Siempre he sido afortunada y no en el sentido convencional. Las bondades en mi vida llegan tras un camino extraño y, en numerosas ocasiones, tortuoso, divertido, intenso. Nunca sé dónde me va a llevar pero siempre me encuentro con una meta impredecible y positiva. Ahora , esos avatares fascinantes me han convertido en futbolera. Yo. La de las lentejuelas. La de los tacones imposibles. Soy futbolera. Y he aprendido a serlo de la forma más entrañable y profunda, de la única manera en la que alguien como yo podría convertirse en una aficionada al fútbol, a un equipo concreto. Mi Elche. Mi emoción cuando los veo no ha ido de fuera a dentro. Se ha producido al revés: les he cogido cariño, he entrado en su mundo y luego me ha importado ver el producto de esa mezcla heterogénea de personas, que no se limita a los partidos, es también lo que existe antes y después de cada partido.
A estas alturas, más de uno sabe que soy el letrado interno del Club (porque externos hay otros, grandes sabios y compañeros inmejorables. Unos caballeros). También es conocido mi despiste, que alcanza cotas de leyenda: no sé quien es quien, confundo a futbolistas con becarios y llegue a preguntar a los diez minutos de empezar un partido si eso era ya el juego o calentaban, unos contra otros, un ratito, como en el pádel... Y, mal que les pese a los que buscan bronca, salí elegida tras una selección (que no digo yo que fuera la mejor, nunca conocí al resto, pero ya anuncié al principio que soy afortunada) y no existe persona alguna en el Elche a quien me uniera una amistad previa. Así que era imparcial. Y con esa imparcialidad creé mis grandes filias y mis pequeñas fobias, que de todo hay.
Yo viví el ascenso a Primera División desde la satisfacción que me producía ver a personas a las que acababa de conocer pero que empezaba a apreciar muchísimo ser tan felices. Me daba energía observar a los trabajadores del Club vivir la victoria tras haber hecho (ellos, que no yo) jornadas maratonianas y esfuerzos dignos de ser contados por poetas griegos. Fui feliz siendo testigo de la felicidad genuina y sencilla de los aficionados. Y luego, me enamore del Elche. No fue un flechazo. Y por eso ahora lo quiero de corazón, con sus defectos y sus virtudes, porque vi cada pequeño detalle, negativo y positivo, y me cautivó. Su imagen real, no una idealizada por la flechita de Cupidito (ya se sabe lo peligroso que es dejar un arma a un niño sin supervisión, y si es tan cursi como éste, peor).
Y es desde esa perspectiva peculiar y muy personal desde la que escribo indignada e infinitamente orgullosa. Indignada de que no pase nada, de que en el mundo del fútbol un árbitro sea intocable, de que no hayan medidas para corregir errores de millones de euros. No lo entiendo... Mi familia es más de tenis, y digo mi familia porque yo, más que a Navratilova, me parezco en la pista a Pávlova bailando El Lago de los Cisnes: una pierna por aquí, una mano por allá... (vale, si, en realidad me asemejo más a un pato amigo del cisne que a la bailarina pero es mi versión y lo cuento como quiero). Allí hay más rigor (en el mundo del tenis, no en el estanque de los patos). Y que nadie me diga que es parte del espectáculo porque también lo era, en su momento, que los leones se comieran a pobres guerreros en el Circo Romano y eso acabo fatal. ¿Por qué no hay un mayor control sobre las capacidades de quienes imponen las normas en el terreno de juego?. Hoy no nos merecíamos perder pero, sobre todo, no nos merecíamos el trato. No nos merecíamos la burla. Lo hemos visto todos. Todos. Nosotros y ellos. Menos él. Yo sé y defiendo que la realidad es relativa pero no tanto... Curiosamente, la indignación me ha dado alas para sentirme orgullosa del equipo (apunte: ya sé quien es quien. Más o menos. Bueno, la mitad. Paciencia), de nuestro entrenador, noble donde los haya, de todos mis compañeros que pelean cada detalle y la mayoría (uno o dos se nos escapan) con un humor divertido y, muchas veces, ácido y, también, de quienes tienen el poder y la obligación de decidir en el Club, porque, aunque las críticas son más sencillas que los halagos, esto no es una ciencia perfecta y siempre habrá alguien descontento pero el solo hecho de decidir y asumir esa responsabilidad los hace valientes y son, me consta, personas cercanas e inteligentes. Y un toque para las conciencias reaccionarias, en general: cada supuesto fallo al que se le hace alaracas viene avalado con miles de aciertos a los que no se le hacen palmas.
Yo tuve un profesor en la Universidad que nos dijo el primer día: "Todos ustedes tienen mi
respeto. ¡¡¡Ay de aquel que lo pierda!!!". No ha habido honor en el arbitraje de hoy. Ese señor de negro ha perdido mi respeto, el cual, estoy segura, a él le importa un bledo pero a mí decirlo y escribirlo me deja más a gustito.
jueves, 26 de septiembre de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
Canallas y descafeinados.
De
todos es sabido (por publicaciones en Facebook) que no soy partidaria de esa
igualdad de laboratorio por la que aboga la masa. No soy feminista, ni
machista, pero prefiero un bombero a una bombera y una esteticista a un
esteticista. Todo ello, que conste, desde el mundo de las ideas (porque si se
me incendia la casa y me rescata la abuelita de Piolín, no seré yo quien ponga
pegas). Hay cosas para las que estamos más preparadas naturalmente nosotras y
otras que son más sencillas para ellos. Y el que discuta eso, es un memo. Se
confunde lo comparable: por ejemplo, no se es más o menos inteligente por ser
chico o chica, la inteligencia es la suma de muchas cosas pero no se encuentra
entre ellas el género, es la habilidad para determinadas actividades la que
viene definida por ese género. Y se acabó la discusión. A partir de ahí,
sentirse ofendida, entre otras cosas, porque se hable en el masculino plural es
una soberana estupidez. Recuerdo una vez
que iba a cenar con un chico. Como siempre, yo iba hablando (y, como soy chica,
además estaba concentrándome en caminar con salero, pensando en si llevaba las
llaves, apuntando mentalmente llamar a una amiga…). Al llegar al restaurante,
enfilé con paso decidido hacia la puerta, levanté altivamente la cabeza para hacer
una entrada triunfal, sonreí de medio lado a mi acompañante y me estampé de la
forma más dolorosa, sonora y ridícula que puede estamparse una persona contra
una puerta de cristal… Y yo la había visto, que conste, pero dí por sentado que
el muchacho iba a abrírmela… Sí, sí, lo
que casi se abre es mi cabeza… Lo malo es que no es culpa de ellos.
Somos
más chulas que un ocho y, aunque puedan sospechar que no es más que una
fachada, ellos se ven en la obligación de aparentar que nos apoyan en esas
reivindicaciones y actuar en consecuencia. El temor a insultarnos siendo
excesivamente caballerosos ha dado lugar a un “colegueo” que, desde el punto de
vista de la amistad, es muy loable pero que, aplicado a tu pareja y/o
pretendiente (que hay quien tiene las dos cosas) es muy poco sexy y nada
estiloso.
Los
despistamos. Los dejamos perplejos. Y, si no consentimos que nos cuiden (lo
necesitemos o no), algunos acaban cuidándose a sí mismos y caen en el extremo.
No les permitimos ser hombres y corremos el riesgo de que alguno se nos quede
descafeinado. Que tu amorcito sea el que más tarde en arreglarse de los dos, no
es normal (salvo que se esté vistiendo de romano para las fiestas locales y
siempre y cuando tú no vayas de lagarterana). Que, una vez arreglado, su pelo
luzca mejor moldeado que el tuyo, no es normal. Y algo novedoso: que lleve más
escote que tú, con un bronceado perfecto y más terso de lo que lo has tenido tú
nunca (ni siquiera durante tu adolescencia), no es normal… Lo pobrecillos
invierten todo ese primitivo instinto protector en sí mismos porque no
encuentran receptoras agradecidas y, claro, en el momento exacto en que el
Universo decide que tengas un ataque de femineidad y necesitas sentirte mimada y protegida, los
pillas desentrenados y son absolutamente incapaces de darse cuenta de que has
pasado de leona, que caza y cuida a los cachorros mientras el rey de la selva
se queda descansando para no despeinarse (los del National Geographic pueden
decir misa: ese el motivo real) a gatita abandonada…. No es egoísmo: es
costumbre. Yo aconsejo pedirlo directamente y no tener esperanzas de que se
percaten ellos solitos (claro que alguno, aunque se lo digas, puede sospechar
que es una trampa para descubrir si realmente te considera objeto de cuidados y
se bloquee)…
Chicas,
lo estamos haciendo fatal: por ir de superwoman acabamos nosotras subiendo las
bolsas de la compra, montando los muebles de Ikea, lavando el coche, colgando cuadros… Si fuéramos un poquito más
listas, ensayaríamos en el espejo el hacer “ojitos”, el movimiento de pestañas,
el suspiro halagador. Si estuviéramos al resultado, sabríamos que da igual lo
que piense el pobre peón, no importa que se crea más fuerte, al final, nos
habrá ahorrado un esfuerzo innecesario… Nosotras sabemos que somos competentes
y, de vez en cuando, para demostrarlo, podemos hacer un alarde de nuestra
habilidad, pero el verdadero superpoder está en nuestra gran capacidad de
inocente y suave "manipulación", con clase, con elegancia, sin dar pena.
