, no lo hacen, imaginad cuando lo niegan). Nos vamos a ahorrar disgustos, pañuelos de papel y varias intoxicaciones etílicas. Esto último es muy importante porque puedes acabar, en medio del vaho alcohólico, dándole tu teléfono a quien no debes y, cuando te des cuenta y le digas que no te interesa, no te va a creer, va a insistir y volvemos a empezar (iba a poner: “y nos mordemos la cola”, pero hay mucho mal pensado suelto)…

2º.- Nunca vayas a cenar con tu profesor de squash (léase pádel, tenis). El mundo podría perderse a una gran campeona por una decisión amable... De este segundo punto he de confesar que yo ya no tengo la presión: a finales de mi primera juventud, entrando ya en las dos horas de madurez que me tocaban, decidí dedicar mi vida al glamour, así que, hasta que Pura López no diseñe zapatillas de deporte y convierta el ejercicio en algo muy, muy estiloso, no pienso dedicarme profesionalmente a ganar medallas…