miércoles, 26 de febrero de 2014

Vanidad Pura.


La Ratita Presumida no merecía ese final. Bueno, por rata puede que sí pero por presumida debería habérsele indultado. Yo lo soy (presumida, no rata) y lo llevo por bandera.

Y es una bandera que he tenido que defender miles de veces. De hecho, cada día me enfrento al reto de ciertas preguntas recurrentes.” ¿A qué hora te levantas para arreglarte?”. A la que sea necesaria. Mis hijos ya han incorporado el ruido del secador a sus sonidos habituales, por lo que no les despierta. “¿Cuánta ropa tienes?”. Toda, pero nunca es suficiente. “¿Te vas a llevar esa maleta sólo para dos días?”. Sí. La he hecho yo, he escogido lo que hay dentro, la arrastro yo, existe una premeditación absoluta: no hay forma humana de que sea una equivocación. Es mía y sí, me la llevo para dos días… Una variante de ésta última cuestión es la de “¡¡¡¿Pero qué llevas en el Bolso?!!!”. Grosso modo: bote de Red Bull, kit completo de maquillaje, cartera, llaves (en la misma cantidad que si trabajara de gobernanta en un hotel de veinte pisos), iPad, iPhone, cargadores para ambos, chuches abundantes (para ofrecer y hacer amigos), gafas, bolis, libreta, colirios, auriculares, artículos de aseo. Mi filosofía “bolsar” se resume en lo que instintivamente respondí cuando me interrogaron sobre por qué llevaba un destornillador. “Porque cabe”.

Soy vanidosa. Lo recomiendo como doctrina de vida. Y, por una vez, voy a hacer un blog de moda por un motivo: mis truquitos, mis filias, mis prendas de la suerte tienen nombre y apellidos (o marca concreta) y he de agradecerles la cantidad de depresiones, malos rollos, ideas peregrinas, ansiedades evitados y, sobre todo, el ingente número de alegrías, situaciones salvadas y seguridad adquirida.

Mi madre me dijo una vez: “Tu hermana será aparejador pero la que está todo el día arriba del andamio eres tú”. Lo reconozco: no se caminar sin mis tacones. Incluso jugando al pádel, me pongo de puntillas si no estoy corriendo (o sea, siempre, porque soy muy mala). Haciendo historia no sé si conocí antes la marca o la persona pero creo que fue a la persona, por lógica: de haber estado tan loca por sus zapatos cuando me presentaron a Pura López, me habría humillado a mí misma y a todos los que allí estaban pidiéndole un autógrafo. Como eso no pasó, creo que, hasta esa fecha, no me había dado cuenta de que mis mejores, más cómodos y más bonitos zapatos, eran de ella. A ver, tiene una explicación ese lapsus: educada en una ciudad de zapateros, desde pequeña los zapatos llegaban a mi casa: el vecino de abajo hacía de niños; el de arriba, de hombre; nosotros, de mujer; el amigo de mi padre, de estar por casa; el marido de la amiga de mi madre; deportivos; cubríamos todos los frentes y funcionaba el trueque (aquí están los ilicitanos asintiendo como posesos). Hasta que la vanidad no hizo mella en mí, no fui a una zapatería, me conformaba con lo que había… Pero descubrí lo que unos buenos zapatos pueden hacer por ti: mejoran tu porte, elevan tu autoestima, te dan una excusa para la torpeza cuando te caes, son armas vengativas eficaces (¿habéis probado a pisar al descuido a un exnovio canalla?). Y se me reveló la importancia de que el zapato sea de calidad, la necesidad de saber qué es lo que adquieres (que conste que he utilizado el verbo “revelar” porque fue una experiencia religiosa: arrastrando mis pies sangrantes tras media hora con un par de zapatos de marca extraña, parecía un penitente en pleno Viernes Santo, y prometí que nunca más), y, si el presupuesto te obliga a elegir entre dos mediocres o uno de Pura López, elige el de Pura: tengo botas suyas que tienen más años que mis hijos y me dan más cariño, me miman el pie y me mandan mensajes subliminales “¡¡¡Que mona vas!!!. ¡¡¡Qué mona vas!!!”. Tengo unas sandalias de la nueva colección que consiguen que mi cabeza disfrute de un clima distinto al resto, de la altura que alcanza y, sin embargo, son taaannn cómodas que estoy en tratos con la NBA para que me dejen hacer una prueba con ellas puestas y entrar en el equipo. Si Ronaldo viene patrocinado por Nike y Messi por Adidas (conocimiento cortesía de mi nuevo mundo laboral), bien puedo ser yo patrocinada por Pura López en mi debut con los Lakers. Y ahora, voy a deciros algo que no está al alcance de la generalidad: unid el calzado a la personalidad de su diseñadora y adquirid esos rasgos al llevar sus zapatos: divertida, espontánea, valiente, excéntrica, leal, creativa, fuerte, testaruda, un poco loca…. En fin, brillante. Ella es así, los zapatos son así y, cuando yo los llevo, me acerco un poquito más a esa personalidad que es una fuerza de la Naturaleza…. Comprobadlo: https://www.puralopez.com/ y https://www.facebook.com/Puralopez.official .

Siendo como soy una chica muy afortunada (cosa que no me cansaré de reconocer porque no hay mayor don que ser agradecida), encontré quien tiene ropa al nivel de mis zapatos, en diseño, calidad, telas, estilo… Y la suerte fue absoluta: si, por un lado,  mi admirado Antonio Guilabert Rocamora, diseñador de Concepto Privee (http://www.conceptoprivee.es/ y https://www.facebook.com/ConceptoPriveeSl) no tiene ningún miramiento conmigo y no se toma unas vacaciones que consigan deshabituarme de adquirir sus fantásticas prendas, por otro, la tienda que comercializa su colección entera es de mi amiga Mercedes Bonet, (Guppy, c/ Corredora, 18 de Elche), la persona más cariñosa y  sin dobleces que conozco (encima es monísima, la muy vil). Así que voy allí de compra-terapia, me pruebo, me quejo de mis kilos, cotilleo un ratito, las mareo (de hecho creo que Merce contrató a la dinámica Rosa para repartir la lata que les doy cada vez que hago acto de presencia). Practican una cosa que, cuando está en juego tu economía y tu aspecto, es valiosísimo y, desgraciadamente, cada vez más extraño: la sinceridad comercial. Como algo no te quede bien, te lo van a decir. Con cariño, pero te lo dicen, que lo he visto yo…  Gracias a ellos, entro en un juicio con mi vestido con lentejuelas y me siento la reina. Es mi “marca de la casa”. Un juez me dijo una vez: “Letrada, le prometo que no me sorprendería verla entrar un día con las puñetas de la toga llenas de lentejuelas”. Obviamente, le dije la verdad: que, en cuanto terminaran de bordarme el escudo con la leyenda “Sed mortuus est quam simplex” (antes muerta que sencilla, para los de ciencias), las ponía... Sólo tengo un pero que le he de hacer llegar a mi héroe creador de ropa: o eliminamos las hileras de botones a la espalda o me busca un novio que me ayude a cerrarlos…

No os engañéis: en realidad, juzgamos por el aspecto y, en una proporción inmensa, acertamos. El que parece sucio, es sucio. El que parece dejado, lo es. No solemos equivocarnos al juzgar la fachada de los demás, el problema es cuando confundimos los niveles de comparación: por ir desaliñado no podemos concluir que se es mala persona, ni por ir como un pincel debemos inferir que se es un soberbio. La imagen nos da una pauta, nos dice muchas cosas. El conocer a la persona nos delimita esas primeras impresiones y las sitúa en su justa medida (siempre y cuando no permitamos que nuestras propias inseguridades sean las que interpreten lo que recibimos). Es un proceso fantástico. Yo sé lo que soy y eso cambia a cada momento, dependiendo de mil factores pero sé lo que no quiero ser, y eso es una constante: no quiero ser gris. Quiero que se me vea. Con todas sus consecuencias. Y podrán decir: “Esa chica es rara” (es mi blog y soy suave con mis críticas, ¿qué pasa?), pero siempre pensarán “¡¡¡Pero qué gusto tiene escogiendo calzado y vestido!!!” y a la rara eso le consuela…

Acabo como empecé: haciendo alarde de mi condición de presumida. Si yo fuera la rata del cuento, al encontrar la moneda, quizá me comprara el lazo pero, lo que es seguro es que no me pondría a barrer buscando enamorado que pasara por mi puerta: cogería mi lazo, me pondría mis zapatos de Pura López, mi vestido de Concepto Privee y me lanzaría al mundo para lucirme, con mis caídas, mis tropiezos y mis mil contradicciones, y los pretendientes que me busquen (eso sí, visto mi historial, hay muchas probabilidades de que escoja tan mal como el roedor ese pero, al menos, me lo habré pasado por el camino mucho mejor que barriendo).

viernes, 7 de febrero de 2014

En ocasiones veo hijos...


         Creo que mis hijos me llaman “mamá” porque se han olvidado de mi nombre… Te avisan cuando nacen (esas almas nobles y positivas que sólo quieren que disfrutes de tu felicidad) de que en la adolescencia te van a dar guerra… ¡¡¡Ja!!!. Ya me gustaría a mí que me dieran guerra… Lo que me dan son sustos cada vez que los veo: me evitan con tanto éxito y crecen tan deprisa que, al encontrármelos accidentalmente en el pasillo, durante una milésima de segundo, pienso que han entrado malhechores…

         Reconozco que he sido un desastre de madre. Yo he desafiado a esas señoras estupendas que te explican que le das mal el biberón a tu hijo porque la inclinación debe ser dos grados por encima o por debajo de como tú lo haces y, claro, esos dos grados van a parar a la temperatura del líquido, con lo que le creas al bebé un trauma existencial que repercute, de forma directamente proporcional a la cantidad de grados equivocados, en su elección de Big Mac o hamburguesa de la abuela. Mis hijos se han tomado los biberones fríos, ardiendo, casi verticales y totalmente horizontales y cada uno ha hecho una elección distinta: el pequeño prefiere  BigMac y el mayor se come el BigMac, la hamburguesa de la abuela e incluso a la abuela como tarde en hacérsela.