Nos
vamos quedando sin hombres de verdad. Esperamos que sean sensibles y luego les
perdemos el respeto cuando se pasan de impresionables. En realidad, basta con
que sean comprensivos, es enriquecedor que nos den su visión masculina de las
cosas (muchas veces más sencilla y, por ello, tal y como dijo Ockam,
probablemente la correcta), no tienen que exagerar en su empatía: si él llora
con una peli, puede parecernos tierno; si llora con todas las pelis
susceptibles de lagrimitas, es un blando. Siempre… Lois Lane se enamora de
Superman, no del panoli de Clark Kent (y eso que el mismo Superman roza la
cursilería); en el Fantasma de la Ópera, yo habría elegido al fantasma;
prefiero mil veces ser atacada por un vampiro de True Blood que por uno de
Crepúsculo (y eso que a éstos últimos puedes usarlos de lamparita de ambiente,
a poco que les dé un rayito de sol)… Todas las mujeres han deseado, en algún
momento, que su enamorado tenga un arranque prehistórico, una vena canalla: el
Príncipe tiene que luchar contra los dragones y rescatar a la Princesa. Estaría
feo que la Princesa
le diga: “Oye, que si no salgo es porque no quiero. Soy muy capaz de salvarme
sola. Y, por favor, una vez que lo haya hecho, no me bajes el puente levadizo,
que ya puedo yo….” Eso es lo que dice pero, si es una verdadera Princesa, no es
eso lo que quiere… Y peor estaría que el Príncipe le grite al torreón: “ Guapita,
que como tengo claro que tú puedes, ya te espero aquí, que no se ensucie mi
caballo blanco”… Y los que dudáis, recordad que todos encontramos lógico que
Fiona eligiera a Shrek….
martes, 30 de abril de 2013
By the Face...
Odio
los cartelitos con mensaje. Y las frases hechas. Y que me manipulen. Y,
últimamente, Facebook es un compendio de todo ello. Horrible. Hace un año,
cuando entraba en el “Face” me encontraba con cotilleos interesantes, de
cosecha propia. Unos más inteligentes que otros, unos divertidos, otros
tristes, alguno muy ingenioso y otros muy cursis. Pero que te decían algo de la
persona que los escribía. Ahora, cada vez que entro, me encuentro con
cartelitos sobre tres temas básicos: política, autoayuda y amor.
Voy
a empezar a denostar el más fácil: la política. Hasta las narices estoy de las
generalizaciones, de que la masa permita que se le trate de incapaz con tal de
no admitir sus errores. Los mismos que no asumen su parte de negligencia a la
hora de firmar hipotecas imposibles sin leerlas (ni escucharlas, que el Notario
te las cuenta) me vienen a decir a mí que una anarquía desvaída (léase, con
toda la intención, escarches) aporta cualquier cosa positiva a la situación
económica nacional. Ja. Más bien entiendo que algún idiota con sueños de
grandeza quiere embrutecernos a todos para disimular su propia estupidez. Hay
políticos corruptos y políticos que no. Y existen problemas de difícil solución
e, incluso (¡¡Oh, sorpresa!!), existen problemas sin solución, pero, antes de
tirar al capitán del barco, habrá que estudiar si hay otro más capacitado para
el cargo y, sobre todo, si quiere asumirlo. Y tampoco podemos dejarles todo el
trabajo a ellos. Si empezamos a asumir nuestros deslices en lugar de dedicarnos
exclusivamente a señalar a los sinvergüenzas que se han aprovechado
económicamente de su puesto, validando nuestros pequeños delitos por
comparación (venga, ¿quién no ha pirateado música, libros?, ¿quién no ha
cobrado alguna factura en negro?), empezaríamos a cambiar las cosas desde abajo
(los cimientos, ¿recordáis?, lo importante). Y no digo que dejéis de hacer
facturas en negro o de bajaros música, lo que digo es que no todo vale y que hay
un límite a la rebeldía que pasa por el respeto a la integridad física y moral,
y deslegitima el intrusismo feroz en la intimidad de cada personaje público.
Ahora
lo que más noqueada me deja: los mensajitos de autoayuda. A ver, chicos, hay
gente que se convierte en un peligro si la animas. El “Porque tú lo vales” está
muy bien, salvo porque a veces no lo vales. El “Eres único en el mundo, no hay
nadie como tú. Eso te hace especial para el Universo.” puede ser hasta una
verdad cósmica, pero el que alguien sea único y especial no lo hace bueno… En
ocasiones das gracias porque sólo exista una unidad de ese espécimen. No todo
lo especial es mejor. Se puede se especialmente ganso, o especialmente
insoportable. Lo de “No te rindas. Si el Plan B no funciona hay 27 letras más
en el alfabeto”, es muy positivo pero yo desistiría antes de llegar a la “D” de
Desastre. ¿Habéis oído hablar del “tonto motivado”?. Hay personas a las que no
se debe alentar porque la catástrofe está asegurada. “Tú puedes. Tú
puedes”. Y llega el batacazo. Y mi
favorita: “Lo importante, lo que te da la felicidad no es alcanzar la meta,
sino el camino que recorres para llegar a ella””. El que ha dicho semejante
tontería no me ha visto a mí en el gimnasio: mi meta es ponerme estupendísima
(”Cris, tú puedes, tú puedes…”), el camino es hacer deporte. Después de cargar con
la bolsa de la ropa para arriba y para abajo, cambiarme en un vestuario lleno
de niñas fantásticas, tener que mirarme al espejo mientras salto y brinco, sin
garbo ninguno, sudar y ponerme colorada, destrozarme el pelo para el resto del
día, soportar que la ducha me ataque, darme cuenta de que acabo con hambre
canina, sufrir dolores musculares porque no sé hacer correctamente ningún
ejercicio,… después de eso, si alguien me habla de una ONG que realiza
operaciones estéticas gratuitas me postulo como beneficiaria y que le den a los
olores, los sudores y los esfuerzos. Paso de disfrutar el camino en burro, me
voy en vuelo express y ya veré las fotos del paisaje en Nacional Geographic…
Y
por fin llegamos a lo más tierno: los mensajes de amor y desamor. Ufff.
Situémonos: partiendo de la base de que las ostentaciones de amor públicas me
parecen muy, muy cursis, el hacerlo a través de cartelitos dedicados lo
convierte en cursi y poco original, dos pecados graves. ¿Qué tú quieres mucho a
Manolo?. Pues le dices: “Manolo, te quiero.”. Ya nos hemos enterado todos y
podemos superarlo. Como ese “Manolo, te quiero.”, vaya acompañado de una foto
de los osos amorosos, con un arco iris precioso, una rosa sin espinas, una nube
de algodón y un lazo a través del cual se puede leer: “Y mi amor será eterno
porque nace de los dioses.”, tú, Manolo, los osos y los dioses habéis pasado a
la categoría de cursis perniciosos. Eso sin contar que quizás, en un mes, los
osos se han convertido en salvajes, los dioses son tipo Hades y Manolo se
merece un “Me dejaste pero nunca podrás olvidarme”. Y todos sabremos que te ha
dejado... El amor de verdad es bonito, divertido, exultante y, sobre todo,
personal. Privado. Íntimo. Subjetivo. Facebook no es el medio para manifestarlo
con boato: aunque te parezca imposible, se puede acabar y todos, todos, vamos a
ser testigos. Una antigua agregada mía de una red social escribió, dedicándoselo
a su pareja: “Si quieres saber cuánto te quiero, cuenta las estrellas del
cielo:…”. Al poco tiempo, me la encontré por la calle, le pregunté por su vida
(la real, que la del Face me la sabía) y me contó que estaba con un chico pero
que, de repente, dejó de llamarla para hacer cosas juntos y que no le atendía
el móvil cuando lo telefoneaba para ir a comer o al cine, que únicamente
recibía mensajes suyos a altas horas de la madrugada, a los que ella no
contestaba porque pensaba que sólo “eran para lo que eran” y que no entendía
nada. Intenté ser discreta pero no pude evitar decirle “Nena, ¿no le mandaste a
contar estrellas?... Tendrá el horario cambiado…” Por si no lo sabías, no todos
tus contactos de las redes sociales son tus amigos. Sé más prudente. Y esa
prudencia a la hora de demostrar tu amor la tienes que elevar a la máxima
potencia cuando se trate de manifestar tu desamor. Las frasecitas esas del
tipo: “Te darás cuenta de cuánto valgo cuando sea tarde”, “Nuestro amor fue tan
fugaz, que lo vio una estrella y pidió un deseo” (es que las estrellas dan
pa´tó), “Fui lo mejor que te pasó pero no supiste cuidarlo”, “El que no te
valora hoy, mañana te extrañará””…. Ay, que risa…. Si te dejan, bonita, da
igual que seas fantástica, lo mejor, un espectáculo: te han dejado. No muevas
un dedo para escribir NADA sobre él. Al igual que cuando estabas enamoradísima
podía cambiar la situación, cuando ésta ya ha variado, puede retornar el cariño
y está feo que dejes escritas ciertas cosas. Pero, en cualquier caso, él (o
ella) no es malo por no quererte. Es la vida, asúmela. Si estás triste, que sea
en privado, con tus personas de confianza, pero no lo publiques y no para que
así tu ex se sienta fatal al creer que te da igual la ruptura (porque,
desengáñate, si ha roto contigo, no saber de ti es un alivio que le evita
problemas de conciencia), sino porque dentro de un tiempo no te reconocerás en
esa persona derrotada y podrás tratar de olvidar esa fase, cosa mucho más
difícil si has proyectado esa imagen en personas que sólo conocen lo que
informas en tu página. No compartas con cualquiera las penas. No es elegante y
no es sano. Y, sobre todo, no demonices a quien te quiso y a quien quisiste,
debes recordar que no siempre eres la dejada, otras veces abandonaste tú y
seguro que, en cada una de aquellas ocasiones, tenías tu justificación, tu
versión del tema. Reitero una anécdota de Ariel: estábamos una amiga mía, a
quien había abandonado su novio, y yo en casa, tomando un té y charlando sobre
ello. Mi hijo estaba sentado cerca de nosotras. Ella dijo en un momento dado:
“Decía que me quería, que era la mujer de su vida, Y era mentira. Eso es lo que
me duele: que me mintiera”. Ariel, sin despistarse de lo que estaba haciendo,
comentó: “Pues no te agobies. A lo mejor, cuando te lo decía, lo pensaba. No te
ha mentido, puede que sólo haya cambiado de opinión”…
Voy
a hacer una “especial” mención (¿veis?, un ejemplo donde lo especial no será
positivo) a las publicaciones en cadena que empiezan con un “Seguro que estás
muy ocupado y no le darás a Me Gusta..”… De verdad que me hace gracias esa
manipulación tan pueril… Me contengo para no comentar: “Estoy muy ocupada para
darle al Me gusta pero puedo hacer un hueco para darte a ti si te veo”…
No
sería justo meter a todos los cartelitos en el mismo saco. Hay algunos muy
ingeniosos. Hay chistes buenísimos. Ironías políticas brillantes. Otros que informan
estupendamente. Algunos curiosos… Como siempre, no pretendo más que plasmar una
caricatura de lo que pienso, sujeta a miles de excepciones y salvedades. Y
seguro que todos aquellos que estén disconformes conmigo tendrán razón. Como
yo. Me encanta que todo sea relativo…
jueves, 25 de abril de 2013
Veritas Veritatis.
