Me advirtió una vez una persona
maravillosa: “En nuestra profesión, hay abogados y hay compañeros”. Hoy he
tenido que tratar con un grandísimo..........abogado (nótese que son
exactamente diez puntos suspensivos, intercambiables por otras tantas letras).
Y no es que me haya apuntado al
“donde dije digo, digo diego” y vaya a hacer un post contraviniendo el
anterior, dedicándome a hablar de las malas personas. No. Sólo doy un paso más:
siempre hay quien se ha decidido por no seguir el instinto primario de bondad y
ha hecho un oficio de la mala baba. Y a ese lo voy a poner de vuelta y media.
Hartita estoy de que me digan que
tengo que huir de las personas tóxicas. Me planto. Que no. Les voy a dar tanto
por saco que las que se van a ir son ellas. Paso de los mantras del tipo “Yo
elijo ser feliz”, “Yo merezco respeto”… y voy a esgrimir directamente el “Habla
chucho, que no te escucho”.
Conozco a una abogada (otra) que es
perfecta, inteligente, guapísima, superestilosa y que irradia ese sublime
primor contagiando a su señor esposo y a sus retoños, de un mundo ideal todos
ellos. Siempre, siempre sonríe. En su caso no cabe preguntarse si el árbol que
cae en medio del bosque ¿hace ruido si nadie lo oye?. A ella sólo le es
aplicable la cuestión de si deja de sonreír cuando está sola, ¿ilumina su
alegría si nadie la ve?... No la trago. Pero nada. La observo como observo a cualquiera que se esté liando un cigarrillo: sospechando que no es sólo tabaco. Al
principio me hacía sentir culpable (ella, no el fumador) porque creía que era una
manifestación de la envidia más vil. Pero no, era mi sexto sentido. Tiene gran
capacidad para echar por tierra acuerdos complicados y luego decirte cuando le
reconvienes por ello, con los ojos hiperabiertos (dejando ver la rana tras la
princesa), la mano en la base del cuello y una voz de lo más cantarina:
“¡¡¡Ooooh, me sorprende lo que diceees!!!”… Pues ya os aviso de que me lo he
apuntado, que voy a usar la frasecita para todos los enfrentamientos gratuitos
que me impongan, sin pudor, sin dolor de conciencia, mimetizándome con ese
bellezón indigno (voy a tenerla en mi mente mientras lo digo, para acercarme a
su maestría), hasta voy a imaginarme su holograma superponiéndose a mi imagen
física. Lucharé contra el Mal con el superpoder de mi anti-heroína.
Imagináos al cretino de la oficina, ese cuyas pifias pagas tú porque
tiene en su poder el mando del ventilador y provoca que las responsabilidades
que estaban en su mesa salgan volando lejos de él, derechas a ti. Pensad que
estáis ambos ante el jefe, explicando un error. Contad con que el tóxico va a
decir que delegó en ti, que te lo encargó a ti, que tú le dijiste que lo harías
(cualquier cosa que te impute el delito). En esas circunstancias, emitir un “eso no es cierto”
resulta demasiado blando pero un “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me
diceeees!!!”, maravillosamente sobreactuado, con batida de pestañas, desubica,
desconcentra y hace balbucear al más espabilado, y aquel que balbucea pierde
credibilidad.
Los trepas, los tóxicos, los
manipuladores no se dan por aludidos cuando intentas evitarlos ni se largan
porque les hagas un feo, hay que ser sutilmente peor que ellos, con más
inteligencia, mayor elegancia y menor crueldad. Porque, desengañaos: esos
libritos que te ayudan a sacarlos de tu vida los han escrito ellos para teneros
ocupados haciendo ejercicios de buena educación. El único consejo que ofrecen y
que serviría es el de alejarse de ellos pero el 99% de las veces no
puedes porque implica tu renuncia a un puesto de trabajo, a amigos
comunes, a cenas familiares. Sólo hay dos caminos en esos casos. Ignorarlos o
hacer que se sientan tan mal contigo que sean ellos los que no quieran saber de
ti. Ingeniosamente, sin maldad de la fea: que siempre se sientan a comer al lado tuyo en
las reuniones de amigos, pues tú estornudas a intervalos obscenamente próximos, le
coges comida de su plato (mucha y paseando el tenedor), sorbes la sopa, le hablas siempre haciendo aspavientos y
señalándole con el cuchillo (esto es muy Hitchcock); que te envían
continuamente indirectas peyorativas, pues ya sabes, el mencionado “¡Habla
chucho, que no te escucho!” o su variante vengativa “¡Espejo, espejo!”….
Reíros, reíros, pero no hay mayores abusones que los niños demoniacos de
nuestra infancia y sobrevivimos la mar de bien con esas frasecitas.
Hace poco, recogí a Ariel de una
fiesta. Le veía mala cara y le pregunté qué le sucedía. Me contestó: “Lucas se
ha comenzado a insultar a todos y a empujar a los más pequeños y aún tengo
arcadas”. Extrañada, inquirí : “¿Te ha asustado?. ¿Te has agobiado?”. Me miró
con sorna y me contestó: “No, mamá. Ha sido empatía: tratando de entenderlo me
he puesto en su lugar y me he dado asco a mí mismo”... Tras un segundo de
silencio, añadió: “Así que he ido y le he dicho: 'tío, entiendo que seas tan
petardo, por algún sitio ha de salirte la rabia de haberte tocado ser tú'. Creo
que aún está pensando qué he querido decir…”. Eso es lo que prometo hacer ahora,
atacar tan sibilinamente a los sicarios de la puñalada por
la espalda que no puedan ver por dónde llega mi defensa reconvertida en ataque, les administraré de su propia medicina pero con dosis homeopáticas (infinitesimales) que no hay necesidad de descender a sus niveles y, si
me descubren y me reprochan mi actitud belicista, siempre puedo recurrir al
escudo mágico: “¡¡¡Oooohh, me sorprende lo que me diceeees!!!”…
Hola Cristina, tu creías que los mejores actores vivían en Los Angeles?? a corto plazo la estrategia del cinismo tal vez dé resultados, pero es más peligrosa de lo que parece....el modus operandi se acaba interiorizando y la persona pasa de "actuar" como cínica a "ser" cinica y del cinismo al trastorno mental apenas hay un paso.Tu eres mucho mejor que eso: el humor, la ironía y el amor son armas más eficaces y sus efectos colaterales siempre beneficiosos.
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