http://www.ondacero.es/emisoras/comunidad-valenciana/elche/audios-podcast/opinion/que-espera_201802125a81cb410cf216bbfc6c4a69.html
lunes, 16 de abril de 2018
martes, 14 de marzo de 2017
Podéis llamarme guapa...
Si me otorgaran el Nobel de
Literatura, lo aceptaría feliz y bien vestida, encima de unos tacones
infinitos. Haría una fiesta legendaria, daría
gracias a todos los Dioses por el premio y estaría encantada de que
nadie se hubiera dado cuenta de lo inmerecido que es... Así me siento yo
celebrando el 8 de Marzo, el día de la mujer trabajadora: felicitada sin
mérito. Vale, soy mujer y trabajo, pero porque no tengo más remedio. A mí lo
que me gustaría ser es una unicornia perezosa.
Y, en fin, ya que no me queda de
otra, en algún momento inconsciente decidí disfrutar de mi condición femenina,
pero no me dejan: vivo con el miedo de que se me cuele algún “micromachismo” y no
me indigne lo suficiente…
Como una es muy de hacer listas
(también hago listos: tengo dos, uno de 19 y otro de 16), me he hecho una
relación de lo que, por mucho que aprecie a ciertas amigas mías, no voy a considerar machismo jamás en la vida y el primer punto, el importante, son los piropos. Ya os digo yo que, a
quien no le guste que le digan “guapa”, es porque es fea y sospecha… El mundo es
más bonito lleno de halagos. Yo empleo mucho tiempo cada día en estar
presentable y aún empleo más tiempo en reconocer ese esfuerzo en los demás, y
lo valoro, y lo resalto. Así que, cuando alguien me dice una galantería, lo agradezco
y me crezco y la devuelvo a la mínima que pueda.
El piropo que avasalla, el que
incomoda, ya tiene nombre en español: se llama “grosería” y no depende del
género de quien lo manifiesta, sino de su grado de evolución.
Vamos a relajarnos un poquito todos.
Sé que, como colectivo, en muchas partes del mundo, hay mujeres sufriendo por
el simple hecho de serlo y eso hay que erradicarlo sin duda alguna pero aquí,
en el Primer Mundo, tenemos leyes que nos protegen, hombres que nos entienden
(sin perjuicio de excepciones individuales). Yo sé que soy afortunada: me muevo
en mundos de hombres pero jamás me he sentido ninguneada, ni acosada, ni, mucho
menos, maltratada. Por eso, me da pudor ofenderme por el hecho de que me
halaguen, porque me abran una puerta o se ofrezcan a llevarme el maletín si me
ven muy cargada. Yo no soy una víctima y menospreciaría a quienes sí lo son
indignándome por acciones tan mínimas que necesitamos del sufijo “micro” para
definirlas.
Y practico lo que defiendo: esta
mañana, salía yo corriendo del juzgado y he escuchado la voz de uno de los guardias
civiles que vigilan la puerta. “Letrada, no vaya usted tan deprisa que no nos
da tiempo a mirarla y está usted muy bonita hoy… Es muy salá”. Una, que a la
benemérita le tiene mucho respeto, se ha parado, ha vuelto a entrar y ha comenzado
a caminar de nuevo hacia la salida pero, esta vez, a cámara lenta, repartiendo
sonrisas, haciendo aspavientos y sorprendida de que nadie me pidiera un
autógrafo porque me he visto y el cuadro era precioso. Entre risas, he acabado
de irme. Ya fuera, me ha parado una completa desconocida y me ha dicho,
bastante enfadada: “No entiendo como hay mujeres que aún le hace fiestas al
machismo porque necesitan la aprobación de su físico. Eres una vergüenza para
las de tu género”. Me he quedado quietecita y le he preguntado a una compañera
que pasaba por allí: “Maite, ¿tú te vergüenzas de mí?” Maite, que es una santa
y no se sorprende de nada, nos ha mirado y me ha dicho: “¡Que va!, me caes muy
bien. ¿Nos tomamos una cervecita enfrente y celebramos que es lunes?”. Así que
me he vuelto a la valkiria peleona y le he aclarado: “Esos señores son siempre
amables conmigo y tienen mi permiso para decirme todas las tonterías que deseen
porque me sacan una sonrisa. A ti no te conozco y, lo que es peor, tú no me
conoces a mí, pero te has arrogado el derecho de insultarme. A pesar de ello, te he
escuchado, he comprobado la realidad de tus palabras, ha resultado que no son
ciertas y ahora me voy a tomarme una cervecita con mi amiga. Mientras, tú
puedes quedarte averiguando el significado de la palabra “arrogar” o dejarte de
chorradas y venirte con nosotras. Invito yo”…
viernes, 1 de julio de 2016
Caos también es un dios.
El tiempo prudencial que debo dejar
entre una ruptura sentimental y aceptar una nueva cita son 3 kilos… que es
exactamente lo que me engorda a mí eso de tener novio: por acompañar, empiezo a
comer como las personas normales, a su hora y sin perdonar cenas y ya la hemos
liado.
Es una medida fantástica porque
consigo desintoxicarme, no sólo físicamente, sino mentalmente. Y falta me hace:
entre el calor (que me abotarga) y el ajuste de vida, tengo la cabeza que no sé
si necesito un descanso o un exorcismo. Y mucho me temo que esta vez me voy a
quedar hecha una sílfide (nota para los adictos al móvil: “sílfide”, que no “selfie”)
porque el verano es un horror para lucirme: la sinceridad física no va conmigo,
os lo digo ya. Yo soy más de engañar a la vista ajena, de disimular defectos pero,
en época estival, los tirantitos y los pantalones cortos no dejan mucho margen
de maniobra al encubrimiento, así que hago malabares para ajustar las modas a mis
necesidades. Me encantaría ser de esas personas que se cortan el pelo para ir
más cómodas, o de esas que se ponen cualquier cosa por ir fresquitas. Olé por
ellas. Yo no. Yo parafraseo a Steve Jobs cada mañana y me digo “Si este fuera
el último día de tu vida, ¿te gustaría llevar puesto lo que vistes ahora?” Y si
la respuesta es no, me cambio. ¿Superficial? Puede. ¿Y qué?
Venga, lo voy a confesar: tengo
inseguridades. En este siglo XXI, en el que tienes que estar todo el día
haciendo coaching sobre ti misma, desafiando al mundo, mostrando y alardeando de tus
cicatrices, yo me tapo… pero me tapo con seda, lentejuelas y gasas. Soy insegura con mi aspecto físico en su
estado natural. También confieso que me importa un bledo mientras pueda
producirme hasta el punto de sentirme bien con mi imagen. ¿Qué eso es
artificial? Pues no sé yo porque, teniendo en cuenta que paso muchas más horas
al día peinada, maquillada y vestida para la ocasión, creo que ello me
identifica más que mi estado salvaje, con ojeras, rojeces, y desproporciones
varias. Y tengo el doble de imperfecciones morales. Hacéos una idea de lo
desastre que soy. Para mí, la gran aportación de Einstein al mundo fue el haber
suspendido matemáticas. Oye, a mí eso me da una tranquilidad... ¿Que fallo en
algo?, bueno, hasta un genio lo hizo. Y además, el genio que dijo que todo es
relativo, lo cual también me viene bien.
La tiranía de la superación es muy
peligrosa. Entre darte cuenta de tus fallas, localizarlas, asumirlas, aceptarlas,
etc, etc., se te pasa media vida. Y existe tiranía cuando quieres cambiar cada defecto.
Deberíamos limitarnos a mejorar aquello que te impide relacionarte de una forma
sana con los demás pero hay vicios a los que le tengo mucho cariño. Hay cosas
en mí que no son del todo correctas pero que no puedo cambiar (básicamente,
porque no me da la gana). Moriré siendo vanidosa, tenderé a ser charlatana
siempre, tendré veinte opiniones distintas para cualquier cosa toda mi vida, me
alterarán los pesimistas eternamente, procrastinaré hasta el último día del
plazo, preguntaré veinte veces lo mismo esperando una respuesta distinta pero
me desesperaré cuando me lo hagan a mí, seré caótica y desordenada hasta que no
pueda moverme (y entonces seguiré siéndolo pero no ejerceré por imposibilidad
manifiesta). ¿Quién quiere ser perfecta pudiendo ser impredecible? Y os aseguro
que lo perfecto es previsible: solo hay una forma de hacer las cosas
impecablemente bien pero hay mil maneras de meter la pata. El día que
alcancemos la perfección, se morirá la sorpresa, que es mi emoción favorita.
En fin, os advierto que ya he perdido
dos kilos y medio y que, últimamente, los chicos me invitan a salir a diario: es entrar en cualquier
habitación y oír una voz apasionada: “¡Mamá, sal!”… Y una, que necesita poca
excusa, se va a la calle, desterrada de su hogar, alardeando de lo calamidad
que es, a retomar amistades y a medio kilo de ponerse a tontear.