         Más que mala madre, creo que soy innovadora. Yo no coso pero porque he descubierto que con grapas e imperdibles lo arreglo todo y gano tiempo para dedicárselo a mis retoños. No cocino pero contribuyo a la economía mundial: igual pido chino, que mexicano, que italiano, que me subo una paellita del restaurante de la esquina. Considero que eso les da una visión a los niños de la cooperación internacional de gran valía para su formación como personas de honor. Tampoco hago los deberes con ellos (ya me costaba hacer los míos), eso sí, que sirva como atenuante que les recuerdo lo de “¡¡¡Tenéis que estudiar!!!”, periódicamente. Bueno, tres veces al año: después de cada entrega de notas… Es cierto que algún almuerzo estrambótico se han llevado por haber olvidado hacer la compra pero ¿y lo alternativo-glamourosos que han parecido mis hijos tomándose en el recreo un bote de algodón de azúcar azul y una coca-cola de vainilla?. La experiencia no tiene precio.

         Si me escucharan el tiempo suficiente podría explicarles mis razones para el abandono al que les he sometido pero creo que han desarrollado ya el gen masculino que inhabilita el oído de los hombres para percibir la voz de una mujer y que, junto con el gen que les impide entender que las cosas no tienen la capacidad de saber que las estás buscando para obrar en consecuencia y saltarte a la cara cuando abres el cajón, crean un abismo en la convivencia.

         A veces pienso qué sería de mi vida si me hubiese dedicado en cuerpo y alma a ser madre. La verdad es que, con el primero, por eso de la novedad, hasta iba de vez en cuando al colegio y conocí a las otras madres. Disfrutaba viéndolo en los cumpleaños con sus amiguitos, saltando y gritando (y gritando, y gritando…), hiperactivos… Disfrutaba hasta que me acordaba de mi despacho, silencioso, tranquilo… Me preguntaba si Dios consideraría la asistencia a eventos infantiles como la undécima plaga y concluía que, si hubiera escuchado a María (Él es Todopoderoso, podrá bloquear al gen auditivo), habría sido la primera y los egipcios se habrían rendido sin necesidad de las otras diez (por cierto, se nota que era Joven Dios por aquella época. Esas plagas son las típicas de un chavalín gamberro: pestilencia, ranas, insectos, sarpullidos). Luego, miraba alrededor y veía las mismas expresiones en las demás, así que hice grandes y buenísimas amigas con las que organizar cenas y comidas y poder escapar de nuestros descendientes  (eso sí, hablábamos de ellos para acallar la conciencia, pero sólo hasta la segunda copa, que los niños no deben merodear en ambientes etílicos)… Con el pequeño fue como si me hubiera tomado un lexatín vital: ya era una experta, ni la mitad de angustias que con el primero. De hecho, sólo tenía que preocuparme de no dejármelo olvidado en alguna tienda, del poco stress que me producía.

         Cuando eran chiquitines, dentro de la anarquía que reinaba en casa, achuchones, abrazos y besos era lo más abundante. Y además, el “Te quiero”, “Y yo, más”, “Pues yo Buzz”, “¿Buzz?”, “Sí, como Buzz Lightyear. Hasta el infinito y más allá”, corrían a cada momento de unos a otros. Ahora parezco la protagonista de la serie “Miénteme”, me paso el día interpretando el lenguaje gestual de mis hijos porque palabras, pocas. Hemos cambiado el diálogo anterior por: “¿Qué hay de comer?”, “Mamá, no hay comida”, “Tengo hambre”, “¡¡¡¡Otra tienda más!!!!. Conmigo no cuentes”.

         Mi hijo mayor, el heredero, cumplió ayer dieciséis años. En realidad, me alegro de que crezcan porque hacen más bulto y noto antes su presencia. Los cambios de voz me tienen desconcertada y, como la oigo de uvas a peras, siempre es un punto de intriga. Me han dicho que esta fase se pasa, que vuelven a hablarte motu proprio (se escribe así y sin preposición, que lo he mirado), a iniciar una conversación contigo. Como tarde mucho en llegar ese momento, van a tener que presentarnos de nuevo (esto tiene la ventaja de que recordarán mi nombre). Podría aprovechar el tiempo en que soy ignorada para aprender a coser, a cocinar, a hacer ganchillo pero, entonces, cuando vuelvan a mí, no me van a reconocer… He decidido disfrutar de cada pequeña frase que me dirijan, no contestar con ironía (de momento). Los adolescentes son muy sensibles a la ironía ajena (nótese el adjetivo “ajena”), lo descubrí el día en que me dijo Hugo que quería ser controlador aéreo y le indiqué que mucho tendría que estudiar para ordenar el espacio aéreo, teniendo en cuenta que era incapaz de organizar su armario. No sé qué etapa llega después de esta, miedo me da.

         La adolescencia no es complicada porque los niños se vuelvan delincuentes, la adolescencia es complicada porque los niños se vuelven como nosotros, pero como nosotros antes de ser padres. El primogénito me ha pedido la moto. Yo juré y perjuré, incluso cuando la idea de tener un hijo era inminente, que ese niño tendría la moto que a mí se me había negado. Ha llegado la hora y estoy en negociaciones con el Santo Padre de Roma para comprarle el Papa-Movil (pero el de antes, el blindado) y aún me parece poco seguro...

Así que, yendo tan despistada como voy, sólo puedo tratar de entenderles y de que me entiendan (no sé qué es más difícil), aplicar las dos horas más de sabiduría que les llevo de ventaja, tratar de recordar la lógica pre-maternidad para alcanzar el ansiado término medio y apoyarlos para que consigan lo que les hará feliz, poco a poco (primero arreglamos el armario y luego el cielo)…

         Hace un año, tuve esta conversación con Ariel. Yo estaba en el despacho de casa, acabando una demanda complicada y entró el nene, muy agobiado.

Ariel: Mamá, creo que he suspendido Valenciano. He sacado un 4´5 y no sé si me van a aprobar.

Yo: ¿Me prometes que te vas a esforzar más la próxima evaluación?.

Ariel: Claro, no me gusta suspender.

Yo: Pues, entonces, cariño, problema arreglado.

Ariel: ….. ¿Ya está?. Te digo que suspendo una asignatura, me preguntas si me voy a esforzar más, te digo que sí ¿y me crees?. Ni un castigo, ni un rapapolvo…. ¡¡¡Sólo esa birria de respuesta!!!....

Yo: Ari, estoy acabando un trabajo, te conozco y sé que lo que me has dicho es lo que vas a hacer. No hay que darle más vueltas. Yo confío en ti.

Se quedó pensativo un momento lo suficientemente largo para que casi me olvidara de que estaba allí. Yo me sentía más que orgullosa de haber sacado tiempo para demostrarle que creía en él. Entonces me dijo, arrancándome de mi ensueño: “Mami, no creo que deje demasiadas veces a mis hijos a tu cuidado…”.




Página de Facebook: Red Carpet by Cristina Birlanga.

        

martes, 4 de febrero de 2014

La medida de tu valía.


Hay una escena en Cyrano de Bergerac en la que su superior le pregunta: “¿De dónde te viene ese afán/ de hacerte sólo enemigos?”, a lo que él responde: “De verte a ti hacer amigos/ y del pago que te dan.”… Muy mal, Ciranín… Podemos pasar por alto el hecho de que fuera un sufridor nato, que no tuviera narices (fíjate tú qué ironía) para decirle a Roxana lo que pensaba cuando ella se había enamorado de las palabras y no del hombre y tenía posibilidades (y, más que nada, se lo perdonamos porque en caso de haberse atrevido no habría obra), pero que menosprecie el hacer amistades, no se perdona.

Yo tengo cinco mejores amigas absolutas (bueno, me acuerdo de cuatro pero dejo un puesto libre por si se me ha olvidado alguna), las de la Universidad, las que he ido adquiriendo de la vida, a nivel geográfico tengo también a mi mejor amiga de Sevilla, mi nueva mejor amiga de Barcelona, mi mejor amiga de Madrid... Y tengo mejores amigos (que sí, que es posible).  Y luego tengo los de salir, de ir a comer, de trabajo… Todos con sus virtudes y sus defectos… No me sobra ni uno… Y aquí es donde salen los puristas y te dicen frases como que “más vale pocos y escogidos”. Pues mira, discrepo (para variar). ¿Por qué esa manía de esperar lo mejor de cada persona?. Eso no es inteligente ni honrado. No es inteligente porque hay muchas posibilidades de que te fallen, tarde o temprano, en mayor o menor medida, en algún momento harán algo que no te guste o, peor aún, dejarán de hacer algo que esperas. Y no es honrado porque tú tienes las mismas posibilidades de fallarles a ellos. Puedes hacer tu reserva de calidad para algunos preferidos pero estar abiertos a distintos tipos de personas va a mejorarte con toda seguridad. Con cuidadito, ¿eh?. Hay algunos individuos que no merecen la oportunidad. Os doy un breve listado:

1.-Nada de ser amigos de gente que te quiere salvar la vida. Por pelmas. Hace tiempo, por cuestiones de trabajo, iba muy a menudo a un organismo oficial. El guardia jurado de la puerta era especialmente hosco y gritaba más de la cuenta. Rara vez devolvía un saludo. Un día me abordó y me dijo que sabía que yo era abogada y me consultó un problema. Le contesté lo que estimé oportuno. Y él me señaló: “En realidad, estaba esperando que pasara un abogado más de verdad pero sólo has venido tú. Es que me pareces muy superficial. Si me sirve lo que me has comentado, te invito a un café y te digo lo que podrías cambiar para parecer más lista. Yo veo a mucha gente a lo largo del día y sé de qué hablo. Así te devuelvo el favor”. Obviamente le indiqué que, si le permitía invitarme a un café, entonces me debería DOS favores…

2.-Aunque pueda parecer superficial, no se puede ser amigo de alguien que se peine poniéndose todo el pelo de un lado hasta la oreja contraria, tratando de disimular una calva; ni de los que llevan cordones de oro enormes en pecho lobo; ni de los que llevan camisetas sin mangas con sisa extragrande. ¿Por qué?. Pues porque te vas a sentir fatal por reírte de él, vas a darte cuenta que eres incapaz de prestar atención a lo que diga pues el pelo, el cordón o la camiseta atraerán tu atención en exclusiva. Hay dos excepciones a lo inadecuado de entablar una amistad con este grupo: que tú seas uno de ellos (con lo que, al compartir el estilismo, no caes presa de la vergüenza ajena) y/o que seas tan buena persona que intentes hacerle notar su delito estético (eso sí, sin caer en uno de los miserables del Punto 1.-).

3.-Tampoco recomiendo una relación con esas personas que, cuando están esperando para cruzar, y tú, misericordioso conductor, te apiadas y le haces una señal para que pasen, ellas pasan, pero no con una sonrisa y ligerito, no, sino que lo hacen muuuuyyy leeeeeentamente, mirándote a los ojos, serios, muy serios, retándote a que te desesperes. Hay que tener muy mala baba. Por muy ceda al paso recién pintado que reluzca bajos sus pies, ese tipo es no es de fiar.

Desconozco el secreto universal para tener amigos, pero creo firmemente que, si encuentras en la otra persona una cualidad de la que tú careces, la disfrutas y la imitas hasta adquirirla, no olvidando nunca a quién se la debes, quién es mejor que tú en ello, seréis amigos mucho tiempo. Es sencillo, ella se siente admirada y tú agradecido, y viceversa en otras virtudes. Y no es difícil. El sábado tuve encuentro de amigas de toda la vida, algunas hacía casi un año que no nos veíamos. Decir lo obvio, afirmar que fue como si no hubiese pasado el tiempo es fácil. Explicar que, sin haber hablado en todo ese lapso, cada una conocía el estado de ánimo de la otra, que podías llenar las lagunas de sus vivencias en ese tiempo en que no te has visto sin preguntar, la sensación de pertenecer a algo,  la emoción de saber que son tu hogar, de sentirte en casa, las risas antes de terminar la anécdota porque la adivinas, porque te adelantas al hecho puesto que conoces a quien la cuenta y profetizas perfectamente cómo va acabar la cosa, el irte siempre deseando más, el compensar toda ausencia con un poquito de presencia…, eso es imposible si no lo has sentido.

Hay muchos tipos de amistades pero, incluso las que te traicionan, te han enseñado algo y algunas risas te habrán proporcionado y, seamos sinceros, tampoco se hunde el mundo. Permítete una buena pataleta en privado y, si la felonía es leve o simplemente te compensa perdonar, la aparcas, reestructuras tus expectativas respecto del villano y continúas la amistad y, si el delito ha sido grave, ejerces de egipcio y borras su nombre de tu Universo particular.

Una vez leí que las amistades perduran si cada uno se siente levemente superior al otro. No lo comparto. Yo creo que perduran cuando encuentras algo que admirar en el otro porque eso te revaloriza a ti. Cuando me veo invadida de ideas negativas sobre mi valía siempre pienso en mis cinco mejores amigas y concluyo que si personas tan extraordinarias como ellas me quieren y me han elegido como camarada, ¿quién soy yo para ofenderlas cuestionando el buen gusto y la idoneidad de su elección?. Algo bueno tendré…

Siendo Ariel muy pequeño, había un niño en clase que siempre buscaba bronca con él y, de hecho, le llegó a pegar en alguna ocasión. Él no se quejaba nunca y me lo contaban las profesoras. Al año siguiente, se convirtió en su mejor amigo. Le pregunté un día cómo habían llegado a ser tan amigos y me contestó: “Bueno, mamá, a mi él siempre me ha parecido muy valiente porque es el más chiquitín de la clase y eso no le asusta cuando quiere algo. Y él cree que yo soy el más duro porque ni lloro ni me chivo. Y nos lo hemos dicho…”. Yo le repliqué que me alegraba mucho de que se hubieran acabado las peleas, pero me miró extrañado y me informó: “No sé qué tiene que ver. Nos vamos a pelear seguro. Nos hemos hecho amigos, no santos….”.

martes, 14 de enero de 2014

Hechizando al ceniciento.


A mí me gusta la gente. Creo en ella individualmente. La masa me produce cierto repelús pero cada persona, considerada en sí misma, es un fantástico misterio. Por eso me asustan las generalizaciones,  las entiendo si las considero un instrumento para moverte en la vida cuando no tenemos los datos concretos, pero no comprendo que sean dogma de fe. Y el problema es que, cuando no tenemos opinión, nos aferramos a la idea general que nos parece más cool y ahí nos aposentamos. Hoy he afirmado rotundamente, cuando he llegado al trabajo y he visto que había desaparecido el árbol de Navidad, “¡¡¡Qué lástima que haya acabado, con lo que me gusta a mí la Navidad!!!”. Enseguida me han aplacado: “La Navidad es un asco”.  Normalmente, lo dejo pasar, pero me ha pillado en Martes, día dedicado al Dios de la Guerra (sucia, he de decir, que la divinidad que vela por la Guerra Estratégica e Inteligente es chica. Minerva –Palas Atenea para los griegos-, para más señas) y le he preguntado por sus motivos. “Porque es una fiesta consumista, la gente se vuelve hipócrita”. Vamos a ver, alma de cántaro: realmente creo que lo que te sucede es que te parece ultraguay denostar la Navidad y utilizas razones un poco birriosas. En primer lugar, consumir no es malo. Derrochar es malo. Y eso depende de la inteligencia de cada uno. No es culpa de la Navidad si compras percebes y nunca te han gustado. En realidad, es gracias a la Navidad que compras esas gambitas rojas que te encantan porque el compartirlas con quienes más quieres compensa el gasto. En segundo lugar, ¿qué es eso de que el mundo se vuelve hipócrita?. Ya te lo digo yo: es complejo del que recibe amabilidad y no está acostumbrado. ¿Dónde está escrito que ser un borde y demostrarlo es mejor que disimularlo?. Ojalá todo el mundo disimulara su mal genio todos los días, igual descubren las ventajas de tratar bien a los demás.

¿Qué le pasa a esta gente que no le saca partido a nada?. Si van a la playa, no les gusta la arena, si comen en un tres estrellas Michelin, se quejan de que no les pongan lentejas, si se las ponen, las de su madre son mejores… Y lo malo es que lo comparten, no sufren en silencio, que diría aquel. Tengo comprobado que el que saca la pega, el que siempre te da la versión negativa de cualquier circunstancia es, además, el que menos debe hablar. Recuerdo que acababa de nacer Ariel y fui con él al despacho de una compañera. Cuando llegué, todos rodearon al niño (ríete tú de Belen) y le hicieron carantoñas. Una empleada de la oficina me preguntó su nombre y, cuando le dije Ariel, la secretaria de mi compañera, en un alarde de originalidad; exclamó: “¡¡¡Como el detergente, pobre!!!”. No tuve más que contestarle: “Tu hija se llama Elena, ¿no?”.

Alguien debería decirles que la vida son dos días, que aprender a apreciar lo fantásticos que somos sólo por ser nos hace mucho más divertidos y, que por lo menos uno de esos días hay que reir (siempre me viene a la memoria en estos casos una poesía de Víctor Hugo: http://blogs.20minutos.es/poesia/2009/02/21/te-deseo-victor-hugo/). Creo que estas personas, los aguafiestas profesionales, no se han dado cuenta de que se ofenden a sí mismos no reconociendo la magia que existe en cada uno. Todos somos superpoderosos. Yo tengo superpoderes. Así, como suena. Además tengo varios. No todos tienen porqué ser buenos (que se lo digan a la pobre Pícara que no sólo tiene que ver como Lobezno está coladito por otra, sino que no puede darle una colleja para llamarlo al orden porque lo mata), pero los disfruto todos.

He descubierto que mi presencia induce al suicidio de cuanta planta se halle a mi alrededor: no es que mueran, ya que ello conlleva un proceso que puede durar días. No. Las mías se suicidan. Puf. Automático.

Igualmente,  soy capaz de hacer desaparecer cosas. Este es un poder que no controlo aún porque, que yo sepa, se me ha evaporado, sólo en el año pasado, un pantalón de traje, una falda de lentejuelas (detalle importante porque brilla y es más fácilmente localizable), dos jerseys,  tres carnets de identidad, dos llaves, infinidad de libros (con estos tengo más habilidad porque suelen aparecer en las estanterías de mi hermana)… Y lo que me eleva a la categoría de genio: un coche. Claro que aquí discuto autoría con el señor de la grúa, que afirma que se lo llevó pero no sabe dónde se encuentra ahora. Al final, el juez decidirá.