Hay
gente que me cae mal, fatal. Porque sí, sin motivo ni razón aparente. Personas
buenas y entrañables que, por eso mismo, consiguen que me caigan peor ya que me
siento muy culpable por la falta de química. Luego hay otras que detesto sin
paliativos, sin sentimiento de culpa, regodeándome en la animadversión: las
personas que van con la verdad por
delante… Hablo de aquellos que empiezan las frases jactándose de sinceridad:
“Mira, te voy a ser sincero/a…”… Tú y yo sabemos que lo siguiente que nos va a
dar es un disgusto. Enorme. Pero, como ha empezado con un grandilocuente anuncio de veracidad, no nos defendemos… Y
acabamos siendo heridos por unos maleducados. Porque eso es en lo que se
convierten ciertas verdades cuando se muestran desnudas: en mala educación. Si
la verdad es bonita, puede presentarse sin artificios pero las verdades
incómodas hay que maquillarlas, suavizarlas y esconderlas si hace falta. Y el
que te lanza cruelmente una verdad horrorosa no es un amigo queriendo que abras
los ojos, es, en el mejor de lo casos, un morboso que va a regodearse con tu
cara de susto…
Eso
sí, debemos distinguir esto de los sarcasmos y las maldades que se le dicen a
quien no soportas. No soy partidaria de la violencia, ni verbal ni física, pero
una buena puya inteligente e irónica es como el aire que escapa de una olla a
presión: necesario para no explotar. Recuerdo una vez que una persona a
quien no conseguía caerle bien me dijo, tras preguntarle yo porqué me miraba
tan fijamente: “Es que soy un perfeccionista. No quiero que los dioses se
confundan de víctima, necesito que la muñeca de vudú se parezca lo más posible
a ti”… Y que conste que me lo dijo con rabia…. Es malo pero ingenioso y lo
prefiero a un bueno simplón… Claro que la respuesta de otro de los comensales
de aquella cena a esas palabras fue: “Ahórrate trabajo. Coge una Barbie y
quítale tetas…”. Y se supone que ese me apreciaba….
Recordáis
aquella frase de “La verdad hay que presentarla en bandeja de plata”. Pues yo
añadiría un acompañamiento de pastelitos y sándwiches de pepino con hummus
(probadlo, qué rico: no hay nada cómo una nevera en las últimas para crear
nuevas combinaciones).
Y,
sobre todo, hay que preguntarse si es ineludible que el destinatario de la
verdad la conozca. Yo admito que soy de las que prefiere tener toda la
información pero también es cierto que, como fiel forofa del optimismo (a veces
tropiezo pero lo intento), normalmente trato de sacarle partido, lo cual
se hace más difícil cuanto más cruda me
la han presentado. Se puede cambiar el curso de una vida con una verdad
malintencionada, por muy real y cierta que sea.
¿Qué
necesidad hay de ser desagradables y cobardes?. ¿Por qué hay que vanagloriarse
de decir las verdades a la cara cuando, en realidad, estamos escondiéndonos tras
una falsa imagen de buena voluntad?.
Conozco
gente fea, pero fea de verdad, por dentro y por fuera. Pero no se lo digo.
Conozco gente absurda, inculta. Pero no se lo digo. Conozco gente pedante y
altanera. Pero no se lo digo. Si puedo, la evito y, si no tengo esa suerte,
soporto esos momentos y me doy por perdonados varios pecados, veniales o
capitales, dependiendo del tiempo de penitencia que no logre evitar. ¿Eso hace de mí una hipócrita?. Yo creo que me
hace una superviviente ya que estoy convencida de que su idea sobre mí puede
ser tan mala como la mía sobre ella, y quien levante la veda va a desencadenar una
tormenta perfecta y maloliente.
Cuando
alguien me diga: “Lo siento, te lo tengo que decir aunque no te guste. Es que
si no te lo digo, reviento.”, voy a contestar: “Me parece bien. Revienta”.
¡¡¡Qué cansinos, por Dios!!!. Ese tipo de gente hay que evitarla. Ese tipo de
personas son unos pesimistas. Siempre. Porque el optimista sabe que
insuflar a los demás ánimo facilita a
uno mismo la terrible tarea de ver el lado bueno de las cosas.
Yo
pienso pasármelo bien en la vida y las penas y problemas que pueda tener
vendrán del Destino pero no a través de personas malévolas.
Y
si alguno tiene tentaciones de convertirse en un sincero sin escrúpulos, debe
recordar que todos tenemos nuestras miserias y algunas de ellas son visibles
pero que los demás tienen la clase suficiente para no evidenciarlas, cosa que puede
cambiar si vamos por el mundo ofendiendo con nuestros alardes de veracidad.
Cada
uno debe tener claro a quién se enfrenta y no dejarse amilanar ni
humillar por esos infelices. Tendremos que disfrutar de nuestros fallos y
presumir de ellos, porque es lo que nos hace divertidos e interesantes. Una
persona sin mácula es previsible y, por ello, un tostón. Hace poco, estaba fardando
Hugo de sus virtudes y le preguntó Ariel. “¿Qué pasa?. ¿Te crees el mejor?.”.
Hugo le replicó: “No. Pero tengo el toque justo de imperfección para ser
perfecto”. Prometo que lo mismo le contesté yo a mi hermana, en una situación
similar. Fíjate si lo tengo claro...
miércoles, 2 de enero de 2013
Memoria, coherencia y quejicas: tiempo al tiempo.
Hoy le he dicho a mi hermana que
me chive algún tema sobre el que escribir un Blog. Ella me ha respondido:
“Sobre lo maravillosa que soy.”. A mi vez, yo le he contestado: “Lleva
cuidado…”. ¡¡¡Ea, pues voy a hacerlo!!!.. Bueno, más o menos: voy a hablar de nuestra
infancia, hilándolo sutilmente (tan sutil que lo digo por si no os dais cuenta)
con las fechas en las que estamos, en cuanto al avance del tiempo y la llegada
del Nuevo Año.
Yo soy la hermana mayor, buena,
responsable, educada y abnegada. Ella es la hermanastra mala, digo, ella es la
hermana pequeña… Por situaros.