P.D.: La imperfección plebeya (yo) rodeada de la aristocrática imperfección, que hasta en esto hay clases y estas chicas tienen mucha…

lunes, 26 de octubre de 2015
SuperHada
Yo solía mandar en mi
casa y mi palabra era Ley. Ahora lo único que ordeno son armarios y, aunque mi
palabra sigue siendo ley, es Ley de Murphy: se ríen de ella descaradamente. Así
que, haciendo alarde de autoridad, retrotraje este fin de semana el cambio de
temporada que inicié en Abril del 2013 en mis roperos y que nunca acabo porque
las estaciones se suceden más rápido que mis leves momentos de ama de casa y
descubrí lo rara que es mi ropa, pero tengo un motivo: yo no me compro un
vestido para las ocasiones especiales. Yo me compro vestidos especiales y creo
las ocasiones. Así me encuentro a veces: en la panadería toda puesta de lentejuelas.
Y no se hunde el mundo, no pasa nada. Esa soy yo, la que a veces se me olvida
que soy. Y es que iba un poco despistada: estaba tan obcecada en “estar” bien
que se me olvidó “ser” y, por regla general, soy mejor que estoy.
Hace poco, mi amiga
Mariló me dijo que yo era de esas personas que no tienen miedo de salir de su
zona de confort. Se equivoca. A ver, yo estoy en mi zona de confort, tumbada en
el sofá, tan tranquilita con mi libro y mi red bull y, de repente, al muy
canalla le da por atacarme con un muelle que me lanza al otro lado de la
habitación. No es que yo decida salir, es que me echan. Y paso de estar tumbada
a ir dando tumbos… A mí que no me vendan la moto: salir de la zona de confort
es de idiotas (su propio nombre lo indica: confort) pero peor aún es querer
volver a acostarte en un sofá que ya no sirve. Y así he estado yo estos meses
de sequía de ”posts”, desubicada porque miraba alrededor y todo estaba a un
tris de cambiar, pero no acababa de pasar. Todos conocéis esa sensación de que
los problemas vienen juntos los malditos, de la mano y cantando fuerte, que tú
los ves venir pero te acorralan (y nunca mejor dicho: te “acorralan” porque al
principio te sientes un poco gallina ante ellos). A mí me produjo un estado un
pelín catatónico, dejaba transcurrir el tiempo a la espera de acontecimientos.
Eso acabó un día en que mi hijo pequeño me dijo: "Mamá, te veo un poco
etérea últimamente”. Y yo, más que contenta, le contesté: “¡Anda, qué
bonito!... Así como Galadriel, como un hada, como las diosas…”. Naturalmente,
me aclaró: “No, mamá, no. Más bien como el elemento químico: anestesias de lo
sosa que estás”. Ese mismo día me puse a escuchar rancheras de las peleonas, me
compré cantidades ingentes de chuches para llevar al despacho, arrasé en la
tienda gourmet del Corte Ingles con los manjares más estrambóticos, me subí a
mis tacones más altos y me dediqué a sacar a pasear a la cruel animadora rubia
americana que llevo dentro para que le plante cara a esos problemas, porque la
única forma de sobrevivir a situaciones que no controlas tú, que no dependen
de ti, es hacer chistes negros de sus consecuencias. Ya no me marean las
circunstancias, ya no estoy pendiente de la realidad que cambia, ahora me fijo
en mí, yo soy mi constante, aunque lo que quiera y lo que no, mis filias y mis
fobias, cambien a cada momento, porque es mi forma de querer, de odiar, de
ignorar, lo que permanece, lo que es inmutable (y quiero, odio e ignoro rozando
la perfección, se me da fenomenal). Yo soy egoísta por el bien de la Humanidad,
el mundo (mi mundo) es más feliz cuando me miro orgullosa el ombligo porque las
emociones se contagian.
Y, además, guardo un as
en la manga que, si todo lo demás falla, aparece: yo tengo un Don (y no me
refiero a un mafioso italiano que paga todos mis caprichos). No. Me refiero a
un Don Divino, de esos que los tienes y son superpoderes que hacen que la vida
sea más fácil: yo soy capaz de conseguir que personas valiosas me aprecien. Hay
quien vive mejor de lo que puede permitirse, pues yo tengo amigos por encima de
mis posibilidades. Vosotros sabéis que mucha gente lleva estampitas de Santos
en el bolsillo cuando necesita tanta fortuna que ha de encomendarse a un ser
superior, ¿no?. Pues yo llevo las tarjetas de visitas de mis amigos… Cuando voy
a tener un día difícil, sólo he de pensar en qué harían ellos en mi lugar y me
sale de lujo el desafío.
Ahora que me acuerdo de quien
soy, esa que cuando la niego espera impaciente dando golpecitos con el pie para
apartar a la gris y resurgir, la que se cree que puede brillar, que está
convencida de que se mueve a cámara lenta en un anuncio perpetuo, la que se cae
literalmente una vez por mes porque siempre llega tarde y va corriendo, la que
tiene que llamar a su madre cuando, coincidiendo con algún eclipse de sol,
necesita un cazo y no tiene ni idea de dónde están en su propia casa, ahora que
tengo claro que ese es, al menos, mi yo favorito (no es el mejor, ya os lo
digo, pero es el que me hace sonreir), voy a cultivarlo, a mimarlo y, si los
problemas van llegando, mutando o bailando una sardana, voy a convertirlos en
pasaportes para transformar mi vida en otra más parecida a mí, más compatible.
Y, cuando no pueda más, cuando crea que corro el riesgo de olvidarme, repetiré como un mantra los versos de Ajo:
Ayer me pilló Hugo
haciendo aspavientos mientras escuchaba Nessum
Dorma (yo paso de las rancheras a las arias con absoluta impunidad), así que me preguntó: “Mamá, ¿estás bailando ópera?” Naturalmente, le
contesté que no, que lo que yo hacía era “interpretar el papel del pobre
príncipe, con un talento bastante notable”. Se quedó en silencio, mirándome con sospecha, se dejó caer en el
sillón y soltó un suspiro legendario, al tiempo que me confesaba: “Estoy agotado…”.
Una, que además de artista desaprovechada, es madre, le preguntó con su mejor
voluntad: “Mucha fiesta anoche, ¿no?” Y el muy vil me contestó: “No, mamá, me
agoto de pensar en la vejez que me vas a dar”… No lo sabe él bien.
jueves, 30 de abril de 2015
La verdad está ahí fuera...
A Santa Juana de
Arco nunca la he visto yo muy santa. Virgen sí, la verdad, pero santa nada.
Hasta que me he dado cuenta de que no se le beatificó por su lucha y sus
conversaciones con Dios (eso es cobertura y no lo de Movistar) sino por
conseguir que todo un ejército de hombres con la testosterona en perpetuo
festival de Woodstock la siguieran en algo de lo que “ellos sabían más”…
A ver, chicos, que
yo os quiero mucho pero hemos de reconocer que, en vuestro género, se produce el
curioso fenómeno de “como creo que lo sé, no lo compruebo, no pregunto, no pido
ayuda… a pesar de que las evidencias de mi equivocación vayan vestidas de mañas
y estén bailando una jota”, en una proporción mucho mayor que entre las
féminas.
Volvía tan feliz de
trabajar cuando mi coche empezó a tener personalidad propia, primaveral e
indecisa, cual margarita: ahora me muevo, ahora me paro. Valoré la posibilidad
de que sus caballos tuvieran alma de Feria De Abril (Nuretina, Olga
Martínez-Bordiu, esto va por vosotras) y la expresasen haciendo cabriolas pero
el humo que salió del motor apresuró mi respuesta al problema, así que paré el
coche en medio del carril Bus y, como soy rubia pero tengo móvil, llamé al seguro
para que me enviara una grúa.
Elche, las tres de
la tarde, 29 grados, una que se había levantado cuando el día no ha decidido su clima y
llevaba ropa calentita (literalmente, no de la que genera miradas lascivas)….
El señor de la grúa que me llama y me pide la ubicación. Yo que me la sabía:
Avenida de Alicante, número 25. “Tardaré veinte minutos”, me asegura. Tras más
de media hora plantada al sol, donde hubo tres paradas de coches de policía,
veinte gestos de perdón a los autobuses que se tenían que desviar por mi causa,
charla con amiga que iba al gimnasio, encuentro con amigo que pasaba por allí,
cotilleo con un señor que estaba en una terraza cercana y seguimiento
exhaustivo de la rutina de un hormiguero en la acera, me telefonea el esperado:
Grúa: Estoy en Avenida de Alicante, nº 25.
Yo: En Avenida de Alicante, nº 25 estoy yo y
estoy sola (las hormigas no contaban).
Grúa: Señora, le aseguro que estoy en avenida de
Alicante, nº 25. Será usted la que esté mal situada.
Yo: ¡¡Señor, estoy tan mal situada que estoy en
medio de la calle así que, si usted no me ve, debe ser porque está en cualquier
otro sitio menos en la Avenida de Alicante, nº 25!! Por favor, mire bien el
número de la calle…
Grúa: No tengo que mirar nada. ¡¡¡Le juro que
estoy en Avenida de Alicante, nº 25!!! (La profusión de signos de
exclamación indica el elevado tono de voz, por si hay dudas)
Yo (con mi acento más suave y seductor): Escuche, no vamos a solucionar nada así. Si
está tan seguro de su ubicación tendremos que enfocar el problema desde otra
óptica: repase el recorrido que ha hecho hasta llegar donde está, concéntrese
en cualquier anomalía porque ya le digo yo que, en algún momento, ha entrado
usted en un bucle espacio-temporal que le ha llevado a un Universo Paralelo…
Así es posible que esté usted en Avenida de Alicante, nº 25, como yo pero,
desde luego, ¡¡¡no al mismo tiempo que yo!!!