Hay más: nunca me quemo con la comida (soporto temperaturas infernales), arreglo botones con imperdibles, no me desvela el Red Bull, leo a la velocidad del rayo (lo que lleva a que nadie me regale libros porque confunden velocidad con falta de disfrute y eso pasa en otros lares, no con la lectura), sumo tan rápido como leo, adivino los finales de las películas…

Estoy tratando de desarrollar otro: reconocer a los cascarrabias cenizos antes de que destilen su veneno. He pensado en preguntarles a ellos si tienen algún superpoder, para que se planteen su visión de sí mismos, para que busquen algo que los haga sonreir. Lo intenté con el Señor Anti-Navidad. Se lo pregunté. El hombre se volvió a mi compañera y le preguntó: “¿Está loca?”. Mi amiga le contestó, aguantando la risa: “Sí. Es un don que tiene”… Él se lo pierde pero insto al resto, a los que aún se pueden salvar que, cada vez que deseen hacer críticas no constructivas, quejas vacías, que se paren un segundo e imaginen una cualidad, que la eleven a la categoría de suporpoder y la compartan. Habrán dicho una tontería pero, por muy estúpida que sea, es preferible a la más inteligente mala baba.

Y es fácil. Una vez, viendo una peli de vampiros, a uno de ellos le apuñalan y la cámara enfoca a la herida, que sana milagrosamente. “Yo también tengo ese superpoder. mamá”, me dijo Ariel. “Sí, claro.”.- le contesté yo incrédula. Me miró muy serio y matizó: “Que sí, mamá. Yo tengo ese superpoder…. sólo que es más lento”… ¿Veis?.

miércoles, 8 de enero de 2014

Motivos para motivar (se).


           La gente siempre espera un buen final pero hay ocasiones en las que mataría por un buen principio. Como ahora. Tengo muchas cosas que decir y vanidad de sobra para esperar que lo leáis, pero sé que si no empiezo con fuerza, si aburro al principio, el resto pierde ritmo y ya no conseguiré que sonriáis. Y sí, lo confieso, a veces, por muy optimista que pretenda ser, me sale la vena mustia. Que conste que he utilizado el verbo “confesar” a propósito: en la era de la Ley L´Oreal (porque yo lo valgo), en la época del coaching, del tú puedes si tienes actitud, admitir que hay un hueco para un pensamiento negativo es pecado. Y no. Eso es tan pecado como sucumbir a la gula en Quique Dacosta: inevitable (fuerza mayor, lo llaman).
           Me encantan los mensajes positivos, soy una grupie de señores como Luís Galindo (http://www.youtube.com/watch?v=Z834cqQ0uTM) o Emilio Duró (http://www.youtube.com/watch?v=KPcweq5_vu8) pero todo con moderación, o mejor, con sentido común. La figura del “tonto motivao” (sin “d”) debería estar presente cuando damos un consejo a un triste y más aún, cuando nos hablamos a nosotros mismos. Haciendo mías las palabras del Sr. Duró: como le digas a un burro que puede saltar una valla de dos metros, cual corcel (esto es mío, es que soy una antigua), como lo motives y lo animes, se va a dar un tortazo de la leche. Lo malo es que, en el fondo y aunque a veces caigamos en la autoflagelación, en circunstancias normales ninguno ve sus propias limitaciones y, a la hora de alentar a otro, proyectamos nuestra soberbia en él para no sentirnos culpables por “sabernos” superiores y le señalamos: “Tú puedes, tú puedes” (bueno, reconozco que hay quien apoya a otros por pura bondad, pero me es imposible abarcar todas las posibilidades) y, a veces, simplemente, no puede. ¿Quién se ha abstenido de decirle a una amiga, un pelín contrahecha, que se ha fijado en el dandy del barrio, eso de “Nena, inténtalo…. ¿Qué puedes perder?. El `no´ ya lo tienes…”.? Pues no, bonita, el `no´ no lo tiene aún, sólo tiene la sospecha del `no´, que es mucho mejor que la certeza del `no´, en estos casos.

           Vamos a tener que reprogramarnos. Se confunde el hacer lo que te da la gana porque tú lo mereces con el optimismo, el estar triste o tener ansiedad o un pequeño bajón con ser depresivo. Lo primero es una gran estupidez que sólo te traerá problemas, lo segundo es una fase necesaria para equilibrar caracteres.

           No sé cuál es el secreto para ser feliz, sé lo que me funciona a mí: las pequeñas cosas. De hecho, últimamente, mi fuente de felicidad más frecuente es la tienda Gourmet del Corte Ingles: un día descubrí que habían traído un té que me encantaba de Whittard of Chelsea, otro Coca-Cola de vainilla, el siguiente golosinas divertidas. Seguramente, el señor que hay allí piensa que estoy chiflada pero como creo que, en ciertos momentos, acierta, no se lo tengo en cuenta. Esas alegrías minúsculas (provengan de los grandes almacenes, de la pizzería de Giovanni, del señor que me dice una lindeza sin venir a cuento, de haber hecho una amistad, de una tarta hecha para mí en la Masía de Chencho, de un accidente evitado, de un kilito perdido sin esfuerzo...) mejoran mi ánimo, me hacen más amable, mi trato con la gente mejora, me aprecian más y surgen mil oportunidades. Creo que esa es mi definición del optimismo: la capacidad para ver diminutos motivos de satisfacción en situaciones cotidianas. Una vez que aprendes a reconocerlos, a pararte a agradecerlos, a compartirlos, los días son mejores y atesoras momentos que te salvan en los malos, que los tengo y hasta los disfruto porque tampoco quiero convertirme en una Pollyanna (esto es de la misma época que el corcel), que el exceso de entusiasmo me produce una especie de vergüenza extraña parecida a la que me produce las declaraciones de amor ajenas.

           Una vez le pregunté a Ariel si era feliz. “Bueno, hace un rato lo era”, me dijo. “¿Ya no?”, le pregunté. Con un poco de sorna, me contestó: “Estoy estrenando videojuego e iba ganando. Así que estaba la mar de contento. Me has hablado, me he desconcentrado y me han matado. Ya no estoy contento. Pero no te preocupes, en cuanto dejes de hacerme preguntas trascendentales, seguro que recupero mi felicidad.”. Esa es la idea: la felicidad es sencilla.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Ese señor de negro.

              Siempre he sido afortunada y no en el sentido convencional. Las bondades en mi vida llegan tras un camino extraño y, en numerosas ocasiones, tortuoso, divertido, intenso. Nunca sé dónde me va a llevar pero siempre me encuentro con una meta impredecible y positiva. Ahora , esos avatares fascinantes me han convertido en futbolera. Yo. La de las lentejuelas. La de los tacones imposibles. Soy futbolera. Y he aprendido a serlo de la forma más entrañable y profunda, de la única manera en la que alguien como yo podría convertirse en una aficionada al fútbol, a un equipo concreto. Mi Elche. Mi emoción cuando los veo no ha ido de fuera a dentro. Se ha producido al revés: les he cogido cariño, he entrado en su mundo y luego me ha importado ver el producto de esa mezcla heterogénea de personas, que no se limita a los partidos, es también lo que existe antes y después de cada partido.
              A estas alturas, más de uno sabe que soy el letrado interno del Club (porque externos hay otros, grandes sabios y compañeros inmejorables. Unos caballeros). También es conocido mi despiste, que alcanza cotas de leyenda: no sé quien es quien, confundo a futbolistas con becarios y llegue a preguntar a los diez minutos de empezar un partido si eso era ya el juego o calentaban, unos contra otros, un ratito, como en el pádel... Y, mal que les pese a los que buscan bronca, salí elegida tras una selección (que no digo yo que fuera la mejor, nunca conocí al resto, pero ya anuncié al principio que soy afortunada) y no existe persona alguna en el Elche a quien me uniera una amistad previa. Así que era imparcial. Y con esa imparcialidad creé mis grandes filias y mis pequeñas fobias, que de todo hay.
              Yo viví el ascenso a Primera División desde la satisfacción que me producía ver a personas a las que acababa de conocer pero que empezaba a apreciar muchísimo ser tan felices. Me daba energía observar a los trabajadores del Club vivir la victoria tras haber hecho (ellos, que no yo) jornadas maratonianas y esfuerzos dignos de ser contados por poetas griegos. Fui feliz siendo testigo de la felicidad genuina y sencilla de los aficionados. Y luego, me enamore del Elche. No fue un flechazo. Y por eso ahora lo quiero de corazón, con sus defectos y sus virtudes, porque vi cada pequeño detalle, negativo y positivo, y me cautivó. Su imagen real, no una idealizada por la flechita de Cupidito (ya se sabe lo peligroso que es dejar un arma a un niño sin supervisión, y si es tan cursi como éste, peor).
              Y es desde esa perspectiva peculiar y muy personal desde la que escribo indignada e infinitamente orgullosa. Indignada de que no pase nada, de que en el mundo del fútbol un árbitro sea intocable, de que no hayan medidas para corregir errores de millones de euros. No lo entiendo... Mi familia es más de tenis, y digo mi familia porque yo, más que a Navratilova, me parezco en la pista a Pávlova bailando El Lago de los Cisnes: una pierna por aquí, una mano por allá... (vale, si, en realidad me asemejo más a un pato amigo del cisne que a la bailarina pero es mi versión y lo cuento como quiero). Allí hay más rigor (en el mundo del tenis, no en el estanque de los patos). Y que nadie me diga que es parte del espectáculo porque también lo era, en su momento, que los leones se comieran a pobres guerreros en el Circo Romano y eso acabo fatal. ¿Por qué no hay un mayor control sobre las capacidades de quienes imponen las normas en el terreno de juego?. Hoy no nos merecíamos perder pero, sobre todo, no nos merecíamos el trato. No nos merecíamos la burla. Lo hemos visto todos. Todos. Nosotros y ellos. Menos él. Yo sé y defiendo que la realidad es relativa pero no tanto... Curiosamente, la indignación me ha dado alas para sentirme orgullosa del equipo (apunte: ya sé quien es quien. Más o menos. Bueno, la mitad. Paciencia), de nuestro entrenador, noble donde los haya, de todos mis compañeros que pelean cada detalle y la mayoría (uno o dos se nos escapan) con un humor divertido y, muchas veces, ácido y, también,  de quienes tienen el poder y la obligación de decidir en el Club, porque, aunque las críticas son más sencillas que los halagos, esto no es una ciencia perfecta y siempre habrá alguien descontento pero el solo hecho de decidir y asumir esa responsabilidad los hace valientes y son, me consta, personas cercanas e inteligentes. Y un toque para las conciencias reaccionarias, en general: cada supuesto fallo al que se le hace alaracas viene avalado con miles de aciertos a los que no se le hacen palmas.
              Yo tuve un profesor en la Universidad que nos dijo el primer día: "Todos ustedes tienen mi
respeto.  ¡¡¡Ay de aquel que lo pierda!!!". No ha habido honor en el arbitraje de hoy. Ese señor de negro ha perdido mi respeto, el cual, estoy segura, a él le importa un bledo pero a mí decirlo y escribirlo me deja más a gustito.