Cuando éramos niñas, había que jugar sin
mecanismos complicados. No podías conectarte a Internet y estar en continuo
trasiego con tus amigos, así que tu hermano se convertía en tu amigo/enemigo
casero. En mi caso, éramos adictas a las Nancys. Yo ya apuntaba maneras y me
dedicaba casi exclusivamente a cambiarles de ropa. Las pobres no tenían excesiva
vida social. Como mucho, entre tanto cambio de vestuario, les daba tiempo a
tomarse una coca-cola con Lucas o un té rápido con Lesley. Cuando no estaba
vistiendo a mis muñecas, estaba disfrazándome yo o maquillando una careta de un
juego de la Señorita Pepis …
¡¡¡Qué bonito e inocente!!!, pensaréis… Sí, sí… Me río yo de los que acusan a
los videojuegos de favorecer las conductas violentas en los niños de hoy en
día… Nancy, Lesley, Lucas, Señorita Pepis: eso que suena tan ingenuo provocaba
unas peleas entre nosotras cuya onda expansiva habría hecho que Walking Dead se
quedase en el capítulo piloto por aniquilación de todos los zombies. Menos mal
que, en aquella época, no se llevaba lo de Servicios Sociales pero es que
tampoco hacía falta: estaba tu padre (el mío en este caso). No hablaba: nos
miraba... oblicuamente. Notabas como subía el tono de su piel a un rojo pasión
que te indicaba peligro inminente. Enmudecías (porque una buena pelea requiere
una banda sonora, muy sonora y, en los minutos previos a la entrada del adulto en
cuestión, habías elevado la voz a cotas que habrían sido la envidia de Pavarotti).
Y, durante unos segundos, esperabas que no hubiera escuchado los insultos que
os habíais proferido a voz en grito,. Pero los había oído. Alto y claro. (Él y
la población ilicitana en un radio de cinco kilómetros). Y, para contrarrestar,
te susurraba el castigo, flojito (tipo serpiente de cascabel) y tú lo acatabas…
Como ahora. El mismo respeto: la última vez que reñí yo a mis hijos porque
discutían, se miraron el uno al otro, y mantuvieron esta conversación, ante mi
: “¿Nos está riñendo?.” “Sí. Está mona cuando se enfada, ¿eh?”.”Se le ve más
rubia.” “Eso es por el contraste. Está colorada”…Colorada y ojiplática.. Si
esa escena la hubiéramos reproducido mi hermana y yo ante mi progenitor, le da
una apoplejía…
Yo no
soy de las que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. De hecho, no tengo
muy claro si eran tiempos más inocentes o más ignorantes. O si la inocente e
ignorante era yo. Hay cosas que no
habría cambiado. El precio del pan, por ejemplo. Y me explico: hoy he ido a comprarlo. Eso en sí ya debería ser
noticia porque las labores cotidianas y yo no nos llevamos bien. Me he agenciado tres panecillos minúsculos.
1.80.- €. Y me he ido tan feliz. Pero mi felicidad es como aquella del
extranjero al que le dices: “¡¡¡Vaya cara de empanao que tienes, so guiri!!!”,
mientras le sonríes y le das golpecitos
amistosos en el hombro (yo nunca lo he hecho, pero me lo han contado)… Oye, ha sido
traducirlo e indignarme: ¡¡¡Trescientas pesetas!!!... Lo de “La espiga de Oro”
va a ser verdad… Pero hay otras cosas que han evolucionado hasta hacerse
maravillosas: los wonderbra (pura ingeniería), poder comprar por Internet cosas
glamourosas y fantásticas con atención personal (Pura suntuosidad. Mi
preferida, con diferencia: www.divavanitas.com.
Un vicio), las bebidas energéticas (pura
adrenalina), los microondas (pura brevedad), las carreteras (pura comodidad),
los móviles (pura comunicación), los zapatos cómodos de tacón imposible (sólo si
son de Pura, claro)…
Y hay mil
cosas que se mantienen inalterables: las chuches, las calles del Monopoly, los
Peta-Zetas (no sé si incluirlos como chuches, como condimento culinario o como
material explosivo), los bolis BIC, las pipas, el chocolate con churros, el Pan
Arabo de Trento, la Catedral
de Burgos (digo yo)…
Sentir
nostalgia del Pasado es humano, más que nada porque ha sido una época que hemos
sufrido, disfrutado y superado y el Presente y el Futuro son incertidumbres que
sugieren el miedo a lo desconocido, mezclado, eso sí, con la expectativa de
cambios positivos. En cualquier caso, emocionante. Es cierto que yo soy
optimista por vocación (que no por naturaleza: que conste que he trabajado
mucho la visión alegre de las cosas porque creo firmemente que es cuestión de
práctica) pero mis conclusiones están basadas en hechos. Hay crisis, pensaréis
más de uno. Lo sé. Pero también sé que
la mayoría de quienes leéis esto tenéis móvil con wifi (y puede que más de
uno), y wifi sin móvil, y tablet, y ordenadores, y aire acondicionado, y gas
natural, y todas las consolas del mundo, fijas y para llevar... No es lo mismo no
llegar a fin de mes sin caprichos que no llegar con gastos de rico. Menos
quejas y más coherencia. Y no es coherente ver en el mismo muro de Facebook
cartelitos (esos cartelitos me van a dar para otro blog con muchas, muchas
aristas) lamentando la crisis,
reivindicando medidas anárquicas, junto con fotos celebrando comidas familiares
en el chalet , brindando con cava del bueno (eso lo he visto yo). No es que
esta crisis sea peor que otras a lo largo de la Historia , es que somos
más blanditos (yo la primera). Esta crisis limpiará costumbres insanas y dejará
al descubierto a negligentes con capacidad de mando (o incapacidad de mando, si se prefiere, pero con oportunidad de ejercerlo). Y, a poco que seamos medianamente
congruentes, saldremos mejorados. Regodearse en el barro nos ensucia. Hay que
salir del charco, ver con perspectiva sus dimensiones y empezar a drenarlo,
secarlo y limpiarlo. Empezando por los barrizales propios. Y, si no se sabe
cómo, se pregunta al que le va bien (y con “al que le va bien” no me refiero al
que tiene medios económicos sino al que se le ve contento, feliz o,
simplemente, tranquilo, tenga o no tenga dinero). Y que quede claro que soy
consciente de que es mucho más fácil estar contento, feliz o tranquilo con
dinero que sin él pero que, si éste falta o no es suficiente, también es
posible, manteniendo esa perspectiva imparcial a la que hay que aspirar. Todos
a leer “El Arte de la Guerra ”,
del chino ese (que nooo, que es de Sun Tzu… Es que la rubia que llevo dentro
quería manifestarse). Y si no sacamos ningún provecho de esa lectura, al menos,
en el tiempo que has invertido en leerlo, no has hecho gasto (¿veis?: actitud
positiva)…
Así que
ya sabéis mi opinión: es bonito acordarse con cariño del pasado siempre que eso
no te impida disfrutar de las fantásticas cosas que tiene el mundo actual y
trata, cuando cuentes batallitas de otros tiempos (aunque sea de antes de ayer), de hacerlo con
un toque de anécdota que compense la diferencia que seguro existe entre lo que recuerdas
y lo que realmente ocurrió.
Sin
minimizar la crisis, acordaos de que todo es relativo. Os reitero (anteriormente
fue por Facebook) lo que me sucedió una vez con mi hijo pequeño: estaba muy
preocupada por un problema al que no le veía salida. Ariel estaba junto a mí, ambos
sentados en el sofá que hacía “L”, cada uno en un ala, en ángulo de 90º (no se
me ocurre otra forma de explicarlo), me hablaba y no le escuchaba. Cuando se
dio cuenta de que yo estaba en mi mundo fangoso, me preguntó sobre lo que me
ocurría. Le dije que tenía dificultades para encontrar la solución a un dilema.
Me miró, se acercó a la mesa que estaba ante nosotros, cogió un folio y dibujó un 8. “¿Qué ves?”, me cuestionó el sabiondo.
“(Ésta me la sé, pensé yo). Un ocho”, le contesté. “Pues yo veo un infinito. Es
cuestión de cambiar la perspectiva”…
Estrenamos
año, eso es inevitable. Estrenar perspectiva es una opción. Yo creo que la
buena, si hemos sido de los quejicas…
martes, 4 de septiembre de 2012
Nacida para aplaudir...
“¿Tú
tienes hobbies?”, me preguntó un chico hace poco. “No, yo soy más de elfos”, le
contesté… Confieso que recurrí a la gansada porque nunca sé que contestar a esa
pregunta. Las musas no se han acordado
de mí. O a mí me parecieron un grupito de mujeres muy monas y bien vestidas y
decidí evitar la comparación haciendo cola para entrar en la fiesta de Baco. No
tengo recuerdos nítidos de aquella época (señal de que me dejaron entrar en la
fiesta de Baco). Os lo voy a probar, con tres ejemplos.
Euterpe,
musa de la música. Directamente, no sé cantar: cuando eran pequeños,
mis hijos me decían: “Por favor, mamá, no nos cantes una nana. Te prometemos
que nos dormimos.”. Me lo decían con terror. Aprendieron a hablar a los pocos
días de nacer, hasta ahí llegaba su necesidad de hacerme comprender la tortura
involuntaria a la que les sometía. Lo malo es que debería haberlo sabido sin
necesidad de llegar a esos extremos: ya en el colegio era la única niña exenta
de música (no de gimnasia, que era lo habitual en las exenciones maravillosas).
La razón de mi salvoconducto fue un examen de flauta. Teníamos que tocar Noche
de Paz. Yo no la toqué, yo la soplé: tarareaba la canción insuflando aire a la
flauta, con lo que el instrumentito pitaba y la melodía la creaba yo canturreando.