Grúa: Estoy en el número 5…
Yo: Véngase p´acá….
He de reconocer que
todos hemos hecho eso alguna vez: empecinarnos en defender una verdad que, al
ser errada o simplemente cambiante (seguro que si el señor de la grúa permanece
allí unos cuantos lustros, acabará dejando de estar en Avenida de Alicante, nº
5 para estar en algo parecido a “Calle de la Wifi Eterna, nº 5”), no nos trae
más que problemas. Yo estoy en una época de mi vida en la que he tenido la
fortuna de haberme visto obligada a replantearme todas mis certezas, a
descubrir que son versátiles, que mi meta ha cambiado y que, en lugar de ir
revoloteando hacia la nueva, deleitándome en los colores, haciendo círculos
innecesarios pero divertidos, iba como un toro en línea recta hacia un objetivo
que ya no me va a hacer feliz. Evolucionamos, afortunadamente, y donde antes
necesitaba resultados, ahora quiero mil experiencias locas que me lleven a mil
certezas, unas lógicas y otras extrañas, sólo para que muten y me abran
horizontes a otros mil resultados diferentes…
Hoy sé
que, a mí, el Red Bull me da cariño, que mi amiga Rosy no tiene whatsapp, que mi
hijo confunde a Cervantes con Velázquez pero no a Velázquez con Cervantes y que
estoy preocupada por la carrera musical de Juan Pardo. Y estas cuatro verdades
como puños en las que hoy creo, mañana pueden haber dejado de serlo, mañana
pueden ser otras. Igual que yo. Y me encanta.
Terry
Pratchett decía: “La verdad quizás esté ahí fuera pero las mentiras están en
tu cabeza”…. Vamos a mirarnos y ser consecuentes con lo que sabemos en cada
“ahora” y no con lo que sabíamos ayer. Divirtámonos mientras descubrimos el
cambio inconsciente en nosotros. RESINTONICÉMONOS… y bailemos con nuestra propia
música (yo con tacones).
Hace
poco, entró Ariel en el baño mientras yo me arreglaba. Al cabo de unos
segundos, se me escapó un quejido. Me preguntó enseguida; “¿Qué te pasa? ¿Estás
enferma?”. Yo, en un alarde de sinceridad, le dije: “No, cariño, es que me he
agobiado porque me veo feísima”. Me miró tranquilamente y me contestó: “Vale,
mamá…. Estás enferma”… La certeza de mi hijo me gusta más. Ahora es mía.
miércoles, 11 de marzo de 2015
El deporte será bueno, pero no Santo...
Yo, al gimnasio, no voy por salud. Voy
por ENVIDIA… Si una de mis guapísimas y estilosas compañeras de trabajo me
confiesa que de aquí al verano va a tener un cuerpo fitness, con nutricionista
implicado en la aventura, yo tengo que tomar medidas para no hundirme en la
comparación cuando llegue Junio. Y que conste que antes de decantarme por algo
tan drástico como entrenarme, había intentado otros medios, como llevar comida,
chuches y deliciosos pastelillos al despacho, a ver si pica… Pero la tía es
dura. El Rambo de las Tentaciones.
Así que allá que voy, a mi octavo
primer día de gimnasio en el último lustro, consciente de mi baja forma (el
hecho de que el buscar la ropa de deporte en los altillos me haya causado
agujetas y casi una lesión al caérseme una maleta encima me ha ayudado a ver la
realidad canalla), andando de puntillas porque la costumbre del tacón es
insalvable y autoconvenciéndome de que todos los espejos por los que pasaba
eran de aumento. Y, tras sobrevivir a la primera semana, hay ciertas frases y
consejos que debo discutir.
1.- “Verás cómo le coges el gusto y
el día que no puedas ir, lo echarás de menos”. Ya os digo yo que no debéis
sufrir porque me suceda esto. El día que no puedo ir es porque la Pereza se ha
impuesto sobre la Envidia, porque me estoy dando un homenaje gastronómico, porque
le muestro reverencia a la siesta (a ésta sí la extraño cuando no la tengo)… Os
aseguro que cualquier motivo es mejor y lo estaré disfrutando más que mi visita
a la sala de aparatos fitness… Esta frase queda sustituida por la que me apunta
mi amiga Mari Suni, mucho más realista: “Hoy no voy al gym, pero mañana sin
falta…”.
2.- “Tienes que comer sano”. A ver,
como idea no está mal siempre y cuando establezcamos que el redbull, el
marisco, los nachos, las patatas fritas, los bombones de Ferrero y la coca-cola
de vainilla son alimentos sanos. Yo sólo he cuidado lo que como cuando era
pequeña y mi abuela me regaló un pollito al que alimenté con esmero y cariño
hasta que se hizo lo suficientemente fuerte y grande como para echarlo al
cocido. Así era yo: repelente como la niña del Candy Crush… Lo siento por los
puristas pero he llegado a una edad en la que cualquier sacrificio culinario
excesivo me parece una herejía: si me gusta, le rindo pleitesía, lo hago mío,
lo disfruto y me siento una diosa recreándose en el hedonismo. Admito límites:
nada en exceso.
3.- “Sin sufrimiento, no hay
resultado”. Perdona, pero dame cien mil euros y el nombre de un buen cirujano
plástico y verás resultados sin dolor...
Nos estamos volviendo todos
locos (y algunos muy pesados) con esto del deporte. Hace poco leí que existe un
Gen de la Aventura que te impulsa a buscar experiencias intensas. Supongo que le
quedan dos horas al mundo de la Ciencia para descubrir el Gen del Ejercicio
Físico, que te empuja a saltar, correr e ir en bici. Pues yo no lo tengo. Ni
uno ni otro. No voy a morir haciendo puenting ni corriendo una maratón. Como
mucho, puedo morir corriendo porque me cierran Zara… Y mi hijo Ariel (quien acude desde hace tiempo a un entrenador personal) ha
heredado esa característica hasta elevarla a la máxima potencia. De hecho,
anoche, encantada como estoy con el instructor que tengo, le propuse que cambiara de
gimnasio y que fuera al mío. Su contundente respuesta fue: “Ni hablar”.
Obviamente, entendiendo que la costumbre tira, le dije: “¿Y eso, cariño?.
Estás muy contento con el entrenador que tienes, ¿no?”. A lo que, mirándome lacónicamente, me contestó: “No,
mamá. Me da igual. Pero tu gimnasio está dos calles más lejos y paso de ir hasta allí. No me merece la pena el esfuerzo”. Teniendo en cuenta que va en coche,
¿es o no es el colmo de la indolencia?.
Hugo, sin embargo, no es de nuestra
calaña. Se parece más a mi madre, que se rompe un hombro para no perder un punto en el pádel y lo que le duele es que suspendan el partido para llevarla al médico (el deporte es salud. ¡Ja!). Al primogénito le encanta hacer deporte y el tonito perdonavidas va inherente en
sus conversaciones al respecto. La semana pasada le dije que había vuelto al
gimnasio y que me había sorprendido la falta de orquesta, confeti y fuegos artificiales para el celebrar mi regreso. Así
que me apuntó: “Mamá, has hecho acto de presencia en tan pocas ocasiones que
nadie se dio cuenta de que te habías ido…. Pobrecilla, tú pensando que eras la
hija pródiga y no eras ni estudiante de intercambio en esa familia”.
Pues, amigos míos deportistas, me
encanta que saltéis, brinquéis, pedaleéis y corráis. Os animo a ello y os
admiro aunque creo que es un poco en plan “¿ves?, si a mí me gustara hacer eso
tendría un cuerpo de infarto (pero infarto del bueno, del que parece que le da
a los demás cuando sufren el Síndrome de Stendhal)”. Os ruego que no me presionéis
con las proteínas, los hidratos y los batidos vitamínicos. No quiero ganar un
Ironman. Yo sólo voy al gimnasio para tratar de estar tan buena como mis amigas…
En mi defensa diré que también trato de ser tan inteligente como ellas, pero
eso es carne de otro Post.
miércoles, 4 de febrero de 2015
Revelando...
Hace poco me encontró Ariel sentada
en el suelo de mi baño, con la espalda apoyada en la pared. Algo sorprendido (y
preocupado), me preguntó: “¿Qué haces ahí?. ¿Estás bien?”. Con mi mejor
sonrisa, le contesté: “Fenomenal. Sólo estaba pensando”. Tras un segundo
rumiando mi respuesta, me dijo: “¿Qué pasa, que la inteligencia te va por wifi
y no tienes cobertura en algún sitio más cómodo, como el sofá?”… Y yo me voy a
acoger a esa explicación para justificar el hecho de que, ante ciertas amigas
mías, soy incapaz de decir que no. Da igual lo que me propongan: yo me apunto.