lunes, 24 de junio de 2013

Canallas y descafeinados.


            De todos es sabido (por publicaciones en Facebook) que no soy partidaria de esa igualdad de laboratorio por la que aboga la masa. No soy feminista, ni machista, pero prefiero un bombero a una bombera y una esteticista a un esteticista. Todo ello, que conste, desde el mundo de las ideas (porque si se me incendia la casa y me rescata la abuelita de Piolín, no seré yo quien ponga pegas). Hay cosas para las que estamos más preparadas naturalmente nosotras y otras que son más sencillas para ellos. Y el que discuta eso, es un memo. Se confunde lo comparable: por ejemplo, no se es más o menos inteligente por ser chico o chica, la inteligencia es la suma de muchas cosas pero no se encuentra entre ellas el género, es la habilidad para determinadas actividades la que viene definida por ese género. Y se acabó la discusión. A partir de ahí, sentirse ofendida, entre otras cosas, porque se hable en el masculino plural es una soberana estupidez.  Recuerdo una vez que iba a cenar con un chico. Como siempre, yo iba hablando (y, como soy chica, además estaba concentrándome en caminar con salero, pensando en si llevaba las llaves, apuntando mentalmente llamar a una amiga…). Al llegar al restaurante, enfilé con paso decidido hacia la puerta, levanté altivamente la cabeza para hacer una entrada triunfal, sonreí de medio lado a mi acompañante y me estampé de la forma más dolorosa, sonora y ridícula que puede estamparse una persona contra una puerta de cristal… Y yo la había visto, que conste, pero dí por sentado que el muchacho iba a abrírmela… Sí, sí,  lo que casi se abre es mi cabeza… Lo malo es que no es culpa de ellos.

            Somos más chulas que un ocho y, aunque puedan sospechar que no es más que una fachada, ellos se ven en la obligación de aparentar que nos apoyan en esas reivindicaciones y actuar en consecuencia. El temor a insultarnos siendo excesivamente caballerosos ha dado lugar a un “colegueo” que, desde el punto de vista de la amistad, es muy loable pero que, aplicado a tu pareja y/o pretendiente (que hay quien tiene las dos cosas) es muy poco sexy y nada estiloso.

            Los despistamos. Los dejamos perplejos. Y, si no consentimos que nos cuiden (lo necesitemos o no), algunos acaban cuidándose a sí mismos y caen en el extremo. No les permitimos ser hombres y corremos el riesgo de que alguno se nos quede descafeinado. Que tu amorcito sea el que más tarde en arreglarse de los dos, no es normal (salvo que se esté vistiendo de romano para las fiestas locales y siempre y cuando tú no vayas de lagarterana). Que, una vez arreglado, su pelo luzca mejor moldeado que el tuyo, no es normal. Y algo novedoso: que lleve más escote que tú, con un bronceado perfecto y más terso de lo que lo has tenido tú nunca (ni siquiera durante tu adolescencia), no es normal… Lo pobrecillos invierten todo ese primitivo instinto protector en sí mismos porque no encuentran receptoras agradecidas y, claro, en el momento exacto en que el Universo decide que tengas un ataque de femineidad  y necesitas sentirte mimada y protegida, los pillas desentrenados y son absolutamente incapaces de darse cuenta de que has pasado de leona, que caza y cuida a los cachorros mientras el rey de la selva se queda descansando para no despeinarse (los del National Geographic pueden decir misa: ese el motivo real) a gatita abandonada…. No es egoísmo: es costumbre. Yo aconsejo pedirlo directamente y no tener esperanzas de que se percaten ellos solitos (claro que alguno, aunque se lo digas, puede sospechar que es una trampa para descubrir si realmente te considera objeto de cuidados y se bloquee)…

            Chicas, lo estamos haciendo fatal: por ir de superwoman acabamos nosotras subiendo las bolsas de la compra, montando los muebles de Ikea, lavando el coche,  colgando cuadros… Si fuéramos un poquito más listas, ensayaríamos en el espejo el hacer “ojitos”, el movimiento de pestañas, el suspiro halagador. Si estuviéramos al resultado, sabríamos que da igual lo que piense el pobre peón, no importa que se crea más fuerte, al final, nos habrá ahorrado un esfuerzo innecesario… Nosotras sabemos que somos competentes y, de vez en cuando, para demostrarlo, podemos hacer un alarde de nuestra habilidad, pero el verdadero superpoder está en nuestra gran capacidad de inocente y suave "manipulación", con clase, con elegancia, sin dar pena.

            Nos vamos quedando sin hombres de verdad. Esperamos que sean sensibles y luego les perdemos el respeto cuando se pasan de impresionables. En realidad, basta con que sean comprensivos, es enriquecedor que nos den su visión masculina de las cosas (muchas veces más sencilla y, por ello, tal y como dijo Ockam, probablemente la correcta), no tienen que exagerar en su empatía: si él llora con una peli, puede parecernos tierno; si llora con todas las pelis susceptibles de lagrimitas, es un blando. Siempre… Lois Lane se enamora de Superman, no del panoli de Clark Kent (y eso que el mismo Superman roza la cursilería); en el Fantasma de la Ópera, yo habría elegido al fantasma; prefiero mil veces ser atacada por un vampiro de True Blood que por uno de Crepúsculo (y eso que a éstos últimos puedes usarlos de lamparita de ambiente, a poco que les dé un rayito de sol)… Todas las mujeres han deseado, en algún momento, que su enamorado tenga un arranque prehistórico, una vena canalla: el Príncipe tiene que luchar contra los dragones y rescatar a la Princesa. Estaría feo que la Princesa le diga: “Oye, que si no salgo es porque no quiero. Soy muy capaz de salvarme sola. Y, por favor, una vez que lo haya hecho, no me bajes el puente levadizo, que ya puedo yo….” Eso es lo que dice pero, si es una verdadera Princesa, no es eso lo que quiere… Y peor estaría que el Príncipe le grite al torreón: “ Guapita, que como tengo claro que tú puedes, ya te espero aquí, que no se ensucie mi caballo blanco”… Y los que dudáis, recordad que todos encontramos lógico que Fiona eligiera a Shrek….

 
Página de Facebook: Red Carpet by Cristina Birlanga.

martes, 30 de abril de 2013

By the Face...


Odio los cartelitos con mensaje. Y las frases hechas. Y que me manipulen. Y, últimamente, Facebook es un compendio de todo ello. Horrible. Hace un año, cuando entraba en el “Face” me encontraba con cotilleos interesantes, de cosecha propia. Unos más inteligentes que otros, unos divertidos, otros tristes, alguno muy ingenioso y otros muy cursis. Pero que te decían algo de la persona que los escribía. Ahora, cada vez que entro, me encuentro con cartelitos sobre tres temas básicos: política, autoayuda y amor.

Voy a empezar a denostar el más fácil: la política. Hasta las narices estoy de las generalizaciones, de que la masa permita que se le trate de incapaz con tal de no admitir sus errores. Los mismos que no asumen su parte de negligencia a la hora de firmar hipotecas imposibles sin leerlas (ni escucharlas, que el Notario te las cuenta) me vienen a decir a mí que una anarquía desvaída (léase, con toda la intención, escarches) aporta cualquier cosa positiva a la situación económica nacional. Ja. Más bien entiendo que algún idiota con sueños de grandeza quiere embrutecernos a todos para disimular su propia estupidez. Hay políticos corruptos y políticos que no. Y existen problemas de difícil solución e, incluso (¡¡Oh, sorpresa!!), existen problemas sin solución, pero, antes de tirar al capitán del barco, habrá que estudiar si hay otro más capacitado para el cargo y, sobre todo, si quiere asumirlo. Y tampoco podemos dejarles todo el trabajo a ellos. Si empezamos a asumir nuestros deslices en lugar de dedicarnos exclusivamente a señalar a los sinvergüenzas que se han aprovechado económicamente de su puesto, validando nuestros pequeños delitos por comparación (venga, ¿quién no ha pirateado música, libros?, ¿quién no ha cobrado alguna factura en negro?), empezaríamos a cambiar las cosas desde abajo (los cimientos, ¿recordáis?, lo importante). Y no digo que dejéis de hacer facturas en negro o de bajaros música, lo que digo es que no todo vale y que hay un límite a la rebeldía que pasa por el respeto a la integridad física y moral, y deslegitima el intrusismo feroz en la intimidad de cada personaje público.