Al terminar, más feliz que unas castañuelas (las cuales tampoco sé tocar),
levanté la cabeza, orgullosa de mi versión New Age del villancico en cuestión.
En lugar de aplausos (que yo seguía esperando cuando se les pasara a mis
compañeras el estupor de la admiración), me llegó la voz de la profesora que
sentenció: “Cristina, tienes un aprobado general para el resto del curso. No
aguanto una recuperación contigo”….
Terpsícore,
musa de la danza. ¡¡¡Ay, con lo que me gusta a mí disfrazarme y dar
saltitos!!!. Mi madre, que vio que tenía una hija poca cosa, clarita y
presumida, decidió llevarme a ballet. Iba tres días a la semana y dedicábamos
todo el año a preparar la función final. Todas me tenían envidia porque yo
siempre hacía los solos, siempre, siempre. Se me veía radiante: con mi tutú,
mis lentejuelas, mi maquillaje con purpurina, mis plumas de colores… Os aseguro que recuerdo pensar, en el
escenario, que quedaría fenomenal una reverencia a mi público, en ese momento,
en mitad del baile, extendiendo mi vaporosa falda, para que se mostrara en todo
su esplendor, y hacerla… Y la gente me aplaudía, que conste. Después de cada
actuación tenía el ego por las nubes, así que, en una de esas, mi madre, a
quien nunca acusarán de ser una sentimental, me dijo: “A ver, Cris, que lo haces
fatal. La profesora te deja los solos para ti porque me ha dicho que eres
incapaz de seguirle el ritmo a nadie y que le estropeas los cuadros si sales
con las demás niñas…”. Ahí terminó una prometedora carrera, digan lo que digan.
Erato,
musa de la poesía amorosa. Hubo un tiempo en que escribí poesía pero nunca
amorosa. Nunca consigo evitar un poco de vergüenza ajena cuando leo poesía
amorosa, salvo que el autor se haya muerto hace tiempo, porque como la
vergüenza es ajena y él ya no puede sentirla, nos evitamos ese mal trago los
dos. No consigo dejar de ver un toque cursi que me molesta. Es tan fina la línea que separa lo pasteloso
de lo bonito… Supongo que podría escribirla pero no sentirla, con lo cual no es
la musa la que me está inspirando. Probemos:
Anoche no estabas a mi lado,
la luna no me supo dar razón,
Tenías el móvil apagado…
¿Dónde estabas, so pendón?
¿Con la rubia casquivana
O la morena fogosa?...
Te diré que en la mañana
ambas dos son horrorosas.
Pero a este dolor que no cesa
ponerle fin yo busco:
voy a agenciarme otra presa
con más dones y mejor gusto.
Como que no,
¿verdad?...
¿Entendéis ahora por qué no sé que
contestar a la pregunta sobre mis aficiones?. ¿Qué digo?. ¿Qué me gusta leer y
viajar?. Pues claro, pero entonces indagan más profundamente y se evidencia mi
naturaleza caótica.
Mi
interlocutor:“¿Ah, sí?. ¿Y qué te gusta leer?”…
Yo (lo puesto
entre paréntesis es lo que expresa su cara que está pensando conforme le aclaro
su cuestión): “Pues me gustan las novelas de miedo y las historias sobrenaturales (gótica y/o
crédula), las de risa y de chicas (superficial), las biografías (pedante), los comics (friki)… Casi todo, en realidad
(dispersa)… Eso sí, no soporto los libros de autoayuda”.
Mi interlocutor:
“ (Ea, bonita, pues precisamente eso es lo que estaba pensado que te hace
falta). Bueno, me alegro de haberte conocido. Mis amigos me llaman. He de irme.
Ya”…
¿Por qué hay preguntas tan simples,
de respuestas tan comprometidas?. Tú puedes tener una sana afición a
coleccionar, qué sé yo, dedales de costura, por ejemplo, pero, si lo dices en
voz alta, suena estúpido incluso a ti mismo (yo colecciono ranas, que tiene
mucho más sentido, por supuesto). No te engañes, el que te pregunta por tus hobbies
te va a juzgar, consciente o inconscientemente. Da igual de qué se trate. Si tu
afinidad es por la música, te preguntarán qué tipo de música te apasiona.
Cuidado. Mucho cuidado. Eso es casi peor que confesar tu tipo de lectura. La
música crea fieles cual religión y de todos es sabido que un devoto de
Springsteen (equivalente a una religión tipo la católica, judia, ese estilo) no
es compatible con un devoto de Justin Bieber (eso tira más bien a la Cienciología ). Uno de
los dos ha de convertirse para que esa relación llegue a buen puerto, sea el
tipo de relación que sea, incluso vecinal (casi con más motivo, que a ellos los
escuchas en casa). Un consejo: ante la duda, dí que te gusta la música de los
ochenta. Eso fue un batiburrillo de anarquía musical, equivalente al budismo,
que nadie sabe muy bien de qué va (tantas variantes, verdades verdaderas, diferentes
formas de rendir culto) salvo que lo hayas vivido desde dentro, pero que a todo
el mundo le cae bien porque la impresión que da es la de “yo a mi rollo y tú al
tuyo”…Si no, ¿cómo se explica que compartiesen Lista de Éxitos Los Pecos e
Inhumanos?…
De momento, yo soslayé el
interrogatorio. Me salvé por los pelos (y por un mojito que decidí que necesitaba
urgentemente en ese instante), pero el peligro acecha. Antes de convertiros
vosotros en los inquisidores con preguntas tan aparentemente inocentes, pensad
en las consecuencias de los distintos tipos de respuesta, y haced otras menos
íntimas, cómo la marca de ropa interior, por ejemplo. Dará más juego. Si
cuestionas directamente a alguien sobre sus hobbies, vas a perderte la
oportunidad de desvelar el misterio por métodos más sutiles… Tienes que ir
conociendo poco a poco a una persona para apreciar en su justa medida su
afición por coleccionar trocitos de cables de alta tensión despeluchados que
guarda en una urna transparente que sólo puede ser vista desde la cama de su
dormitorio… ¿Cogéis la idea?....
martes, 21 de agosto de 2012
No somos reversibles...
Ayer,
aburrida como estaba, decidí hacer compra (en concreto, compré tres Coca-Colas
Cherry, dos Red Bulls Edición Silver y dos tés de Granada). A la salida de la
tienda me tropecé (literalmente, conmigo no puede ser de otra forma) con un
amigo al que aprecio sinceramente y con el que llevábamos tiempo tratando de
quedar. Así que aprovechamos la ocasión y decidimos alargar el momento, cenando
juntos. Elegimos un restaurante que me encanta, con una terraza estupenda (las
luces, ideales) y nos dispusimos a reirnos un ratito.
En
la mesa de al lado había cuatro chicas, arregladitas y monas, como deben estar
las chicas en los restaurantes. No paraban de mirar hacia mi mesa. ¿Por qué?.
Pues porque mi amigo, entre otras muchas cualidades, es guapo de película. Pero
guapo tipo Cary Grant. No de esos modernos que han tardado más en arreglarse que
tú (y mira que yo doy margen para eso), ni con ropas estridentes, ni camisetas
marcando musculitos. No. Camisa blanca de manga larga y vaqueros. Insinuando
esos músculos que otros exhiben.
Al principio de la cena, sólo miraban.
Conforme avanzaba la noche, se hacían más atrevidas. Las cuatro vinieron, a
intervalos de diez minutos, a pedir fuego (a pesar de que, ya a la primera, le
dijimos que no teníamos). Dejaban caer cosas y las empujaban hacia nuestra
mesa…
Mi
amigo tiene una cualidad que yo aprecio: cuando ha estado conmigo jamás se ha
fijado en las chicas de alrededor o, al menos, si lo ha hecho, ha sido con tal
sutileza que no me he dado cuenta. Esto, a los chicos en general les parece una
tontería, y te contestan aquello de: “Es que tengo ojos en la cara”. Ya lo
sabemos. Y, si Dios no ha sido un canalla, también os ha dado la capacidad de
disimular. No queremos que os ceguéis al mundo pero no hay necesidad de ser
ostentoso admirando a otra chica o comunicando vuestras conclusiones sobre el
trasero de las demás. No estáis siendo sinceros, estáis siendo groseros. Que
quede claro. Pues bien, como decía, mi amigo no les dio cuerda y parece que eso
les molestó porque una de ellas dijo, en voz bastante alta: “Tía, ni caso, debe
ser tonto. Además, la belleza está en el interior.”…. ¡¡¡Ay, que risa!!!... En
el interior lo único que hay es un amasijo de órganos, vísceras y fluidos
bastante desagradable. El que es guapo (ellos y ellas) tiene las mismas
posibilidades de ser bueno, inteligente, amable y gentil que el que no lo es. Más, diría yo, puesto que la vida le ha
tratado mejor. La Belleza
es una bendición mucho más evidente que la inteligencia porque su expresión es
externa. La inteligencia necesita probarse, con actos, con acciones o con
pensamientos comunicados. La
Belleza , no. Y el que diga que lo contrario es un guapo
mentiroso, casi seguro. El que no quiera ser apuesto sobreestima a los demás
dones.