Son inhibidores humanos de mi inteligencia. Y así me he visto inmersa, a
proposición de Esther, en una experiencia muy peligrosa: un curso de
fotografía.
Al empezarlo tenía tres
expectativas:
- la primera, aprender a hacer buenas
fotografías
- la segunda, conseguir una buena
fotografía con Esther y Nuria que nos sirviera para un proyecto común
- la tercera, conseguir una fotografía
mía taaannn buena que el profe decidiera lanzar mi carrera como modelo
revelación a los 44 años.
Tras diez horas de curso, tratando
de entender la cámara que me ha prestado mi hermana (os aseguro que me dio
muchas más instrucciones, recomendaciones y avisos sobre su cuidado que cuando
me deja a su hijo), mis expectativas han variado en aras del afán de
supervivencia:
- la primera, asegurarme de que mis
amigas aprenden a hacer buenas fotografías (y aprovecharme de ese don)
- la segunda, conseguir una fotografía
en la que la distancia entre el concepto que tengo de mí misma y mi imagen
reflejada no tenga que medirse en años luz (la vanidad es lo que tiene)
- la tercera, que el profe hable con
entusiasmo de lo rematadamente malas y aburridas que son las modelos.
¿Por qué, Señor, por qué?.¡¡¡Qué
lapsus mental tuve que tener para aceptar lo que me propuso mi morena, estilosa
y guapa amigaasquerosaquesalebienentodaslasfotos!!!. Yo, que cuando me vi
obligada a hacerme las fotos para el DNI sufrí un viacrucis de estudios
fotográficos (¡¡¡SIETE!!! Siete juegos de cinco retratos llegué a tener) hasta
que di con una imagen con la que medio consentía convivir y, aun así, le
pregunté al señor funcionario que me lo tramitó si podía ponerme algún sellito
encima. Yo, que sólo me hago selfies si estoy tumbada boca arriba porque la
gravedad me alisa la cara. Yo, que mi único motivo para no delinquir es evitar
que me hagan las horrorosas fotos esas de la ficha policial. Yo, que confieso
que llegará un día en que no podré resistir la tentación de publicar una
fotografía en la que me vea mona aunque en ella el resto de mis amigas parezcan
ñus desplumados…
La semana pasada, un cliente gitano
muy gracioso me contaba que era amiguísimo del cura de su pueblo y, para
subrayar la importancia de ese hecho, me dijo “”No es un cura cualquiera: es
tan bueno que le faltan sólo dos puntos para ser obispo”... Mi profesor es
maravilloso, tiene una sapiencia espectacular y una paciencia conmigo
inconmensurable. Y es que yo no poseo vena artística alguna: enseñarme a mí,
con mi engreimiento, a hacer fotos cuando a lo más que aspiro es a aprender a
posar para irradiar estilo es un milagro tal que Rafa Paz (mi sufrido profe) va
a sumar tantos puntos que alcanzará la Santidad, mal que le pese (que le veo yo
un poco canalla…). Eso sí, en el camino me lo estoy pasando pipa, mis seis
compis de curso sufren el mismo mal de interferencia intelectual que yo y a
todo dicen que sí: ¿Qué hay que planificar clase de Yoga?. Se planifica. ¿Qué
hay que salir de noche a un caserón a hacer fotos?. Se sale. ¿Qué hay
cenar/tomar cervezas/hacer el payaso?. Se hace.
Así que ya sabéis: cuando vuestra inteligencia
escasee, moveos de sitio y buscad cobertura… o quedaos un ratito allí y haced
tonterías, decid que sí a una idea peregrina, quizás, en ese momento, no
razonar sea lo más inteligente que hayas hecho en tu vida.
![]() |
¡¡¡Será por risas!!!.... |
P.D.: Hace tanto tiempo que no
escribo que si este blog hubiese tenido éxito ya sería considerado un clásico
descatalogado. Y no puedo poner como excusa para tanta desidia escritural el que
las musas me hayan abandonado. Ni hablar. A mí las musas no me abandonan: eso
implicaría que alguna vez estuvieron voluntariamente conmigo. No, de mí huyen…Y
deberían quererme porque, como guiño y respeto a su origen, yo sé leer griego
(leerlo sé, entender lo que leo, no)… Así
que conformaos con este post (un poco más plano de lo que le gustaría a mi ego)
mientras las persigo y les doy caza a las muy esquivas.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
Egolatrémonos.
Me encuentro a Hugo haciendo caras
ante el espejo, así que le pregunto: “¿Qué pasa, cariño?. ¿Intentando ligar con
Alicia?”. Sin apartar la vista, me contesta: “Estoy pensando en vivir de mi
cara bonita”. La mar de interesada, le digo: “¿Vas a ser modelo?”.
Rapidísimamente, me replica: “¡¡¡Noooo, eso implicaría trabajar!!!!. No, a mí
me van a pagar los modelos trabajadores para que no les haga la competencia”…
Creo que me he pasado potenciando la autoestima de mis hijos…
Lo cierto es que, si el exceso de autoestima
es malo, su defecto es peor. Con el primero fastidias a los demás, que tienen
que soportarte, pero con el segundo te fastidias tú, que no te soportas. Y eso
lo digo con conocimiento de causa: en los dos lados he estado yo, que antes era
guapa. Bueno, vale, reconstruyo la frase: “Yo antes sabía producirme
(cinematográficamente hablando) para parecer guapa”. Ahora, no sé si ha
disminuido mi capacidad de transformación o ha aumentado la grosería ajena. Y
es que han intentado mermarme la
confianza en mí misma de la forma más sutil: no me han dicho fea, ¡¡¡me han
comparado!!!. Allá que voy yo a cenar con un grupo de amigos de esos
enormes que florecen en Navidad, toda peripuesta de brillos y fulgores,
autodedicándome poemas de lo monísima que me veo y, en un momento dado, cuando
llega la hora de la verdad (de la verdad etílica, quiero decir: cuando el
alcohol suelta la lengua y acorta las entendederas), le comenta uno de mis
compañeros a la amiga con la que estoy hablando: “Eres la más guapa con
diferencia”. Yo, en ese momento, como la quiero y sé que es verdad, sonrío (yo
sonrío de corazón, lo prometo, y algún día os contaré la razón, que si lo hago ahora perdéis
el hilo de la escena). Siguen los halagos hacia ella y ya no somos tres, hay dos
personas más, otra chica y otro chico, que asiente (el muchacho) a cada palabra del adulador
quien, envalentonado, se vuelve hacia mí y me suelta: “La verdad es que podrías
dedicarte a ser su representante”… ¡¡¡¿Por qué estoy de repente en medio de la
ecuación?!!!. ¡¡¡¿Y por qué me eligen a mi como su representante?. ¿Qué pasa?.
¿No puedo aspirar a mi propia carrera de guapa?!!!.. Y no te quedes callada un
momentito, como me quedé yo, puesto que los canallas sin filtro se ven
impelidos a llenar el silencio explicándote lo que han dicho: “No, si lo digo
para que al menos rentabilices el tiempo en el que estás con ella, que nadie te
ve”. ¿Qué contestas a eso?. Yo sólo pude balbucear: “El que nadie me pueda ver
no llega a ser un problema para tratar de compensarlo. Lo que sí merece
rentabilizarse en cantidades
industriales es el hecho de no poder dejar de oír sandeces”.
Las comparaciones son odiosas, sobre
todo cuando el que sale perdiendo eres tú, y ese ha sido el caso, pero hay
niveles ofensivos y niveles inofensivos. Yo, cada mañana, al irme de casa, saludo
a la chica que limpia la escalera de mi edificio. Un día, limpiando el rellano
de mi planta, tocó al timbre sin querer, y abrí casi recién levantada. Se
disculpó y le dije que no pasaba nada. Al salir para irme a trabajar, volví a
encontrármela en el portal y me paró. Me preguntó: “¿Quién es la chica que vive
en el sexto”. Creyendo que me estaba vacilando, le contesté con sospecha: “Soy
yo”…. Me miró atentamente y me dijo: “No puede ser… ¡¡¡Si tú eres guapa!!!”.
Vale, me comparó conmigo misma y salí perdiendo pero es que yo soy esa, la
arregladita, muchas más horas al día que el desastre visual que se levanta de
mi cama cada madrugada (tempranera que es una). Soy una princesa encantada, soy Fiona antes de decidirse por el lado
oscuro: ogro de noche, noble de día. Mis
hadas madrinas tienen nombre lujosos: Chanel, Sephora, Helena Rubinstein… Me
habría gustado más ser Lady Halcón, la verdad, pero es que me quedo en pato,
que siendo también un ave, me obliga a matizar mucho la analogía y me ha dado pereza.
Hay un momento básico en el que el ser
tan maleducado como para comparar puede destrozar el ego de tu pobre víctima:
cuando alguien va perfectamente tuneado para la ocasión. El orgullo de los
demás no se puede tocar cuando el otro se ha esmerado en su aspecto. Da igual
si te gusta o no el resultado. Te callas o alabas a otro individualmente, sin
usar a esa persona que ha gastado un esfuerzo en engalanarse como punto de
referencia. Esto sólo tiene una excepción: puedes decirle a una madre “Qué hijo
tan precioso tienes, nada que ver contigo, ¿eh?”, que no se va a molestar.