Ahora lo que más noqueada me deja: los mensajitos de autoayuda. A ver, chicos, hay gente que se convierte en un peligro si la animas. El “Porque tú lo vales” está muy bien, salvo porque a veces no lo vales. El “Eres único en el mundo, no hay nadie como tú. Eso te hace especial para el Universo.” puede ser hasta una verdad cósmica, pero el que alguien sea único y especial no lo hace bueno… En ocasiones das gracias porque sólo exista una unidad de ese espécimen. No todo lo especial es mejor. Se puede se especialmente ganso, o especialmente insoportable. Lo de “No te rindas. Si el Plan B no funciona hay 27 letras más en el alfabeto”, es muy positivo pero yo desistiría antes de llegar a la “D” de Desastre. ¿Habéis oído hablar del “tonto motivado”?. Hay personas a las que no se debe alentar porque la catástrofe está asegurada. “Tú puedes. Tú puedes”.  Y llega el batacazo. Y mi favorita: “Lo importante, lo que te da la felicidad no es alcanzar la meta, sino el camino que recorres para llegar a ella””. El que ha dicho semejante tontería no me ha visto a mí en el gimnasio: mi meta es ponerme estupendísima (”Cris, tú puedes, tú puedes…”), el camino es hacer deporte. Después de cargar con la bolsa de la ropa para arriba y para abajo, cambiarme en un vestuario lleno de niñas fantásticas, tener que mirarme al espejo mientras salto y brinco, sin garbo ninguno, sudar y ponerme colorada, destrozarme el pelo para el resto del día, soportar que la ducha me ataque, darme cuenta de que acabo con hambre canina, sufrir dolores musculares porque no sé hacer correctamente ningún ejercicio,… después de eso, si alguien me habla de una ONG que realiza operaciones estéticas gratuitas me postulo como beneficiaria y que le den a los olores, los sudores y los esfuerzos. Paso de disfrutar el camino en burro, me voy en vuelo express y ya veré las fotos del paisaje en Nacional Geographic… 

Y por fin llegamos a lo más tierno: los mensajes de amor y desamor. Ufff. Situémonos: partiendo de la base de que las ostentaciones de amor públicas me parecen muy, muy cursis, el hacerlo a través de cartelitos dedicados lo convierte en cursi y poco original, dos pecados graves. ¿Qué tú quieres mucho a Manolo?. Pues le dices: “Manolo, te quiero.”. Ya nos hemos enterado todos y podemos superarlo. Como ese “Manolo, te quiero.”, vaya acompañado de una foto de los osos amorosos, con un arco iris precioso, una rosa sin espinas, una nube de algodón y un lazo a través del cual se puede leer: “Y mi amor será eterno porque nace de los dioses.”, tú, Manolo, los osos y los dioses habéis pasado a la categoría de cursis perniciosos. Eso sin contar que quizás, en un mes, los osos se han convertido en salvajes, los dioses son tipo Hades y Manolo se merece un “Me dejaste pero nunca podrás olvidarme”. Y todos sabremos que te ha dejado... El amor de verdad es bonito, divertido, exultante y, sobre todo, personal. Privado. Íntimo. Subjetivo. Facebook no es el medio para manifestarlo con boato: aunque te parezca imposible, se puede acabar y todos, todos, vamos a ser testigos. Una antigua agregada mía de una red social escribió, dedicándoselo a su pareja: “Si quieres saber cuánto te quiero, cuenta las estrellas del cielo:…”. Al poco tiempo, me la encontré por la calle, le pregunté por su vida (la real, que la del Face me la sabía) y me contó que estaba con un chico pero que, de repente, dejó de llamarla para hacer cosas juntos y que no le atendía el móvil cuando lo telefoneaba para ir a comer o al cine, que únicamente recibía mensajes suyos a altas horas de la madrugada, a los que ella no contestaba porque pensaba que sólo “eran para lo que eran” y que no entendía nada. Intenté ser discreta pero no pude evitar decirle “Nena, ¿no le mandaste a contar estrellas?... Tendrá el horario cambiado…” Por si no lo sabías, no todos tus contactos de las redes sociales son tus amigos. Sé más prudente. Y esa prudencia a la hora de demostrar tu amor la tienes que elevar a la máxima potencia cuando se trate de manifestar tu desamor. Las frasecitas esas del tipo: “Te darás cuenta de cuánto valgo cuando sea tarde”, “Nuestro amor fue tan fugaz, que lo vio una estrella y pidió un deseo” (es que las estrellas dan pa´tó), “Fui lo mejor que te pasó pero no supiste cuidarlo”, “El que no te valora hoy, mañana te extrañará””…. Ay, que risa…. Si te dejan, bonita, da igual que seas fantástica, lo mejor, un espectáculo: te han dejado. No muevas un dedo para escribir NADA sobre él. Al igual que cuando estabas enamoradísima podía cambiar la situación, cuando ésta ya ha variado, puede retornar el cariño y está feo que dejes escritas ciertas cosas. Pero, en cualquier caso, él (o ella) no es malo por no quererte. Es la vida, asúmela. Si estás triste, que sea en privado, con tus personas de confianza, pero no lo publiques y no para que así tu ex se sienta fatal al creer que te da igual la ruptura (porque, desengáñate, si ha roto contigo, no saber de ti es un alivio que le evita problemas de conciencia), sino porque dentro de un tiempo no te reconocerás en esa persona derrotada y podrás tratar de olvidar esa fase, cosa mucho más difícil si has proyectado esa imagen en personas que sólo conocen lo que informas en tu página. No compartas con cualquiera las penas. No es elegante y no es sano. Y, sobre todo, no demonices a quien te quiso y a quien quisiste, debes recordar que no siempre eres la dejada, otras veces abandonaste tú y seguro que, en cada una de aquellas ocasiones, tenías tu justificación, tu versión del tema. Reitero una anécdota de Ariel: estábamos una amiga mía, a quien había abandonado su novio, y yo en casa, tomando un té y charlando sobre ello. Mi hijo estaba sentado cerca de nosotras. Ella dijo en un momento dado: “Decía que me quería, que era la mujer de su vida, Y era mentira. Eso es lo que me duele: que me mintiera”. Ariel, sin despistarse de lo que estaba haciendo, comentó: “Pues no te agobies. A lo mejor, cuando te lo decía, lo pensaba. No te ha mentido, puede que sólo haya cambiado de opinión”…  

Voy a hacer una “especial” mención (¿veis?, un ejemplo donde lo especial no será positivo) a las publicaciones en cadena que empiezan con un “Seguro que estás muy ocupado y no le darás a Me Gusta..”… De verdad que me hace gracias esa manipulación tan pueril… Me contengo para no comentar: “Estoy muy ocupada para darle al Me gusta pero puedo hacer un hueco para darte a ti si te veo”…

No sería justo meter a todos los cartelitos en el mismo saco. Hay algunos muy ingeniosos. Hay chistes buenísimos. Ironías políticas brillantes. Otros que informan estupendamente. Algunos curiosos… Como siempre, no pretendo más que plasmar una caricatura de lo que pienso, sujeta a miles de excepciones y salvedades. Y seguro que todos aquellos que estén disconformes conmigo tendrán razón. Como yo. Me encanta que todo sea relativo…

jueves, 25 de abril de 2013

Veritas Veritatis.




Hay gente que me cae mal, fatal. Porque sí, sin motivo ni razón aparente. Personas buenas y entrañables que, por eso mismo, consiguen que me caigan peor ya que me siento muy culpable por la falta de química. Luego hay otras que detesto sin paliativos, sin sentimiento de culpa, regodeándome en la animadversión: las personas que van con la verdad  por delante… Hablo de aquellos que empiezan las frases jactándose de sinceridad: “Mira, te voy a ser sincero/a…”… Tú y yo sabemos que lo siguiente que nos va a dar es un disgusto. Enorme. Pero, como ha empezado con un grandilocuente  anuncio de veracidad, no nos defendemos… Y acabamos siendo heridos por unos maleducados. Porque eso es en lo que se convierten ciertas verdades cuando se muestran desnudas: en mala educación. Si la verdad es bonita, puede presentarse sin artificios pero las verdades incómodas hay que maquillarlas, suavizarlas y esconderlas si hace falta. Y el que te lanza cruelmente una verdad horrorosa no es un amigo queriendo que abras los ojos, es, en el mejor de lo casos, un morboso que va a regodearse con tu cara de susto…

Eso sí, debemos distinguir esto de los sarcasmos y las maldades que se le dicen a quien no soportas. No soy partidaria de la violencia, ni verbal ni física, pero una buena puya inteligente e irónica es como el aire que escapa de una olla a presión: necesario para no explotar. Recuerdo una vez que una persona a quien no conseguía caerle bien me dijo, tras preguntarle yo porqué me miraba tan fijamente: “Es que soy un perfeccionista. No quiero que los dioses se confundan de víctima, necesito que la muñeca de vudú se parezca lo más posible a ti”… Y que conste que me lo dijo con rabia…. Es malo pero ingenioso y lo prefiero a un bueno simplón… Claro que la respuesta de otro de los comensales de aquella cena a esas palabras fue: “Ahórrate trabajo. Coge una Barbie y quítale tetas…”. Y se supone que ese me apreciaba….

Recordáis aquella frase de “La verdad hay que presentarla en bandeja de plata”. Pues yo añadiría un acompañamiento de pastelitos y sándwiches de pepino con hummus (probadlo, qué rico: no hay nada cómo una nevera en las últimas para crear nuevas combinaciones).