Partiendo
de la base de que cada uno tiene su dosis más o menos alta de Belleza, ¿por qué
hay quien se empeña en disimularla?. ¿Para poca, ninguna?. Muy mal.
Hace
poco una amiga a la que quiero muchísimo apareció con un corte horroroso. No
articulé palabra. No podía. Pero debió ver en mi expresión alguna pista de lo
que estaba pensando porque, en seguida, me dijo: “Nena, me lo he cortado así
porque es mucho más cómodo para el verano. Gano tiempo ya que no tengo que
arreglarme el pelo.”… Obviamente mi pregunta fue: “¿Y a qué dedicas esos veinte
minutos, más o menos, que ganas cada día?.
¿A una ONG, a aprender repostería, a hacer calceta, a abrir tu mente al
mundo espiritual, a contar baldosas?”… ¿Dónde demonios se ha establecido que se
puede renunciar a un grado más de hermosura por la comodidad?. ¿Qué habría
pasado si Cenicienta le dice al Hada Madrina que pasa de zapatos de cristal,
que con sus chanclas va más cómoda?. ¿Y si la Bella Durmiente hubiera sido la Lista Durmiente ?. Si Rapunzel
hubiera seguido el ejemplo de mi amiga aún estaría en la Torre , hecha una uva seca…
No nos engañemos, el cazador no mató a Blancanieves porque era mona, no porque
se pusieran a discutir sobre Kant y le asombrara su erudición…
Seguramente,
mi superficialidad declarada, buscada y escogida me hace ver las cosas de forma
distinta pero nunca comprenderé por qué aspirar a la belleza está mal visto,
porque dejamos días señalados para esmerarnos en nuestro aspecto. No es más
difícil ponerte unos pantalones bonitos que unos feos. Cuesta lo mismo colocarte
una camiseta vieja y horrorosa que una en condiciones. Tu Derecho a la Comodidad acaba donde
empieza la imposibilidad de los demás para evitar verte. Llenar cada día de
cosas bonitas hace la vida mucho más sencilla. Hay mil gestos que nos mejoran,
desde la sonrisa (tenéis que probar a sonreir a la gente por la calle, es
divertido y descubres que las personas son buenas por naturaleza. Crea un
vínculo de un microsegundo entre el desconocido y tú que te reconcilia con el
mundo), un poquito de maquillaje (para ellas, claro, aún no soy tan moderna),
combinar bien la ropa (ante la duda, tonos discretos, dejemos el naranja para
la fruta), ir aseaditos (¡¡¡qué importante es esto!!!)… No pongáis excusas del
tipo: “Quien me quiera, ha de quererme como soy”. Yo creo firmemente que el afán de mejorar te
lo debes a ti mismo y es una muestra de respeto hacia quienes te rodean…
Naturalmente, tengo claro que existen personas poco agraciadas que son muy
atractivas pero estoy convencida que no es sólo por su interior, también cuidan
el exterior. Y es cierto que hay
personas bellísimas que agotan a los cinco minutos de estar con ellas. Todo es
cuestión de proporciones. Lo que reivindico es la posibilidad de tratar la
vocación de mejorar nuestra Belleza con la misma aquiescencia con que tratamos la
voluntad de mejorar nuestra inteligencia.
Una
vez, queriendo consolar a uno de mis hijos, que se veía a sí mismo grueso,
cometí el error de usar esa frase que ahora condeno. Le dije: “Ari, yo te veo
estupendo. La belleza está en el interior”. Él me miró muy serio y me contestó: “Mira,
mamá, hasta que los Humanos no seamos reversibles, lo que cuenta es lo que se
ve y, si tú no te das cuenta del problema, nunca vas a poder ayudarme a
solucionarlo.”…
Eso
sí, cuando me despedí de mi amigo y le ví irse dentro de su coche, pensé que
era la excepción: mirando el vehículo, admití que la belleza estaba en el
interior…
martes, 14 de agosto de 2012
De diferencias y perspectivas...
No
los soporto. Me tienen hasta la narices. Y me asustan, que es peor. Me refiero
a la pandilla de intolerantes que anda suelta, con voz y voto. Muy peligroso.
Siempre le he dicho a mis hijos que, en esta vida, no hay nada peor que ser
desagradecidos pero creo que es porque presupongo la tolerancia en ellos…
Esta
mañana hemos corrido todos a comprar los periódicos para ver las noticias sobre
nuestra fallida (más apropiado sería poner “falluca”) Nit de L´Albà. Como
a mi lo de correr no me va y mis vecinos
no se merecen el riesgo para su estabilidad mental que supone verme ojerosa y
recién levantada (oye, es encontrarse conmigo en una de esas situaciones y
empezar a creer en el Yeti, los ogros y demás criaturas sobrenaturales), he
hecho una primera aproximación a la información a través de la prensa digital.
¿Y qué tiene la prensa digital que no tenga la prensa escrita (mi favorita)?.
Pues que la gente opina dejando constancia de ello. Sin filtro. Y varias de
esas opiniones pugnan por la eliminación de los petardos y fuegos artificiales
en las fiestas, llamándonos salvajes (a modo de ejemplo, pongo este enlace. No
es la crónica, es el comentario: http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/accidente-nit-lalba-elche-2184699
).
A ver, voy a partir de una base: yo no creo
que estemos todos evolucionados al mismo nivel, me niego a creer que ciertas
conductas de ciertas personas respondan a una elección consciente, creo que hay
gente que no ha alcanzado un nivel medio de civilización y tiene reacciones
instintivas de supervivencia. Una vez iba por la plaza del Ayuntamiento y me
dijo un chico tal grosería, a viva voz, que prometo que concluí que el muchacho
reaccionaba al instinto sexual sin el paliativo de la Evolución (con
mayúsculas). Afortunadamente para él, yo sí tenía ese límite, por lo que no me
volví y le di el guantazo de su vida aunque no pude evitar compararlo con un
simio salido. Pero, dentro de todo ello, el intolerante con complejo de
inferioridad, con instinto de líder de la manada, es un peligro público. Yo
rozo la artificiosidad en muchos momentos, no soy natural, no soy susceptible
de considerárseme salvaje y me gusta la pólvora, y los petardos y los truenos.
No impongo mis gustos a nadie. No insisto a mis invitados para que enciendan ni
una triste bengala, si no les parece bien. Ver veredictos que proponen eliminar
carretillas y petardos de mis fiestas, bajo la excusa del accidente ocurrido,
me fastidia muy profundamente porque me recuerda la existencia de esos
personajes perturbadores, capaces de arrastrar a personas más débiles que
ellos, únicamente por la fuerza del tono de su discurso, no por su contenido. Y
pueden hacer mucho mal. Yo no soy
hippie, ni indignada, ni antisistema, ni defensora de la verdad, ni sana, ni
deportista ni mil cosas. No lo soy porque no quiero. Así que me he encontrado
con bastante asiduidad con personas de altos ideales, que creen que van a
salvar el mundo con su actitud y una carencia absoluta de hechos, personas que
me han mirado con total superioridad.
Tengo amigas que son naturales, francas, sin artificios y la diferencia
con esas otras radica en que, además, son comprensivas con quienes han escogido
otro tipo de vida. Conmigo, en concreto. Nos reímos de nuestras diferencias y
admiramos en la otra lo que nos hace distintas. No es a ese tipo de personas
coherentes a las que me refiero. Es a la frustrada que piensa que, tras
adquirir como propio un principio políticamente correcto, lo desvirtúa, lo
deforma hasta convertirlo en una caricatura y cree que ello le da un
salvoconducto para manifestar su absurda sensación de estar por encima de los
demás y proponer cambios radicales basados en una visión personal y falseada,
avalada, habitualmente, por algún acontecimiento fortuito que jamás supone la
norma general pero que se presenta como tal por su personalidad fanática.
Quien me
conoce sabe que tengo opinión casi para todo y, muchas veces, distintas
opiniones para lo mismo. Yo no superé la fase esa en el instituto en la que,
estudiando filosofía, dependiendo de quien tocara, te convencía. Estudiabas
existencialismo, y veías la lógica. Estudiabas racionalismo, y veías la lógica.
Yo veo los dos lados de la misma esquina (esto es de la Biblia , lo dice Salomón).
Eso no ha favorecido mucho mi cordura pero me ha hecho bastante indulgente con
pensamientos contrarios a los míos. Salvo cuando no los considero
proporcionados o equilibrados. Os pongo un ejemplo: si a mí me preguntan si estoy
a favor o en contra de las corridas de toros, os digo que a favor. ¿Por qué?.
Porque estando en la Escuela
de Práctica Jurídica en Alicante acabamos el curso acudiendo a la Feria de San Juan. Y me lo
pasé pipa. El ambiente y la gente me parecieron tan diferente a cualquier otra
cosa que creo que hay que preservarlo. Es un arte y. como tal, a veces se
entiende y a veces, no. Los toreros que conozco personalmente me caen bien. No
conozco a ningún toro personalmente pero no les odio (aunque prefiero no toparme
con ellos en una solitaria pradera. Claro que es muy difícil que se produzca la
concatenación de hechos necesaria para que yo acabe en una solitaria pradera).