Al principio he dicho que “han intentado mermarme la confianza
en mí misma” y yo no uso las palabras a la ligera. Lo han intentado pero no es
tan fácil. Las lentejuelas, las gasas, las faldas largas, las faldas cortas,
los brillos, los tacones imposibles, la sonrisa, son escudos. Yo soy la Reina
del Baile y, cuando nadie lo ve así es porque voy de incognito para perfeccionar
ese estatus o porque rindo tributo a mejores Reinas que yo. Cualquiera que
asista a un evento, al trabajo, a la zapatería o a dar clases de jotas
aragonesas, debe ir convencido de que es el Rey/Reina del Baile, y si te
comparan o ningunean, sonríe con condescendencia porque en toda Corte hay un
Bufón.
P.D. CONSEJO NAVIDEÑO. Una bruja
adoptiva me dijo una vez: “Para ir a una fiesta y que nadie te vea, no vayas”…
¡¡¡Sed excesivos!!!. www.youtube.com/watch?v=K8qJn66hhao
jueves, 4 de diciembre de 2014
Tóxicamente correcto
Me advirtió una vez una persona
maravillosa: “En nuestra profesión, hay abogados y hay compañeros”. Hoy he
tenido que tratar con un grandísimo..........abogado (nótese que son
exactamente diez puntos suspensivos, intercambiables por otras tantas letras).
Y no es que me haya apuntado al
“donde dije digo, digo diego” y vaya a hacer un post contraviniendo el
anterior, dedicándome a hablar de las malas personas. No. Sólo doy un paso más:
siempre hay quien se ha decidido por no seguir el instinto primario de bondad y
ha hecho un oficio de la mala baba. Y a ese lo voy a poner de vuelta y media.
Hartita estoy de que me digan que
tengo que huir de las personas tóxicas. Me planto. Que no. Les voy a dar tanto
por saco que las que se van a ir son ellas. Paso de los mantras del tipo “Yo
elijo ser feliz”, “Yo merezco respeto”… y voy a esgrimir directamente el “Habla
chucho, que no te escucho”.
Conozco a una abogada (otra) que es
perfecta, inteligente, guapísima, superestilosa y que irradia ese sublime
primor contagiando a su señor esposo y a sus retoños, de un mundo ideal todos
ellos. Siempre, siempre sonríe. En su caso no cabe preguntarse si el árbol que
cae en medio del bosque ¿hace ruido si nadie lo oye?. A ella sólo le es
aplicable la cuestión de si deja de sonreír cuando está sola, ¿ilumina su
alegría si nadie la ve?... No la trago. Pero nada. La observo como observo a cualquiera que se esté liando un cigarrillo: sospechando que no es sólo tabaco. Al
principio me hacía sentir culpable (ella, no el fumador) porque creía que era una
manifestación de la envidia más vil. Pero no, era mi sexto sentido. Tiene gran
capacidad para echar por tierra acuerdos complicados y luego decirte cuando le
reconvienes por ello, con los ojos hiperabiertos (dejando ver la rana tras la
princesa), la mano en la base del cuello y una voz de lo más cantarina:
“¡¡¡Ooooh, me sorprende lo que diceees!!!”… Pues ya os aviso de que me lo he
apuntado, que voy a usar la frasecita para todos los enfrentamientos gratuitos
que me impongan, sin pudor, sin dolor de conciencia, mimetizándome con ese
bellezón indigno (voy a tenerla en mi mente mientras lo digo, para acercarme a
su maestría), hasta voy a imaginarme su holograma superponiéndose a mi imagen
física. Lucharé contra el Mal con el superpoder de mi anti-heroína.
Imagináos al cretino de la oficina, ese cuyas pifias pagas tú porque
tiene en su poder el mando del ventilador y provoca que las responsabilidades
que estaban en su mesa salgan volando lejos de él, derechas a ti. Pensad que
estáis ambos ante el jefe, explicando un error. Contad con que el tóxico va a
decir que delegó en ti, que te lo encargó a ti, que tú le dijiste que lo harías
(cualquier cosa que te impute el delito). En esas circunstancias, emitir un “eso no es cierto”
resulta demasiado blando pero un “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me
diceeees!!!”, maravillosamente sobreactuado, con batida de pestañas, desubica,
desconcentra y hace balbucear al más espabilado, y aquel que balbucea pierde
credibilidad.
Los trepas, los tóxicos, los
manipuladores no se dan por aludidos cuando intentas evitarlos ni se largan
porque les hagas un feo, hay que ser sutilmente peor que ellos, con más
inteligencia, mayor elegancia y menor crueldad. Porque, desengañaos: esos
libritos que te ayudan a sacarlos de tu vida los han escrito ellos para teneros
ocupados haciendo ejercicios de buena educación. El único consejo que ofrecen y
que serviría es el de alejarse de ellos pero el 99% de las veces no
puedes porque implica tu renuncia a un puesto de trabajo, a amigos
comunes, a cenas familiares. Sólo hay dos caminos en esos casos. Ignorarlos o
hacer que se sientan tan mal contigo que sean ellos los que no quieran saber de
ti. Ingeniosamente, sin maldad de la fea: que siempre se sientan a comer al lado tuyo en
las reuniones de amigos, pues tú estornudas a intervalos obscenamente próximos, le
coges comida de su plato (mucha y paseando el tenedor), sorbes la sopa, le hablas siempre haciendo aspavientos y
señalándole con el cuchillo (esto es muy Hitchcock); que te envían
continuamente indirectas peyorativas, pues ya sabes, el mencionado “¡Habla
chucho, que no te escucho!” o su variante vengativa “¡Espejo, espejo!”….
Reíros, reíros, pero no hay mayores abusones que los niños demoniacos de
nuestra infancia y sobrevivimos la mar de bien con esas frasecitas.
Hace poco, recogí a Ariel de una
fiesta. Le veía mala cara y le pregunté qué le sucedía. Me contestó: “Lucas se
ha comenzado a insultar a todos y a empujar a los más pequeños y aún tengo
arcadas”. Extrañada, inquirí : “¿Te ha asustado?. ¿Te has agobiado?”. Me miró
con sorna y me contestó: “No, mamá. Ha sido empatía: tratando de entenderlo me
he puesto en su lugar y me he dado asco a mí mismo”... Tras un segundo de
silencio, añadió: “Así que he ido y le he dicho: 'tío, entiendo que seas tan
petardo, por algún sitio ha de salirte la rabia de haberte tocado ser tú'. Creo
que aún está pensando qué he querido decir…”. Eso es lo que prometo hacer ahora,
atacar tan sibilinamente a los sicarios de la puñalada por
la espalda que no puedan ver por dónde llega mi defensa reconvertida en ataque, les administraré de su propia medicina pero con dosis homeopáticas (infinitesimales) que no hay necesidad de descender a sus niveles y, si
me descubren y me reprochan mi actitud belicista, siempre puedo recurrir al
escudo mágico: “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”…
martes, 25 de noviembre de 2014
Punto (de vista) y aparte...
“¡¡¡Mamáaaaaa!!!...Tengo mucha
hambre y no hay nada para comeeerrrr….”. Y una, que sólo tuvo media hora para
ir de compras tras el trabajo y se vio en el brete de escoger entre llenar la
despensa o el armario con unas botas preciosas, le contesta salvando la
situación: “Hugo, cariño, no me ha dado tiempo a ir al supermercado. Mientras
yo me pruebo mi nuevo calzado, mira bien por la nevera: creo que hay yogures”.
Nuevamente escucho: “¡¡¡Están caducados!!!”. Con sabiduría y condescendencia,
le digo: “Las fechas de caducidad son orientativas. Puedes comértelo”…. Tras un
silencio pacífico, me replica: “Ya, mamá… Pero pone: ¡¡¡Octubre del 2012!!!”. Y
entonces, Ariel aparece conciliador y sentencia: ”Cómetelo, Hugo, sales
ganando: ahora es bífidus y, si no te envenenas, se te pasa el hambre y, si te
envenenas, mueres y también”.
Eso se llama perspectiva positiva. Vale,
es verdad que ese ejemplo, precisamente, está un poco emponzoñado por el
sarcasmo (y las bacterias) pero no vamos a ser tiquismiquis (¡¡¡mira tú por
dónde: lo mismo le he dicho a los de los Servicios Sociales!!!). Y yo la
agradezco porque estoy hartita de las visiones catastróficas que pululan a sus
anchas por las redes sociales y en la calle.
Yo creo en la gente. Creo firmemente
en que cada individuo es una buena persona, que a veces comete actos malvados.