Y, sobre todo, hay que preguntarse si es ineludible que el destinatario de la verdad la conozca. Yo admito que soy de las que prefiere tener toda la información pero también es cierto que, como fiel forofa del optimismo (a veces tropiezo pero lo intento), normalmente trato de sacarle partido, lo cual se  hace más difícil cuanto más cruda me la han presentado. Se puede cambiar el curso de una vida con una verdad malintencionada, por muy real y cierta que sea.

¿Qué necesidad hay de ser desagradables y cobardes?. ¿Por qué hay que vanagloriarse de decir las verdades a la cara cuando, en realidad, estamos escondiéndonos tras una falsa imagen de buena voluntad?.

Conozco gente fea, pero fea de verdad, por dentro y por fuera. Pero no se lo digo. Conozco gente absurda, inculta. Pero no se lo digo. Conozco gente pedante y altanera. Pero no se lo digo. Si puedo, la evito y, si no tengo esa suerte, soporto esos momentos y me doy por perdonados varios pecados, veniales o capitales, dependiendo del tiempo de penitencia que no logre evitar.  ¿Eso hace de mí una hipócrita?. Yo creo que me hace una superviviente ya que estoy convencida de que su idea sobre mí puede ser tan mala como la mía sobre ella, y quien levante la veda va a desencadenar una tormenta perfecta y maloliente.

Cuando alguien me diga: “Lo siento, te lo tengo que decir aunque no te guste. Es que si no te lo digo, reviento.”, voy a contestar: “Me parece bien. Revienta”. ¡¡¡Qué cansinos, por Dios!!!. Ese tipo de gente hay que evitarla. Ese tipo de personas son unos pesimistas. Siempre. Porque el optimista sabe que insuflar  a los demás ánimo facilita a uno mismo la terrible tarea de ver el lado bueno de las cosas.

Yo pienso pasármelo bien en la vida y las penas y problemas que pueda tener vendrán del Destino pero no a través de personas malévolas.

Y si alguno tiene tentaciones de convertirse en un sincero sin escrúpulos, debe recordar que todos tenemos nuestras miserias y algunas de ellas son visibles pero que los demás tienen la clase suficiente para no evidenciarlas, cosa que puede cambiar si vamos por el mundo ofendiendo con nuestros alardes de veracidad.

Cada uno debe tener claro a quién se enfrenta y no dejarse amilanar ni humillar por esos infelices. Tendremos que disfrutar de nuestros fallos y presumir de ellos, porque es lo que nos hace divertidos e interesantes. Una persona sin mácula es previsible y, por ello, un tostón. Hace poco, estaba fardando Hugo de sus virtudes y le preguntó Ariel. “¿Qué pasa?. ¿Te crees el mejor?.”. Hugo le replicó: “No. Pero tengo el toque justo de imperfección para ser perfecto”. Prometo que lo mismo le contesté yo a mi hermana, en una situación similar. Fíjate si lo tengo claro...

miércoles, 2 de enero de 2013

Memoria, coherencia y quejicas: tiempo al tiempo.


Hoy le he dicho a mi hermana que me chive algún tema sobre el que escribir un Blog. Ella me ha respondido: “Sobre lo maravillosa que soy.”. A mi vez, yo le he contestado: “Lleva cuidado…”. ¡¡¡Ea, pues voy a hacerlo!!!.. Bueno, más o menos: voy a hablar de nuestra infancia, hilándolo sutilmente (tan sutil que lo digo por si no os dais cuenta) con las fechas en las que estamos, en cuanto al avance del tiempo y la llegada del Nuevo Año.

Yo soy la hermana mayor, buena, responsable, educada y abnegada. Ella es la hermanastra mala, digo, ella es la hermana pequeña… Por situaros.

 Cuando éramos niñas, había que jugar sin mecanismos complicados. No podías conectarte a Internet y estar en continuo trasiego con tus amigos, así que tu hermano se convertía en tu amigo/enemigo casero. En mi caso, éramos adictas a las Nancys. Yo ya apuntaba maneras y me dedicaba casi exclusivamente a cambiarles de ropa. Las pobres no tenían excesiva vida social. Como mucho, entre tanto cambio de vestuario, les daba tiempo a tomarse una coca-cola con Lucas o un té rápido con Lesley. Cuando no estaba vistiendo a mis muñecas, estaba disfrazándome yo o maquillando una careta de un juego de la Señorita Pepis… ¡¡¡Qué bonito e inocente!!!, pensaréis… Sí, sí… Me río yo de los que acusan a los videojuegos de favorecer las conductas violentas en los niños de hoy en día… Nancy, Lesley, Lucas, Señorita Pepis: eso que suena tan ingenuo provocaba unas peleas entre nosotras cuya onda expansiva habría hecho que Walking Dead se quedase en el capítulo piloto por aniquilación de todos los zombies. Menos mal que, en aquella época, no se llevaba lo de Servicios Sociales pero es que tampoco hacía falta: estaba tu padre (el mío en este caso). No hablaba: nos miraba... oblicuamente. Notabas como subía el tono de su piel a un rojo pasión que te indicaba peligro inminente. Enmudecías (porque una buena pelea requiere una banda sonora, muy sonora y, en los minutos previos a la entrada del adulto en cuestión, habías elevado la voz a cotas que habrían sido la envidia de Pavarotti). Y, durante unos segundos, esperabas que no hubiera escuchado los insultos que os habíais proferido a voz en grito,. Pero los había oído. Alto y claro. (Él y la población ilicitana en un radio de cinco kilómetros). Y, para contrarrestar, te susurraba el castigo, flojito (tipo serpiente de cascabel) y tú lo acatabas… Como ahora. El mismo respeto: la última vez que reñí yo a mis hijos porque discutían, se miraron el uno al otro, y mantuvieron esta conversación, ante mi : “¿Nos está riñendo?.” “Sí. Está mona cuando se enfada, ¿eh?”.”Se le ve más rubia.” “Eso es por el contraste. Está colorada”…Colorada y ojiplática.. Si esa escena la hubiéramos reproducido mi hermana y yo ante mi progenitor, le da una apoplejía…

       Yo no soy de las que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. De hecho, no tengo muy claro si eran tiempos más inocentes o más ignorantes. O si la inocente e ignorante era yo.  Hay cosas que no habría cambiado. El precio del pan, por ejemplo. Y me explico: hoy he ido a comprarlo. Eso en sí ya debería ser noticia porque las labores cotidianas y yo no nos llevamos bien.  Me he agenciado tres panecillos minúsculos. 1.80.- €. Y me he ido tan feliz. Pero mi felicidad es como aquella del extranjero al que le dices: “¡¡¡Vaya cara de empanao que tienes, so guiri!!!”, mientras le sonríes y le das  golpecitos amistosos en el hombro (yo nunca lo he hecho, pero me lo han contado)… Oye, ha sido traducirlo e indignarme: ¡¡¡Trescientas pesetas!!!... Lo de “La espiga de Oro” va a ser verdad… Pero hay otras cosas que han evolucionado hasta hacerse maravillosas: los wonderbra (pura ingeniería), poder comprar por Internet cosas glamourosas y fantásticas con atención personal (Pura suntuosidad. Mi preferida, con diferencia: www.divavanitas.com. Un vicio),  las bebidas energéticas (pura adrenalina), los microondas (pura brevedad), las carreteras (pura comodidad), los móviles (pura comunicación), los zapatos cómodos de tacón imposible (sólo si son de Pura, claro)…

       Y hay mil cosas que se mantienen inalterables: las chuches, las calles del Monopoly, los Peta-Zetas (no sé si incluirlos como chuches, como condimento culinario o como material explosivo), los bolis BIC, las pipas, el chocolate con churros, el Pan Arabo de Trento, la Catedral de Burgos (digo yo)…

       Sentir nostalgia del Pasado es humano, más que nada porque ha sido una época que hemos sufrido, disfrutado y superado y el Presente y el Futuro son incertidumbres que sugieren el miedo a lo desconocido, mezclado, eso sí, con la expectativa de cambios positivos. En cualquier caso, emocionante. Es cierto que yo soy optimista por vocación (que no por naturaleza: que conste que he trabajado mucho la visión alegre de las cosas porque creo firmemente que es cuestión de práctica) pero mis conclusiones están basadas en hechos. Hay crisis, pensaréis más de uno.  Lo sé. Pero también sé que la mayoría de quienes leéis esto tenéis móvil con wifi (y puede que más de uno), y wifi sin móvil, y tablet, y ordenadores, y aire acondicionado, y gas natural, y todas las consolas del mundo, fijas y para llevar... No es lo mismo no llegar a fin de mes sin caprichos que no llegar con gastos de rico. Menos quejas y más coherencia. Y no es coherente ver en el mismo muro de Facebook cartelitos (esos cartelitos me van a dar para otro blog con muchas, muchas aristas)  lamentando la crisis, reivindicando medidas anárquicas, junto con fotos celebrando comidas familiares en el chalet , brindando con cava del bueno (eso lo he visto yo). No es que esta crisis sea peor que otras a lo largo de la Historia, es que somos más blanditos (yo la primera). Esta crisis limpiará costumbres insanas y dejará al descubierto a negligentes con capacidad de mando (o incapacidad de mando, si se prefiere, pero con oportunidad de ejercerlo). Y, a poco que seamos medianamente congruentes, saldremos mejorados. Regodearse en el barro nos ensucia. Hay que salir del charco, ver con perspectiva sus dimensiones y empezar a drenarlo, secarlo y limpiarlo. Empezando por los barrizales propios. Y, si no se sabe cómo, se pregunta al que le va bien (y con “al que le va bien” no me refiero al que tiene medios económicos sino al que se le ve contento, feliz o, simplemente, tranquilo, tenga o no tenga dinero). Y que quede claro que soy consciente de que es mucho más fácil estar contento, feliz o tranquilo con dinero que sin él pero que, si éste falta o no es suficiente, también es posible, manteniendo esa perspectiva imparcial a la que hay que aspirar. Todos a leer “El Arte de la Guerra”, del chino ese (que nooo, que es de Sun Tzu… Es que la rubia que llevo dentro quería manifestarse). Y si no sacamos ningún provecho de esa lectura, al menos, en el tiempo que has invertido en leerlo, no has hecho gasto (¿veis?: actitud positiva)…

       Así que ya sabéis mi opinión: es bonito acordarse con cariño del pasado siempre que eso no te impida disfrutar de las fantásticas cosas que tiene el mundo actual y trata, cuando cuentes batallitas de otros tiempos (aunque sea de antes de ayer), de hacerlo con un toque de anécdota que compense la diferencia que seguro existe entre lo que recuerdas y lo que realmente ocurrió.