Una vez, manifestando mi pena ante la
foto de un torero al que le habían dado una cornada, una de esas personas tan
elevadas me contestó: “Sinceramente, el toro tenía que haberlo matado”. Me dejó
sin palabras, a mí, que tengo un trato: ellas no me faltan y yo las uso. La
defensa de un ideal con tanta rabia contenida no es defensa, es venganza y estrechez de miras. También me gusta el
Foei. Y mato indiscriminadamente a los insectos (y, cuando no lo hago, es
porque me desagrada más el ruidito asqueroso ese que hacen cuando los aplastas
que el esperar a que desaparezcan). Los reptiles me gustan porque pasan de
todo. No como caracoles porque son babosas pero he disfrutado cazándolos de
niña, en el campo, los acechaba y los perseguía, con éxito siempre, debo decir.
Tengo amigos cazadores, que baten algo más que caracoles, a los que quiero
muchísimo (a mis amigos, no a los caracoles) y a los que un día pediré que me
enseñen a disparar (si es que eso se puede pedir), aunque dudo que yo pueda
matar a ningún animal. No hago el camino de Santiago porque soy incapaz de
someterme voluntariamente a incomodidades. No creo en la anarquía. Prefiero una
tarde de compras que una manifestación por la
Paz Mundial (y ambas cosas tienen el mismo
efecto en la Paz Mundial ).
Mis ideas no dan para escribir un libro y no pretendo cambiar a la Humanidad. Me
encanta que existan personas desiguales, me fascinan las diferencias, entre
niños, adultos, hombres, mujeres, izquierdas, derechas, pensamientos e ideas…
enriquecen mi vida, lo que me descoloca es la imposición. Quizás estoy haciendo
exactamente aquello de lo que me quejo, es posible que esté siendo
absolutamente intransigente con aquellos a los que yo considero equivocados en
las formas (y las formas son muy importantes para mí) y en la idea a defender
pero, al menos, estoy abierta a considerar esa posibilidad..
Una vez, discutiendo con Hugo sobre una canción que
estaba escuchando, afirmando yo rotundamente que era ruido y mi hijo, con la
misma rotundidad, que era música, decidimos que Ariel fuera el juez en nuestra
batalla. Sus palabras textuales fueron: “Los dos tenéis razón. Sólo tenéis
distintas perspectivas. La música hace ruido. El atractivo de ese ruido es algo
personal. Hugo, si a mamá no le gusta, ponte los cascos. Mamá, si a Hugo le
gusta, con lo pesado que es, búscale algo bueno, aunque sea la letra porque, si
no, lo vas a pasar fatal.”… Pues eso…
martes, 7 de agosto de 2012
Mi versión de un consejo.
Esta mañana me he
encontrado a una amiga, está pasando un mal momento sentimental y me ha pedido
consejo. A mí. Ay, pobre… Yo no puedo dar consejos sentimentales, soy un
desastre, pero le puedo comentar un par de mis relaciones y quasi-relaciones
que seguro que la consuelan, por comparación…
A ver, a mí me
pasan cosas, desde siempre, desde jovencita… Mi amiga del alma (nombre cursi
pero divertido porque ninguna de las dos es muy sentimental) siempre me ha
dicho que un día seré noticia. El problema es que ella me ve más bien como carne
de Telediario y no de “Cosas de Hollywood”.
A grosso modo, recuerdo un San Valentín,
cuando aún vivía con mis padres, en el que recibí siete regalos de siete chicos
diferentes. Un disgusto en casa. Yo encantada. Mi madre piensa desde entonces
que soy un pendón. Lo que nunca le he dicho es que creo que se acumularon todos
el mismo año y luego han sido esporádicos o directamente inexistentes. Alguno
de esos regalos aún los conservo, el resto me los comí. A ver, no me malinterpretéis, que yo paso de
San Valentín. Literalmente: paso de San Valentín, del santo en cuestión, del
señor que murió achicharrado por empeñarse en casar a los amantes (que digo yo
que Dios habría entendido la dificultad y tampoco hubiera pasado nada) pero de
los regalos, las tarjetas y los detalles, no. Que me encantan. Cualquier día. (Yo
también tengo detalles, que conste)… A lo largo de mi adolescencia y primera
juventud (ahora voy por la segunda adolescencia, lo que fastidia mucho a mi
hijo mayor ya que ha venido a coincidir con la suya primera, por lo que tenemos
que hacer malabarismos con los horarios para poder salir los dos. Sospecho que
mi hijo también piensa que soy un pendón.) he tenido varias serenatas (cuatro
que recuerde), viajes sorpresa, telegramas contándome chistes para hacerme
sonreir, mensajeros que me traían huevos kinder enviados por quien me rondaba,
poemas, dramas, risas… Y eso que yo era tan tímida (y lo soy), que resultaba un
pelín borde. ¿Por qué?. Pues porque cuando estoy nerviosa o me siento violenta,
no filtro. Digo exactamente lo que pasa por mi cabeza (así me va). Recuerdo una
vez que, tras mucho insistir, accedí a ir a cenar a Altea con un amigo. Yo
estaba en los últimos años de carrera. Él era profesor recién titulado en una
de las facultades de ciencias y, a la sazón, además de amigo, se había ofrecido
a darme clases de squash, por lo que nos veíamos a menudo… Tú avisas, pero no
te creen. Les dices que no hay ni habrá nada entre vosotros y creen que te
pueden convencer. Así que ahí me tienes, en el summum del romanticismo de la Costa Mediterránea , en un restaurante
con velas (yo feliz, que me favorecen mucho), tratando de no pedir un plato
demasiado caro porque sabía que la inversión le iba a salir rana al muchacho.
Conversación fantástica (una no puede evitar ser encantadora), coqueteo (una no
puede evitar ser vanidosa), risas (una no puede evitar ser graciosa). Él, que
confunde un pliegue de acero con una grieta en la armadura y propone ir a un
lugar, por las vistas, dice. Ella (yo) que le propone mejor una copita en un
sitio con mucha gente. Él que insiste. Ella que se empecina en que necesita
escuchar música. Él que se pone a cantarle en medio del restaurante. A grito
pelado. “Por debajo de la mesa”. El muy cretino. Ella que, de pronto, tiene
unas ganas locas de ver las dichosas vistas, rogando para que el sitio sea muy
elevado e imaginando dolorosos y efectivos modos de lanzar al aprendiz de ruiseñor…
Salen y, en un mirador, observan el pueblo, con sus pequeñas luces, a sus pies,
la negra noche llena de estrellas, los grillos haciendo lo que sea que hacen
los grillos, el aroma del jazmín…
Él que la mira… Le sonríe… Se
acerca… Inspira hondo.
Ella, que es miope… Lo intuye…
Lo ve venir… Deja de respirar.
Él: “¿No es preciosa la vista?”.
Ella: “Preciosa.”.
ÉL: ¿No te gustan los
grillos?.”
Ella: Son unos bichos
asquerosos. Cucarachas con banda sonora.
ÉL. ¿Y el aroma a jazmín?”.
Ella. “Eso sí me gusta”.
Él (envalentonado): “¿No te
hierve la sangre con esta luna tan inmensa?”.
Ella: “Eso va ser colesterol.”…
….
Duelo de miradas.
….
Él: “Cris, no es eso.”…
Ella: “¿Indigestión?”.
Él: “¡¡¡No!!!.”.
Ella: “¿Alergia?”.
Él: “No, Cristina, no… ¡¡¡La Luna , es la Luna !!!”.
Ella: “¡¡¡Licantropía,
entonces!!!”…
Ni que decir tiene
que no hubo copa, ni música y que sigo sin saber jugar al squash pero hay que
sacar dos conclusiones de esta historia, las dos se las ha de aplicar mi amiga:
1ª.- Chicas del
siglo XXI (es que lo anterior sucedió en otro siglo): cuando un chico os diga
que no quiere nada serio, creedlo. Cuando os diga que no os quiere, creedlo
(si, a veces, cuando os dicen que os quieren, no lo hacen, imaginad cuando lo
niegan). Nos vamos a ahorrar disgustos, pañuelos de papel y varias
intoxicaciones etílicas. Esto último es muy importante porque puedes acabar, en
medio del vaho alcohólico, dándole tu teléfono a quien no debes y, cuando te
des cuenta y le digas que no te interesa, no te va a creer, va a insistir y
volvemos a empezar (iba a poner: “y nos mordemos la cola”, pero hay mucho mal
pensado suelto)…
2º.- Nunca vayas a
cenar con tu profesor de squash (léase pádel, tenis). El mundo podría perderse
a una gran campeona por una decisión amable... De este segundo punto he de
confesar que yo ya no tengo la presión: a finales de mi primera juventud,
entrando ya en las dos horas de madurez que me tocaban, decidí dedicar mi vida
al glamour, así que, hasta que Pura López no diseñe zapatillas de deporte y
convierta el ejercicio en algo muy, muy estiloso, no pienso dedicarme
profesionalmente a ganar medallas…
viernes, 27 de julio de 2012
Mal que Bien...