Y sé, porque yo me incluyo en esa definición, que cada decisión ruin que
tomamos viene condicionada por miedos, circunstancias mal interpretadas,
conflictos internos y un sinfín de influencias negativas. No quiero decir que
no seamos responsables de esa mala medida que adoptamos ni que no debamos pagar
las consecuencias pero defiendo ante cualquiera que no está en nuestra
naturaleza más profunda el optar por ser mezquinos. Ahora bien, la masa me
produce un miedo tan profundo que tiendo a olvidarlo para no vivir en el
desasosiego continuo. Como “masa” somos necias marionetas (hasta Hulk, al
convertirse en “Masa” se vuelve más tonto: metáfora total de la vida), al
servicio de modas sibilinamente impuestas. Y ahora está de moda que los propios
españoles denosten España y que personas inteligentes alaben los programas de
“Podemos”. Ufff, que pereza, por Dios… Vamos a ver, almas cándidas, en un país
en el que millones de personas han dejado de fumar animadas por la Ley, aparece
un señor vendiendo aquello de lo que nos habíamos librado: humo… e inhalando,
inhalando nos hemos intoxicado y no vemos las incongruencias evidentes,
empezando, anecdóticamente hablando, por el nombre. Un izquierdista de toda la
vida ha escogido como nombre de su partido una traducción literal del “Yes, we
can” estadounidense y capitalista, pudiendo escoger, a medio español de raza
que se sienta, un nombre mucho más castizo… Os doy una pista: ¿qué os decía
vuestro padre cada vez que os pedía algo y contestabais que no podíais?…
Exacto, acudía a uno de los refranes más usados por los progenitores hispanos
de todos los tiempos: “hace más el que quiere que el que puede”… “Queremos”
sería mucho más original, claro que menos honesto porque con el escogido
siempre pueden añadir siglas “P.P.N.Q.” (“Podemos…pero no queremos”, para los
menos rápidos)… Que no digo yo que la política no esté corrompida en un alto
porcentaje pero en lugar de aplaudir a los que dan berridos y lo llaman “New
flamenco” para justificar la falta de talento, miremos con perspectiva para ver
que, en realidad, es una chapuza disfrazada y vamos a ensalzar a personas
realmente competentes y preparadas. Y que conste que es mi opinión (no voy a
decir que “es tan válida como la de cualquiera” porque no es verdad: según con
quien me compare, es mejor… o no) y de
las que sean distintas a las mías, respetaré unas y toleraré otras (que
no es lo mismo). Eso sí, lo que me cuesta mucho más soportar es la crítica
feroz a mi país por sus nacionales y parto de la base de que es un derecho
denunciar situaciones precarias, injustas o insostenibles pero también defiendo
que las formas deben ser adecuadas y los argumentos contrastados porque, de lo
contrario, no estamos buscando equidad sino una vendetta, al más puro estilo
mafioso, vulgar e inútil.
Tener la capacidad de abstraerte de
tu realidad y asimilar la posibilidad de que haya otras perspectivas tan
legítimas como la tuya (excluyentes o no) te da un poder de reacción que ya lo
quisieran en la NASA. Y ya puestos, vamos a escoger quedarnos con el brillo de
las cosas y no con sus sombras.
Hace poco, íbamos en el coche mis
hijos y yo. Hugo comenzó a hablar de series de televisión y me preguntó qué era
la Interpol, el FBI, la CIA... De ésta última le contesté que era la agencia de
Inteligencia Americana, básicamente, una agencia de espionaje. Enseguida me
dijo: “Mamá, de eso no tenemos en España, ¿no?”. Naturalmente, le contesté:
“Sí, Hugo, es el CNI”. Tras un segundo me replicó: “¡¡¡Pues sí que somos malos
que nunca he oído hablar de ellos!!!”… Mientras me quedo pensando en ese punto
de vista, coincidiendo con su apreciación, Ariel sentencia: “Al revés, Hugo….
¡¡¡Qué buenos somos que nadie ha oído hablar de ellos!!!”… No sé vosotros, pero yo soy mucho más feliz
con la perspectiva de tener los espías más invisibles del mundo…
martes, 16 de septiembre de 2014
In-citando...
Me ha llamado una de mis amigas y me
ha dicho, así de sopetón: “¡¡¡Tengo una cita!!!”. Se ha hecho un profundo silencio en el que yo
esperaba ansiosa una frase contundente, un conjunto de palabras con un
significativo mensaje… ¡¡¡Cómo no estaré de mal que oigo la palabra “cita” y
pienso antes en Séneca que en hombres (vale, Séneca era un hombre pero me
refiero a uno vivo)!!!. Afortunadamente, ha interpretado mi confusión como
prudencia y ha continuado explicándose hasta acabar pidiéndome consejo. A mí. Pobreta.
Estoy convencida, sinceramente, de
que mis conocidos piden mi opinión sobre asuntos amorosos para darle emoción a sus
relaciones: seguir mis instrucciones supone un riesgo y la gravedad de las
consecuencias de escoger hacer caso de una recomendación mía es equivalente a
elegir cortar el cable rojo o el azul.
Y es que me pongo a pensar, entro en
matices y me pierdo. En primer lugar, las primeras citas no son tan
importantes. Son como las fachadas: el buen estado de la misma puede coincidir
o no con el buen estado del interior. Son indicios de lo que te espera pero
nada definitivo o constante. Así que, primero, hay que relajarse. Yo a veces me
relajo tanto que acaba dándome pereza. Mi amiga Nuria dice que la Pereza es
pecado (también lo dice Dios pero es que mi amiga habla más alto y lleva
zapatos más bonitos), por lo que me aplico el cuento y la supero (a la Pereza,
no a mi amiga). Pero casi nunca lo hago a tiempo… y llego tarde. Y ahí salen
los puristas con aquello de que la
impuntualidad es una falta de respeto. ¡¡¡Hijos, qué poca amplitud de
miras!!!. Yo llego tarde porque quiero estar perfecta. Quiero ser agradable a
la vista, eso es motivación positiva. Una vez, le dije a mi hijo Ariel que mi
madre siempre comentaba que me habían concebido en Canarias. El bendito me
contestó: “¡¡¡Anda, mamá, entonces no es que seas impuntual sino que tienes
jet-lag natal!!!”.
Me fascina la gente que es capaz de
dar premisas sobre la cita perfecta. Mare de Deu, si eso es un caleidoscopio
infinito con miles de variantes a tener en cuenta. Que no se puede, te lo digo
yo. Da igual los parámetros que te pongas, como el chico que te gusta aparezca
en vuestra cita vestido de lagarterana, le has encontrado excusa y su gracia a
la milésima de segundo. Ahora, como hayas quedado con uno que ni fu, ni fa y
llegue con el botón de la camisa roto, lo miras con sospecha pensando que es un
desaliñado y, aunque luego el pobre te explique que ha tenido un ataque de
ninjas de camino al restaurante y que, a pesar de sus múltiples heridas, se ha
presentado a la cena porque desea mirarse en tus ojos, la magia ya se ha roto.
¿Nadie recuerda a posteriori lo
engañosas que son las primeras citas?. Lo difícil de aceptar es que no son
engañosas porque finjamos, la capacidad de fingir tiene sus límites (aunque sé
que hay quien los desafía cada día), sino que el problema principal es que nos
esforzamos en sacar lo mejor de nosotros mismos en ellas y, en ocasiones, eso
también es lo más fastidioso de nosotros mismos. Yo me enamoré perdidamente de
un chico por la sensibilidad que demostraba al principio y lo dejé por blando.
Otro me subyugó con su sentido del humor y acabó pareciéndome un payaso sin
control. Otro más me encandiló con su saber estar y al final resultó que sólo
sabía estar pero no sabía ser.
Yo he tenido citas desastrosas,
citas fantásticas y citas que han sido ambas cosas dependiendo de a qué parte
de la pareja (o del cuerpo) le preguntes pero confieso que, cuando he
acertado, ha sido por mera probabilidad, porque tocaba, no por una decisión
consciente. Tened en cuenta que cuando la acepto, ya llego a ella medio
enamorada porque creo en el amor a primera vista…. ¡¡¡¡y se me olvida que tengo
cuatro dioptrías y media en cada ojo!!!!. Así me va: no les veo el perfil
físico, imaginaos el psicológico (de hecho, en alguna ocasión he pensado que
los de Mentes Criminales se pondrían las botas con algunos de los que me he
encontrado enfrente). Con lo que yo he sido….
En cualquier caso, hay un consejo
que nunca falla: elige siempre un buen restaurante así, al menos, podrás
sustituir la Lujuria prevista por la Gula sobrevenida que, a veces, es más
satisfactoria….
Mientras escribía esto, Hugo me ha
preguntado: “Mami, ¿qué haces?”. Solícita, le he contestado: “Una amiga me ha
pedido mi opinión sobre las citas y he escrito un post”. Hugo me ha mirado
feliz y me ha replicado: “¡¡¡Muy bien, mamá!!!... Ya tienes opinión, ahora sólo
falta que te pidan una cita y comprobarla. Pasito a pasito”. Dolida por la
veracidad, le he dicho indignada: “Pues que sepas que mis amigas creen que si
no tengo citas es porque a los chicos les doy miedo…”. Mi hijo me ha mirado y
me ha comentado: “Claro, mamá, estoy seguro de que los chicos están muertos de
miedo….¡¡¡pero por si les dices que sí!!!”… Eso me pasa por continuar cualquier
conversación que empieza por “mami”, es que me despistan los canallas…
miércoles, 27 de agosto de 2014
Brujas, S.L. (Sin Límites).