       Sin minimizar la crisis, acordaos de que todo es relativo. Os reitero (anteriormente fue por Facebook) lo que me sucedió una vez con mi hijo pequeño: estaba muy preocupada por un problema al que no le veía salida. Ariel estaba junto a mí, ambos sentados en el sofá que hacía “L”, cada uno en un ala, en ángulo de 90º (no se me ocurre otra forma de explicarlo), me hablaba y no le escuchaba. Cuando se dio cuenta de que yo estaba en mi mundo fangoso, me preguntó sobre lo que me ocurría. Le dije que tenía dificultades para encontrar la solución a un dilema. Me miró, se acercó a la mesa que estaba ante nosotros, cogió un folio y dibujó un 8. “¿Qué ves?”, me cuestionó el sabiondo. “(Ésta me la sé, pensé yo). Un ocho”, le contesté. “Pues yo veo un infinito. Es cuestión de cambiar la perspectiva”…

       Estrenamos año, eso es inevitable. Estrenar perspectiva es una opción. Yo creo que la buena, si hemos sido de los quejicas…

 

 

martes, 4 de septiembre de 2012

Nacida para aplaudir...


“¿Tú tienes hobbies?”, me preguntó un chico hace poco. “No, yo soy más de elfos”, le contesté… Confieso que recurrí a la gansada porque nunca sé que contestar a esa pregunta.  Las musas no se han acordado de mí. O a mí me parecieron un grupito de mujeres muy monas y bien vestidas y decidí evitar la comparación haciendo cola para entrar en la fiesta de Baco. No tengo recuerdos nítidos de aquella época (señal de que me dejaron entrar en la fiesta de Baco). Os lo voy a probar, con tres ejemplos.

 

Euterpe, musa de la música. Directamente, no sé cantar: cuando eran pequeños, mis hijos me decían: “Por favor, mamá, no nos cantes una nana. Te prometemos que nos dormimos.”. Me lo decían con terror. Aprendieron a hablar a los pocos días de nacer, hasta ahí llegaba su necesidad de hacerme comprender la tortura involuntaria a la que les sometía. Lo malo es que debería haberlo sabido sin necesidad de llegar a esos extremos: ya en el colegio era la única niña exenta de música (no de gimnasia, que era lo habitual en las exenciones maravillosas). La razón de mi salvoconducto fue un examen de flauta. Teníamos que tocar Noche de Paz. Yo no la toqué, yo la soplé: tarareaba la canción insuflando aire a la flauta, con lo que el instrumentito pitaba y la melodía la creaba yo canturreando. Al terminar, más feliz que unas castañuelas (las cuales tampoco sé tocar), levanté la cabeza, orgullosa de mi versión New Age del villancico en cuestión. En lugar de aplausos (que yo seguía esperando cuando se les pasara a mis compañeras el estupor de la admiración), me llegó la voz de la profesora que sentenció: “Cristina, tienes un aprobado general para el resto del curso. No aguanto una recuperación contigo”….

 

Terpsícore, musa de la danza. ¡¡¡Ay, con lo que me gusta a mí disfrazarme y dar saltitos!!!. Mi madre, que vio que tenía una hija poca cosa, clarita y presumida, decidió llevarme a ballet. Iba tres días a la semana y dedicábamos todo el año a preparar la función final. Todas me tenían envidia porque yo siempre hacía los solos, siempre, siempre. Se me veía radiante: con mi tutú, mis lentejuelas, mi maquillaje con purpurina, mis plumas de colores…  Os aseguro que recuerdo pensar, en el escenario, que quedaría fenomenal una reverencia a mi público, en ese momento, en mitad del baile, extendiendo mi vaporosa falda, para que se mostrara en todo su esplendor, y hacerla… Y la gente me aplaudía, que conste. Después de cada actuación tenía el ego por las nubes, así que, en una de esas, mi madre, a quien nunca acusarán de ser una sentimental, me dijo: “A ver, Cris, que lo haces fatal. La profesora te deja los solos para ti porque me ha dicho que eres incapaz de seguirle el ritmo a nadie y que le estropeas los cuadros si sales con las demás niñas…”. Ahí terminó una prometedora carrera, digan lo que digan.

 

Erato, musa de la poesía amorosa. Hubo un tiempo en que escribí poesía pero nunca amorosa. Nunca consigo evitar un poco de vergüenza ajena cuando leo poesía amorosa, salvo que el autor se haya muerto hace tiempo, porque como la vergüenza es ajena y él ya no puede sentirla, nos evitamos ese mal trago los dos. No consigo dejar de ver un toque cursi que me molesta.  Es tan fina la línea que separa lo pasteloso de lo bonito… Supongo que podría escribirla pero no sentirla, con lo cual no es la musa la que me está inspirando. Probemos:

 

            Anoche no estabas a mi lado,

            la luna no me supo dar razón,

            Tenías el móvil apagado…

            ¿Dónde estabas, so pendón?

            ¿Con la rubia casquivana

            O la morena fogosa?...

            Te diré que en la mañana

            ambas dos son horrorosas.

            Pero a este dolor que no cesa

            ponerle fin yo busco:

            voy a agenciarme otra presa

            con más dones y mejor gusto.

 

Como que no, ¿verdad?...

 

            ¿Entendéis ahora por qué no sé que contestar a la pregunta sobre mis aficiones?. ¿Qué digo?. ¿Qué me gusta leer y viajar?. Pues claro, pero entonces indagan más profundamente y se evidencia mi naturaleza caótica.

Mi interlocutor:“¿Ah, sí?. ¿Y qué te gusta leer?”…

Yo (lo puesto entre paréntesis es lo que expresa su cara que está pensando conforme le aclaro su cuestión): “Pues me gustan las novelas de miedo  y las historias sobrenaturales (gótica y/o crédula), las de risa y de chicas (superficial), las biografías (pedante),  los comics (friki)… Casi todo, en realidad (dispersa)… Eso sí, no soporto los libros de autoayuda”.

Mi interlocutor: “ (Ea, bonita, pues precisamente eso es lo que estaba pensado que te hace falta). Bueno, me alegro de haberte conocido. Mis amigos me llaman. He de irme. Ya”…

 

            ¿Por qué hay preguntas tan simples, de respuestas tan comprometidas?. Tú puedes tener una sana afición a coleccionar, qué sé yo, dedales de costura, por ejemplo, pero, si lo dices en voz alta, suena estúpido incluso a ti mismo (yo colecciono ranas, que tiene mucho más sentido, por supuesto). No te engañes, el que te pregunta por tus hobbies te va a juzgar, consciente o inconscientemente. Da igual de qué se trate. Si tu afinidad es por la música, te preguntarán qué tipo de música te apasiona. Cuidado. Mucho cuidado. Eso es casi peor que confesar tu tipo de lectura. La música crea fieles cual religión y de todos es sabido que un devoto de Springsteen (equivalente a una religión tipo la católica, judia, ese estilo) no es compatible con un devoto de Justin Bieber (eso tira más bien a la Cienciología). Uno de los dos ha de convertirse para que esa relación llegue a buen puerto, sea el tipo de relación que sea, incluso vecinal (casi con más motivo, que a ellos los escuchas en casa). Un consejo: ante la duda, dí que te gusta la música de los ochenta. Eso fue un batiburrillo de anarquía musical, equivalente al budismo, que nadie sabe muy bien de qué va (tantas variantes, verdades verdaderas, diferentes formas de rendir culto) salvo que lo hayas vivido desde dentro, pero que a todo el mundo le cae bien porque la impresión que da es la de “yo a mi rollo y tú al tuyo”…Si no, ¿cómo se explica que compartiesen Lista de Éxitos Los Pecos e Inhumanos?…

 

            De momento, yo soslayé el interrogatorio. Me salvé por los pelos (y por un mojito que decidí que necesitaba urgentemente en ese instante), pero el peligro acecha. Antes de convertiros vosotros en los inquisidores con preguntas tan aparentemente inocentes, pensad en las consecuencias de los distintos tipos de respuesta, y haced otras menos íntimas, cómo la marca de ropa interior, por ejemplo. Dará más juego. Si cuestionas directamente a alguien sobre sus hobbies, vas a perderte la oportunidad de desvelar el misterio por métodos más sutiles… Tienes que ir conociendo poco a poco a una persona para apreciar en su justa medida su afición por coleccionar trocitos de cables de alta tensión despeluchados que guarda en una urna transparente que sólo puede ser vista desde la cama de su dormitorio… ¿Cogéis la idea?....