Una
Semana Santa, viendo la procesión con una de mis mejores amigas (hay quien dice
que tengo demasiadas “mejores amigas” pero esa es mi suerte y me encanta.
Además, no llegan a diez.), me dio por pensar en el Cielo y esas cosas. Así que
no pude evitar comentarle: “Niña, imagínate que lo de “lo que Dios ha unido,
no lo separe el hombre,” sea verdad y me toque, al morir, compartir nube con mi
ex.”… Acababa de expresar mi duda cuando, en una inspiración de sentimiento
empático, pensé en su situación: ella también está divorciada y su exmarido es
un pelín manirroto (nada que ver con ella: guapa, inteligente, prudente y
exitosa). Con la delicadeza que me caracteriza, continué el hilo de mis
pensamientos y le dije: “Claro, que peor es lo tuyo. Te veo de nube en nube,
desahuciados y haciendo anuncios de Philadelphia para subsistir.”… Mi amiga,
lejos de ofenderse, sufrió un ataque de risa que consiguió que hasta la cabra
de los legionarios que acompañaban al Cristo, nos mirara mal y, como Dios está
en todas partes, seguro que nos ha puesto en la lista negra (o azulita, que le pega más) y ni nube ni
nada…. Claro que, como decía mi escritor favorito “Prefiero el Cielo por el
clima y el Infierno por la compañía”, así que algún consuelo nos quedará….
Siguiendo
el razonamiento sobre la dicotomía Cielo- Infierno, pensé en los Siete Pecados
Capitales y las Siete Virtudes Capitales:
Soberbia
contra Humildad.
Lujuria
contra Castidad.
Ira
contra Paciencia.
Gula
contra Templanza.
Envidia
contra Caridad.
Pereza
contra Diligencia.
Avaricia
contra Generosidad.
Estoy
condenada… Definitivamente… A ver, ¿eso como funciona?... ¿Mayoría de pecados: al
Infierno… o hace falta unanimidad?... ¿Se valora la proporcionalidad?… Es que,
si nos ponemos tiquismiquis, no se salva nadie… Además, la Maldad tiene su puntito. De
hecho, para ser malo, hay que ser inteligente (me refiero a una maldad
refinada, no la instintiva). Cuando te dicen, “es que es buena gente”, la
mayoría de las veces pienso “Claro, no le da la cabeza para ser malo. Es un simple,
fijo”… Es el atractivo del canalla (del canalla elegante, me refiero, no del
psicópata)…Ay, que recuerdo yo a un pretendiente, allá por mis años veinte, que
me rondaba con paciencia y, cada dos por tres me decía aquello de: “Haría
cualquier cosa por ti”. Y yo me mordía la lengua para no contestar:
“¿Desaparecer, por ejemplo?”… Aseguraba que, en cualquier momento, iba a darme
cuenta de la joya que era y me enamoraría sin remedio de él. Se equivocaba,
claro. Si no le daba la cabeza para ser malo, imagínate para ser adivino… Al
cabo de muchos años lo volví a ver. Estaba guapísimo, la verdad, y me pregunté:
“¿Por qué no le di una oportunidad yo a este chico?”. Nos pusimos a hablar.
Cruzamos dos frases. Reprimí un bostezo. Cruzamos dos frases más. Bostecé… Entonces
me acordé del porqué…Claro que yo
soy un desastre en mis elecciones: llega a mi balcón el Príncipe Azul en su
caballo blanco y yo me enamoro del caballo, así que haced como los bancos, no
me deis demasiado crédito…
Zanjé la cuestión de desear tener una visión clara
sobre los Pecados y las Virtudes y descubrí que era un sinsentido cuando,
varios días después, instándole a que ayudara un poco en casa, le dije a mi
hijo pequeño, al que, por decirlo suavemente, el Apocalipsis no le pillará en
medio de un exceso de actividad ni en un ataque de nervios,: “Ari, cariño, ¿tú
sabes que la Pereza
es un pecado?”… Y me contestó: “Mamá, no te preocupes: en mi caso es una
bendición. Yo no soy malo por Pereza.”…
martes, 24 de julio de 2012
Pequeñas revelaciones.
Hoy es mi santo. Me encantan los
santos. Bueno, los santos y los cumpleaños y las bodas y los bautizos y las
comuniones y la Navidad
y Semana Santa y las graduaciones y las cenas de empresa… Todo lo que implique
interactuar con la gente, me gusta. Luego, en particular, me lo pasaré mejor o
peor, pero me encanta asistir a celebraciones… Cuando cumplí cuarenta años tenía
claro que era la excusa perfecta para darme una fiesta sorpresa. Yo. A mí. No
permití que se siguiera el cauce normal de las fiestas sorpresas; esto es, que
tus amigos elijan lo que “creen” que más te gusta, que hagan un collage con las
fotos más divertidas, que te lleven engañada y que te griten “¡¡¡Sorpresa!!!” y
tú te emociones….Tenía mis motivos. Nada altruistas.
En
primer lugar, las fotos, a cierta edad (y, como decía Oscar Wilde, “no hay edad
más incierta que la de las mujeres de cierta edad”) son materia reservada. Nada
de ponerlas en una pantalla grande, a lo loco, en un despliegue de
desconsideración a nuestra vanidad más profunda… “Es que lo importante es
reirse con las imágenes antiguas”… Vale, pues ponemos un episodio de Pixie y
Dixie, que son de la más o menos de la misma época que yo. Y nos reimos todos… Porque,
a ver, los que pasamos la adolescencia en plenos años 80 somos los
supervivientes del Mal Gusto, eternos merecedores de una indemnización de los
diseñadores de la época, sufriendo secuelas que han arraigado en nosotros sin
remedio (mi uso desmedido de las lentejuelas, por ejemplo), Guardianes de los
Limites de las Vanguardias en el Vestir (esto se define como la sensación esa
que te embarga cuando ves fotos de las nuevas tendencias y observas el oropel,
las grandes hombreras, los tupés, los mallas de tallas inadecuadas, los jerseys
enormes, las faldas de largos extraños y sólo puedes pensar “¡¡¡Dios mío, qué
no vuelva a ponerse de moda!!!. ¡¡¡Salvaré a mi prole de ello y evitaré su
propagación!!!”)… Y todo eso, mostrado en público, con foto tamaño cincuenta
pulgadas, acaba con más de una reputación…
En
segundo lugar, y más importante (porque
siempre puedes negar que esa chica con el pelo cardado, la cara blanca, los
calcetines visibles del mismo color que el jersey y los Levi´s 501 un palmo por encima del tobillo, seas tú),
el que te lleven engañada a una fiesta
implica que todos vayan divinamente vestidos y tú no… De eso nada, mi fiesta me
la organizo yo y cito a la gente a una hora y apareceré justo 60 minutos más
tarde (es importante porque llevaré el resto de la noche esa ventaja: el
perfume, el maquillaje, la frescura de la piel tendrán ese tiempo de atraso
frente al deterioro de los demás)… Y, sobre todo, bien vestida,
espectacularmente vestida… Nada de un trapito que me haya puesto para la cena en
familia que usan como cebo para sacarte de casa (que ya sabemos que la familia
es lo más importante pero los lujos los dejamos para los demás)… Y la cámara
que inmortalice el momento, la elijo yo: desenfocada, que difumine. Vamos a
dejar los quinientos mil megapixeles para los animalitos del zoo, las puestas
de sol y los enemigos… Yo quiero definición a duras penas… ¿Por qué creéis que
se llega a una edad en la vida en la que se necesitan gafas?... Pues porque la Naturaleza es sabia y
pretende que, entre los de la misma generación, no nos veamos bien… Pero el
hombre se pasa de listo e inventa las gafas (lentillas y operaciones entran en
el mismo rasero de inventos fastidiosos), con lo que observamos cada arruguita
y cada mancha del prójimo (yo digo que son pecas acumuladas pero no sé si
cuela) y, eso no es lo peor, lo peor es que nos damos cuenta de que nosotros
debemos estar igual…Se evitarían muchas depresiones si fuésemos por el Mundo
mal graduados…. Yo estoy en un momento
que sólo acudo a restaurantes en los que la iluminación me favorezca… Los
ultramodernos de luces blancas, que me los cuenten… Hay otros trucos para
acudir divina a tu fiesta (o a cualquiera): si vas a llegar en coche, ponte el
chorro del aire directamente a la cara, que eso estira. Puede que te dé un tono
un pelín azulado pero piensa que más azul era la Pitufina y tenía a toda
una aldea enamorada… Y procura que haya bebida, está demostrado que el alcohol
en las venas de los demás, te embellece a ti…
Esos fueron mis motivos y mi
celebración de los cuarenta fue tal y como yo quería… Ello no quiere decir que
no desee que mis amigos me preparen ahora una fiesta sorpresa convencional… Por
si acaso, la semana antes y la semana después de mi cumpleaños me vestiré como
si me fueran a invitar en cualquier momento a una recepción de Porcelanosa…
Mientras, os dejo un último truco
espectacular: sonríe, siempre, porque es mucho mejor que los demás te vean las
arruguitas alrededor de los ojos que la cara descolgada (¿Qué pasa?. ¿Esperabais
algo más trascendental?. ¿Es que no sabéis a quién estáis leyendo?.)…
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