Anoche vi
una película de miedo con mis hijos. La única que no pudo dormir, fui yo. Así
que esta mañana le he preguntado a Ariel si él no valoraba, ni siquiera
tangencialmente, la posibilidad de que se manifiesten espíritus y fantasmas.
Me ha mirado socarrón y me ha contestado: “Mamá, los mayores están todo el día
quejándose de lo mala que es la vida, así que no creo ni por un segundo que,
después de muertos, quiera volver ninguno… Claro que, tras ver la cara que
tienes esta mañana, igual me replanteo la existencia de espectros.”… Pasando
por encima de la grosería, seguí indagando y le dije: “¿Y en la magia?. ¿Crees
en la magia?”. Muy serio me ha replicado: “Sí, en eso sí: cada vez que
consigues hacer unos San Jacobos sin que arda el aceite…”.
Invariablemente he creído en la
magia. Estoy convencida de que se manifiesta cada día pero estamos tan
absorbidos por lo urgente que lo importante se nos escapa. Ha habido mucha en
mi vida estos últimos meses que ha provocado que conozca a personas de cuento:
Nuria, Esther, Begoña, Yolanda y Tania (que han traído consigo seres
fantásticos y talentosos, manías nuevas, adicciones subrayadas, fuerza, poesía
e incluso la promesa de conocer a dos vikingas tremendas que hacen que sonría
sólo con la perspectiva). Y todas, somos brujas y somos magas y no hay
princesas perezosas ni niñas perdidas y aunque a veces nos despistemos,
acabamos apreciando belleza y diversión en el desvío. Los descreídos llamarán
casualidad a la concatenación de hechos que ha tenido que producirse para que
mis correligionarias y yo nos encontremos pero casualidad es tropezarte con un
paisano en Londres, la conexión inmediata con personas absolutamente
desconocidas hasta ese momento, es magia. Y si ha sido el Universo el que ha
confabulado para unirnos, ya os digo yo que las conclusiones de nuestras
reuniones deben ser consideradas como verdades universales y reflejarse en un
Grimorio como encantamientos efectivos para alcanzar el estado de bienestar
absoluto. Y os adelanto varios:
1.- Hay que imitar al líder, pero
sin pudor y tomando nota. La educación, el saber estar y la elegancia se
aprenden. Cualquiera que sea tu meta: busca al mejor y haz lo mismo que él.
Innovar es para genios y ya sabemos que los genios son muy útiles pero viven
encerrados en lámparas maravillosas y su vida social no da para ser perseguidos
por el cura y la Inquisición. No pierdas tiempo y esfuerzo tratando de ser más
que otro: cópialo y, cuando lo hayas logrado, pon tu toque personal.
Eso implica, para que quede claro,
que a nosotras, las magas majas, en igualdad de condiciones, los bellezones nos
caen mejor. Lejos de validar el tópico que dice que las mujeres nos envidiamos,
cuánto más mona y arregladita es tu amiga más podrás instruirte tú. Y que
conste que la definición de belleza es “el
conjunto de cualidades de las
cosas o de las personas, cuya manifestación sensible produce placer, deleite o
admiración”, así que ahí cabemos guapos y feos. No hay excusa para no
anhelar ser fuente de inspiración.
2.- Quiere a las personas no sólo
por cómo son contigo sino, sobre todo, por cómo eres tú cuando estás con ellas.
Mi mejor amiga de los tiempos eternos me dijo una vez que yo era una mezcla
entre el personaje de Reese Whiterspoon en “Una rubia muy legal” y el de Nicole
Kidman en “Los otros”. Teniendo en cuenta que creo que somos amigas porque
caminamos por Mundos Paralelos y ello implica que no podemos tener ni
enfrentamientos directos ni la esperanza de entendernos, me limité a captar la
esencia de la comparación, darle las gracias (porque no es necesario comprender
a alguien para quererlo y esperar lo mejor de él) y ligar ambas películas a un
mismo recuerdo, que ya es difícil... Cuando pierdo mi esencia, cuando no
recuerdo quién quiero ser, las veo (la primera peli más que la segunda, la verdad,
porque he de confesar que sospecho que la similitud con Nicole se limita al
pelo, al vestir de negro y a la mirada de mal genio que pone de vez en cuando), evoco la imagen que tiene de mí una de las personas que más me aprecia y
modifico mi actitud sombría para aspirar a merecer ese concepto.
Preguntad a quien os estime que
identifique vuestra personalidad con una canción o con una película y
escuchadla o visionadla de vez en cuando para refrescar esas cualidades que
tenéis y que os hacen “queribles”. Es una inyección de energía veros con los
ojos cariñosos de otros.
3.- Si crees que no puedes con algo,
sé rotunda, utiliza hechizos sin pudor (una llamada para mandar a hacer puñetas a quien te amargue la
vida cuenta como hechizo y contará como tal hasta el día que alguien consiga
hacerme entender que el móvil no es una varita mágica que te pone en contacto,
te hace llegar a sitios, te descubre secretos, te hace reír, te hace llorar…
¡¡¡y además brilla!!!) u organiza un aquelarre para unir fuerzas, con brebajes
(desde que le ponen tanta hierba a los gintonic, y tantas medidas de especias,
pueden ser considerado como pociones) y risas (ya habrá quien las considere siniestras y le dé su toque "brujeril"
porque la alegría a veces es sospechosa para gentes confusas)… Eso sí: lo más
cercano a una escoba tendrá que ser el cepillo de la máscara de pestañas.
P.D: Nuria, Esther, Begoña, una
tarde con vosotras supone abrir las puertas de la Iberia antigua, convertir
a Begoña en sirena, cruzar autovías caminando, abrir coches con
llaves viajeras, hacer aparecer y desaparecer teléfonos que no se han
movido, comprar en China, entrar furtivamente en aparcamientos
desiertos…
Yolanda, un día contigo es
concentrar mil experiencias en una conversación alegre, es ver la energía
expandiéndose en colores, es descubrir la poesía a gritos, es sonreír con los
recuerdos tangibles que regalas cuando te casi vas (porque los trenes cambian su destino para ti y, sobre todo, porque nunca te alejas)…
Tania, unas horas contigo es
adquirir sabiduría, suspirar para avivar el fuego, descubrir poderes
ancestrales, es ver el camino y disfrutarlo, es ponerte el traje con
superpoderes y activarlos.
viernes, 8 de agosto de 2014
Zarandeando certezas.
Anoche,
ante un plato exquisito de zamburiñas, a mi mente dispersa le dio por
manifestarse y no pude evitar pensar “Esto es lo más cerca que yo voy a estar
jamás de hacer el Camino de Santiago”…. Y, acto seguido, mi personalidad paralela
me susurró aquello de “Sí, sí, bonita. ¿Cuántas veces has tenido que comerte
tus palabras después de decir de esta agua no beberé?”…
Hace poco, parafraseando una de esas
citas que pululan por internet, me dijo mi hijo mayor, cuando le pregunté si se
me notaban los kilos de más: “Mamá, el cuerpo está compuesto por un 90% de
agua. Más que gorda, estás inundada”… Ya sabéis de donde viene ese sobrepeso:
de toda el agua que prometí no catar. Y últimamente me he dado un atracón. Juré
y perjuré que nunca subiría en un autobús urbano. Cuarenta años pensando que
era una experiencia que prefería no tener y de repente, me quedo sin coche, sin
taxi disponible, sin tiempo para esperar y veo un rectángulo verde que promete
llevarme donde debo estar. Allá va Cristina, a las cuatro de la tarde, con sus
lentejuelas (pocas, que era de día, pero existentes), sus tacones, sus collares
XXL, su bolso rojo y su melena al viento (figuradamente, que no corría una
triste brisa), subiéndose a un autobús. He de decir que lo único que me
disgustó del viaje fue el hecho de que no hubiese un mal paparazzi que captase
el momento histórico. Bueno, eso y un señor que, al notar que casi me caigo en
una curva (y eso que iba sentada) me dijo, muy ufano él: “Señora, no es usted
carne de autobús”. Con mi cara más digna, le respondí “No, señor, no. Mis
amigas me dicen que soy más bien carne de telediario. Así que cuidadito
conmigo”... Lo tenía merecido. Por llamarme “señora”.
Pero es que los desconciertos existenciales
sobre mis propios gustos no han quedado ahí: desde que tuve edad para ello,
nunca he salido sin maquillar de casa. Afortunadamente, había tenido mi careta
de la Señorita Pepis para practicar y se me daba de maravilla, así que creo que
no parecía un payaso (por eso, al menos). Este año he roto la regla. Un poco.
No del todo. Para días y planes muy sport y contados. Media mañana aguanté, en
realidad…. De esto sí existe documento gráfico porque tuve que probárselo a mi hermana. La
culpa es de Nuria Montes y su blog, en concreto éste, en su “Puesto nº 1”: http://lascarries.wordpress.com/2014/06/05/la-alquimista/. Además, me he apuntado a un
gimnasio contraviniendo todas mis ideas al respecto. He descubierto que
el estar inscrita no adelgaza ni te pone en forma, que también he de ir. Puede
que lo haga. El día menos pensado. Tienen piscinita y sauna. Cuando inauguren la
peluquería voy fijo.
Partiendo de la base de que yo creo que el
verano fue una broma pesada que se le ocurrió a Dios en un día tonto pero que, como alguien le
rió la Gracia (la famosa "Gracia de Dios"), cual niño pequeño, Él la
repite todos los años (seguro que la playita y todo eso está fenomenal pero no
son necesarios 40 grados), he de confesar que el estío me agota, me pone de mal
humor, me ralentiza y me dilata (un 5% del 10% que no es agua en mi cuerpo
es pura dilatación, no gramos extras), así que esos pequeños cambios de opinión
suponen una refrescante sorpresa que me revelan un misterio sobre mí misma y me hacen sonreír,
sacuden mi perspectiva y me sacan de la rutina por el simple hecho de dejar de
ser yo durante un segundo, sumar una experiencia que me habría sido ajena de
mantener mis convicciones y conseguir convertirme en un yo más amplio
(espiritualmente, me refiero, que el temita del peso está siendo recurrente en
este post, sin venir a cuento porque estoy la mar de estupenda).
He entrado en racha. Voy a cambiar
todos mis "Jamás beberé de esta agua" por un "¡¡¡Madre mía, lo
que me estaba perdiendo!!!" o un "¡¡¡Pues no está tan mal!!!", según
el grado de satisfacción. A malas, podré decir, con conocimiento de causa
"Jamás volveré a beber de esta
agua". En el camino me voy a
divertir y me voy a descubrir. También me voy a caer, figurada y literalmente, que recuerdo yo, cuando salieron los zapatos de cuñas tremendas, que afirmé rotundamente: "¡¡¡Never de never (políglota que es una) me voy a poner yo unos zapatos así, que hacen pie de coja!!!" Ahora, la que va a terminar coja soy yo de los tortazos y derrumbes que sufro por las alturas que alcanzo con mis fashion-cuñas...
Una vez le dije a Ariel que probara las
ostras. Me contestó: "Nunca las probaré. Me da angustia verlas". En
mi papel de madre emprendedora, le animé: "Venga, cariño, sólo una. ¿Qué
puedes perder?". Él me miró con ironía y me respondió:
"¿Bilis?"... ¿Que por qué cuento esto que destroza mi anterior entusiasmo?.
Pues para que sepáis que soy consciente de que hay límites: de ningún modo me
pondré bermudas; jamás comeré Marzu de Casu; nunca
anunciaré el final de un asalto en un ring de boxeo con un biquini rojo lleno de cuentas de cristal; en mi vida veré la saga de
Saw... ¿O sí?...
lunes, 30 de junio de 2014
Lunes tormentoso.
Tengo un nudo en el estómago y
sospecho que me lo ha hecho Popeye: marinero y fuerte, fuerte. Una es nerviosa
y, cuando tiene acumulación de estrés en un punto concreto del abdomen, el mal humor
se expande y al pobre incauto que me dice: “¡Buenos días!”, le contesta la
posesa con un “¡¡¡Por qué tú lo digas!!!”… Afortunadamente, sólo me salen
gruñidos y, como no se me entiende, he quedado como mema antes que como
maleducada, lo cual es mucho mejor, no lo dudéis.
Mi Legión de Demonios y mi Legión de
Ángeles están en actividad máxima, decidiendo si me sumerjo en la nube negra o
utilizo mis superpoderes para despejar el día. He de aclarar que yo no cuento,
como todo el mundo cree, con un diablillo en el hombro izquierdo y con un querubín en el hombro derecho. No. Yo
cuento con un número ingente de cada bando, discuten entre ellos, con los otros,
conmigo y con mi masajista, que se empeña en decir que me duele la espalda por
la postura y la presión… Sí, sí, pero por la presión de tantas almas inmortales
sobre mi pobre y esbelto (creo que es lo único que me queda esbelto) cuello. Y,
aunque parezca una decisión fácil, no lo es porque, a ver, ¿por qué narices no
puedo yo estar de un humor horrible un día cualquiera?. Vale, soy más feliz
cuando estoy contenta (frase muy pensada, como veis) pero la mala baba también tiene
sus ventajas. Hay algunas de esas utilidades ya referenciadas por un señor
australiano, aunque el estudio parece alusivo a personas con un mal humor medio
y constante (cosa que no recomiendo jamás aunque ello te convierta en la
persona con más beneficios del Universo conocido), así que os dejo el enlace y
no reitero, que me cuesta mucho hacer chiste de los parabienes del "mal rollito" y,
puestos a ser didácticos, demos el honor al pobre hombre que se lo ha
trabajado: http://www.abc.es/20091104/ciencia-tecnologia-biologia-neurociencia/humor-sintoma-rapidez-mental-200911041900.html.
Hablo del mal humor como estado transitorio,
no de la bordería ni de la depresión ni de la falta de respeto. Hablo de un día
en el que te levantas con una visión molesta del mundo, pero del resto del mundo.
Tú te gustas. Son los demás los que fastidian. Un día de esos en que miras con
sospecha, adquiriendo un toque asiático al entornar los ojos que te hace más
exótico. Un día en el que entras en las rotondas buscando guerra, que, como a
la primera estén todos los conductores respetando las normas de circulación,
das dos o tres vueltas más hasta que encuentres al despistado al que puedas
pitarle y desahogarte lleno de razones.
Yo, además, sufro una reacción
química que elimina cualquier filtro civilizado que pueda tener. He ido a una
entidad bancaria a presentar mi declaración de la Renta y, que conste, no ha
sido la perspectiva de ello la causa de mi ánimo tormentoso, primero, porque me
devuelven y segundo, porque le paso el marrón de su confección a mi cuñado y yo
me dedico a otros menesteres menos tediosos (¡¡¡Gracias, Orlando!!!). Nada
más sentarme ante la señorita encargada de sellármela, me ha dicho indignada.
“Es el último día de plazo. ¿Por qué lo presenta hoy?”. Le he contestado con mi
mejor sonrisa (envenenada): “Pues porque no puedo hacerlo mañana…”. Para rematar, a los cinco
minutos de salir del Banco, ha sonado mi móvil. Un número de Madrid. Ello significas (salvo que
vivas en Madrid o tengas conocidos de la mencionada Comunidad tan especiales
que aún utilizan el teléfono fijo para algo más que ser el soporte necesario y
obligado del ADSL en casa) que te quieren pedir o vender. Normalmente, no
atiendo esas llamadas pero hoy es la excepción: en un día turbulento que te
telefoneen esas empresas siniestras es un regalo ideal, un desahogo.
Efectivamente, una señorita muy amable (que la pobre bastante mérito tiene: no
me extrañaría que deba ocultar a su familia a qué se dedica) me ha
ofrecido que me pase a otra compañía proveedora de telefonía. Ha preguntado por
mí. Sabiendo lo que venía detrás, le he dicho que era su (mi) hermana. La
conversación ha sido la siguiente (lo prometo por lo más sagrado):
Ella: ¿Está usted autorizada a
contratar en nombre de su hermana?.
Yo: No, lo siento, mi hermana y yo
no nos hablamos.
Ella: ¡Pero lleva usted su móvil!.
Yo: Bueno, es que no nos hablamos
porque la pobre está en coma…
Ella: Lamento oír eso. ¿Es muy
grave?.
Yo (con mi voz más suave): Noooo,
mujer, no. Sólo es un coma. Grave es el punto y final.
Ella: Me alegro. Entonces volveré a intentarlo
en unos días, si le parece bien.
Yo: Estupendo. No se preocupe que,
en cuanto la despierten, se lo digo.
Ella: Gracias por atenderme. Tenga
un buen día.
Yo: Igualmente, ha sido un placer
haber hablado la una con la otra, aunque no haya sido de lo mismo…
Lo malo de todo esto es que lo absurdo
de las situaciones que crea mi mal humor es la medicina contra el mismo y se me
ha pasado poco a poco, así que he dejado sin argumentos a cuanta criatura
celestial e infernal habita sobre mí y me he ido más feliz que un ocho a casa.
Al llegar y encontrarme a Ariel un poco cascarrabias (se ve que estaba en
el ambiente hogareño), le he contado lo del análisis académico
sobre las prerrogativas del mal humor y le he dicho que lo disfrute un ratito.
Me ha mirado como miran las vacas al tren y me ha informado: “Mamá, no estoy de
mal humor, estoy más bien de un humor negro”. Yo le he respondido, de pasada:
“Pues eso no tiene ventajas, así que cambia el ánimo”. Sin mover un músculo, me
ha discutido: “¡¡¡Claro, que tiene ventajas!!!”. Sorprendida, lo he retado:
“Dime una, listo”… Con media sonrisa, me ha comunicado: “Es mi humor de fondo
de armario: el negro siempre es elegante”… Ahora mis mensajeros divinos y mis
representantes satánicos están discutiendo sobre las bondades de volver a mi
inicial hosquedad o, directamente, volverse ellos a su Origen y pedir el
traslado…
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